martes, mayo 29, 2012

El libro púrpura de Augusto Rodríguez



Por Luis Alberto Bravo



Imaginemos un libro. Mediano, de menos de cien páginas, bonita edición. Por lo mediano, digamos que es un libro de 21X12 centímetros (un poco más, un poco menos). Digamos que tiene unas 84 páginas. Ahora imaginemos que el libro se divide en tres partes, en tres capítulos, en tres cuentos. A ratos creemos que los tres cuentos están relacionados, a ratos no, pero esa es otra historia.

El libro Del otro lado de la ventana, (Ediciones Altazor, 2011) de Augusto Rodríguez, representa su estreno en la narrativa literaria. La característica más importante de las tres historias que componen este libro, es que están atravesadas por el tema de la muerte. Además de esta, otra constante temática son las relaciones de parejas; sus conflictos y sus formas de relacionarse. Los registros narrativos de cada uno de los relatos son muy marcados; cada uno tiene su propia naturaleza (alguno más quieto, alguno más alternativo), pero todos acusan la técnica con la que fueron desarrollados; dejando (para el lector) implícitas relaciones entre ellos. Podríamos juzgar su estructura como un juego de cajas chinas (técnica literaria más marcada entre el primer y el segundo relato, este último llamado La llaga; aunque el tercero (La fiesta) bien podría ser la versión de vida de una de las hipotéticas parejas, que viven en la residencia: que existe en La piscina, el primer cuento del libro). Es decir, si nos quedamos con esta versión, tenemos una novela corta.

La piscina, La llaga, La fiesta: los componentes del libro Del otro lado de la ventana. La vida, la enfermedad, la filosofía, están representados en ese orden. Y el desarrollo de cada uno de ellos: la interacción social, el padecimiento de la enfermedad, la percepción de los sentidos, están contenidos en las situaciones, en aquel mapa sentimental que es el libro. Ignoro si de manera consciente o inconsciente, lo que sí es un hecho, es que para el autor, la muerte está representada en su libro con el color púrpura: el hombre jubilado flotando muerto en la piscina; Juan ensangrentado en la carretera; y Manuel mirando al mar “como quien mira a un monstruo marino”. ¿Un molusco gasterópodo? ¿Por qué no? No es coincidencia todo esto, cuando advertimos que el color púrpura era extraído de los murex (molusco gasterópodo). Es decir, el dato simbólico del libro de Rodríguez está atravesado por un delgadísimo río color púrpura. En síntesis, Del otro lado de la ventana es un libro que empieza con una piscina y termina en el mar.








El libro huele bien. Sabe bien. Mi mano en este momento pasa sus páginas. Lo puedo ver. Únicamente no lo puedo escuchar. Una lástima que no pueda escuchar el murmullo coral de los habitantes de La piscina, que si no, el relato es un compendio de unas hipotéticas personas, viviendo sus hipotéticas vidas y sufriendo hipotéticas situaciones. No puedo escuchar el choque de los carros, y la rotura de la columna vertebral de Juan. No puedo escuchar el sonido de Manuel resbalándose y golpeándose la cabeza en la bañera.

Las principales diferencias entre los tres cuentos, es su tratamiento. La piscina, está narrada en una inusual cuarta persona. El lector asiste a un concierto, donde percibimos la voz del autor, confundida con la voz del narrador de la historia; y lo acompañamos a su invención (a nuestra invención). Además de esto, el autor elabora un humor o una tragedia exclusiva para cada uno de ellos, por ejemplo, la llamada Tercera Guerra Mundial, solo se entiende en el origen y en la resolución de La piscina; no encuentra asidero en los otros dos cuentos. Rodríguez además, dota de “autonomía” a sus personajes. Y de esa manera, uno de ellos, "le ayuda a escribir parte de su libro". Pienso que la seducción natural del primer cuento, se instala desde el mismo título, desde meditar lo que connota el escenario: una piscina; es decir, la sintetización del mar. Un espacio creado por el burgués para uso exclusivo (y de los suyos); pero que entra en conflicto cuando se vuelve algo comunitario. Algo de la naturaleza que Rodríguez expone aquí, se percibe en aquel maravilloso cuento El patio común de la narradora y performer estadounidense Miranda July; en ese cuento, en cambio, el espacio verde era el conflicto, la intersección del espacio que ocupaban los personajes.
Si la estructura en cada uno de los tres cuentos es consistente, de algo que sí adolecen es de estar habitados por ciertos tópicos (“ese amor que fluye por las venas”, “lagunas del dolor”, etc). Asperezas que bien lo pudo solucionar un editor más advertido. Quizás el autor lo pudo solucionar con sus dosis de poesía, y códigos de aquel género (campo mejor conocido por él), y que de ese modo, dio imágenes como esta en La fiesta: “Su padre era un problema no resuelto en su vida. (…) Un libro sin hojas en la mitad. (…) Un abrazo de pájaros invisibles.” Es decir, aporta en narrativa lo que ya muchos narradores quisieran inyectar en el paisaje escritural de sus cuentos y novelas. Un comentario, los diálogos son muy resueltos, creíbles, sí, pero muy breves. Me hubiera gustado percibir un desarrollo de “como hablan sus personajes”.





Por influencias, no sé si el autor esté consciente de lo que percibí: Los recursos desarrollados en el cuento La piscina, me recordaron a Georges Perec y al Italo Calvino de Los amores difíciles. A parte de una escena que se desarrolla en este cuento, que es exacto a uno clave en el filme La mujer infiel de Claude Chabrol. Película que Rodríguez no conocía previamente. Es decir, un caso básico de serendipia. Al igual que los personajes de Raymond Carver, en La piscina, alguien recibe en su sala a un extraño, o lo invita a beber algo. La primera idea de La llaga, la relaciono con la persona de un familiar del autor; ello me impide a percibir otras literaturas. Por el último cuento del libro diré esto: si pudiéramos trazar una línea y encontrarle un patio común, entre algún episodio comestible que hay en Ayer de Juan Emar e Intimidad de Hanif Kureishi, ese sería La fiesta, ni tan extraña como algún producto del primero, ni tan certera en lo reflexivo de los desencantos de la madurez y en las dificultades de vida en pareja, del segundo.


Buen inicio de Augusto Rodríguez en la narrativa literaria del país. No se podía esperar menos de un libro que empieza con una piscina y termina en el mar.







* El libro Del otro lado de la ventana, obtuvo el Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara, del año 2011, en la categoría cuento.


** Luis Alberto Bravo (Milagro, 1979). Escritor ecuatoriano. Ganador del Concurso de poesía y cuento Lenguaraz 2009 (México). Ha publicado Antropología Pop (Para árboles epilépticos) (Universidad de Cuenca, 2010);  Utolands (Editorial Lenguaraz, México D.F, 2010). Cuentos para hacer dormir a una niña punk (Ediciones Arlequín, de Guadalajara, México, 2010); Las ardillas del Orden Enano (Editorial El Quirófano, 2011). 
Ha sido incluido en distintas antologías como 4m3r1c4 (Ventana Abierta Ediciones, Santiago de Chile, 2010; Cajita de música, Poetas de España y América del siglo XXI (AEP, Madrid, España, 2011). Hallucinated Horse: New Latin American Poets (Edicion bilingüe) (Editado y traducido por la poeta portorriqueña Nicole Cecilia Delgado y el editor inglés Thomas Slingsby) Editorial Pighog Press, Inglaterra.
Textos suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Apareció en la antología Imaginarios (Traducción a cargo de Alice Ingold) y en la primera antología de poesía ecuatoriana en edición bilingüe español-francés Apartar lo blanco de la luz / Séparer le blanc de la lumière traducida al francés por Rémy Durand, Anne-Marie Durand-Kennett y Gabrielle Lécrivain.
Considerado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011, como uno de 'Los 25 secretos literarios de América Latina'

jueves, mayo 24, 2012

Poesía, bares y santidad


Agradecemos al escritor chileno Álvaro Ruiz por permitirnos reproducir este ensayo suyo en nuestro blog. 






Por Álvaro Ruiz


He visto morir de cirrosis a grandes poetas y escritores. Se empinaban sendas cañas antes del mediodía y miraban en los vidrios catedrales de las puertas batientes de los bares sombras de personas que murieron, fantasmas que atravesaban con los pies en puntillas la distancia que existe entre el inframundo y la realidad. 
De inútiles furores e inmensas alegrías estos poetas pasaban a un estado de profunda tristeza metafísica, donde los signos leídos en la borra de los vasos advertía de adversidades y desamores aún mayores, de inminentes días ahítos de dolor, locura y miseria. La lista beoda en Chile es larga, larguísima. Son los santos de la poesía. Todos tenían una aureola violácea, el más profundo, el más elevado de los colores, la aureola, la circunferencia del vino tinto. 


El notabilísimo escritor inglés Malcolm Lowry, arcángel y parroquiano frecuente de cantinas y tugurios durante su residencia y escritura de Bajo el Volcán en México, muchas veces tambaleante de borracho al amanecer, se encaminaba al templo de la Virgen de la Soledad, en Oaxaca, donde fervientemente rezaba a la madre "de los que no tienen a nadie con ellos", a "la virgen de los desamparados", rogándole para que hiciera real el mundo de lo imaginario.


Sin embargo, la realidad nunca se apiadó de lo imaginario en Chile. Gran parte de sus poetas murieron de cirrosis, marginados y sin recursos de ninguna especie.
Es de mediano conocimiento que a lo largo de la historia de la literatura chilena, muchos autores han tenido una estrecha relación, y otras veces una clara adicción, con el alcohol. En esta lista de notables escritores bebedores se me vienen a la memoria los nombres de Pedro Antonio González, Alberto Rojas Jiménez, Teófilo Cid, Eduardo Molina, Carlos de Rokha, Rolando Cárdenas, Martín Cerda y los hermanos Jorge e Iván Teillier, entre otros. De las escritoras, María Luisa Bombal, Stella Díaz Varín y Yolanda Lagos (la coneja).




Obra de Germán Arestizábal




Empecemos estos brindis, que he llamado de la santidad (por su calidad de mártires e iluminados), con Pedro Antonio González (Curepto, 1863-1903), talentoso poeta que vivió en las más miserables buhardillas santiaguinas y que solía beber en bares cercanos al Cementerio General, entre ellos y como base de operaciones, el legendario “Quitapenas”. Se casó con una joven alumna a la cual dejaba encerrada en el cuarto para él libremente salir de parranda, muchas veces por varios días. Obviamente ella huyó de su lado uniéndose a un circo pobre que recorría el país. El poeta murió en la miseria y la soledad, en una cama de caridad del Hospital San Vicente de Paul, hoy el Hospital Clínico de la Universidad de Chile. Autor de la escatológica Oda al peo y de Ritmos, único libro que pudo ver impreso en vida y que constituye una de las primeras manifestaciones del Modernismo en Chile. 


Alberto Rojas Jiménez (Valparaíso, 1900-1934) después de beber hasta las últimas consecuencias en un boliche de la calle Esmeralda (Plaza del Corregidor Zañartu), cercano a la estación Mapocho, y sin dinero para pagar la cuenta, deja empeñado su abrigo y su chaqueta, para salir en mangas de camisa a la intemperie de una fría y lluviosa madrugada a fines de mayo y caminar hasta la Quinta Normal, donde vivía su hermana, y morir fulminantemente al día siguiente de una pulmonía. Sabido es que una vez muerto, Pablo Neruda lo vio volando por el cielo, lo que junto con su iluminada obra es razón suficiente para incluirlo entre las santidades poéticas de la República de Chile.


Teófilo Cid (Temuco, 1914-1964), poeta y periodista, culto y profundo, rara avis, poeta rebelde, baudeleriano, dandy de la miseria, fundador del grupo surrealista Mandrágora, maestro y epígono de Jorge Teillier, a quien recuerdo narrando episodios vividos junto a Cid en el bar Il Bosco, entre ellos la alucinante historia de cómo agarraba delicadamente con las yemas de sus dedos a voraces piojos que llevaba entre sus ropas, a los que perdonaba llamándoles pobrecitos seres, para acto seguido reacomodarlos en la manga interna de su camisa. Autor de Bouldroud, colección de relatos oníricos. Abandona el surrealismo y cierra filas con el creacionismo de Huidobro publicando Camino del Ñielol, poema largo de mil versos a su tierra natal. 
Enrique Gómez Correa lo recuerda como master de la noche. 
Poco antes de morir como indigente en una cama del Hospital José Joaquín Aguirre afirma en un poema: “No se puede jugar con nafta sobre el fuego ni beber de botellas que no acaban nunca”. 
Poeta, mago y santo.


A Eduardo Molina Ventura (Santiago, 1913-1986) lo conocí personalmente en las maratónicas reuniones literarias que se llevaron a cabo durante años en la Unión Chica, bar a estas alturas bastante conocido por esas mismas hoy legendarias reuniones, generalmente capitaneadas por el poeta Jorge Teillier, y a la que asistían regularmente los escritores y poetas Rolando Cárdenas, Enrique Valdés, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Olivarez, Iván Teillier, Aristóteles España, Ramón Carmona, Juan Guzmán Paredes, Roberto Araya, el pintor Germán Arestizabal y el infrascrito, también bebedor, entre otros habitantes del poblado de La Esperanza. 
Como en el Club de Tobi, raramente llegaban mujeres. Se bebía indiscriminadamente vino tinto y vino blanco, para que adentro peleen los gatos, sostenía Rolando Cárdenas, en evidente referencia a la marca gato negro y gato blanco de la viña San Pedro, botellas que traían en el gollete un gato plástico en esos colores.


Recuerdo perfectamente una entrevista que me concedió el “Chico” Molina y que posteriormente fue publicada en el libro Nueva York 11 (Editorial Galisnost, Stgo, 1987), antología literaria que incluía a todos los autores de esa chalupa ferozmente dionisíaca llamada Unión Chica, barcaza que navegaba a punta de zozobras contra la corriente de aquellos días sedientos y oscuros.
En esa entrevista el poeta Molina textualmente declara:
“Nací en Santiago en el mes de septiembre de 1913 en casa de mi padre, Eduardo Molina Lavín, precursor de la aviación chilena. Hoy la Facultad de Química de la Universidad de Chile, en Avenida Vicuña Mackenna.
Estudié Antropología, Filosofía, Derecho y Psicología.
En mi ataúd deseo un ejemplar de Monsieur Teste (Paul Valery).
En mi funeral, música de Robert Schumann. En caso de equivocación a Carlos Gardel o, por último, al “Guatón” Gustavo Loyola.
Católico fui, hoy ateo, por la gracia de Dios.
Chile es un país regio, sin embargo hay muchos feos, con cara de puñete.
París es la gran ciudad del mundo y de París mismo lo más sobrecogedor es la morgue, las cloacas y el matadero de “La Villette”.


Molina tenía fama de mitómano. Conocía París por mapas y por libros como nadie. Un buen día una millonaria norteamericana sobrecogida por el conocimiento parisino de Molina y al enterarse posteriormente de que jamás había estado en París, decidió generosamente pagarle los pasajes a la ciudad de las luces, alojándose algunos días el poeta y mago, en las dependencias de la embajada chilena, cuando su amigo el escritor Jorge Edwards era primer secretario de la legación diplomática encabezada por el flamante embajador Neruda.


Molina siempre me dijo que yo era un lobo disfrazado de oveja, con cierta picardía y generosidad. Que de todos los escritores y poetas chilenos el mejor de ellos era sin duda el mismísimo Eduardo Molina Ventura. 
También recuerdo una carta que le escribió de puño y letra a Jorge Teillier al psiquiátrico El Peral, de la cual fui portador y finalmente testigo al constatar junto al destinatario que el texto eran puros signos jeroglíficos y las pocas palabras claras y legibles eran a su vez absolutamente ininteligibles. 


Por lo demás y con el afán de desmitificar debo confesar que el poema atribuido a Molina en ese mismo libro Nueva York 11, titulado Los castillos del juglar, fue enteramente escrito por Jorge Teillier, Carlos Olivarez y yo, a modo de cadáver exquisito, un mediodía de rayos de luna (whisky con jugo de manzana) en casa de Teillier, en la calle San Pascual. 
Molina había fallecido el año anterior en un campamento miserable de la periferia santiaguina en estado de iluminación. El poeta Eduardo Anguita declara en su poema Única razón de la Pasión de N.S.J.C. , lo siguiente a modo de coro: 
…Nuestro Señor Jesucristo subió al Calvario por el Chico Molina…
Mago, poeta imaginario y santo mentiroso.






Rolando Cárdenas, Gonzalo Landea Burchard y Jorge Teillier






Rolando Cárdenas (Punta Arenas, 1933-1990) era un poeta profundo e introspectivo, delicadamente triste y observador, huérfano a temprana edad, autor de una obra de ricos paisajes patagónicos prácticamente desconocida por el mundo lector. Obra reunida y publicada póstumamente por el escritor también magallánico Ramón Díaz Eterovic. 
Recuerdo un rayado que hizo y que por muchos años permaneció en uno de los muros del refugio López Velarde de la Sech, decía: ¡Qué te importa a mí! Poeta metafísico y persona impertérrita era Cárdenas. En un poema que dedico a su memoria, en Casa de Barro, es probable que lo describa con mayor precisión:


En el lento vuelo de la avutarda


En el lento vuelo de la avutarda Rolando Cárdenas murió
Todas estas plumas las robé
Nada de manantiales; sólo aguas estancadas
De canoa a canoa una señal de estrellas en el corazón
Delgada la voz como un hilo
Que cruza y cierra los ojos
El horizonte es un madero
Los vasos están trizados y el viento sopla sobre los rostros
Volveremos a los pastizales
Una ráfaga atraviesa el cielo
Como en el espejo las golondrinas
Ya nadie cantará “Corazón de escarcha” 
Sus amigos también murieron y sólo queda el aire
Meridional.


Rolando Cárdenas era constructor civil, de baja estatura, nariz aguileña desviada, ancha sonrisa y bebedor consuetudinario (con suéter ordinario al decir de Teillier, quien también lo llamaba Imbunche, por su parecido al adefesio mitológico chilote, y de ser una persona incapaz de hacer hasta un radié, en directa alusión a su formación profesional y al absoluto olvido de sus estudios). Amaba a los gatos, peinaba y vestía pulcramente, era gallo en el horóscopo chino y se presentaba a diario en la Unión Chica a beber, sorbo a sorbo, hasta el anochecer. Siempre discutió a muerte con Enrique Valdés, que lo exasperaba hasta hincharle la vena del cuello. Murió en extrema pobreza dejando la puerta del departamento entreabierta, sabiendo por intuición y certeza, que la parca venía por él. 
Poeta, mártir y santo.


A Stella Díaz Varín (La Serena, 1926-2006) la conocí como la “dipsin dopsin”, que en su particular lenguaje significaba “evidentemente”. Todos saben que era más conocida como la colorina, por su ígnea cabellera de juventud. Bebía fundamentalmente vino blanco, era una mujer dulce y terrible, agresiva y contestataria, podía fácilmente llegar a los puños, poseía un temible golpe de derecha, el que pude ver colocado en más de un mentón. Para quienes la conocieron era una dulce oveja disfrazada de leona salvaje. Buena conversadora y excelente cocinera, coqueta, aborrecía a las mujeres superfluas, especialmente aquellas que no habían aprendido ni a freír un huevo. Recuerdo que algunos años antes de morir la Municipalidad de La Serena la declaró Hija Ilustre concediéndole un diploma donde constaba el hecho, el cual más tarde terminó destruido en un tarro de basura de la calle Cordovez y ella reclamando airadamente de que hubiese sido mejor un cheque, algo más acorde con su miserable realidad económica.
Santa, poeta y mártir.


Martín Cerda (Antofagasta, 1930-1991) era un brillante ensayista, elegante y culto. Escribió La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo. A los 20 años viajó a París matriculándose en la carrera de Filosofía en la Universidad de La Sorbonne, en una época en que la corriente intelectual estaba encabezada por los existencialistas Jean Paul Sartre y Albert Camus. Discípulo del filósofo Gastón Bachelard, autor de las Poéticas del fuego y Poéticas del espacio. 
En oposición a todos los santos bebedores anteriormente citados, que eran fundamentalmente bebedores de vinos, Martín Cerda bebía destilados, especialmente whisky y ron, costumbre esta última adquirida durante su exilio en Venezuela. Protagonista central de la novela de Enrique Lafourcade Adiós al Führer. 
Recuerdo sus ojos chispeantes y el señorío de sus gestos, solía vestir de terno y corbata, y en verano, guayabera. Poseía una aguda ironía a flor de piel y a las mujeres mayores que llegaban a la Sech les llamaba las carbono 14, por no saberse con precisión que edad podían esas reliquias tener.
Jorge Teillier en una elegía que le dedicó y que lleva el mismo título que la novela de Lafourcade, nos dice: 
Adiós a quien fuera nuestro secreto Führer / y nos recomendaba abstinencia botella de whisky en mano, / y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro / para conquistar Venezuela como sus antepasados.
Santo, mago y mártir. 




Jorge Teillier




Jorge Teillier (Lautaro, 1935-1996) era un poeta silencioso y solitario, caminaba en puntillas y compraba el diario todos los días. A decir de su hermano Iván, desde niño le gustaba la espuma del shop, la que solicitaba a sus mayores cuando se presentaba la ocasión. Profesor de Historia, gran lector y poeta, hombre sensible y profundo.
Lo conocí en el refugio Ramón López Velarde de la Sociedad de Escritores de Chile, en el invierno de 1977. 
Nació el 24 de Junio de 1935, cuando en otro suceso moría en un accidente aéreo en las cercanías de Medellín Carlos Gardel. Jorge Teillier siempre sostuvo, con cierto orgullo, haber nacido el día en que murió Gardel. 
Admiraba al loco de Orelie Antoine Primero, aquel aventurero francés que se hizo proclamar rey por los araucanos mapuches en 1861. 
Recuerdo una carta que me entregó personalmente para que la publicaran los diarios, donde fustigaba a Cristina Wenke, al escritor Enrique Lafourcade y al poeta Fernando de la Lastra, a quienes acusaba de traición e hipocresía a raíz de la trampa que se le tendió cuando por ellos invitado al bar de la Plaza Mulato Gil de Castro se encontró que lo esperaban violentos enfermeros del sanatorio El Peral, que lo redujeron a camisa de fuerza y lo internaron en dicho hospital público. Guardo la carta como un recuerdo ya que jamás la hice publicar por considerar que el contenido de ésta atentaba contra su seguridad inmediata, al fin de cuentas Cristina era su mujer y Lafourcade y de la Lastra sus amigos pretendiendo que dejase de beber. 
Teillier era un poeta de pocos amigos y muchos conocidos. La rutina cotidiana le aburría enormemente. Más de una vez me confesó que bebía para rehuir esta escalofriante realidad. Parodiando el título de las memorias de Neruda declaraba “Confieso que he bebido”. 
La “Unión Chica” fue una estricta academia literaria en un mar de botellas de vino, donde la presencia esporádica de otros autores mayores, entre ellos, Francisco Coloane, Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Enrique Lafourcade, Gonzalo Drago y muchos otros, no hacían sino enriquecer las jornadas, confirmando de paso que las voces del grupo de escritores que ahí se reunían habían traspasado los muros del bar, en gran medida muros impuestos por los tiempos salvajes y los negros días de la dictadura militar. En la “Unión Chica” había que saber expresarse y también saber defenderse porque en cualquier minuto uno podía ser blanco de una agresión verbal, notablemente aumentada por los vaporosos efluvios de un Cabernet Sauvignon. 




Iván Teillier, Jorge Teillier, Álvaro Ruiz. 
Homenaje a César Vallejo. Sociedad de Escritores de Chile SECH. Almirante Simpson 7. Santiago, 1994. 
Fotografía de Carlos Mellado






Una tarde Teillier me citó al Bar Baquedano, en la Plaza Italia, en Santiago. Llegué antes que él, me senté en una mesa desde la cual observaba los árboles del Parque Bustamante. A los diez o quince minutos lo vi entrar, venía pálido y preocupado. Hace unos días había muerto su hermano menor Iván. Se sentó, bebió unos sorbos de vino y me confesó que algo extraño le ocurría. Que desde hacía dos días al bar que entraba se le acercaba un extraño, un extraño distinto cada vez, que le ofrecía un Campari.
A decir verdad, pensé que era cuento, un hecho real trastocado o que se hallaba en el umbral de un delirium tremens. A los pocos minutos un hombre desconocido que solitario bebía en la barra se acercó a nuestra mesa y derechamente a él le ofreció por su cuenta un Campari. Yo enmudecí y perplejo ordené otra botella de vino. 
Ahora pienso que su hermano Iván venía a brindar desde un estadio lejano y abstracto y a susurrarle al oído que morir es mentira. 
Teillier hizo de su vida una renuncia a gananciales. La dedicó a la observación, de un paisaje u otro, a la observación por sobre todas las cosas, a la observación de la naturaleza y del hombre, a sus oficios (a lo Whitman) y a la lectura no solamente de la Poesía sino también a la lectura de la historia y la geografía. Le interesaba enormemente la botánica y el esoterismo, donde siempre el misterio le hacía sonreír. 
Admiraba a Sergei Esenin, a Paul Verlaine, a René Char, a Georg Trakl, a Heinrich Heine, de cuya obra extrajo un verso para intitular su primer libro, me refiero a Para ángeles y gorriones, a Lewis Carroll, a Dylan Thomas, al cubano Eliseo Diego, a Rilke, a Pavese, a poetas comprometidos con la Poesía, con el Hombre, con la Belleza (aunque amarga sea ésta.) 
En los últimos diez años de su vida no le interesó viajar. Decía que un viaje a La Ligua ya era suficiente para él. Lo vi arrojar al basurero invitaciones y pasajes a Suecia y a la India, no recibir periodistas, cerrar las puertas, desechar los famosos quince minutos de gloria a lo cual se refería Andy Warhol, la fama, ese asunto de vanagloria. El éxito siempre le pareció algo casi vulgar.
Sostenía que un iluminado de Cabildo, tierra última de él, le había revelado que poseía un ángel de la guarda andrajoso pero sumamente poderoso. Subentendiendo el poeta que no debería preocuparse demasiado de las cosas mundanas, dejaba pasar las horas observando el detalle de los días, brindando en silencio, hacia adentro, en su casa lejana perdida en el bosque.


Poeta, mago y santo.






Nota: Los restantes poetas bebedores del listado fallecieron en gran medida de un modo similar, casi todos de cirrosis. 
Los bares se parecen a los cementerios donde crecen los cipreses como sombras en los vidrios catedrales de las puertas batientes de los bares.




Alvaro Ruiz
La Serena, Enero de 2012.




                       Ramón Díaz Eterovic, Roberto Araya, Álvaro Ruiz y Elisa Montesinos






Alvaro Ruiz, nació en Ottawa (Canada) en 1953, mientras su padre cumplía funciones de Embajador de Chile en Canadá. Ha residido en México, Perú, y otros países. Actualmente reside en la ciudad de La Serena donde dicta taller de Literatura y Creación Literaria en la Universidad Católica del Norte, sede Coquimbo.




Libros publicados: 
- Dieciocho Poemas. Santiago, 1977.
- A orillas del canal. Santiago, 1982.
- Es tu cielo azulado. Santiago, 1989.
- Casa de Barro. Santiago, 1991.
- La Virgen de los Tajos. Santiago, 2001.
- Poemas del Sol. La Serena, 2007.
- Cola de Gallo Poemas. Santiago, 2010.


Antologías:

- Nueva York 11. Poesía Chilena. Editorial Galinost. Santiago, 1987.
- Cartas al Azar. Ediciones Ergo Sum. Santiago, 1990.
- Muestra de Literatura Chilena. Congreso Internacional de
Escritores “Juntémonos en Chile”. SECH – PRED. Santiago,  1992.
- Veinticinco años de Poesía Chilena. Editorial del Fondo de Cultura
Económica. México – Chile, 1996.
- Viven. Periplo de poetas de Chile. Ril Editores y Consejo Nacional del 
Libro y la Lectura. Santiago, 2002.
- Vagabundos de la nada. Literatura Chilena Contemporánea. Ediciones
Caligrafía Azul. Libros La Calabaza del Diablo. Santiago, 2003.
- Poesía Chilena Desclasificada. Editorial Étnica. Santiago, 2006.
- Poéticas de Chile. Chilean Poets on the Art of poetry. Edición bilingüe. Editorial Étnika. Santiago 2007.
- El lugar de la memoria. Poetas y narradores de Chile. Editorial Ayún. Santiago, 2007.
- Antología Poética Generación del ochenta. Mago Editores. Santiago, 2010.
- Antología Poética Regional. Ediciones del Galpón. Universidad Católica del Norte. Coquimbo, 2011.


Otras publicaciones:


   -     1995:   Publicación del libro “Taller Interior”. Selección y prólogo.
                     Antología de Taller. Casa de la Cultura Oaxaqueña. Oaxaca, México.

   -     1996:   Publicación del opúsculo “La Virgen de los Tajos”. Instituto

                     Oaxaqueño de las Culturas. Oaxaca, México.

   -     2006:   Investigación y publicación del libro “Correspondencia  con Juan            

                     Cristóbal”. Cartas y postales del poeta chileno Jorge Teillier a su par                     
                     peruano Juan Cristóbal. Introducción y notas de Álvaro Ruiz
                     Ediciones Clásicos del Pacífico, Lima, Perú. Agosto de 2006.

  -     2010:    Publicación relato “Una temporada en la Pampilla”.Centro de Estudio de la Imagen 

Fotográfica. Santiago, 2010.


  -     2011:    Publicación relato “Atacama”. Centro de Estudio de la Imagen Fotográfica.
 Santiago, 2011.

domingo, mayo 13, 2012

Utolands reseñado




"Esta es una reseña que hicieron de un gran libro de un gran poeta ecuatoriano que estimo y admiro mucho, quizá una de las últimas obras que provocó en mí un estremecimiento lírico. Al final se adjuntan algunos poemas. "El tesoro de los pájaros" que está incluido en 4M3R1C4 y es el primero de esta selección es de una belleza que no tiene igual. Mis respetos a Luis Alberto Bravo." Héctor Hernández Montecinos




Por Camilo Muñoz Chaves *

Las reseñas literarias siempre tienen el defecto de reducir el libro a su composición más simple, a su banalidad más interesante; lo que leemos en una reseña es una traición al contenido del libro, a su esencia próxima, como lo es la biografía del escritor al escritor o como lo es la página a lo que dice,  a su contenido. El reducto es un asentamiento retórico sin imagen. La poesía por el contrario es dimensión, silenciosa abertura de contenidos. Seguei es un personaje ficticio de la literatura japonesa nacido al sur de la rivera oriental del Volga, cerca de la región del Cáucaso, quien legó de su padre, y este a su vez de su padre, y este de su padre, el arte de la carpintería; cuenta este relato anónimo que caminando por el bosque nevado, encontró aquella vez el más hermoso de los troncos, una madera blanquecina que parecía brillar bajo los primeros rayosy del grueso tronco surgía un halo de vida, casi tan intenso como el de los oseznos al nacer; cuenta que con dicha madera construyó una bella muñeca a la que llamó Matrioska, la cual una mañana saludó a Seguei deseándole Buenos Días; ésta le solicitó al ebanista que construyera para ella otra muñeca, para que la acompañara ya que se sentía muy sola, quien a la vez saludó a Seguei y quien además también pidió compañía (adjuntaré al final el cuento completo). Las Matrioskas son aquellas muñecas de madera que en su interior albergan otras muñecas de menos tamaño. He encontrado en el libro Utolands del escritor ecuatoriano Luis Alberto Bravo, un hermoso dialogo dimensional, inconsciente a lo mejor, que suscita el acontecimiento de albergar un contenido en otro, un cuerpo en otro cuerpo: poemas que albergan en su interior otros poemas y que permiten una lectura feliz e inteligente del deslizamiento de la realidad en el azar poético.  



Utolands resulta de la composición UTOPIAS + TIERRAS = UTOPIAS REALIZADAS: he ahí un infra-albergue de la estética de los poemas, que superan el mero azar para remitirse y permitirse la infancia de la que Luis Alberto nos permite disfrutar a lo largo de todo su libro, como una escritura provechosa, florecida en su aspecto inventivo, y por lo cual creo no hace caso solamente a la añoranza, sino a la otra realidad, a la otra mitad de toda realidad, a la otra ficción de toda ficción, la línea del Equador (1) donde se despliega la intertextualidad del presente imperfecto, y donde gracias a ello Utolands como Bonus Track (2) puede ser geográficamente ubicada en librossueños, letras de canciones, pinturas, revistas, blogs, fotos y películas: la antología de lo vivido en el pasado de la creación. Un recorrido afectivo  y sencillo donde el sueño es un ojo impreciso hacia otras realidades (3): la tierra del niño visceral más que el pequeño dios de Huidobro.

“…siempre le doy especial énfasis a una estructura, donde vaya a caber el contenido“; “estructura y ritmo han convenido para que el contenido sea natural”; “me gusta pensar que mis textos… puedan alcanzar otras formas de expresión”; “Para mí el mundo del arte, de la literatura es un mundo paralelo a la realidad objetiva, un mundo de belleza, de ilusión de admirar la perfección”(4),  eh ahí el trabajo del poeta que abre el misterio de la realidad primera para rebanarla a la mitad, donde nace otro misterio, el reto utópico de la literatura.






No deja de sorprenderme la cantidad de alegorías que encuentro con las muñecas. Bravo preparaba entre el 2001 y el 2002 una novela llamada Septiembre (ya terminada en la actualidad, ganadora de un premio, sin publicarse), que al parecer resulta de una fuerte búsqueda por el tono, el ritmo, la experimentación, y por la cual nacen dos de sus libros: Utolands (obra ganadora del Primer concurso de poesía organizado por la editorial mexicana Lenguaraz en el 2009) y Cuentos para hacer dormir a una niña punk (ediciones Arlequín. México, 2010); resultan de un salvoconducto ante la imposibilidad de escribir una novela, es decir, estas obras son contenidos de un cuerpo que alberga otro cuerpo novelado; Utolands está dividido en cuatro secciones: El nombre de un viaje¡Bienvenidos a este pueblo!Perdí la aldeaEpílogo (Vuelva cuando quiera), mas todas las citas de libros, referencias de películas, fragmentos de poemas, cuadros, fotografías, etc.; hace parte además de la trilogía denominada Antropología Pop, cuya primera parte ya ha sido publicada; y la compone un canal en youtube con el mismo nombre, a cuya entrada se puede escuchar la composición entre Manu Chao y Portishead llamada King of Bongo, realizada por el mismo Luis.

Considero que cada una de sus obras, de sus poemas,  ha sido engendrada(o) gracias a lo que precede, a fragmentos que él utiliza para posteriores creaciones literarias, cinematográficas, ensayísticas, etc. La muñeca pre-morada que suscitara casa del presente, en tal caso, por ese movimiento que la literatura comparte como arte inacabado, en el inconsciente: el niño que nunca ha dejado de jugar. Estoy de acuerdo con el prologuista del éste libro publicado en México al decir que “Utolands es un libro que nos obliga a buscar dentro de nosotros mismos los elementos necesarios para descifrar todos los símbolos que construyen el mensaje en los poemas”; agregaría a eso que en Latinoamérica las Matrioskas son la dimensión  que cobran los nombres, las cosas, las personas, el mismo lenguaje y la misma tradición andina que acoge innumerables significaciones, donde la relación significante-significado no constituyen la experiencia sensible del símbolo occidental sino precisamente su inversión o desbordamiento.

Una cosa antes de terminar; Seguei dibujó un bigote a la última Matrioska llamada Ka, la colocó frente al espejo y le dijo: eres un hombre… no puedes tener una hija o un hijo dentro de ti…, entre la primera muñeca y la última existe una relación de línea punteada que es el abrir, el abrir, el abrir y cerrar los círculos de la obra, pero los círculos que se cierran, se abren a otra dimensión que es el libro: la literatura rebana a la mitad toda realidad, la poesía es ese intervalo de muñeca a muñeca sin respuestas. Espejo contra espejo, rostro al libro, la muñeca es otra y otra y otra (haced el ejercicio). Luis: viejo carpintero.





Fotograma de una escena de Así murió Riabouchinska, el episodio 20 de la primera temporada de Alfred Hitchcock Presents






Aquí una selección de algunos poemas:


El tesoro de los pájaros

Hubo una señora que nos alquilaba la casa
y que se casó con su padre adoptivo para adquirir los bienes;
Ella solía llamar a los pájaros
como si hiciera una llamada telefónica:
“¿Aló Pepe?, ¿aló Copenhague?”.
Ahora la entiendo, cuando tras la puerta
se jalaba los cabellos…


¡Bautizaré a los pájaros!
Les pondré nombres de ciudades escandinavas.
Así un pájaro se llamará Copenhague;
Otro será Suomussalmi, y otro Espoo.
Los árboles se llamarán como los niños antiguos:
Cipriano, Tomás, Farfounet o Nils.
Y los colores como las estaciones en… ¡Neverland!:
La Luz de las Bicicletas, La Niebla en los Patios, Los Tréboles en una Taza.
Los caminos se llamarán como las películas antiguas:
Anónimo venecianoLe petit soldat, o El desencanto.
El sexo de las mujeres se llamará Suiza o Luxemburgo;
y el de los hombres Bulgaria o Brasil.
A las hormigas habrá que llamarlas como los paraguas
(fuera de la casa cuando la lluvia);
porque los paraguas recordarán las marcas que hacían los zapatos
en los caminos antiguos: donde se acostumbraba a
llamar por su nombre a los niños,
que solían recordar la fecha de la vid;
Por eso nuestros pasos se llamarán como las clases del vino
y los patos por cada hoja que picoteaban antes de tiempo,
y por cada pistilo que arrancaban
(y que sangraban como una niña en su primera
menstruación);
¡Porque ha vuelto Nils de Bulgaria!
Y aunque agarró una enfermedad mortal en Suiza,
fumará las hojas que no alcanzaron los patos…

¡Sí!
¡¡Ha vuelto Nils de Bulgaria!!
Y le miran las niñas desde el zaguán
(mientras las madres les espían sus diarios)
(y mientras sus padres cruzan la cerca y visitan a las otras mujeres que les parieron otros hijos).
Porque ha vuelto Nils de Bulgaria…
Mírenlo como camina por El desencanto;
Lleva en el walkman (que le regaló su primera amante)
esa canción de aquel cantante del Brasil…
“¡Oh que guapo es Nils!” dicen las ardillas;
Mientras los pintores sin historia
descubren en aquella nariz descontinuada,
todas las imprecisiones de las barcas,
de los cuadros de Whistler (James Abbott McNeill).
“Bienvenido Nils…”
“¡Oh Nils!”
—“El que defeca debajo de las ramas”
Y luego se ríen…—



[Y Copenhague defecará lluvia blanca
y dormirá sobre Nils…
Dormirá
en honor a los cabellos
que se jalaba la vieja
y que a su vez soñaba con un niño que le pudiera acariciar;
tal vez
el mismo niño que ya no lo recuerdan en los caminos antiguos,
y que solía aplastar fielmente la vid].












Neverland

La infancia es una utopía para niños afortunados

                                                                                     Kazuo Ishiguro




Si sabes quién soy,

entonces no hay niños aquí.





Utolands!

Tener talento no basta: también hay que ser húngaro
Robert Capa

1

El patio de mi casa
es un país
que fundé en la infancia.

2

Equador es un pueblo
que nieva al sur de Chile.

3

Luxemburgo es el dibujo
de un alemán
que volvió de… ¡Neverland!





Lautaro

Y llamaron Juan Rubio a aquel barco de papel…
y apenas aflojaron en el agua, lo volvieron a sacar;
Tomándolo de sus alas de barco de papel
—Cuando su barriguita yacía manchada de lodo y humedad de todas las aguas—.

Lo llamaron como un pueblo que nieva en el sur.
Y esta vez lo aflojaron…

Allá lo vieron alejarse,
hay quien rió y dijo era mejor el primer nombre;
mientras los otros haciéndoles chao con la mano
no entendían el por qué el barquito se detenía y no avanzaba más.

La verdad no entendieron nunca el por qué bautizaron a aquel barquito
con el nombre de un pueblo que no conocían,
ni por qué en un principio, lo bautizaron con el nombre
de un borracho a quién no se lo volvió a ver.
Tal vez por ese hecho se despidieron ellos mismos
y se olvidaron del barquito de papel
—Que no avanzaba más,
y no avanzó.
Y que se enredaba y hacía bucles
en el cuerpo flotante y putrefacto de Juan Rubio,
aquel borracho, a quién nadie nunca más
lo volvió a ver.





Equador

Mi cumpleaños es más importante que el 10 de agosto
Efrén Avilés Pino


Tuvimos un presidente hijo de puta.
Tuvimos un presidente borracho.
Tuvimos un presidente cabrón.
Tuvimos un presidente payaso.
Quedamos segundo lugar por nuestro Himno Nacional
(sabemos quién nos ganó,
pero no sabemos a quién le ganamos).
Tuvimos un presidente gritón.
Tuvimos un presidente palacio.
Tuvimos un presidente orejón.
Tuvimos un presidente batracio.

Matamos a un presidente (que no lo merecía).
Desaparecimos a dos hermanos (que no lo merecían).
Matamos a un banquero (que no lo merecía).
Ganamos la guerra y perdimos el territorio.
No matamos a un presidente (que se lo merecía).
Estábamos al norte del Perú,
ahora el Perú está al norte de nosotros.
Tuvimos un héroe niño:
le dispararon una bala y no murió,
le dispararon otra bala y tampoco murió,
le dispararon en una pierna y siguió caminando,
le dispararon en la otra pierna y se arrastró,
se arrastró y se arrastró,
y murió de una enfermedad cacal en el hospital.

Acá a los patriotas los llamamos «Cojudos»,
pero si pierden una de sus piernas
los llamamos «Héroes».
¡Acá no hay racismo, negro hijo de puta!
Vota 10, la de los pobres.

Hicimos la Copa América
y casi nos la quedamos.

Hicimos el Miss Universo
y casi nos la quedamos.

Tuvimos tres presidentes en un mismo día
y nadie nos dio un premio.
Tuvimos un candidato al Nobel de Literatura
y nos hicimos los locos.
Le ganamos a Brasil 1 a 0
(pero luego Brasil nos volvió a ganar y nos hicimos los locos).

Ganamos la Libertadores
y no la volvimos a ganar.
Ganamos la medalla olímpica
y no la volvimos a ganar.
Ganamos el Roland Garros
y nunca más la ganaremos.

Elegimos un presidente
y lo derrocamos.
Elegimos a otro presidente
y también lo derrocamos.
¡Acá no hay racismo, indio hijo de puta!
¡Acá no hay racismo, cholo hijo de puta!
¡Ven para mearte hijueputa maricón!

Yo no fuiií.
Mira Totti, mira Suso, mira Ñoco:
Necesitamos un presidente
que no cante feo;
Necesitamos un presidente
que le regrese las piernas a nuestros héroes.
Que le declare la guerra al gran país del Norte
y luego se haga el loco.
Que le diga a las FARC que se vayan para allá.
Que se traiga las Galápagos un poco más para acá.
Que Chile linde al norte por el Equador.
Mientras nadie prometa esto,
mientras nadie cumpla todo esto,
acá seguiremos votando NULO.


(en: ¡Bienvenidos a este pueblo!)





Nueva Ley de Murphy (para aplicarla en la ruta a Neverland)

Si dos niños se despiden,
—mínimo—
uno de los dos es huérfano.




Noah Taylor



Pasajes copiados de la película Flirting; donde Danny Embling (el personaje de Noah Taylor) es un poco Holden Caulfield y un poco Antoine Doinel

(fragmentos)

2

— Mantén en marcha esta mitad del mundo
— Tu cuida la otra mitad


7

Y de nuevo
habían mundos
muchos más grandes;
y en ellos había
un pequeño lugar para mi.





Charlie Kaufman a una chica (que no sabe, que él es Charlie Kaufman)

— ¿Has visto Eternal Sunshine…?
— No
— ¡Te espero en Montauk!






Un adiós pequeñito
(ó Manifiesto para la creación de Utolands!)

Adiós:
Cómprate una bicicleta,
quíñale el ojo a un gato,
súbete a un árbol,
salta en una pierna,
y en el patio de tu casa
funda un pequeño país.





* CAMILO MUÑOZ CHAVES (Ipiales, Nariño, Colombia). Ha participado en encuentros nacionales e internacionales de poesía y literatura.  Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Nariño de Pasto, Nariño; co-fundador de la revista de filosofía, arte y Literatura FLOREO; miembro del Colectivo Cultural y Poético SOMBRILLA, que realiza el Recital Internacional de Poesía Desde el Sur, y Director de la Primera Escuela Internacional de Poesía Desde el sur, Pasto, Junio de 2011, en esta misma ciudad. Algunos de sus poemas aparecen en el libro Sueños al Viento, de la serie titulada Coyote Blanco: antología de poetas colombianos y mexicanos editada por la Cofradía de Coyotes en México, diciembre de 2010; memorias del Recital Internacional de Poesía Desde el Sur, y en revistas literarias de su país. Actualmente es investigador del Instituto Andino de Artes Populares IADAP.