lunes, junio 25, 2012

Augusto Rodríguez: Estandarte del espíritu de su época



Por Siomara España

Cada tiempo nos presenta inevitablemente sus señales, así aparecen en la historia visiblemente delineadas las etapas del hombre, sus guerras, ciencia, arte, pero también, su poesía.
Dentro del tiempo que nos toca presenciar hay quienes se horrorizan, se distancian, o abstraen, pero hay los más, los que sin detenerse caminan por las brasas del fragor de la batalla cotidiana, se enfrentan al mundo y sus contradicciones, con la infinita fortaleza ante vida y muerte.
Dentro de este espíritu de época hay nombres luminosos en la poesía latinoamericana, uno de esos nombres que va por los rumbos firmes del decante, es el de Augusto Rodríguez, quien ha venido trabajando imparablemente entre lo corpóreo y lo cotidiano, entre la sentencia y el desenfado, entre el malditismo y el escape, todo siempre convergente y emergente en la unidad y sentido de su tiempo.
La enfermedad invisible, su más reciente libro, abarca en sus cuatro apartados, la contemplación de un largo padecer condensado en un instante, ese instante mágico de la palabra, donde entre la voz del poeta y lo inefable de su palabra, va hilando la mutilación y el deseo, las llamas y la espada de esa enfermedad que atraviesan los primeros textos del poemario.
La realidad es infinitamente superior a la imaginación, parece decirnos Augusto Rodríguez, y es mediante esa realidad que la voz recorre el cuerpo entero del poema: “…yo menciono la palabra sufrir, pero no estoy sufriendo como los que realmente sufren. Para los que sufren las palabras no existen, están viciadas, usadas como camiseta de abuelo o padre canceroso” los versos de Augusto Rodríguez se van construyendo desde lo sublime a lo cotidiano, es el desenfado propio de la época, donde se pueden perfectamente equilibrar versos tan vivamente sentidos que nos dejan perplejos ante la angustia.
En Rodríguez, el lenguaje aparece redimido ante el mundo de decidoras imágenes visuales, proponiendo con ellas también una especie de destrucción de la retórica usada por otras generaciones.
El tono irreverente de su poesía se enrumba por las líneas que dejara Ileana Espinel con el cristalino sardonísmo con que iluminaba sus poemas. Así Rodríguez va construyendo en medio de cotidianidad y audacia, ese sentir desenfado ante la vida, donde su voz no es su voz, es un coro de colectividades sensoriales : “Somos banales cenizas que se reconstruyen a la orilla del fuego”.
Los poetas de todos los tiempos van más allá del “yo”, se dejan caer ante la intimidad del llamado, el estado de posesión que el mismo poeta declara: “La lengua me narra, habla arbitrariedades que yo no soporto”. Con este fragmento es evidente ese fluir de los sentidos, el decir de la lengua que narra como un ente libre desde el corpus del poeta que continúa diciendo: ”…La lengua que me narra es una fiera difícil de domar…nunca se queda callada y yo estoy perdiendo la paciencia ”.
Desde el primer libro de Augusto Rodríguez, Mientras ella mata mosquitos (2004) la poética de éste autor Guayaquileño ya anunciaba su irreverencia desde el inusual título, se mostraba como un escritor preocupado más que por el estilo o por el “buen decir”, por el “sentir”, nutriéndose contantemente del mundo circundante, y acertadamente lanzar su voz como caudal de piedrecillas, contra los espacio de otras poéticas manoseadas y reiteradas que no dejan lugar a nuevas sensaciones.
Seguí uno a uno sus libros, como permanentemente hago con los poetas ecuatorianos y latinoamericanos que trato de tener a mi alcance, y encontré en Rodríguez siempre ese mismo sentir entre las zonas que explora su poesía, como diciéndonos impajaritablemente: ¡ésta es mi voz!, la que ha estado y permanecerá ahí siempre.
La legitimidad de su poética se conoce y reconoce ya en muchísimos espacios, pero es desde su prosa poética “El beso de los dementes” donde su poesía toma un nuevo color, una nueva fuerza que lacera y envuelve desde el dolor de la muerte, amalgamada entre el cotidiano decir de las palabras que caen en el poema como veloces dagas, y simultáneamente despiden chispas de dolor a la vez que de ternura.
Es en estos textos donde se evidencia la ruptura, que dividirá su obra: La primera es aquella etapa de descubrir y descubrirse; la segunda pero siempre desde ese “sentir” la cabal consolidación de la voz, la firmeza del decir desde la entraña.
En la poética de Rodríguez nos encontramos con ese relatar a viva voz la angustia de la muerte, del padecimiento de los otros, tropezándose él mismo dentro de los propios anagramas que ha tejido en el combate, la lid sin tregua de la enfermedad avasallante, “la palabra es un cuerpo enfermo” re-descubrirse en el instante del acerbo trance: “somos una frontera inútil que nos divide ”. Beber la amarga pócima para apaciguar el dolor, volcarlo todo a la escritura, revolcándose en las líneas de la enfermedad invisible: “Hay enfermos por todas partes, ellos están cruzando el muro de mis sueños para saltar para siempre a la catarata de la luz”
La lengua no solo sirve para construir la poética de Augusto Rodríguez, sino también para reflejarse ante el espejo del vacío, el vacío del cordero profano, no aquel que se inmola ante el dolor, no, sino aquel que plantea el estremecimiento sin ambages: “seremos un cadáver dentro de un ataúd que nuestra familia no quiera pagar”.
Las palabras producen una inmediata trashumancia en la voz del poeta, sus versos nacen desde el lirismos emocionado en el paso del vals, hasta que de pronto, nos apabulla como el golpe de la honda de David: “Todo lo que conocemos se derrama y no vuelve a nacer… no somos aptos para respirar ni para morir … lo que sientes en tu corazón no lo sentirás jamás”, es la palabra que derriba al mismísimo ritmo del poema y que se transmuta hacia la visión de perturbadoras imágenes: “un caballo bajo la lluvia es como una espada que atraviesa la noche… como un rio inagotable que da de beber a los sedientos… es como un reloj que no tiene hora y que envejece a golpe endiablado ” la idea del poeta no es únicamente la irreverencia o la contradicción, sino más bien atentar contra esa comodidad de juiciosos lectores, y con el golpe de la piedra, sacudirnos, sublevarnos o embriagarnos.

Junio del 2012.

lunes, junio 18, 2012

Diario de la guerra del cerdo (Entrevista al escritor ecuatoriano Luis Alberto Bravo)



Por Arturo Cervantes
EL COMERCIO
Viernes 15 de junio de 2012

¿Qué es para ti el parricidio?

Es posible que el parricidio venga en los genes al igual que la necesidad de dejar descendientes. Es decir, es un impulso vital, sólo depende de un hecho importante (o banal, esto es relativo) que lo active para causar tal detonante. La muerte, la idea de la inmortalidad, crea la extrañeza de rebelarse ante un ancestro o ante los descendientes (es decir, ante su propia prolongación).


¿Tiene la nueva generación de escritores a la que perteneces un (os) padre (s) literario? ¿Quién (es)? ¿Ha existido la necesidad de eliminarlo (s)?

No, no. Aquí vale la imagen de un verso de Lezama Lima: "un puente, un gran puente que no se le ve". Eso estaría relacionado (si existiera) con un padre literario en nuestro contexto. Lo que es más concreto, son los autores con un proyecto editorial y promocional a sus espaldas, es decir, cometeríamos un error si consideramos al autor más visible como un referente actual. Y esto es, porque en el mismo puente, se entrecruzan tanto un rey como tres millones de hormigas, y estos dos grupos (rey y hormigas) ignoran de la existencia del otro mutuamente; y posiblemente ignoran de la dimensión del puente. Nadie habló de una primera guerra mundial porque no sabían que luego vendría otra. Y un ciudadano del siglo XIII no sabría qué contestar si le preguntaran como se siente vivir en la edad media. Para mí, no existe un padre literario en la actualidad; los años lo determinaran si en realidad lo hubo.


¿Es necesario tener un padre literario? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?
Me da igual. Lo más interesante (al menos, para mi como autor) es irse estructurando una tradiciòn propia.


¿En qué momento se eliminaron las vacas sagradas en la literatura (ya hablando en términos generales, universales)?


Creo que ningún autor ha llegado a convertirse en una "vaca sagrada" determinado por su obra literaria. Creo que han llegado a ese estatus por confirmación editorial o protecciones del Estado, de un gobierno, o de un mecenas político: hacia su persona, es decir han confundido el hecho de proteger la obra literaria, con la proteccion al autor. De acuerdo a esto último, hay "vacas sagradas" en la actualidad.




viernes, junio 01, 2012

Cincuenta años de La ciudad y los perros (Entrevista a Luis Alberto Bravo)





Por Virginia Bautista




A propósito de la edición conmemorativa que la RAE acaba de publicar de "La ciudad y los perros" de Mario Vargas Llosa, que cumple 50 años de haber ganado el Premio Biblioteca Breve. El diario Excélsior contactó a varios autores de los Los 25 secretos literarios de América Latina. La idea era ver qué tanto la seguían leyendo los escritores jóvenes del continente. 


1.- ¿La has leído? Si es sí o no, ¿por qué?

Sí la leí. Fue en el 2006. Muy tarde, considero. Dos años antes, recién me había decidido por dedicarme a la literatura. Así que todo lo que leía no empezaba por el mero placer de la lectura sino por el estudio de las obras literarias. Aun me pasa así; cuando empiezo a leer una obra o me seduce inmediatamente o me siento distanciado. En el primer caso termino devorándola como un simple lector. ¿Cuando no? Puede suceder que la abandone o pase a leerla lentamente, estudiándola, analizándola, ¿Por qué no me gusta? ¿Por qué me cuesta entender esto o aquello? Con La ciudad y los perros, me ocurrió eso. Al inicio me confundían los cambios de narradores. Y aquello también me sorprendía. ¿Cómo no? Una novela que empieza como Reservoir Dogs, y todos esos cortes y flashbacks, me resultaba interesante. En lo que no estaba a gusto era en su estilo, todo aquel costumbrismo, todo aquel esfuerzo por recrear la realidad. Los diálogos de sus personajes dejaban poco a la imaginación y en varios casos cierta información me pareció innecesaria. Lo mejor de la novela es su técnica, los hechos pasan a segundo plano por el conocimiento que adquiere el lector de la percepción de los personajes. Se me hace que es una novela que no pudo ser posible sin la lectura de Dublineses, de Joyce, y Las tribulaciones del estudiante Törless, de Musil. El mejor momento de la novela, para mi, es al final de la primera parte: cuando ensayan en la montaña previamente al disparo que mata a El Esclavo. La narración de ese capítulo es magistral.


2.- ¿La consideras un clásico latinoamericano, sigue vigente?


Es un clásico. Yo la leí muy tarde, repito. No es una de mis novelas favoritas. Vargas Llosa me gusta más en sus libros de ensayos (incluido escucharlo en sus entrevistas), prefiero La verdad de las mentiras, o El pez en el agua, libros así, antes que su ficción; es una cuestión de índoles.
No creo que sea vigente. Pero sí es interesante que los jóvenes sepan que hace cincuenta años salió un libro con una propuesta en su estructura, que ya anticipaba al montaje cinematográfico de muchos filmes actuales. Se me hace que un poco La ciudad y los perros es como un libro de la nouvelle vague, la pudo filmar Truffaut.


3.- ¿Te marcó de alguna manera?

No, no. No como Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino o Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, estos sí libros que me marcaron.
Sí me sorprendió el dato de la juventud de Vargas Llosa al escribir esta novela (yo no habría podido escribir así a esa edad), pero no ha sido el único, otro que me sorprendió de haber escrito una novela muy madura, fue Javier Marías, con La travesía del horizonte, aunque fue su segunda novela, aun era un veinteañero.


4.- ¿Qué piensas de la obra de los autores del llamado 'boom latinoamericano?

Se ha hablado mucho de eso, no sé cuanto pueda aportar. De todos ellos, la obra de Julio Cortázar es la que mejor he leído. Y con el estilo que más me siento identificado de sus cuatro principales exponentes. Pero pasa que mi tradición personal está compuesta de mucha literatura extranjera, y de traducciones pésimas y otras no tan pésimas de obras y de películas; y de lecturas que en principio no son literatura, como los subtítulos de los videoclips, canciones, y cómics tipo Beto el recluta, o Peanuts, por ejemplo.










Luis Alberto Bravo (Milagro, 1979). Escritor ecuatoriano. Ganador del Concurso de poesía y cuento Lenguaraz 2009 (México). Ha publicado Antropología Pop (Para árboles epilépticos) (Universidad de Cuenca, 2010);  Utolands (Editorial Lenguaraz, México D.F, 2010). Cuentos para hacer dormir a una niña punk (Ediciones Arlequín, de Guadalajara, México, 2010); Las ardillas del Orden Enano (Editorial El Quirófano, 2011). Considerado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011, como uno de 'Los 25 secretos literarios de América Latina'