Por Iván González Vega
El Informador / www.informador.com.mx
La FIL 2011 ofrece una “selección” de 25 narradores poco conocidos fuera de
sus respectivos países de origen a los que vale la pena leer, y usted, que
además publica poesía, está entre ellos. ¿Cómo defendería usted este ejercicio:
para qué, en su opinión, vale la pena leer a autores nuevos?
La capacidad de reacción del público, siempre ha
necesitado que algo (para bien o para mal) se le presente de una forma
novedosa. Y a menudo estas selecciones suelen ser objetos de crítica, por su
apariencia de estrategia marketera. Algo que en definitiva lo es, pero con
firmes intenciones: para que los escritores de ahora no corramos la misma
suerte de los autores del pasado. Al final ganamos todos, pues en realidad la
obra literaria es el auténtico secreto a desvelar. Sería ilógico (e idiota)
abstenerse a diálogos globales en esta época. La literatura de un Franz Kafka,
Pablo Palacio o un Robert Walser, pudieron haber sacado mejor partido de un
acontecimiento semejante.
Ahora, si vale la pena leer a autores nuevos,
definitivamente sí. No creo que ningún tipo de literatura, se mantenga
inalterado al paso del tiempo; salvo aquellas de las civilizaciones que han
desaparecido. Y la de acá, de América Latina, es muy inquieta. Vale la pena
apreciar como ese dinamismo ha seguido su constante transformación.
¿Conoce usted la obra de sus compañeros en este foro? ¿A qué clase de
“oferta narrativa” nos veremos expuestos los posibles lectores en la FIL?
Las de mis compatriotas seleccionados, sí. Aunque compartimos una misma
época, no creo que sigamos una tendencia de enfoques o de preocupaciones
estilísticas. Y eso es bueno, de alguna manera, porque la oferta es variada y
al mismo tiempo son distintos temas los que han sido explorados.
Miranda July
En su vida como lector, ¿alguna vez descubrió algún secreto que valiera la
pena divulgar?
Los autores con los que me entusiasmé no son tan secretos en sus
determinados países. Cuando descubrí a Pierre Louÿs por “Madame y sus tres
hijas”, pensaba que era un autor que existía solo para mí, y que había escrito
un libro obsceno solo para mí; preguntaba por él y nadie lo conocía. Pasó algo
semejante cuando leí ese maravilloso cuento “En el océano de nadie” de Braulio
Arenas y una novela muy romántica “Marie-Ange” de un francés llamado Pierre
Roussel. En fin, han sido muchos, doy varios nombres: Ángel Arango (escritor de
ciencia ficción cubano), las norteamericanas Miranda July y Amy Hempel, además
de un cuentista mexicano René Avilés Fabila.
Como escritor, ¿busca usted lectores para sus textos, o prefiere escribir
para sí mismo y que los libros se las arreglen solos? Y en ese mismo sentido:
¿qué “relación” sostiene usted actualmente con Cuentos para hacer dormir a
una niña punk, por ejemplo? ¿Le ha procurado lectores o ha dejado que el libro
corra su propia suerte?
En principio escribo para mí. Mis historias se las contaba a mi hermano
menor, a quien le gustaban, yo creía que decía eso, por el simple hecho de que
le relataba algo antes de dormir. Con el tiempo supe que él se las contaba a
sus amigos. Entonces me fui ganando la simpatía de algunos de ellos, todos
menores de 12 años. Incluso uno me llegó a pedir que lo incluyera en un cuento.
Algo que cumplí como un deber. Ahora reparo en que estos fueron mis primeros
lectores. Me estoy refiriendo básicamente a la génesis de mis dos primeros
libros Antropología Pop (Para árboles epilépticos) y Cuentos
para hacer dormir a una niña punk.
Yo empiezo a ser un ávido lector a partir del 2001, pero yo ya escribía
desde el ’98; salvo que leía poco. Tomaba un libro y no me gustaba. Muchas
lecturas me defraudaron. Cuando descubro a Julio Cortázar, tarde por cierto,
2004 por ahí, me sentí familiarizado con su literatura. Descubrí a Braulio
Arenas, sin saber que era surrealista. Cuando lo supe, me embarco a buscar todo
el surrealismo. Leerlo todo. Leí la poesía de André Breton, traducida por Tomás
Segovia (recientemente muerto). Fue fundamental. Sentía que podía ver y leer
cosas cercanas a cuanto yo había estado produciendo y experimentando. Y
entonces recién pude entender a aquellos libros que no me habían gustado. Y
juzgarlos por qué no me habían gustado.
La lectura de Historias de cronopios y de famas, fue
fundamental para dar precisión a la niña punk. La idea de una
cosmovisión sobre la estructura social de los personajes, lo adquiero de ahí.
Yo si bien no tenía planteada esa idea, había tenido acercamientos de modo inconsciente.
Mis influencias se remitían a las tiras cómicas. Cuando escribía imaginaba que mis personajes eran los de Charles Schulz, o los de Bill Watterson. De ahí, es que en mis primeros textos, las estructuras sociales se sustentaban en pandillas (luego reparé en lo de tribus urbanas y los comparé con las personas que asisten a los centros comerciales) y mis personajes eran cómics. Pero escribí el libro que yo quería leer. El proceso fue así como cuando diseñas una camiseta. Tiene que gustarte a ti. Luego vino el azar, la publicación. Claro, me sorprendí que a alguien le gustara. Yo no publicaba aun nada en mi país, y ya había un editor en el extranjero que estaba interesado en publicarlo, fue muy halagador. Y un aliciente moral también. Por facebook me he enterado de las reacciones en torno al libro. Y algunos lectores me han escrito por ello.
Mis influencias se remitían a las tiras cómicas. Cuando escribía imaginaba que mis personajes eran los de Charles Schulz, o los de Bill Watterson. De ahí, es que en mis primeros textos, las estructuras sociales se sustentaban en pandillas (luego reparé en lo de tribus urbanas y los comparé con las personas que asisten a los centros comerciales) y mis personajes eran cómics. Pero escribí el libro que yo quería leer. El proceso fue así como cuando diseñas una camiseta. Tiene que gustarte a ti. Luego vino el azar, la publicación. Claro, me sorprendí que a alguien le gustara. Yo no publicaba aun nada en mi país, y ya había un editor en el extranjero que estaba interesado en publicarlo, fue muy halagador. Y un aliciente moral también. Por facebook me he enterado de las reacciones en torno al libro. Y algunos lectores me han escrito por ello.
Luis Alberto Bravo
¿Qué otros “secretos”, como lector, divulgaría usted mismo de la literatura
ecuatoriana actual?
Carlos Béjar Portilla, Santiago Páez, Huilo Ruales, son autores que merecen
ser leídos. De los más jóvenes, Carlos Terán y Augusto Rodríguez. El segundo de
ellos acaba de publicar dos novelas cortas.
Tiene otras actividades en la FIL de Guadalajara, incluyendo la
presentación del libro de un viejo conocido tapatío, Mariño González, del que
se ha escrito —muy amablemente— en el blog de Buseta de Papel. ¿Alguna
relación entre la poesía o la narrativa de sus libros y el tipo de trabajo que
hace Mariño?
Coqueteos, camaradería. Comparto el absurdo, las relaciones contra natura
de los personajes.
Mi humor es torcido, pero de cómic. Algo así como cuando el padre ha
encontrado una revista porno en el cuarto de su hijo.
a) Le recriminará (mostrando la revista rota) hasta hacerlo
avergonzar.
b) Rompe la revista. No le recrimina. Nunca hablará de ello.
c) Tomará la revista para sí.





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