Queridos amigos:
Esta carta la reciben 41 personas. Mi carta anterior enviada el 9 de abril la recibieron 35 personas. Lo señalo porque considero importante que esto se sepa ante la desproporción mediática ejercida por diario El Telégrafo en el tema tratado. Mi propósito ahora es matizar lo ocurrido para que se pueda captar la desproporción que menciono y porque lo considero un caso sintomático de lo que está ocurriendo en Ecuador contra las voces críticas, además de un caso de manipulación retórica.
El error de diario El Telégrafo partió de la entrevista que me hicieron, publicada el 6 de abril:
El titular de esa entrevista incluía entrecomilladas palabras que nunca dije (tengo respaldo de grabación de audio), así como en una de las respuestas publicadas. La rectificación publicada por El Telégrafo, y que motiva esta carta, fue publicada el 10 de abril:
Además del envío de la primera carta, publiqué el mismo mensaje en mi facebook en una lista dirigida exclusivamente a amigos y conocidos ecuatorianos, en un número de 252 personas. De manera que, sumando, el total de personas que recibieron mi mensaje llegó a 287 personas.
Según datos proporcionados por el mismo diario El Telégrafo, este diario tiene una rotativa que puede imprimir 75.000 ejemplares en una hora. No sé el tiraje exacto ni el número de lectores. Pero suma mucho más de 287 personas. Calculen la diferencia y la desproporción.
A raíz de esa primera carta, adjunta al final de este mail por si no la llegaron a leer, el director de diario El Telégrafo, incluido en el envío original, me respondió indicándome que lamentaba el incidente, se disculpaba por el mismo, y que procederían a hacer una rectificación. Mi respuesta fue saludarlo cordialmente, repetir que no iba a solicitar una rectificación, como indiqué en mi carta inicial, y que tampoco lo consideraba necesario porque ese tipo de recursos afecta innecesariamente la imagen del periódico. También le señalé que no era mi propósito hacerlo porque reconocía que El Telégrafo apostaba por apoyar la literatura y esto lo considero un valor en el medio ecuatoriano, aunque tengo mis discrepancias en la manera en la que lo hacen y sobre todo en la cantidad de"auto elogios" que se asignan por hacerlo. El director de El Telégrafo me remarcó que no haría la rectificación si ese era mi deseo pero que consideraba su deber dejar en claro qué era lo que yo había dicho y no lo que se había interpretado en la nota.
Hasta ahí todo estuvo bien. Poco después me escribió el editor de cultura de diario El Telégrafo señalando el texto de rectificación que iban a publicar y que tendría al final la siguiente reflexión:
"Reflexión: El titular tergiversa lo dicho, eso es indudable. Pero el corte en la respuesta no debería suponer, como se insinúa, que tiene relación con algún tipo de censura aludiendo a una posición política de El Telégrafo. En ningún sentido se manipula la cultura dentro de un discurso propagandístico desde el diario. De hecho, cuando la respuesta se refiere al "discurso único" nunca se entiende -pues no lo dice de modo directo- que sea una crítica al Gobierno actual y, bajo ese análisis, tampoco se optó sacarla como una posible autocensura, inclusive.
Desde nuestras páginas se ha velado porque la diversidad de voces involucradas con la cultura estén, no por un afán solidario, sino por un compromiso con la lectoría del país y del mundo. Incluso, aparte de la sección Cultura, en el suplemento Cartón Piedra se pueden apreciar voces que incitan al debate y que están poniendo en tensión temas que -espero que no suene a muletilla- estaban y siguen ausentes en otros medios del país; y con un abordaje, no exento de errores, que convoquen a la reflexión."
Este fue el texto original que me ofrecieron publicar. No respondí porque dí por zanjado el tema en mi comunicación con el director de El Telégrafo.
Sin embargo, la reflexión final publicada fue muy diferente. Se calificó de "lastimoso" mi reclamo. La reflexión se convirtió en esto (la pueden leer en el segundo enlace adjunto arriba):
Lamentamos públicamente las omisiones, así como la fallida interpretación del titular. Nuestro compromiso con la cultura ecuatoriana y mundial, no obstante, sigue intacto. Lastimosamente, Leonardo Valencia ha llevado el tema, en una red social, al lado político, interpretando este error como parte de un "discurso único", que descontextualiza y confunde con el espíritu de la entrevista y de la misma crítica que hace a la edición y al titular.
El escritor y nuestras audiencias saben y tienen pruebas de que esa alusión no cabe, por las incontables muestras que hemos dado de apertura, diversidad y pluralidad en nuestras páginas.
Como salta a la vista, los lectores de diario El Telégrafo nunca conocieron mi interpretación de ese error -porque no fueron incluidas en la edición del periódico, sino apenas las 287 personas a las que se lo comuniqué personalmente. Mi interpretación está incluida en la carta original y dice esto: "Hay otras cosas que no se quiso incluir (en la entrevista), como lo del rechazo del discurso único en la novela que da para pensar en el contexto de diario El Telégrafo". Y el texto en facebook fue el siguiente: "Lamentablemente El Telégrafo se ha dedicado a manipular la cultura dentro de un discurso propagandístico que le quita toda autoridad, y que forma parte de ese "discurso único" del que hablo en la parte eliminada de mi respuesta. "
Si bien es cierto que no puedo cuantificar a cuántas personas redirigieron mis interlocutores mi mensaje, la cifra no puede alcanzar el número de lectores de diario El Telégrafo en su versión impresa y digital (solo esta última tuvo más de 600 accesos).
¿Por qué señalo esto? Porque se ha ejercido una desproporción mediática y porque se ha hecho una manipulación retórica en provecho de quien cometió el error, El Telégrafo.
¿Dónde está citada mi crítica que consideran que he hecho "lastimosamente"?
Cometieron el mismo error inicial: interpretaron y atribuyeron sin que se respeten ni citen mis palabras literales. Eso es una adecuación retórica.
El error fue provocado por diario El Telégrafo al tergiversar completamente mis palabras en el titular y el contenido de la entrevista. Pero además de esto, y aquí se aplica no sólo la desproporción mediática adjudicándome palabras de crítica parafraseadas de mi primera carta y de facebook y que los lectores de El Telégrafo no conocían y siguen sin conocer, se dio un añadido final de mal gusto calificando mi reclamo de "lastimoso" y se echaron flores a sí mismos diciendo que El Telégrafo ha quedado "intacto" (cuando no es cierto), y si así lo fuera, lo ha hecho al costo de querer dejar "tocado" al entrevistado, que resulta con un prejuicio final de toda esta operación tan mal manejada y alardeada de ética periodística (la consecuencia inmediata fue una reacción de mal gusto y animadversión evidentes de un lector en los comentarios al pie de la entrevista, y que termina descalificándome).
Los errores siguieron: en la nota de rectificación en el pie de foto de la edición impresa se indicó que mi novela El desterrado había sido presentada el viernes 5, cito: "El autor presentó el viernes, en Quito, la reedición de su obra El desterrado.", cuando en realidad fue presentada el jueves 4.
Error tras error y además desproporción mediática. Nadie firmó la entrevista ni la rectificación. Nadie puso su firma. Mi nombre por supuesto siempre ha estado de por medio. Y no lo rehuyo: todas mis críticas y opiniones siempre han ido firmadas y por escrito en distintos medios de prensa y no rehuyo nunca mi responsabilidad en mis palabras
Podría quedarme callado al respecto, pero no lo hago por tres razones:
1) En Ecuador hay un ambiente de intimidación y de desproporción en la respuesta y las réplicas de funcionarios gubernamentales y medios de prensa; actitud que se aplica a quienes discrepan de la línea del gobierno.
2) Resultan fuera de lugar las posturas de alarde ético periodístico de El Telégrafo cuando se cometen cuestiones de este tipo.
3) Se ha abusado de un medio público para elogiar su propia imagen a costa de un individuo que fue quien ha sufrido originalmente el daño de la tergiversación de sus palabras y que ya expliqué en la carta original.
De manera que no es cierto que El Telégrafo tiene "intacto" su compromiso con la cultura. Mi única posibilidad de respuesta es poner a disposición de mis corresponsales que la reciben, esta carta, y la anterior, y que se las difunda por los canales que consideren convenientes siempre que se respete la totalidad del texto, y no parcialmente. Lo señalo porque en mi respuesta al director de El Telégrafo respondí también a los otros periodistas o colaboradores de El Telégrafo a los que su director copiaba, y uno de ellos utilizó el contenido de mi mail en twitter.
Por supuesto, el director de diario El Telégrafo está copiado en este envío. Si El Telégrafo desea matizar lo ocurrido, mi única respuesta es la reproducción integra de mi primera carta y de esta segunda carta, pero literalmente citadas (y que El Telégrafo especifique el número de lectores que tiene para contrastar la desproporción).
Un error tras otro, lo remarco. Creo que todo lo señalado en este mail se levanta con su propia evidencia. Y sí, sí que considero que hay un discurso único en este gobierno y en sus enfoques culturales y políticos, y es el de considerar que tienen la verdad absoluta y que no pueden reconocer a secas que se han equivocado sin añadir colofones de desprestigio ad hominem más propios de una actitud adolescente que de una alta exigencia ética periodística que ha quedado demostrado no ha sido tal por parte de diario El Telégrafo y sus directivos.
Disculpen por alargarme tanto. Como diría Tolstoi, no tengo tiempo para hacer esta carta más breve. Pero no iba a quedarme callado al respecto. He hecho demasiados sacrificios por mi vocación literaria como para permitir que los descuidos y las rabietas de unos pocos redunde en un desprestigio de mi nombre, mi trabajo y mis reflexiones sin conocer lo que verdaderamente ha ocurrido. Y que, por supuesto, yo no inicié.
En mi novela El desterrado, escrita y publicada antes del gobierno ecuatoriano actual, el gran error de mi personaje principal, Orlando Dalbono, fue haber dicho la única palabra que dice en toda la novela: “Sí”. Dijo sí a los funcionarios del gobierno fascista de Mussolini. Yo, aprendiendo de él, digo: No.
con mi aprecio de siempre,
Leonardo Valencia