jueves, septiembre 27, 2007

El extraño caso de la poeta guayaquileña Márgara Sáenz (1937 – 1964)


Por Gabriela Falconí P.

¿Quién escapa a la artimaña seductora de tener una doble vida? Todos, en diversas formas, construimos una vía alterna como un espejo para mirarnos. En la literatura, por citar un par de casos, Robert Louis Stevenson, en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, trabajó el desdoblamiento de la personalidad que bien puede entenderse como una pelea interna de la conciencia, traducida por algunos críticos, al antiguo enfrentamiento entre el bien y el mal. Dualidad condicionante y enigmática que J.R.R. Tolkien simboliza estupendamente en el extraño Gollum.

Este no es el caso de la poeta guayaquileña Márgara Sáenz (1937 – 1964), autora de un texto desenfadado que lleva por título Otra vez Amarilis. Y no es el caso porque ella son ellos, es decir, tres escritores peruanos que al hacer una breve antología de poemas del amor erótico, editada por Mosca Azul en los años setenta, unieron sus plumas para crear un buen poema que fue adjudicado a una mujer ecuatoriana, de quien no se tenía ninguna noticia. Irónica invención que la comunidad limeña festejó, según escribe Miguel Ángel Huamán, por encontrar en un mismo texto tres rasgos inverosímiles: poeta mujer, ecuatoriana y buena.

Más allá de la gracia álgida, dicha treta trajo consecuencias inusitadas. Según refiere Huamán, crítico literario peruano, un ejemplar de la antología llegó a Guayaquil y Sáenz fue reivindicada por las defensoras de los derechos de las mujeres: “No demoraron mucho las feministas en exigir la reivindicación histórica de la poeta injustamente postergada. «Márgara y Olmedo: fuertes como un torpedo», «Sáenz. Espinel e Iza, en literatura nadie nos pisa» y otras pancartas o lemas fueron agitados en la manifestación que llevó por ley constitucional a consignar en los libros de colegio el famoso poema, ejemplo de la producción intelectual de la mujer ecuatoriana y latinoamericana. En vano escritores y políticos peruanos advirtieron en reiteradas oportunidades a los amigos ecuatorianos de la equivocación. No escuchaban e incluso se sentían ofendidos ante la sola insinuación de algo semejante, cuya única posible explicación era el odio ancestral y la oprobiosa campaña histórica contra ellos. Incluso cuando años más tarde sentados ante la mesa de negociación, que finalmente conduciría a la firma de paz y al cierre de la frontera, el canciller del Perú tuvo el gesto de entregar —al margen del protocolo— un informe documentado que incluía videos y declaraciones certificadas de los autores de la farsa, la reacción violenta del canciller ecuatoriano estuvo a punto de frustrar meses de negociación entre ambos países. Hoy en día, el turista que llega a Guayaquil tiene como una de sus visitas obligadas, el viaje a la Plaza Márgara Sáenz para apreciar el hermoso monumento en mármol y acero que en homenaje a esta poeta se ha levantado”.

No dejan de ser divertidas las reacciones originadas por el acierto erótico de Mirko Lauer y Abelardo Oquendo. También de Antonio Cisneros, quien llamado por ambos escritores peruanos, acudió presto a dar las pinceladas finales al poema que despertó las referidas comidillas. De ahí que el sabroso caso de Márgara Sáenz, si bien ya es parte de la lista de anécdotas entretenidas que merecen ser contadas, también es un campanazo para la literatura ecuatoriana que ha permanecido ensimismada en un patio amurallado por ladrillos imaginarios. Es hora de difundir casa afuera el trabajo que se ha hecho y se hace en el país, no por ser ecuatoriano y nuestro, porque es bueno más allá de los adjetivos que luego le otorguen.

Otra vez Amarilis

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria.

Tu auto trepando hacia la sierra, la Cream-Rica
¿recuerdas?, volteando a la derecha, todos esos moteles.

Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote,
te gózame, me amándonos, decíamos.

¿A quién llevas ahora? Contigo entre las piernas
¿quién pega de alaridos y triza los espejos
donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos?

¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di
qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña,
qué casada cuidadosa del cornudo.

Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con
nadie vuelvas a la habitación 35. Que se te
muera para siempre, que se te pudra si regresas.

Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después
donde quieras. Tú me observabas igual que un
entomólogo, eras un médico lascivo examinando
una muchacha muerta de amor: no hables, eres
una muñeca, un cuerpo sin voluntad, y me
tocabas probándome y fui un durazno de esos
que se abren con la mano.

Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde,
separando con suavidad mis carnes, descubriendo
lo que ni yo conozco, mi zona más oscura, la que
guarda esa caricia atroz, obscena y tuya que no
olvido.

Júralo: no has de volver a esa cama con nadie. Me has
negado tu cuerpo, el que gustaba mirar impúdico y
erecto viniendo a mí, el tuyo que era el mío.
Concédeme esto entonces: anda a otro sitio a hacer tus
porquerías.

O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya
no hay sino recuerdos y Amarilis qué puede sino
juntar palabras. Ahora somos tú y yo, no existe más
nosotros. Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que
tú soy y yo añoras, desgraciado.

lunes, septiembre 24, 2007

El dueño de los etcéteras

Por Ana Minga

Exactamente es la una de la mañana. Recuerdo cuando ingresé a las reuniones de escritores, en silencio me decía: Esto es sublime, aquí no hay corrupción. Vaya ingenua, pues también ha sido un círculo, un puño cerrado, en el que te ponen la cascarita para que caigas. Resulta que aquí tampoco hay seriedad, ni todo es limpio, también se manejan intereses, y no todos son escritores, ya que hay quienes a punta de copia forman una línea sobreviviente o existen los otros que piensan que al compartir una charla con un escritor, el talento o como quieran llamarlo, va a pasar por osmosis, o lo que es peor, en el caso de las mujeres, existen las eróticas que piensan que el erotismo es un don sólo entregado a ellas y que los hombres no tienen nada que ver con el tema. ¡Ah! esas eróticas que escriben lo que no viven y quieren crear algo que sólo puede ser excelente en la práctica…

En este mundo de la Literatura también hay que andar con pies de plomo, lamentablemente, aunque produzca horror, pero en fin, ya es más de la una de la mañana y acabo de estar con escritores y en realidad, sólo un tema da vueltas en mi mente: el suicidio.

Ayer se fue físicamente una joven que abrazaba como queriendo ayuda de la vida. Digo sólo físicamente porque uno se encarga de guardar a los muertos queridos por medio de los recuerdos, incluso se llega a pensar que no están muertos, que siguen allí presentes y que uno como es un “privilegiado” los sigue viendo.

¿Hay alguna causa específica para que se produzca el suicidio? ¿Algún diagnóstico que diga a ciencia cierta porqué uno opta por él? Claro, siempre hay expertos que le ponen nombre a todo y que responden a los porqués, pero con el corazón en la mano, ¿existe un porqué al suicidio?
¿Este acto, es cosa de cobardes? ¿Cobarde alguien que no respirará más? ¿Cobarde alguien que de alguna manera suplicó por la vida y luchó por ella? ¿Cobarde el que busca y no encuentra? ¿Cobarde el que conoce su punto final? ¿Cobarde el que no llama a nadie?

El suicidio es un tema que hay que tratarlo con pinzas, donde el corazón y la razón deben entrar, aunque los expertos digan que estos dos términos no se llevan bien. es un tema de respeto, ya que si la vida no se desconecta a su manera, es difícil utilizar los propios medios para irse. Es difícil irse y difícil quedarse.

El suicidio, tal vez lo único digno, pero qué dolor para el que lo mira, para el que queda, incluso el que se queda puede convertirse en un ser egoísta que sólo ve su dolor y no el sufrimiento del que se ha ido, pero somos humanos y la muerte duele y atraviesa para siempre la existencia del que está sobreviviendo en este mundo nada agradable.

A la muerte no le tengo nada de respeto, porque debería llevarse a tantos, hay muchos que deberían dejar de existir, pero sin embargo, es una tonta, pérdida, traidora, hipócrita, vulgar, mojigata que siempre se lleva a quien no debe. Qué terrible, una opción es el suicido, vida de escritor no más es, el suicidio, un túnel que muchos palpamos y nos salvamos. ¿Salvamos?

El suicidio: el violín de todas nuestras horas, el que se prueba con los aeropuertos que se tragan a la gente, el que se siente en las despedidas, el que se hace presente en las madrugadas luego del encuentro con los amigos, el que nos hace reír cínicamente entre las heridas; el ángel guardián, el que escribe muchas líneas, el que ronda la cabeza como destrozándola, ese dueño de los etcéteras…

Al entrar a la Literatura, al escribir esto, al inicio de las dos de la mañana, sigo siendo una ingenua, pues quisiera que no sólo el dolor nos una, sé que pido imposibles, pero al final, los imposibles son los que dan sentido a toda esta payasada, a este mundo lleno de despedidas terminales, las cuales nos convierten en suicidas de oficio, que no tenemos la suficiente dignidad para irnos.

jueves, septiembre 20, 2007

EL AULLIDO DE UNA GENERACIÓN: A 10 AÑOS DE LA MUERTE DE ALLEN GINSBERG


Por Edwin Madrid

Damitas: acomoden bien los pliegues de sus vestidos, pues nos dirigimos a visitar el mismo infierno. Con esta frase, Williams Carlos Williams, cierra el prólogo de Aullido y otros poemas. Y no era para menos, si desde la primera línea este libro nos advierte de lo que se trata: Yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura. Lo que le llevó a su autor a enfrentar un juicio por “obscenidad y atentado a las buenas costumbres” y se tuvo que reunir a un jurado de eruditos en literatura, para que confirmara, si ese libro se trataba o no de poesía. Pero también, desde su aparición, Aullido (Howl) se convirtió en la Biblia de los jóvenes norteamericanos, y su autor en un gurú de la nueva sensibilidad norteamerica que no estaba cómoda con la bonanza de una sociedad de consumo, después de su participación en la Segunda Guerra Mundial.

Ginsberg, Jack Kerouac, Gregori Corso, Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs, Robert Duncan, Robert Creeley, Philip Lamantia, Leroy Jones (Imamu Amiri Baraka) Diane di Prima, Denise Levertov, entre otros poetas produjeron una revolución literaria que atravesó las fronteras norteamericanas y llegó a Latinoamérica, donde muchos jóvenes poetas se declararon partidarios del movimiento de contracultura que había nacido en Estados Unidos y comenzaron a imitar a los beat, uniéndose en grupos que sacudían las anquilosadas instituciones culturales de nuestros países. Así nacieron, Los Tzántzicos en Ecuador, Los Nadaistas en Colombia, El Techo de la Ballena en Venezuela, El Caimán Barbudo en Cuba, Mandrágora en Chile etc., que realizaron sus happenings y lecturas en noches llenas de furor, en bares, cafés, cantinas, y lugares abarrotados de gente, parejas amándose, ebrios vibrando al calor de poemas sumergidos en alcohol y otras yerbas.

Los beat, cuyo nombre se debe a Kerouac, y que tiene varios significados: tempo, medida, que lo emparenta con el jazz, pero también con beatitud y santidad, pasaron a ser identificados con las broncas, jaleos y escándalos. Por entonces, se creía que ser barbudo, andrajoso e involucrarse en problemas de drogas, alcohol y amores homosexuales, era el modo de vida beat. Muchos de sus seguidores se quedaron en esa moda, y nunca entendieron que estos rebeldes, contestarios, informales y marginales de la década del 50, surgieron tras la tragedia y desencanto de la Segunda Guerra Mundial, como una reacción que proponía el cambio en la concepción del hombre en la sociedad estadounidense.

Allen Ginsberg, autor de Aullido y otros poemas, murió hace 10 años, el 5 de abril de 1997. ¿Dónde están los poetas Tzántzicos que dicen haberse identificado con la Generación Beat, y, según ellos, protagonizaron lecturas iconoclastas y desacralizaron a la poesía?

lunes, septiembre 17, 2007

El lector sordo


Por Iván Égüez

Ahora se habla de comportamiento lector y no de hábito de lec­tu­ra porque los hábitos –cuando hacen al monje– son mecá­ni­cos, son actos reflejos más que reflexivos. Ese lector compul­sivo, cercano a la bibliomanía más que a la com­pren­sión lectora, es un lector apurado, no placentero. Alguien que lee sólo por enterarse de qué trata algo, o lee todo al pie de la letra es, al menos, un lector incom­pleto. Si carece de sensibilidad literaria siempre será un lector sordo, casi ciego y quasi mudo, porque no sabrá que la lite­ra­tura es una ma­nera de decir tres o cuatro cosas en una.

La lectura de la literatura nos permite mejorar la calidad de la lec­tura en general, es la madre de todas las lecturas por­que nos hace gozar de la lengua en todo su esplendor, pero, sobre todo, porque nos acerca a la signi­ficación del texto más allá del sentido lato de las palabras. Nos en­trena para la com­prensión ca­bal de cualquier otro texto en con­tra de la linealidad del len­guaje, del autori­taris­mo y el Po­der, pues, en el seno de esa ideología en acto, llamada lenguaje, es donde se libra una íntima batalla como repre­sen­tación de la vida escindida esquizo­fré­­ni­camente entre lo vertical, prag­má­ti­co, material y econó­mico por un lado, y lo intui­tivo, es­pon­táneo, impon­de­rable e in­tan­­gible, por otro.

En pos de ese ciudadano lector, activo, creativo, solidario, vamos a esta­ble­cer el ADN de su contrario, del que ejerce la lec­tura incompleta, apu­ra­da, sorda, al tiempo que rigurosa. Tan pedestre y rígida que, como todo rigor, tie­ne algo de rigor mortis:

1) En la lectura y en el amor es muy prác­tico

Es un tragón de páginas, es decir de hojas. No le importa devo­rarlas hervidas o crudas, aliñadas o insípidas, frescas o guar­dadas. No las mastica. Las nece­sita para calmar su ansie­dad y su fama de lector percudido. ¿Qué es eso que ha oído por ahí acerca del lector tran­quilo, rumiante, placentero? A él le da igual un soufflé de maca­damias o esos alimentos que vienen en bolitas que parecen de chivo. De am­bos le interesa el nú­mero de calorias que engu­lle, lo cual, desde luego, no es lo mismo que el condumio. Odia el condumio de las pala­bras, las insinuaciones, las segundas intenciones. En la lectura y en el amor es muy prác­tico, siem­­pre le gusta ir al grano. De un brinco despacha el asunto.

Si es una novela sin diálogos y con muchas descripciones, prefiere un resumen de la obra. O alguien que le cuente el final. Si el argumento es la his­to­ria cronológica de los aconte­ci­mien­tos ¿por qué los escritores no la es­criben siempre cronoló­gica­mente y se ahorran el trabajo de tramar su desor­den? Con eso sólo consiguen confundir al lector.

Prefiere las novelas que en su pórtico llevan la adver­ten­cia de que los hechos sucedieron tal cual. O las que pro­claman: “Todo pa­recido es pura coinci­dencia”. Tambièn las que admiten que los nom­bres de los protagonistas han sido cam­biados por razones ob­vias. Pero a éstas las lee con beneficio de inventario, hasta que él pueda averiguar a quién se refiere el autor. Es que tiene una manía con “la verdad de los hechos” y con los libros en clave: cree que los acon­tecimientos verdaderos son los que salen en los periódicos. Es inca­paz de creer en otras verdades que no sean las que todos repiten y forman la sagrada opinion pública.

2) No le interesan las palabras sino los hechos

Los hechos, no las especulaciones ni los detalles. Le da igual la cró­ni­ca roja de una anciana asesinada por joven pandillero que Cri­men y castigo, de Dostoyewski.

No, no le da igual, ¿para qué hablar del alma del victima­rio, de su conciencia, de su enfren­tamiento con Dios? Basta sa­ber cuántas puñaladas le asestó. Si huyó o no huyó, si fue a la cár­cel o no. Todo lo demás es superfluo. No le gustan las espe­cu­laciones ni los detalles que no sean el crimen mismo. No entiende que entre la crónica roja –que relata únicamente el hecho crimino­so– y el sórdido e invisible fermen­tarse de las causas y efectos debe haber algunas diferencias.

3) Lo que él no conoce, simplemente no existe

Desde su maniqueísmo se confunde con lo que afirma John Barth en un libro que han puesto a su alcance: “La vio­la­ción, la tortura y el te­rror no son más que palabras, lo real son los detalles”. ¿Quién es John Barth? Él (con mayúscula) no ha oído hablar de él (con mi­nús­cula). Él –que lee todos los libros que caen en su mano, todos los titu­lares de los periódicos entre semana y todos los periódicos los domin­gos de cabo a rabo, las revistas, desde las de medicina pre pagada hasta las de mecá­nica popular, los libros de todas las casas de la cul­tura, to­dos los boletines de prensa ­y las reseñas de las edito­riales, las hojas dominicales de los centros comerciales o de las iglesias– no ha oído hablar de ese John Barth, aunque digan que es uno de los es­cri­tores nortea­mericanos más importantes de las últimas décadas. No le bus­ca en el internet porque ahí está todo el mundo, el que es y no es. Si él no lo conoce, simplemente no existe.

4) Es racionalista y se avergüenza de las emociones

Es tal su insensibilidad literaria que es incapaz de aceptar las realida­des vir­tuales o imaginarias. No cree en el piso de vero­si­mili­tud en el que se sostiene cada historia. Se considera un hombre bien informado y ningún novelista puede pasarle gato por liebre. Si Reme­dios, la bella, levita, él suspende la lectura y se demuestra a sí mismo que es im­po­sible que un humano se eleve aunque sea con el pensa­miento. LQQD. Sería benigno si pensara que sólo la crónica merece ser leída al pie de la letra, pero lo malo es que cuando se pone a leer los desvaríos de los poetas o las divagaciones de un blog literario, también los lee al pie de la letra, los lee palabra por palabra, diccio­nario en mano y, por ello mismo, no los comprende. ¡Qué falta le hacen los cuadros si­nóp­ticos! Es que cuando se siente en la máxima vena de lec­tura, le da por la poe­sía; mas, para ella carece de oído, de cora­zón, de libido. Se malgasta la maestría ante unos oídos que permanecen sordos, sin percatarse que cada autor, cada texto, es una propuesta de vida, por tanto también de ritmo, de ese tempo molto vivace, o piu andante sostenuto, o allegro non troppo ma con brio, o allegretto e grazioso, presto, majestuoso.

Nietzche, en Pueblos y patrias, dice que los alemanes podrían definir al libro como algo imposible de bailar. «¡Y no digamos ya del alemán que lee libros! ¿De qué forma tan indo­lente, tan a desgana y tan mal los lee? ¡Qué pocos alemanes saben y se precian de saber que en toda buena frase hay un arte, un arte que trata de ser captado, al igual que una frase trata de ser entendida! Basta con no captar el ritmo de una frase, por ejemplo, para que dicha frase no se llegue a comprender. (…) El alemán no lee en voz alta, no lee para el oído, sino sólo con los ojos: lee con los oídos tapados. Los antiguos cuando leían se recitaban para sí mis­mos. En esa época las leyes del estilo escrito eran incluso las mismas que las del estilo oral, y ambas dependian, por una parte, del asom­broso de­sa­rrollo y refinamiento alcanzados por el sentido del oído y por la laringe, y, por otra, de la fuerza, resistencia y potencia de los pulmo­nes antiguos. Entendían que un período constituye, antes que nada, un todo fisiológico en el sentido de que queda contenido en una sola respiración.»

Para quien tiene un tercer oído, leer mal sig­nificaría una enorme tortura. Para quien tiene la oreja en el pecho como en el poema de Morábito, la vida es más vida:

dos orejas: una para oír a los vivos

otra para oír a los muertos

las dos abiertas día y noche

las dos cerradas a nuestros sueños

para oír el silencio no te tapes las orejas

oirás la sangre que corre por tus venas

para oír el silencio aguza los oídos

escúchalo una vez y no vuelvas a oìrlo

si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno

si te tapas la derecha oirás… no te digo

había una tercera oreja pero no cabía en la cara

la ocultamos en el pecho y comenzó a latir

está rodeada de oscuridad

es la única oreja que el aire no engaña

es la oreja que nos salva de ser sordos

cuando allá arriba nos fallan las orejas

Para lo que sí tiene orejas es para los juicios que emiten esos lectores «infrecuen­tes» –los devotos de un reducido santoral literario fraguado no sólo en años de lectura, también en noches de insomnio y calendario lunar; los que no han dejado de releer un libro preferido; los que han logrado cotejar tra­duc­ciones; los que siempre leen desde el desafío o ubican lo que leen en el contexto res­pectivo– de ese modo se convierte en lector de oídas, quasi de señas, en repetidor de jui­cios ajenos. Por eso mismo los tras­mite fríos, con la frialdad de un ventrí­locuo, sin la pa­sión de quienes aventura­ron un relámpago bohemio –sagaz, burlón o lapi­dario– equivalente a todo un curso de crítica literaria.

5) Es fanático del estilo y del virtuosismo literario

Otras veces está en vena de corrector de estilo. No se preocupa de entender lo que lee, pero es un cazador implacable. Pobre del autor que haya puesto un punto seguido en vez de un punto y coma. ¡A la carcel de papel!, pero si de él dependiera le enviara sólo a la cárcel y se ahorraría el papel. Se declara fanático del estilo y con eso desca­li­fica a casi toda la memoria literaria. Su equivalente en música sería fanático del estilo ¿de Beethoven, de Mozart, de Gershwin, de Schom­­berg, de esas cuatro escobas parlantes llamadas Beatles? No. Por aho­ra está de moda el rock barrial y la tecnocumbia. Su ruido no le permite escuchar hacia atrás. O hacia los lados, así éstos ocupen la expla­nada entera. Todo lo reduce a su gra­mática labial, tan parti­cu­lar como el tipo de lectura que ejerce. Si alguien le dice que es el sapo del gazapo, cree que es un elogio poético por lo bien que le suena. Es que de niño le hicieron aprender recita­ciones caco­fónicas y letras de him­nos provinciales.

En realidad no le importa el estilo porque el estilo es él. O el de él. A veces amanerado. Un estilo como el de Borges, direc­to, pre­ciso, con escasos adjetivos que cuan­do los usa sólo es para deslum­brarnos por su cruda pro­piedad, le parece seco y sin gracia. Si leyera Seda o Sin sangre, de Alessandro Baricco, le acusaría de tele­grafista. Otras veces, por el contrario, formado él en ese ahorro de palabras de los niños reprimidos, García Már­quez le parecerá no sólo des­len­gua­do sino un botarate de pala­bras, Car­pentier aburrido, incom­pren­si­ble. Confunde la prosa con el lenguaje. No repara en el ritmo ni en el tempo de cada quien. Por eso Nietzche se admiraba: «Esto es lo que pensé al ver cómo confundían entre sí a dos grandes maestros de la prosa; en el primero de ellos, las palabras van cayen­do gota a gota, lentas y frías, como si proce­dieran de la parte supe­rior de una húme­da cueva –narra sofocando su sonido y su eco–; el segundo maneja su lengua como una flexible espada, experimen­tando desde el brazo hasta los dedos de los pies el peligroso gozo de la vibrante hoja, su­ma­mente afilada, que ansía morder, silbar, cor­tar…»

¡Si sólo admitiera que el estilo no es virtuosismo literario sino el reflejo de la persona­lidad de cada quien, eso que debe mostrar que el escritor cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente!

6) No distingue entre autor y narrador y es moralista con las palabras

Cree que los escritores han sopor­tado o gozado de todas las peri­pe­cias y hazañas que cuentan en sus novelas. Su incapa­cidad li­te­raria le impide imaginar que alguien viva de las mentiras que ima­gina. Para quien es tan apegado a la verdad de los hechos, resulta una falta de ética engañar al lector con falsos acontecimientos o in­trigas que no sean veraces. No sabe que el escritor se guía por la ver­dad de los sueños. Mejor no leerlos, prefiere oír noticias. O leer libros con men­saje y moraleja porque cree que la educación en valores es algo reci­tativo. ¿El valor es un valor? ¿Y la timidez? Se sonroja –de ira, no de timidez– cuando lee una pelea entre estibadores y el uno le dice al otro:

–!Hijueputa¡

Esto no puede darse a leer a adolescentes, dice.

Es mora­lista con las palabras, hubiera preferido que el car­gador le espetara al otro (o a él mismo, al fin y al cabo es un giro elegante):

–Vástago de hetaira.

Pero eso sería falsear la voz del personaje. Peor que si le saliera un gallo falsete a Pavaroti. Y en la novela la voz es la manera de ser del personaje, lo que le diferencia de los otros. Mas, cuando está malgenio o borracho, le dice en tono descome­dido a su mujer sapos y culebras delante de los niños. El tono es el horizonte de cada novela, de cada quien. No basta tener la historia, hay que encontrar el tono, Salta­montes.

Es soberbio pero se conforma con los cielos prometidos por el catecismo editorial de Paulo Coelho o con las ofertas sedantes de Cuautémoc Sánchez; es pobre pero a veces se siente un e-lector y vota por el hombre de las ha­rinas, el más rico del país. Es que prefiere libros de auto ayuda o de esa ciencia solterona llamada astrología, en vez de leer a Mafalda que dice: “Na­die amasa una fortuna sin hacer harina a los demás”.

7) Es datólogo, memorista

A veces se aprende de memoria las solapas, las fechas de las prime­ras edicio­nes, los gustos de los autores, los países que visitaron, al­gu­na frase feliz o anécdota célebre. Para sus citas a veces pone en su boca frases del autor o en boca del autor frases de los personajes. Más que leer­los le gusta picotearlos, pisotear­los, lo importante es in­tervenir en alguna con­versación literaria y, mucho mejor, si se puede hablar mal del que está en la picota, en el descuere de la envidia. Es datólogo, memorista, no lector placentero. Es un cotilla ingenioso aun­­que recurrente. Como un presentador de artistas prepara frases inmortales, pero pasado el momento son cursis como las de todo ven­dedor. Quisiera que lo llamen bibliófilo o que le nombren miembro de alguna acade­mia, de cualquiera. Fuerte el aplauso.

8) Lee todo el tiempo pero no distingue entre el tiempo real y el tiempo literario

Pasto de la publicidad por la lectura rápida (time is money), hace caso omiso de la puntuación. Su taquicardia lectora no repara en que el escritor a veces sueña en que esa coma es imprescindibe o que ningún hie­rro puede penetrar el corazón con tanta fuerza como un punto colocado en el sitio pre­ciso, al decir de Babel.

Prefiere lo vertiginoso, ¡el cólera lector!, pasar fugazmente por el texto pa­ra evitar que el texto pase por él. Si el autor es con­siderado y sabe que el lector tiene que acabar rápido el libro, debe cir­cuns­cri­birse a contarle acontecimientos rápidos, algo resumido, pa­la­­bre­ja que también signi­fica dos veces sumido, en la facilidad por ejem­plo. Lee todo el tiempo pero no distingue entre el tiem­po real y el tiempo literario, por eso no tolera que Michel Buttor se demore veinte páginas en describir cómo un perso­na­je baja por las escaleras que él, velocípedo viviente, se demoraría máximo diez segun­dos sin rodar. Y cinco rodando.

9) Busca certezas finales felices y se toma el poder en las tablas

Odia la ambigüedad, la ironía, el humor, las frases que le hacen per­der tiempo porque le ponen a pensar. Él busca certezas, no dudas.

También es un panegirista de los happy end. Es natural que que­rramos que los dramas novelescos tengan un final feliz, en fin de cuentas es un goce indirecto que no sólo consolida a la literatura en el espesor humano de lo que ésta cuenta, sino en la humanidad que los lectores dotamos a esos personajes que nos retratan, al punto de ha­cer del libro un espejo de papel. Pero el asunto no es ese. ¿Busca fina­les felices porque se infecta de feli­cidad, del mismo modo que las feas cri­tican a las candidatas a Miss Universo o los po­bres censuran los gustos de los millonarios? No. Busca finales felices porque estos ya vienen envasados y él no tiene que prepararlos (confron­tar­los) en la mente. Ni en la vida. Con su conformismo bas­ta, con la felicidad prestada es suficiente. Por eso prefiere la palabra catarsis a la palabra distanciamiento (brechtiano), la pobrecita que se casa con un millona­rio o el revolucionario que se toma el poder en las tablas. La tra­gedia literaria no va con él. La del país tampoco.

10) ¿Qué le han dejado los libros?

Cuando en la calle o en el bar alguien le encuesta:

–¿Cómo se define usted, como un mal lector, un lector regu­lar, un buen lector o un muy buen lector, él contesta:

Como un lector excelente.

Ante la pregunta:

–¿Qué le han dejado los libros?, él se siente incriminado y, desde su labrado ego, responde lineal, instantáneo:

–Los libros no me han dejado. ¡A los libros los he dejado yo!

miércoles, septiembre 12, 2007

El quirófano, en el Encuentro Kipus de revistas literarias andinas

Entre el 12 y el 14 de septiembre se realizará en Quito (Ecuador) el encuentro “Kipus: el descubrimiento de las revistas andinas”, evento que bajo la organización de la revista Kipus y la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB) y el auspicio del Convenio Andrés Bello reunirá a editores y responsables de diversas revistas literarias de la región andina.

La actividad tendrá como sede las instalaciones de la UASB, en cuyo edificio Manuela Sáenz se realizará la inauguración el miércoles 12 a las 6 de la tarde, a cargo de Alicia Ortega, directora del Área de Letras de la mencionada casa de estudios. De inmediato se procederá a la instalación de la primera mesa de trabajo, en la que participarán Raúl Vallejo, director de la revista Kipus; Militza Angulo, del Comité Editorial de la revista Casa de Citas (Lima, Perú); Pablo Salgado, director de la revista Qapital (Quito), y Mario Botero, director de la revista Lingüística y Literatura (Medellín, Colombia).

El jueves 13, después de las 3:30 de la tarde, se instalará la segunda mesa en el Edificio Mariscal Sucre. Participarán Jorge Dávila, por el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco” y la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay (Cuenca); Hugo Jaramillo, de la revista Encuentros (Quito); Ramiro Arias, director de la revista Eskeletra (Quito), y Domingo Martínez Castilla, director de la revista electrónica Ciberayllu (Lima, Perú).

A las 6 de la tarde se instalará la tercera mesa, que tendrá como integrantes a Omar Ospina, director de la revista El Búho (Quito); Augusto Rodríguez, director de la revista El Quirófano (Guayaquil); Macshori Ruales, directora de la revista Anaconda (Quito) y Rodolfo Ortiz, director de la revista Mariposa Mundial (La Paz, Bolivia).

El viernes 14 a las 6 de la tarde, en el mismo edificio, se instalará la cuarta mesa de trabajo, en la que se tiene programada la participación de Iván Carvajal, director de la revista País Secreto (Quito); Jorge Gómez Jiménez, editor de la revista electrónica Letralia (Cagua, Venezuela); Fausto Aguirre, por la Universidad Técnica Particular de Loja (Loja, Ecuador), y Mirla Alcibíades, por el Centro Cultural Rómulo Gallegos (Caracas, Venezuela).

Fuente: UASB/ Letralia

domingo, septiembre 09, 2007

Jugando en el tablero de Patricio Burbano

Por Miguel Antonio Chávez


So Gideon checked out
And he left it no doubt
To help with good Rocky’s revival

-Rocky Raccoon, The Beatles

El ajedrecista que había derrotado al gran Kasparov
había caído a manos de un jugador anónimo.
Yo solo había acomodado las piezas en un tablero

donde yo era ambos jugadores y ninguno

-A la caza del rey, Patricio Burbano

Luego de las demoras por el viajecito desde Buenos Aires hasta mi domicilio en Guayaquil del DVD con el cortometraje que hablaré ahora, y de mis ajetreos propios de “La vida moderna” (como dirían Sabina y Páez en su disco “Enemigos íntimos”), escribo por fin este post. He de decir que con Patricio Burbano hemos sostenido conversaciones muy largas, densas y a la vez muy entretenidas, una vez en persona, cuando visitó Guayaquil a principios de este año y el resto, por el Messenger, ya que vive en Buenos Aires. Desde entonces, y mucho antes –creo– ha sido asiduo lector de este blog. Lo conocí por Solange Rodríguez, narradora e integrante de Buseta de papel, quien me había dicho que él vivía en la capital argentina y que preparaba una novela, o algo así. Dado que yo también había vivido en Buenos Aires, me llamó mucho la atención conocer en qué estaba trabajando él allá. Y claro, me fui llevando con el tiempo enormes sorpresas (una de ellas que se hallaba editando este corto). Así empezaron los emilios y a dejar entrever nuestra admiración por los Beatles y la música de Sean Lennon, escritores como Vila-Matas y Aira, y hasta de freak shows como Delfín Quishpe. El resto fue puro “azar”… Esta es la palabrita clave para entender “A la caza del rey”, cortometraje de su autoría y dirección (Buenos Aires, 2006), y para entenderlo a él.

Parecería que hablar de un corto de apenas diez minutos es cosa fácil. Sin embargo Burbano ha hecho que sea todo lo contrario. Ya que él le exige mucho a su espectador. ¿Qué sinopsis podría consignar un programa de mano para hablar eficazmente sobre “A la caza del rey”? : ¿Un anónimo jugador de ajedrez logra por correspondencia que el maestro argentino Juan Carlos De Las Heras (quien a inicios de los noventa, había vencido al campeón mundial ruso Gary Kasparov, en su visita a Mar del Plata) juegue una partida, sin que sepa hasta el final quién es su contrincante? Creo que todo quedaría irónicamente muy “corto”

En “A la caza del rey” coexisten algunos niveles narrativos que, articulados, crean –al menos eso sentí– un extraño pero intrigante “placer del intelecto”. No podía ser de otro modo otro placer que el del ajedrez, el conocido “deporte ciencia”. A partir de ahí, llama la atención el pequeño gran detalle de la voz en off, completamente en ruso, de principio a fin. Los textos subtitulados al español no solo cumplen aquí una mera función traductora, sino que, dado que el narrador personaje es el único que tiene voz en toda el corto (a excepción de los extractos de video que mencionaré luego), los textos también son él. El ruso le da, para nosotros hispanoparlantes, una sensación mayor de enajenación, extrañeza, y por qué no, curiosidad.

Él, enigmático jugador ruso, inspirado en la visita del campeón ruso Gary Kasparov a la Argentina (Mar del Plata, 1992) y en el gran impacto que había generado que el más grande ajedrecista de la historia jugara diez partidas contra ajedrecistas desconocidos de igual a igual, decide plantearle al maestro argentino Juan Carlos De Las Heras (ajedrecista de la vida real, quien actúa en el filme como él mismo) una partida a distancia. Explica la voz en off: “Todos querían ser testigos del talento sobrenatural del ruso. Fue entonces cuando se me ocurrió enviarle [a De Las Heras] aquella carta, sin firma. Contenía una sola indicación que él entendió perfectamente. Unos días más tarde me encontré con su respuesta”

Más adelante conocemos que De Las Heras había sido uno de los que jugó con Kasparov, y no solo eso, sino que lo venció. Esto lo podemos ver en las tomas originales de ese acontencimiento en concreto y de la cobertura periodística que tuvo (las únicas a colores, porque el resto del filme es a B/N) que, como notamos en los créditos finales, fueron obtenidas del archivo personal de De Las Heras. Este recurso utilizado hábilmente por Burbano le da a su historia una interacción impresionantemente verosímil con la realidad. Es la herramienta visual que logra una inconfundible complicidad con ella.

A pesar de la gran proeza del maestro De Las Heras, la superioridad de su misterioso rival se termina imponiendo. La partida se alarga casi un año y la obsesión del veterano ajedrecista por conocer a su rival lo intranquiliza, lo vuelve taciturno (Un detalle que no pasé por alto: en la escena donde el narrador cuenta que con el fin de estudiar más de cerca las jugadas de De Las Heras decide inscribirse en uno de sus cursos, vemos en una brevísima toma que uno de los alumnos es el mismo Patricio, apareciendo como lo hacía también Mr. Hitchcock). Una vez vencido, De Las Heras –según cuenta siempre el narrador– exige a su contrincante que se encuentren en el parque para ajedrecistas Miguel Najdrof, donde acudía los domingos. Ahí ocurre la sorpresa mayor.

¿Quién era su rival? He mencionado del narrador en off, ¿pero quién era este jugador? (en toda la historia, los únicos que tienen nombre son Kasparov y De Las Heras). Desde el inicio identificamos a un hombre alto (que no sé por qué me pareció que tiene un aire a Roger Waters) que aparece dejando un sobre debajo de la puerta del departamento de De Las Heras (y quien aparece tipeando en una máquina de escribir la supuesta narración en off suya, y a quien cerca del final le escuchamos –supuestamente a él– decir: “Me convertí en el intermediario de un juego que se volvía cada vez más agresivo. Pero yo no dejaba de ser más que eso: Un mediador entre dos grandes maestros que yo había puesto frente a frente”). Sin embargo por ciertos indicios posteriores vemos que está en complicidad con otro, también alumno de De Las Heras (un chiquillo de mirada enigmática y rostro que me recordó al Frodo de El Señor de los Anillos), el que acude al parque Najdorf a entregarle un sobre al maestro argentino donde se revela quién había sido el otro. El resto se los dejo a ustedes.

Mucho más allá que el juego del ganador que es vencido, es un "mind game", como diría Lennon, que Burbano libra con nosotros, tratando de que participemos en él, de modo que al final la partida no es la del narrador con De Las Heras, sino de Burbano con cada uno de nosotros. Un juego en el que Burbano al final sonríe, como el sabio monje Lahur Sissa, aquel que le inventa el ajedrez al tiránico rey hindú Dirham para que trate mejor a su pueblo (es decir un juego en donde el rey es el más importante de todos pero no puede hacer nada sin las demás piezas), historia que es narrada al inicio y al fin del corto por la voz en off, la voz de este personaje dios al que parecería que todos nosotros jugadores mortales tendríamos que someternos a su designios. Esta es mi aproximación más o menos lúcida al universo metaficcional de “A la caza del rey” (“half of what I say is meaningless", Patricio). Los que quieran participar de su proyecto fílmico (está por filmar un nuevo corto) o literario (tiene la idea de una interesante novela metaficcional entre manos) tendrán que entrar en sintonía que este proyecto burbaniano de abordar la realidad como un mero observador y utilizar la ficción solamente para interactuar con ella. Su proyecto u obsesión es lograr que la ficción deje de ser un fin sino un medio, un instrumento para jugar con la realidad. “Ficciones verdaderas o verdades ficcionalizadas”, como bien las llama él. Un “nicho alternativo de mercado” en la comprensión de hacer y leer la literatura, como le dije una vez yo.

Le deseo que a su corto (sé que este fue a participar al Festival de Venecia) le vaya muy bien, que siga jugando más y la chispa de sus demonios tutelares, el polaco Witold Gombrowicz y el inglés Thomas Chatterton los sigan encandilando.

Two thumps up, pal.

Jaque Mate.

jueves, septiembre 06, 2007

Entrevista a Ana Isabel Conejo*

Por Augusto Rodríguez

Ana Isabel Conejo nació en Tarrasa (Barcelona, España) en el año 1970. Es considerada por la crítica especializada de su país como una de las poetas españolas más valiosas de los últimos años. Ha ganado importantes premios literarios de poesía. Esta entrevista pretende conocer un poco más a la mujer, a la poeta y al mundo literario español.

1-Ana, vamos al principio, cuéntame: ¿cómo entras a la literatura? ¿Cuándo te decidiste a escribir poesía? ¿Y cómo es tu propio proceso a la hora de escribir poesía?

Empecé a escribir poemas a los nueve años. Aún conservo cuadernos de la infancia con poemas y dibujos de entonces, que tienen bastante gracia. Para mí­, escribir empezó siendo algo natural, espontáneo, que hacía en cualquier rato perdido, incluso durante las clases. Con el tiempo, eso ha cambiado muchí­simo. Ahora necesito una gran concentración y la creación de cada poema se ha convertido en algo mucho más deliberado, menos azaroso, aunque el azar siempre juega un papel decisivo en la génesis de un texto.

2-Sé que has ganado premios importantes de poesía ¿Qué opinas de los premios? ¿Qué tienen de positivo o de negativo?

Teniendo en cuenta que las tiradas en poesía son de muy pocos ejemplares y que la poesí­a tiene muy escaso hueco en el mercado editorial, yo creo que los premios son una buena opción a la hora de dar difusión a un libro. Lo importante es que los premios no condicionen la escritura. Conozco a poetas que confiesan escribir pensando en los jurados habituales de ciertos premios, pero yo a eso no le veo ningún interés. Uno debe seguir su propio proceso literario y no dejarse condicionar por ese tipo de planteamientos.

3-Vivimos lejos de la vida literaria de España por una cuestión de distancia pero siempre estamos al tanto de lo que pasa en tu país. ¿Qué me puedes decir de la vida literaria, las editoriales de poesía y de los jóvenes poetas españoles de hoy?

Creo que se hacen cosas muy interesantes y variadas, y que las últimas generaciones, a diferencia de las anteriores, huyen de las etiquetas y de los enfrentamientos entre escuelas y dan muestras de una audacia muy saludable a la hora de buscar sus propios caminos literarios, sin recurrir necesariamente a la protección de un mentor o de un grupo.

4-He leído tu libro Atlas y sé también que ha obtenido un gran reconocimiento de la crítica y de los lectores, ¿Qué me puedes decir de este libro en específico?

Es un libro más ambicioso que otros que he escrito en cuanto a la amplitud y trascendencia de los temas abordados. Con él se produjo un punto de inflexión en mi trayectoria poética, un cambio irreversible en mi escritura. Creo que podrí­a afirmarse que, en mi obra, hay un antes y un después de "Atlas".

5-En tu poesía veo que incursionas mucho en la prosa poética, ¿es una tendencia o tal vez una forma más precisa de decir lo que deseas, con más libertad, más allá del verso libre?

La prosa poética y el versículo permiten imprimir un ritmo rápido al texto, decir muchas cosas en poco espacio, y desarrollar ideas poéticas más complejas de lo habitual. Por eso son recursos formales que empleo a menudo, aunque también me gusta experimentar con otros formatos.

6-Acabas de publicar tu último libro Colores con la editorial La Garúa ¿qué me puedes decir sobre tu nuevo poemario?

En su momento me pareció una apuesta arriesgada, al ser un libro de proyecto, con un hilo conductor muy definido (la reflexión poética sobre el color). Luego, para mi­ sorpresa, el libro ha tenido muy buena acogida, y su intelectualismo no parece haberle restado capacidad de llegar a los lectores, sino más bien al contrario.

7-Si tuvieras que dar un consejo a alguien que recién empieza a escribir y que desea escribir sobre todo poesía hoy en día, ¿qué le dirías?

Le dirí­a que no pensase en el éxito, que profundizase en lo que realmente le interesa y necesita decir, que buscase la autenticidad y que no temiese aventurarse por caminos poco transitados o que no parecen estar de moda. Pero tampoco le aconsejarí­a que buscase la originalidad por la originalidad. Lo importante es tener algo que decir, y para eso hace falta mucha sinceridad con uno mismo y mucho valor. Sin valor no se puede escribir buena poesí­a.

8-¿Qué poetas son tus referentes y tus autores de cabecera?

Entre los poetas actuales, admiro a muchos, desde Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre a Alexandra Domí­nguez o Blanca Andreu... En su momento, me influyeron mucho los simbolistas y otros autores franceses como Char o Saint John Perse. Montale, Holderlin, Keats, Celan... Pero el que más me ha marcado sin duda es Rilke.

9-¿Cómo ves la poesía española de hoy? ¿Qué conoces de poesía de nuestro Continente a más de los grandes poetas y ya clásicos me refiero a Neruda, Vallejo, Borges, etc.? ¿Conoces la poesía ecuatoriana?

Tengo que decir que, a excepción de los clásicos, conozco poco la poesí­a latinoamericana actual. He leído con entusiasmo una reciente antologí­a de Hiperión, pero es difí­cil encontrar poemarios enteros, como no sea de autores ya muy consagrados. En cuanto a la poesí­a ecuatoriana, confieso avergonzada mi desconocimiento.

10-Y por último tengo la impresión de que tu poesía es muy distinta a la que produce constantemente en España. Tus libros son procesos muy individuales; de búsquedas, de señales, de registrar el mundo a través de sus esencias, de su musicalidad, de sus olores y colores, ¿qué opinas al respecto?

Creo que la poesí­a es un camino impredecible, una búsqueda espiritual e intelectual que nunca se termina. En ese camino, he procurado que mis aliados sean siempre el valor y la imaginación. Todo ser humano tiene el derecho y la facultad de crear mundos. Es la única forma de llegar a ser verdaderamente libres, y mi máxima aspiración ha sido siempre la libertad.


*Ana Isabel Conejo nació en Tarrasa (Barcelona) en 1970, pero ha residido durante casi toda su vida en León. Estudió Ciencias Biológicas en dicha ciudad y completó sus estudios en Escocia y París. Actualmente trabaja como profesora de secundaria en Toledo, actividad que compagina con la escritura y la traducción. Ha publicado cinco poemarios, "Umbral" (Premio de poesía Universidad de León 1990), "Prisión o llama", "Ciclos" (Premio Pastora Marcela 2002), "Grises" (Premio Ana de Valle 2002) y "Vidrios, vasos, luz, tardes" (accésit del Premio Adonais 2003), así como una novela, "Los cabellos de Santa Cristina" (Beca Literaria del Instituto Leonés de Cultura 2000), varias traducciones de clásicos británicos y americanos y algunos cuentos (en la colección "Tus Libros" de Anaya). También ha colaborado en la revista El signo del gorrión. El jurado del XX Premio de Poesía Hiperión declaró por unanimidad ganador del mismo su libro "Atlas". Su nuevo libro Colores (Editorial La Garúa, 2007) ganó el II Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere 2006.

martes, septiembre 04, 2007

Valencia, Cercas, Soyinka, Gamoneda y otros en el Hay Festival Segovia

Gracias a Susana Ainziburu, desde Sevogia, España nos llegó este boletín. Nos complace conocer que entre los invitados a dicho festival esté el ecuatoriano Leonardo Valencia, radicado desde hace algunos años en Barcelona. Vale mencionar que Hay Festival es el gestor del encuentro Bogota39, de que ya hemos mencionado en nuestro blog.



Almudena Grandes e Iñaki Gabilondo abrirán las conversaciones de la próxima edición de Hay Festival Segovia que tendrán lugar en esta ciudad entre el 26 y 30 de septiembre.

Entre los autores literarios que nos acompañarán estos días podemos destacar también al ecuatoriano Leonardo Valencia, Hanif Kureishi, Javier Cercas, el nobel de Literatura Wole Soyinka o los poetas Antonio Gamoneda y Tishani Doshi.

El Festival de Literatura y Artes se inaugura el miércoles 26 en los jardines de Leandro Silva (el Romeral de San Marcos) donde la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) ha organizado la exposición El jardin de las Delicias que acogerá 10 esculturas del artista Francisco Leiro. El miércoles 26 comenzaremos un recorrido en este jardin para visitar a continuación las magníficas exposiciones de las fotógrafas Angèle Etoundi Essamba y Ambra Polidori ubicadas en la Cámara de Comercio (muy cerca del acueducto) y en la Casa del Siglo XV respectivamente. También visitaremos las muestras de grabados de James Ensor y fotografía de escritores instaladas en la Alhóndiga por la Fundación Maphre. Y nos dejaremos sorprender por las 33 preguntas por minuto, Arquitectura Relacional del artista mexicano Rafael Lozano- Hemmer, que nos trae el MUSAC y la Junta de Castilla y León. El paseo artístico culminará en el Torreón de Lozoya con Nueve verdades creativas, que podremos contemplar mientras degustamos un vino.

Cientoveintiocho personajes del mundo de la cultura (escritores, artistas, periodistas, filósofos, historiadores, etc.) acudirán durante estos cuatro días a la cita propuesta por los galeses en Segovia para conquistar nuevas ideas y dar salida a las voces más interesantes del pensamiento mundial.

En esta segunda edición se ha multiplicado el número de eventos ofertados hasta un total de 55 a lo largo de los cuatro días.

Habrá novedades importantes en esta segunda edición, que os iremos desvelando poco a poco. La presentación oficial será el 17 de septiembre a las 13h en el British Council de Madrid, a la que estáis todos invitados (se habilitará un bus para trasladarnos a la capital desde Segovia).

domingo, septiembre 02, 2007

Guía turística para Guayaquil

Por Miguel Antonio Chávez
Guayaquil es una galleta con olor a mangle que vive entre las fauces de su golfo homónimo. Así la veía yo entonces, y así la sigo viendo ahora, mientras extiendo el mapa y planeo el exterminio de todas las ciudades del mundo que nunca pude poseer.

Una ameba con coordenadas; un cielo gris que turba al celeste, con una procesión de hombros curtidos a pie, paseando un ataúd por la avenida, camino al Disneylandia de los arcángeles Gabriel.

Un big bang con cebiche y morocho, agujeros negros diseminados como otro tipo de agujeros que llamamos “huecos”, a los que acuden cholos, bienaventurados, palanqueados, jodidos, solapados, arrimados, vigilantes acostados, con y sin papeles, con y sin derechos, con y sin ley, con o sin universo. Un hermoso bache interdimensional que un obrero sudoroso freelance trata de cubrir con cascajo. El libreto aprendido de los que se suben al bus a vender, los ternos ejecutivos y blazers de banco sofocados, el aire acondicionado de los sedientos; los teléfonos callejeros que los ciegos usan para graduarse en braille; el Malecón y Las Peñas travestidos como Puerto Madero y Caminito; la ciudad luz que se ilumina con el medidor del vecino.
Es Yoko Ono vendiendo el CD pirata de su marido a dos por un dólar. Tres indígenas trotamundos en gira haciendo un cover de Hotel California. María Kodama presidiendo un club de costura, inscripciones abiertas, manual incluido, con prólogo de algún erudito cachinero. Dos locas disfrazadas de libertador posando en una pasarela de mármol de Carrara, abrazándose sin tocarse; un Golden Gate criollo que se mece discreto con la tecnocumbia de los buses interprovinciales; el mendigo manco que rechaza la prótesis porque así ya no hay negocio; el meteorólogo que vende agua helada; la regeneración urbana que hace brotar veredas y no árboles; la sombra que uno mismo se tiene que hacer; el choro que aguarda afuera del aeropuerto porque ese man de ley trae harto billete; el caramelero que nos invoca con el sonajero que vive en su cajita de chicles. Ciudad para mascar. Ciudad para escupir. Ciudad para pensar. Galleta. Gargajo. Garaje, no estacionar: ponchamos llantas gratis. Hoy no fío mañana sí. Sufres cuando me ves. No te pegues que no es bolero. Se curan safadura, esguinsez, torsedura.

Señor turista: lo atendemos con una sonrisa. Señor turista: no es deja vú, es Miami. Señor turista: vuelva pronto. Señor turista: una vez salida la mercadería ya no hay devolución.


Publicado en "Poetas en Guayaquil" (Pegasus Ed.,2007)