
CAN CAN en concierto: 31 de marzo en el Aguijón (UIO) y 8 de abril en Diva Nicotina (GYE)
Por: Andrés Emilio León Rodríguez
El capitán Rodríguez agarra el micrófono y se disputa las babas para soltar una oración. “Hay viscosidad y algo de turbulencia en el camino, por favor amarrar la seguridad de sus cinturones”. Olía a caos y salía humo de la cabeza de la azafata celeste que sonreía para disimular.
Yo iba pasmando letalmente la velocidad de las cosas. Leyendo como el escritor –“cuyo nombre, por obvia elegancia y comprensible prudencia, prefiero omitir”- iba preparando el desastre, iba desbaratando el fin, mientras los rasgados de Pasquel arañaban, mientras la voz de Denisse penetraba los canales de audio para llegar a mis audífonos.
“Traté de de olvidar que todo sigue igual, entre sonrisas pasajeras, prefiero verlo a mi manera”.
El fin a veces es un pretexto –pienso mientras hago girar el vasito de cartón queriendo nivelar los sabores de durazno y naranja- para ver las cosas a nuestra manera. Todo esto, mientras un caos se acerca a la puerta, todo, mientras la página 303 me envuelve e improviso un paracaídas. Pero no me caigo, no despego. Más bien voy entendiendo el por qué de los rasgados de la Fender, y aquella madurez de la que habla Eduardo en otro post.
Diseño, ilustración y arte de disco: Roger Ycaza y Jaime Nuñez del Arco
Sin embargo pienso y muero de ganas de desarmar todo este momento, con un movimiento. Pero el avión se congela… no se inmuta ante las nubes grises que forman el túnel por el que nos sumergimos a otro cielo guayaquileño.
Luego, la paz. Los ojos cerrados, los dedos de Pasquel de nuevo que se turnan entre las cuerdas. Y Denisse insiste “pero algo en el aire de este tiempo nos invade hoy”. Y yo pienso en los pensamientos de todos los pasajeros, en como van totalizando nuevas ideas luminosas, en como imagino el amor de años atrás y Denisse lo resume en una sola frase: “Tu casa tiene todos los colores, pero me da igual”.
Yo me sumo al coro final: oí una explosión. Aunque realmente fueron varias. Todos gritos internos que se desatoraron. Algo se desamarró en mi pecho, algo por fin se soltó para que el 1 12 25 -para mí la mejor canción del disco- suene como varios coros tipo Café Tacuba en SiNo.
Fresan por su lado me aconsejaba ante tanto Caos: “El Bien no siempre triunfa porque, de ser así, ¿Qué sentido tendría la idea del Bien”. Además, por si fuera poco en la página 304, Rodrigo continúa: “Por eso el fácil y falso consuelo de la hermandad planetaria como objetivo supremo manejado por bienpensantes que acaban resultando mucho más dañinos que un humilde y sincero hijo de puta”.
La sinceridad. Interesante.
Muchas veces no sirve de nada. Ya lo destaca Roger Ycaza, cuando inesperadamente se anima a cantar. Y un poco detalla lo que para mi sería el concepto principal de este caos musical, de este novel disco rosado y tierno que grita oraciones y acordes durísimos, honestos, pesados, dispersos.
“De pronto Dios, de quienes clama ser sus hijos se olvidó y aquí estoy yo, adoptado, en un orfanato de ateos me dejó”. Caos total. Nada peor que el reclamo con 80 libras de quejas. Can Can grita al final con furia su agotamiento.
Luego, el capitán Rodríguez –seguramente cruzando la Intervalles- se imagina que el micrófono es personal y en una caída libre relajante, estrella el babero en el mar. El avión con los pasajeros coreando “vamos vamos vamos a caer” y Denisse afinada respondiendo “y atada a ti espero el fin, accidente pretende ser”.
“Los accidentes”, pienso mientras recuerdo el disparo de Penny y los diálogos descosidos de Eduardo con el especialista. Rodrigo lo resumen bien en la página 287: “Dicen que toda la verdadera sabiduría y utilidad del psicoanálisis se reduce a esto: si uno puede llegar a llevarse bien con su psicoanalista puede llevarse bien con cualquiera”.
El silencio de la playa me facilita volver al principio… pero a pesar que Denisse me toma la lección y reclama “¿que has aprendido?”, yo no quiero caer. Me suelto el cinturón de seguridad, y ante los desesperados gritos de los tripulantes, comienzo a correr por los pasillos buscando la salida de emergencia, pero todo es muy extraño. “Extraño no hablar con nadie, extraño no oír mi voz”, sin embargo –ante los apuros en la guitarra de Daniel Pasquel- la melodía resalta “siempre en silencio vivimos mejor”.
En silencio, despierto y me guía el deseo. Los pasajeros toman las escaleras eléctricas que los llevan al abanico abisal, aquel delta submarino en donde nunca entra el sol. El nuevo disco de Can Can termina suave, armónico. Con menos armonías de Denisse imitando las melodías de Daniel, algo que generalmente me generaba un sentido de deja vu musical.
Denisse Santos y Daniel Pasquel
El disco termina preguntando a donde voy.
El disco termina entre glándulas y fotografías de ambos. Termina con un aterrizaje normal. Y me quedo con ganas de subirme a una montaña rusa, con ganas de salir a trotar por la 9 de octubre, ignorando los autos o pasos cebras. Termino con ganas de más desastre, con ansías por destruir las paredes acolchonadas musicales que propone la banda. Y ya… me agoto.
Luego, el disco vuelve a empezar y retumba “como tú, quisiera huir como tú”. Pero en mi mente solo se reciclan las palabras sabías que Maud en algún momento machacó con sabiduría: “Lo que sé realmente, es que no estoy huyendo de nada, como muchos me preguntan, sino que estoy buscando...”.
Y el disco me volvió a buscar.
Punta Blanca, 2011-3-26









