Por Jorge Enrique Adoum
La obra de Pablo Palacio no causó escándalo sino desconcierto. Benjamín Carrión que lo ‘descubrió’, le dedicó un ensayo esclarecedor en su Mapa de América (1930) tras la publicación de Un hombre muerto a puntapiés y Débora. A juzgar por la escasa crítica sobre sus libros, se trató de un silencio que no se debió a ‘conspiración’ alguno sino al asombro. Y por admiración a una escritura que entonces resultaba insólita, y por cierta inveterada tendencia a la valoración por analogía, se le buscó un parentesco con Proust, Joyce, Kafka, Lawrence, Pirandello, Shaw, Lovecraft, Eça de Queiroz, Fedin, Gómez de la Serna, Arévalo Martínez, Macedonio Fernández y hasta con Lascano Tegui y Jardiel Poncela (pobre Palacio). Es obvio que no conoció a Joyce ni a Kafka: no hay indicios de que hubiera dominado el inglés ni el alemán como para leer en su primera edición Ulysses (1922) o El proceso (1925), El castillo (1926), América (1927). Y es improbable, además, que ejemplares de esas obras, que no circularon profusamente en su época, hubieran llegado al ‘último rincón del mundo’.De ahí que nadie haya hablado de influencias sino de semejanzas: ‘sombras’, ‘presencias’, las llama Carrión. Pero esos autores no tienen nada en común y su parentesco con Palacio, si lo hubiera, vendría a ser como el que habría tenido con los sobrinos de un primo de la tía política del cuñado de una bisabuela. Palacio, que no llegó a escribir más de 250 páginas en total, no podía parecerse a tantos y tan disímiles creadores de una literatura que corresponde a otras exigencias estéticas que sólo podían surgir en otras culturas. Y ninguno de los comentaristas de Palacio, actuando cada uno por su lado, se dio cuenta de que al encontrarle entre todos semejanzas con unos quince autores diferentes, casi casi le estaban negando la originalidad que en él exaltaban ante el desconcierto de encontrarse por primera vez en nuestro país, y en aquella época, con una literatura que se piensa a sí misma, y que por ser ‘nueva’ cincuenta años más tarde comenzó a mostrar caminos a los jóvenes narradores de hoy, hartos del ‘otro’ realismo.
Palacio sabía que, enfrentados con la realidad, en nuestro país el único delito es aceptarla, dejarla tranquila. Pero mientras los escritores contemporáneos suyos y los que siguieron escribiendo después, la denunciaron, la condenaron, él se negó a admitirla: más aún, se dedicó a desprestigiarla. En una carta del 5 de enero de 1933 dice: “Yo entiendo que hay dos literaturas que siguen el criterio materialístico: una de lucha, de combate, y otra que puede ser simplemente explosiva… De este punto de vista, vivimos en momentos de crisis, en momento decadentista, que debe ser expuesto a secas, sin comentario. Dos actitudes, pues, existen para mí en el escritor: la del encauzador y reformador… y la del expositor simplemente, y este punto de vista es el que me corresponde: el descrédito de las realidades presentes… invitar al asco de nuestra verdad actual”[1]. Y lo consigue de tal manera –el asco– que nos deja, decía Gallegos Lara, “una sensación, una sensación, sí, admirativa a medias, a medias repelente”[2]. La receta para lograrlo figura en la primera página de su primer libro, Un hombre muerto a puntapiés: “Con guantes de operar, hago un pequeño bolo de lodo suburbano. Lo echo a rodar por esas calles: los que se tapen las narices lo habrán encontrado carne de su carne”. Pero Palacio modela el barro a su desemejanza: sus personajes son mediocres, vulgares, vacíos. No llegan a ser viles: simplemente ridículos. Dado su propósito, al ‘héroe’ de la novela tradicional tenía que oponer un antihéroe mínimo –el Teniente de Débora–; al personaje ‘colectivo’ de la literatura social, un personaje individuo individual individualísimo –el narrador de Vida del ahorcado–, condenados al hastío o a la trivialidad, sin opciones ni escapatoria. Ninguna de las criaturas de sus cuentos –oscuros escribientes, funcionarios públicos, oficiales de casino, empreñadores de sirvientas, maridos burlados, bobas adúlteras– puede ser algo más que esa cosa informe, ínfima, miserable que el autor quiere que sean, colocados en situaciones igualmente zonzas. Esas criaturas repugnan a su propio creador: se pone ‘guantes de operar’. Porque se trata –y, claro, puesto que se proponía el ‘descrédito de la realidad’– de minipseudoburgueses arribistas, con pretensiones de cultura y pujos de ‘clase alta’.

Caratulilla de la edición princeps de "Un hombre muerto a puntapiés" (Imprenta de la Universidad Central, Quito, 1927) Imagen tomada del libro "Pablo Palacio" de Vladimiro Rivas I. (Editorial Indoamérica, Col. Biblioteca Estudiantil Nº 6, Quito, 1983?)
Anti-idealista, anti-romántico, forzosamente anti-sentimental, Palacio expone, gracias a un lenguaje óseo, sin adiposidad ‘literaria’, con cierta ‘objetividad abstracta’. Sólo es solidario con el narrador de Vida del ahorcado: se aleja de sus personajes, echa una carcajada y se desentiende de sus problemas. Eso le ha valido –como si estuviéramos en pleno romanticismo– la acusación de ‘inercia emotiva’, de ‘pasividad anímica’. Sin embargo, en Vida del ahorcado hay, aunque sin exhibición impúdica, una constante nostalgia amorosa, incluso cuando el amor se despeña por lo conyugal cotidiano; una tristeza, oculta tras la burla, por la comprobación de las ‘verdades’; una viril ternura por una mujer, por un niño, por un amigo muerto, por un cadáver de desconocido.
Lo extraño es que Palacio se haya considerado anti-realista, y más aún que lo haya declarado en 1927, antes de que el realismo proliferara en América Latina y antes de que apareciera en el Ecuador. Es en Débora donde expone su concepción estética, en una suerte de teoría-por-oposición de la novela. Dice:
“… La novela realista engaña vergonzosamente. Abstrae los hechos y deja el campo lleno de vacíos; les da una continuidad imposible, porque lo verídico, lo que se calla, no interesaría. ¿A quién le va a interesar el que las medias del Teniente estén rotas, y que esto constituye una de sus más fuertes tragedias, el desequilibrio esencial de su espíritu? ¿A quién le interesa la relación de que, en la mañana, al levantarse, se quedó veinte minutos en la cama cortándose tres callos y acomodándose las uñas? ¿Cuál es el valor de conocer que la uña del dedo gordo del pie derecho del Teniente es torcida hacia la derecha y gruesa y rugosa como un cacho?”[4].
Cabe intercalar aquí, a propósito de las ‘abstracciones’ y antes de entrar en las ‘realidades pequeñas’, un párrafo que en el libro se encuentra algunas páginas atrás: “Dado un boticario, verbigracia, se le hace vender drogas y presidir las reuniones cuchicheantes del pueblo; sólo esto. Nos olvidamos que le tortura el ‘ojo de pollo’ metido entre los dedos de los pies, y el mal olor de las ‘arcas’ del chico, y el peso exacto de las cebollas compradas por la señora. Este mismo boticario, al verse los dedos después de una satisfacción orgánica, alguna vez tiene el gesto de aquel a quien hizo traición la consistencia del papel usado; pero piensa, para su descargo, que pudieron verse en el mismo caso Napoleón Bonaparte y San Bartolomé”[5].
“Sucede que se tomaron las realidades grandes, voluminosas; y se callaron las pequeñas, las que, acumulándose, constituyen una vida. Las otras son únicamente suposiciones: ‘puede darse el caso’, ‘es muy posible’. La verdad: casi nunca se da el caso, aunque sea muy posible. Mentiras, mentiras y mentiras. Lo vergonzoso está en que de esas mentiras dicen: te doy un compendio de la vida real, esto es la pura y neta verdad; y todos se lo creen. Lo único honrado sería: éstas son fantasías, más o menos doradas para que puedas tragártelas con comodidad; o, sencillamente, no dorar la fantasía y dar entretenimiento a los John Rafles o Sherlock Holmens”[6].
Algunas ediciones de las obras de Pablo Palacio. "Obras completas" (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas, 1976) (izq.); "Obras escogidas - Pablo Palacio" (Clásicos Ariel, S.F.) (centro); "Obras completas" (Univ. Andina Simón Bolívar, Quito, 2006).
Desgraciadamente, no es tan ‘elemental’: lo mismo puede decirse de la novela romántica, psicológica o fantástica. Lo mismo puede decirse de la literatura de Palacio. Toda novela abstrae los hechos: si no, ¿cómo podría caber en las 40 páginas de Débora el paseo –con todos los otros paseos, encuentros, recuerdo, pensamientos, reflexiones– que durante un domingo entero hace el Teniente por las calles de Quito? Abstrae porque, como toda ‘novela’, selecciona únicamente los personajes y las situaciones que sirven para lograr una intención ideológica o poner a prueba un sistema novelesco. De ahí que haya vacíos y que la continuidad, temática o técnica, sea exclusivamente literaria y no real: la que existe, por ejemplo, entre los fragmentos que integran Vida del ahorcado está dada por la ‘unicidad’ del personaje narrador. Y si lo que calla la novela realista es verídico, verídico es también lo que denuncia: por ejemplo, esa sórdida situación que al hombre impone un sistema absurdo, esa ‘pura y neta verdad’ que Palacio oculta y que la novela realista muestra. Y es claro que eso interesa más que las uñas del Teniente o que las manos sucias del excremento del boticario, que tampoco son, ni mucho menos ‘un compendio de la vida’. Y es más importante conocer las trapacerías e infamias y la canallada sucesiva de un hombre de Estado que su sorpresa cotidiana: “Ya es tarde y no he ido una sola vez al water”. Es verdad que para la novela realista se tomaron las realidades ‘grandes’, incluso las ‘voluminosas’, pero ninguna novela realista o no, puede prescindir de las ‘realidades pequeñas’, aunque rara vez se haya llegado a esas que, por ser tan ínfimas, habría que considerar quizá como un desafío de Palacio en defensa del individuo olvidado por la literatura social. No hay personaje de novela sin vida cotidiana: de otro modo sería personaje de epopeya.
El propio Palacio olvida a veces esas ‘realidades pequeñas’ cuya presencia echa de menos en el realismo que critica. E incluso, cinco años después de expuesta su teoría, la contradice con Vida del ahorcado: Allí toma las realidades ‘grandes’, aunque puedan ser imaginarias –tan grandes como estrangular a u hijo recién nacido, ser detenido, ser juzgado en presencia de una muchedumbre colérica que exige la muerte del culpable, ser sentenciado y, finalmente, ahorcarse. Además, ‘abstrae los hechos’, y la abstracción ‘que deja el campo lleno de vacíos’ es tan franca que los fragmentos que forman el relato llevan fecha. Y precisamente porque no se trata de situaciones absolutamente normales, frecuentes, consuetudinarias, como en Débora, sino de una alienación obsesiva, les da una continuidad circular, perpetua. La nota puesta al final del libro indica: “Ahora bien: Esta historia pasa de aquí a su comienzo, en la primera mañana de mayo; sigue a través de estas mismas páginas, y cuando llega de nuevo aquí, de nuevo empieza allá… Tal era su iluminado alucinamiento”.

Pablo Palacio. Foto: Revista Anaconda Nº 4 (Quito, 2006).
Realista feroz de la realidad interior, lejos de defender el derecho a imaginar que él ejerció más que ningún otro escritor ecuatoriano contemporáneo suyo, Palacio le reprocha al realismo ajeno alejarse de la realidad. En la carta citada anteriormente escribe: “Si la literatura es un fenómeno real, reflejo fiel de las condiciones materiales de la vida, de las condiciones económicas de un momento histórico, es preciso que la obra literaria refleje fielmente lo que es y no el concepto romántico o espirativo del autor”. Con ello pretendía despojar a la novela que él tomaba por absolutamente realista de los raros restos de subjetividad que encontraba en ella, y contradecía, sin proponérselo, el desafiante subtítulo de “Novela subjetiva” puesto a Vida del ahorcado. Como cualquier obra de arte, toda novela inventa o re-crea la realidad al antojo del autor. Más aún: la suplanta con palabras. El propio Palacio dice: “El problema del arte es un problema de traslados. Descomposición y ordenación de formas, de sonidos, de pensamientos” (pág. 93). Y es inevitable que esa (des)composición y (re)ordenación de la realidad se realicen mediante un procedimiento subjetivo. Pero Palacio va más lejos: reclama incluso que se excluyan de la literatura las aspiraciones del autor que, aun cuando fueran enteramente individuales forman parte de la realidad, y con mayor razón cuando coinciden con las de todo un grupo humano que aspira a cambiarla. Y aunque Palacio indica generalmente las ‘condiciones materiales para la vida’ de sus personajes –de ahí que podamos situarlos en una clase social– no puede decirse que su obra refleja, como él mismo exigía, las ‘condiciones económicas de un momento histórico’: el texto no se sitúa en el contexto. Los conflictos sociales, la historia, no el interesan: tal vez porque forman parte de las ‘realidades voluminosas’. Pero todo cuanto escribió Palacio se adapta con asombrosa exactitud a las diversas definiciones del realismo: “representación fiel de la realidad en el arte sin que la embellezcan la poesía ni la imaginación” (recuérdese la insistencia de Palacio en la ‘fidelidad’), “no tratar de idealizar la realidad (véase de nuevo su reproche al concepto romántico o espirativo del autor) ni dar de ella una imagen depurada” y, en particular (reléase toda su obra), “descripción minuciosa y objetiva de los hechos y de los personajes de la realidad banal y cotidiana”, o sea, la formada por las ‘realidades pequeñas’.
Es verdad que Palacio no tiene, o no nos transmite, la visión de un mundo cambiante o que puede cambiar: su pesimismo parecería hacerle ignorar incluso los mecanismos históricos del cambio, aunque en la carta ya citada, y que jamás estuvo destinada a la publicación, insiste en el carácter transitorio de lo real: en ella habla de ‘realidades presentes’, de la ‘verdad actual’ de ‘momentos de crisis’, de un ‘momento decadentista’, que él expuso a su manera, haciendo uso de una cierta ‘libertad de expresión’ dentro del realismo.
Con una fácil y no muy feliz imagen tomada en préstamo a la óptica, puede decirse que si algunos escritores realistas miraban la realidad con telescopio, para ver más cercana la solución de los conflictos sociales, Palacio empleó un ultramicroscopio para observar las bacterias de la descomposición de la mentalidad burguesa que es contagiosa. Y aunque a veces parezca tener hacia los trabajadores una actitud de amante decepcionado (llega casi a la ruptura), su obra literaria es válida también políticamente: advertir que algo (mucho) huele mal en nuestra Dinamarca es la primera condición para que nos decidamos –incluso los ‘proletarios pequeño-burgueses’ y los pequeños-burgueses proletarios– a participar en la conspiración general contra la podredumbre.
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Notas:
[1] Carlos Manuel Espinosa, “Epistolario parvo de Pablo Palacio”, en Letras del Ecuador, Nos. 24-25, junio-julio de 1947, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana.
[2] J. Gallegos Lara, “Hechos, ideas y palabras: la Vida del ahorcado”, en El Telégrafo, Guayaquil, 11 de diciembre de 1932.
[3] J. Gallegos Lara, Ob. Cit., Idem. Es probable que el original dijera ‘auténticos’ y no ‘autóctonos’.
[4] P. Palacio, Obras completas, prólogo de Alejandro Carrión, recopilación y notas de Jorge Enrique Adoum, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1964, p. 195.
[5] P. Palacio, Ob. cit., p. 175.
[6] P. Palacio, Ob. cit., p. 196.













