Por Juan Cameron
Agradezco la confianza de mi amigo Xavier Oquendo
al encomendarme, ante ustedes, la presentación de este volumen, aún más tratándose
de su propia casa. Y experiencia en la materia ya tienes. En el marco de Poetas
del mundo latino en la ciudades de México D.F., Morelia, Aguascalientes y
San Luis Potosí, este libro había sido ya presentado a nuestros hermanos en la
poesía.
Me llamó la atención su título –la palabra Solos-
y entendí de inmediato las posibilidades del juego escondidas por ella. El término
contiene en si los fonemas de sol (unidad creadora o el único Dios
conocido), de los solos (especie en la que al parecer nos
identificamos)para reunir en ella, casi como en un oxímoron, la pluralidad de
un concepto que es único, personal y, por lo tanto, muy privado. Es un término
sin solución; resulta lo mismo leerlo en un sentido o en otro. Siempre se llega
a la soledad. Y este palíndromo lo anota al referirse a este poemario, descubro
después, la escritora Carmen Váscones. ¿Qué declara el poeta con esto? ¿Está
solo o es el individuo de esa especie mayor separada de algo, o abandonada por
el tiempo? ¿O acaso alude al sentido de «los otros», de Jorge Enrique Adoum al
referirse a este país en la cima del mundo? ¿O es la soledad del que ha perdido
ya la mano extendida y el pañuelo de que nos habla Rubén Astudillo?
Cuanto si nos queda claro es la sensación –ya
repetida para los viajeros y también para el lector en la contraportada de este
volumen- de caminar entre la multitud y de ser un ente autopoiético
(vivo), irremplazable, indivisible; pero al mismo tiempo invisible; pues si
observamos a los demás a nuestro alrededor, unos juegan naipes, otros escuchan
su propia música con orejeras y lentes en la nuca o pasan simplemente portando
platos silenciosos, o regresan con maletas entre las mesas, o circulan raudos
en sillas de ruedas o en monopatines u otros aparatos mecánicos; pero todos, o
casi todos, hablan en un código desconocido y lejano, sólo para recordarle
quien es: aquel centro del mundo ignorado por ellos. Es decir, para recordarle
que está solo y sin embargo tiene en sí mismo conciencia del medio.
Otra forma de acceder a los límites de esa palabra: solo –o de soledad,
que es su condición más evidente, la podemos escarbar en las líneas de Émile
Michel Cioran o en las de Mario Benedetti o en las de tantos autores. Pero
ninguno, tal vez, nos dará una visión completa, sino más bien una apreciación
muy personal. En verdad la poesía es el oficio del solo y tanto aquella como la
filosofía –que no son sino una misma mirada del entorno; pero desde un ángulo
denotativo o connotativo según el caso- indican este singular camino a quienes
las practican.
Tempranamente en el libro el poeta nos señala: «Aquí
soy otra cosa a la que temo./Soy una soledad que grita en lenguas,/ que vibra
como un mar mientras tu menguas/ en plena tempestad de un cielo lleno». Y
algo de ese Antonio Machado de Soledades (lo habrá de citar Oquendo más
adelante) aparece en el oído cuando afirma: «Son buenas gentes que viven/
laboran, pasan y sueñan», que «no conocen la prisa/ ni aún en los días
de fiesta./ Donde hay vino, beben vino; / donde no hay vino, agua fresca».
María Zambrano, esa hermosa malagueña a quien
comparto y admiro, decía que «el poeta olvida lo que el filósofo se afana en
recordar, y tiene presente en todo instante, lo que el filósofo ha desechado
para siempre. El poeta se desentiende de la reminiscencia que despierta a la
razón, y ésta está en vela ante todo lo que el filósofo ha olvidado». De todas
maneras, observen ustedes, ambos trabajan en un espacio donde nadie más tiene
cabida, en un espacio donde la exigencia del entorno apenas los alcanza a
riesgo de, al intentar compartirla, escapar a su esencia (o razón) en pos de un
recurso de inteligencia. «Solitário e diverso, dou as horas/ uma alma
diferente de tua alma (…) E em onzas frentes, brilha o que pensamos,/
sombra do que sentimos e narramos/ as horas consumidas pelo tempo»,
rafitica nuestro Ledo Ivo.
La visión entregada por los diccionarios –aislamiento
o confinamiento, falta de contacto con otras personas- se refieren a esta condición bajo un sentido de
morbosidad evidente, para rescatarla sobre un campo muy restrictivo, como
condición de monjes o de otros iluminados; por no señalar, me parece,
directamente de los enajenados. O, con cierta generosidad, se define en ella
también a la condición de único en su especie o de separado del todo; o, está
claro, sin compañía.
Tal es el sentido del epígrafe de Eduardo Galeano
que Oquendo cita al iniciar el libro. La condición del agutipaca, el último
cuy del monte, que pasa las noches caminando en círculos o se esconde en el día
en el hueco de un árbol caído. ¿Se trata acaso el poeta? ¿Es la del visionario
que solamente puede elucubrar a oscuras y entiende que su entorno ya fue
destruido? Tanto el poeta como el filósofo comprenden el espectáculo del mundo
y lo describen en su plena actualidad; pero serán leídos con suerte medio siglo
después para erróneamente motejarlos de adelantados a su época.
Si, yo prefiero esa definición del poeta, esa del
encontrarse con uno mismo sin embargo. La hallo por un lado en los versos
primeros de Jorge Carrera Andrade cuando describe: «Habitación callada,
llave en la cerradura,/ paciente soledad, mi panal de dulzura./ Sólo el cansado
grillo que bajo de la puerta/ canta es mi humilde amigo ante la tarde muerta»,
cuyas reglas decreta ahora el poeta Oquendo: «El solo está exento de figurar
en catálogos (…) No irá a la misa de los otros./ Deberá buscar a
un Dios independiente (…) persignarse mirándose en su espejo (…) El
solo no está libre de ser libre».
Ya avanzado en sus páginas el poeta se refiere al Nacimiento
del dolor, elemento esencial de su condición o existencia. Los mitos que
construyen día a día nuestro imaginario se empapan del deseo y de esa bíblica
visión que la cultura entrega al poeta: «Porque la única meta de la especie/
es la alcanzada por Salomón/ en los Cantares de la Bella Sulamita». Es el
paso del tiempo el que hace al solo, al solitario, y este tiempo se precipita
como memoria y como camino. «En ese puerto donde guarecen mis memorias»
sostiene así un Prometeo encadenado a su sombra, «allí apareces». Y está
el amor, sabemos, como elemento formador junto a la infancia –ese niño que
fuimos y el niño que somos- y junto a la figura vertebral del padre que es a la
vez antecedente y continuación de la especie. Estamos solos porque somos uno.
De esta lectura resulta una suerte de lárica visión
en la que el lar materno –el hogar, el fuego sagrado mantenido por la madre
fundamental- se oculta bajo la sombra del patriarca y la imagen de aquellos días
ya no retratan el perdido paraíso, sino más bien la de un único ente que
atraviesa el tiempo y lo hace permanente. «Padre seré –escribe el poeta-
y fui hijo de padre verdadero./ Soy el espíritu santo del padre/ que me
hice. Del padre que seré».
Formado como individuo, entonces, el poeta habrá de
integrarse a su tribu. Los muchachos de entonces, los bíblicos como los
denomina, recorrerán la tierra prometida en automóviles de moda –cuando se
puede, es cierto- y peinados de película para sorprender a las chicas del
barrio. Pero la realidad está allí,
acechándolos: «El enemigo obligó/ a mirarnos al espejo».
Para comprender la permanencia de Oquendo en una
tradición más amplia que la nacional (porque la poesía después de todo
pertenece a la lengua y no a la geografía) me permito citar –al tiempo de
recordar y homenajear también- el poema Generación, del argentino
Eduardo Romano: «Dirán que teníamos el vino violento/ y por las tardes,
asomados al río tullido de la plata/ recitábamos poemas insalubres./ Qué éramos
unos pobres muchachos sin Partido/ militantes violentos de a nada». E
igualmente en nuestro poeta, aquella realización que no fue, sostenida
solamente en los sueños y en el deseo, pasó también rauda por la carretera del
tiempo: «Éramos –nos dice ahora con evidente resignación- sólo
adolescentes/ que nos faltaba sol en las costillas// Las mujeres se reían desde
las azoteas de sus miedos.// Alguna lloró, pero las más se
carcajeaban,/mientras masticaban un polvo de estrellas,/ regalo del sol del
otro día».
En esta
revisión del camino el poeta da cuenta, para cerrar su libro de la estadía en
la península y de un panorama enmarcado por, entre otros, los epígrafes de Yves
Bonnefoy y de Antonio Gamoneda, dos amigos, dos autores más bien conocidos por
los iniciados en el género y cuyos nombres comienzan a repetirse durante esta última
década. La soledad física del frío blanco y lejano se hace carne en él: «En
el invierno, extraño el cabello lana,/ sus pies de ángel veraniego/ y sus alas
que llegaron a estacionarse conmigo». Y a propósito pregunto al poeta, aquí
en pleno Ecuador: ¿En qué estación del año nos encontramos? Al parecer aquí se
está en todas, y de allí esa capacidad de nostalgia permanente.
Yo quisiera leerles y continuar estas observaciones
con una serie de textos de mi amigo Xavier; pero le quitaría protagonismo.
Entonces, en este punto, es mejor aguardar a su lectura.


