sábado, octubre 23, 2010
Ya circula la revista El Quirófano número 9
miércoles, octubre 20, 2010
Mario Bellatin, un performance literario con garfio incluido
Por Miguel Antonio Chávez
Mi madre no me ha pedido que me ponga el pijama
ni que me despoje del brazo ortopédico.
El brazo, se llama. Colócate el brazo, quítate el brazo,
¿dónde has dejado el brazo? No asustes a los niños con el brazo.
En efecto, a partir del mal uso del aparato
cada vez me invitan menos a las fiestas infantiles.
M.B., La escuela del dolor humano de Sechuán
Un día, navegó por el Ganges un hombre que lanzó por la borda de la prótesis de un brazo derecho e, inmutable, no la extrañó más. Tiempo después, la sustituyó por extraños y amenazantes ganchos metálicos a los que llevó a cuanto evento literario y entrevista pudo. Si esta encarnación del capitán Garfio viviera hoy y fuera uno de los escritores de culto de la narrativa latinoamericana con nouvelles intensas, crueles, minimalistas, seguramente se llamaría Mario Bellatin.
La historia del Ganges se menciona en su novela El gran vidrio, y en los mitos urbanos que giran en torno a él. Bellatin convirtió lo que sería una maldición gitana para un escritor -el nacer sin un brazo debido a un mal congénito- en su mayor fortaleza, su licencia para asumir lo freak como la construcción de una territorialidad tan suya, tanto dentro como fuera de la literatura.
Amante de personajes con deformidades físicas que se encuentran en entornos aún más anormales, este autor (nacido en México DF, 1960, pero con media vida en Perú, donde inició su carrera literaria) no admite el barroco de Lezama Lima sino que, muy por el contrario, ha optado por una suerte de purga estilística cuya asepsia, perturba y a la vez encanta a sus lectores. “Yo sería feliz si redujéramos el idioma al mínimo y eso está en contradicción con la idea que se tiene del escritor, como de un ser de imaginación desbordada y con manejo del lenguaje. Yo, en la primera etapa de mi trabajo, tengo una imaginación desbordada y, a medida que avanzo, la voy reduciendo y eliminando. Y, por supuesto, no creo que el idioma influya en el escritor. Yo preferiría que el español fuera un idioma más compacto”, dijo en una célebre entrevista con Caridad Plaza, en un mano a mano con su par mexicano Jorge Volpi. Con Bellatin, no hay adjetivos de más: los manda a dormir a mejor vida. Dentro de esa concepción, el crítico chileno Alvaro Matus lo ha señalado como uno de los “autores raros” contemporáneos. Nada mal para un DJ con garfio en cuya mezcla priman otras formas de narratividad, que va más de la mano de lo teatral o de la fotografía, que de lo que conocemos como literatura pura y dura.
Hace poco en el suplemento Ñ confesó: “Considero que no hay otras artes. Parto de la idea, un tanto descabellada, de que todo es escritura, por esa razón no veo la diferencia de fondo que puede haber entre una disciplina y otra”. En esta onda, no hay mejor manera de entender a Bellatin sino desde el performance. Así, como lo cuenta el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, a veces ha tenido presentaciones en las que no ha hablado una sola palabra: unas diapositivas y una grabadora con su voz han hecho lo suyo.
Pero hay casos más extremos: Ya es célebre el “experimento” que realizó en París, con su congreso de literatura mexicana. Allí, Bellatin trataba de saber si el texto podía no tener autor. Para ello, tomó a cuatro grandes de las letras del país azteca, Margo Glantz, Sergio Pitol, José Agustín, y Salvador Elizondo. El quid consistió en que no asistieron físicamente los escritores al encuentro sino sus dobles, previamente entrenados por los autores. Cada autor había enseñado a su doble textos emblemáticos que el doble se aprendía de memoria. Algunos asistentes, catedráticos estudiosos de sus obras, que habían viajado de otros países europeos, se llevaron un chasco al ver que sus rostros ni su género (sí, Bellatin había dispuesto que tampoco podían coincidir en eso) no correspondía a la foto de la solapa de sus libros.
Cuando conocí de esto, hace poco menos de un año, me recordó a Thomas Pynchon, aquel escritor norteamericano cuyo aislamiento extremo fue tema de un episodio de Los Simpsons, en donde fue caricaturizado como un tipo que llevaba la cabeza cubierta con una bolsa de papel (La connotación, claro está, no es la misma de la del hijo del gato Silvestre de los Looney Tunes, que se cubría por vergüenza a su padre). En Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, su protagonista viaja a Nueva York, atraído por una irresistible charla de Pynchon en una universidad. Un dominio, un conocimiento: una experiencia alucinante. Luego, conoce de otra ponencia en California y viaja también allá. Igual de excepcional, no lo puede creer. La única pequeña y perturbadora diferencia es que ninguno de los dos era el mismo: ninguno de los dos era Pynchon.
Bellatin ha sido enfático en su aspiración de “borrar” la noción de autor. Sin embargo, no deja de haber un dejo de ironía en estas palabras: “Escribo porque es la única manera que tengo de expresarme. ¿Por qué ponen tanto el cuerpo los escritores? ¿De qué se trata, es teatro o es una performance? ¿Gana quien deslumbra más, el que hace más piruetas?"... ¿Alguien se imagina qué relación puede haber entre él y Hugh Hefner? En una reciente conferencia en Brasil, su prótesis (ya no llevó el garfio modelo clásico ni el cyborg) tenía la forma de un dildo biónico, y el revuelo causado lo hizo digno de una caricatura en la Playboy de ese país.
Su personajes, salvo algunos como Endo Hiroshi o João , no suelen tener nombre, o tienen un no nombre como Nuestra Mujer, en Canon perpetuo. Sus lugares suelen ser no lugares, a pesar de que asistimos a un pogromo ruso en Jacobo el mutante, a una casa en El Cairo en La mirada del pájaro transparente, a un monasterio japonés en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción o, a un salón de masaje para personas mutiladas en São Paulo. Ciertos aspectos del mundo de Oriente, sin embargo, son una constante. Ya lo dijo Juan Villoro: “No estamos ante un sibarita del exotismo que se pone la yukata para recibir a las visitas junto a su estanque de peces dorados. Tampoco estamos ante un viajero pop que busca pokemones tatuados en las pieles de las geishas posmodernas”. La influencia que ha recibido de maestros japoneses como Akutagawa y Tanizaki es tan profunda que se permite inventar a uno de ellos, Shiki Nagaoka, el autor que vino al mundo -en el seno de una familia aristocrática que luego lo repudió- con una nariz descomunal, y cuya propuesta estética que fusionaba la fotografía, influenció directamente la obra de Juan Rulfo (célebre por haber sido también fotógrafo) y José María Arguedas. Si alguien mira las fotos de Nagaoka se dará que en todas, su nariz ha sido arrancada ex profeso, o aparece en una foto desenfocada. Quizá Matt Groening aprendió unos cuantos trucos y lo aplicó para “ocultar” la localización de Springfield.
La rareza de Bellatin no solo está en sus obras ni en sus performances (para él, también son sus obras literarias) sino en sus enseñanzas. Fundó en el DF la Escuela Dinámica de Escritores, que no se parece en lo absoluto a los talleres literarios. Su premisa, para empezar, es que es imposible aprender a escribir; y de hecho, está prohibido llevar textos de creación personal. ¿Dónde está la clave, entonces? Que las posibilidades de la narración no se encuentran en la literatura misma sino en la fotografía, la escultura, la pintura, el teatro, hasta en el cine. De ese modo, cuenta con una gran cantidad de maestros en esas ramas, a la vez que en literatura. No country for old men, ni tampoco para “Norma Lixtas”...
Confieso que tengo a Mario Bellatin en mi perfil de Facebook. No digo que es mi amigo, ya que el hecho de que a veces chateemos, no me convierte en tal, salvo que quiera presumir. Tiene, hasta el momento que redacto este reportaje, 1567 contactos, con 52 amigos en común. Ha puesto frases de cabecera como “Nunca más contestaré a quién creo que debieron darle el Nóbel... eso, para no mencionar la famosa isla desierta y los libros que se me ocurriría llevar. Siempre he tratado de imaginar dónde estará situada”, “Tuve que decir BASTA... ni que fuera el doctor Hawking” o “¿Será que la academia se toma en serio lo que digo?”. Un día me instó a que abriera una versión de su Escuela Dinámica. Lo asumí como una broma, propia de un chat. Pero fue tal su insistencia que le dije que me tomarían por plagiador. “No importa, yo te autorizo, hazlo”. Y no lo dijo una sola vez. Volví a pensar que seguía bromeando, pero ya estaba muy confundido para notarlo. Otro día, se me ocurrió proponerle que, a modo de juego “bellatinesco”, creemos una editorial fantasma, con el nombre de uno de sus personajes, que escribiera a ciertos autores desahuciándolos a priori para que no envíen ningún manuscrito. La idea la encantó, el texto lo aprobó. Solo faltaba un logo institucional. La vida cotidiana, mis amigos diseñadores gráficos más ocupados que yo, y mi falta de insistencia no concretaron la idea. Otra ocasión, quizá pensé que estábamos más en confianza, le confesé:
Tengo unos escritos que quisiera que veas, no sé si sea un atrevimiento.
Sí... lo es.
Y eso me hizo temer, más que mil garfios juntos.
Publicado en Revista El Buho. Abril-mayo 2010
lunes, octubre 18, 2010
Leopoldo María Panero en Ecuador

Fotos: Lis Quezada
FIL Guayaquil 2010, organizada por el Ministerio de Cultura.



Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
- ginebra y cerveza, por ejemplo -
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en "Dulce pájaro de juventud"
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre "Le livre des masques" de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas

Mi cerebro es una rosa

Hembra que entre mis muslos callabas
de todos los favores que pude prometerte
te debo la locura.
Y la ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la
vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
suavemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.
Este jueves arranca la FIL Guayaquil 2010, organizada por el Ministerio de Cultura

Links:
Programa completo de la FIL Gye 2010
Entrevista a la ministra de Cultura
miércoles, octubre 13, 2010
Capítulos que se le olvidaron a Vila-Matas (XI)

Otros Bartlebys
Por Luis Alberto Bravo
— No escribas más.
— Cuando escribo, ya no te quiero.
Marguerite Duras

Algunos escritores encuentran en la negación de la escritura, el modelo ideal para protegerse de cierto miedo. El miedo es algo, de por sí, fantástico, la misma palabra atiende dos connotaciones: lo real y lo imaginario; de ahí que los daños y consecuencias tengan que ver con una afectación en lo físico o en lo psíquico.
De este modo, el miedo no es una forma más de llevar a cabo el arte bartleby, como lo son: la postergación, el abandono, arrojar escritos al agua, quemar libros. La amenaza concreta o fantasmal que provoca el miedo es uno de los serios componentes del Mal del No. La postura de un escritor frente a este tipo de miedo es en sí el Síndrome de Bartleby.
Lo dicho trae a colación, la reflexión que hace la narradora de la novela Emily L. de Marguerite Duras (de cierto modo, como preparando el terreno de la metaficción al lector e intuyendo el Mal del No).
«Respecto al primer libro, sin duda, sí. En ciertos escritores, hombres, sólo existe eso. Pero después del primer libro no es ya exactamente el orgullo, es después cuando resulta impresionante, cuando se instala a lo largo de toda tu vida, pero es también una cuestión de miedo, seguro... puede que proteja de cierto miedo... en fin, quiero decir... podría ser. No lo sé.»
¿En ese caso, la escritura de una obra literaria crea paralelamente la amenaza que angustia al escritor; y dejar de hacerlo es (de algún modo) protegerse de aquel miedo? «Ser escritor no es saberlo.», se lee más adelante de la novela y se reflexiona sobre ¿Qué cosa es escribir? «Escribir es también no saber qué se hace, ser incapaz de juzgarlo» y «escribir es también eso, sin duda, es borrar. Sustituir. ». En ese caso escribir es muchas cosas, lo único cierto es que no escribir es saber que no se está escribiendo.
Julio Cortázar reflexionó alguna vez sobre el Síndrome de Bartleby, salvo que lo relacionó con la condición de exilio de los escritores (en la entrevista se refería concretamente a los latinoamericanos que vagaban por Europa): «Caían lentamente en un pozo, caían en un pozo de nostalgia de negatividad; los pintores que dejaban de pintar, los escritores que dejaban de escribir… habían hecho del exilio una negatividad. Eso era ser cómplice de la Junta (…) Había que hacerse una cosa positiva del exilio.».
Hay un pasaje de la novela de Marguerite Duras, donde llegamos a percibir que la narradora y su pareja sentimental (quien también es escritor) están o cayeron alguna vez en el cauce seco de la escritura.
«—Lo que me impide escribir eres tú. Y tú eres muy desgraciado debido a ello. Porque tú no escribes. No escribes porque lo sabes todo sobre esto, esta cosa trágica, escribir, hacerlo, o no hacerlo, no poder escribir, no poder hacerlo, lo sabes todo. Es porque eres escritor por lo que no escribes. Eso puede ocurrir.
Te ríes con una risa un poco molesta, estás emocionado. Sin duda he hablado al borde de las lágrimas. No te miro.
—Tú lo sabes. Lo que digo al decir esto, lo sabes.
—No, yo no sé nada. Pero lo sabía también, tú sabes cómo es... —te ríes—, si te pones así, puede durar mucho... No, no sé nada en realidad. Tengo ese aspecto, pero no sé nada.
—Puede que además lo de no escribir te suceda siempre, toda la vida.
—¿Crees que es el miedo?
—No lo sé. Sería como una creencia en una prohibición de hacerlo. También yo tengo el aspecto pero tampoco sé nada, no lo sé.»
Y en el juego de estos dos bartlebys: nace Emily L. entre pilsen negras y bourbon on the rocks.

Marguerite Duras
(Fotografiada por Richard Avedon; Paris-Mayo-21-1993)
Emily L. es el invento literario que se hace la narradora a partir de la imagen de una joven inglesa en un bar. «Ella todavía era joven. Era hermosa. Tenía una mirada gris muy grande, muy profunda. Morena del sol, con traje de verano blanco y azul.» Emily L. y su esposo el Captain, son dos navegantes, naturales de la isla de Wight. El silencio de ella y sus constantes miradas al suelo del bar, fueron suficiente materia prima para que la narradora le invente una vida. En aquella vida, los padres de Emily L. al principio se oponen a su relación con el Captain, pero finalmente ceden, ella nunca cedió; heredó de ellos el alojamiento de encima de los cobertizos de los barcos (a donde se fue a vivir con el Captain, durante diez largos años). Luego su madre murió y algunos años después su padre también murió. Pero esto es casi el final, mucho antes de que sus padres mueran: Emily L. solía escribir poesías.
«No era la primera vez. Siempre las había escrito antes, siempre, pero tras su encuentro con el Captain había permanecido varios años sin hacerlo. Y luego he aquí que había vuelto a empezar. Esto duró un año. Ella había escrito poesías. Quince. Quince poesías.»
Luego el otoño, el cambio de estaciones, una hija muerta durante el parto hicieron que volviera a abandonar la escritura.
«Por aquel entonces —había escrito diecinueve poesías, el otoño había terminado—dejó de hacerlo. Luego atravesaron un período terrible. Ella perdió una hija durante el parto en una clínica de Newport. Había querido morir. Había querido marcharse. Robar el barco de su padre y marcharse.»
Un diario de la localidad de Newport, entrevistó al Captain.
Captain. — Ella me pidió que mirara con detenimiento a la niña muerta para poder contar luego a sus padres cómo era, si reconocían algo de ella. Lo hice. Fui a ver a sus padres y les describí los ojos descoloridos, inmensos y grises, y el pelo de Irlanda, tan negro.
A Emily L. le duele mucho la cabeza. Mejor vamos a los comerciales.

Cápsula bartlebyana
«Qué fácil es no escribir,
no escribir y no escribir.
Así deben pensar los suicidas:
qué fácil es no vivir,
no vivir y no vivir.»
Claudio Bertoni
Fin de la cápsula bartlebyana
Regresamos.
«El verano llegó y la razón volvió a ella, la había recuperado casi por entero, una mañana
al despertar, y el Captain la había reconocido. Y después, he aquí lo que había sucedido:
Aunque ella no había escrito más poemas durante todo el verano siguiente y durante el
otoño, un día de enero había vuelto a empezar. Era un poema sobre la luz que hay algunas
veces, algunas tardes durante los inviernos muy fríos y muy oscuros. No se lo había dicho al Captain.»
Entrevistador. — ¿Ella volvió a escribir?
Captain. — Yo llegué a pensar que se habían terminado aquellos caprichos de juventud…
Entrevistador. — ¿Pero?
Captain. — El poema estaba allí, delante de mí. Fue un día de enero, lo recuerdo muy bien.
Entrevistador. — En el invierno…
Captain. — Sí. Hacía seis meses que ella había dejado de escribir esas porquerías. De algún modo ayudó aquello, ya lo conoce usted, la muerte de nuestra hija.
Entrevistador. — ¿Y de qué trataba el poema?
Captain. — No recuerdo gran cosa, incluso creo que no estaba terminado. Me molestó que no hablara de mí ni de mi hija. No se parecía a nada de lo que habíamos vivido.
Entrevistador. — ¿Qué sucedió con el poema? ¿Es cierto que usted se deshizo del papel?
Captain. — No. Eso es lo que creyeron todos, pero no.
Pero la narradora lo desmiente.
«El Captain tiró el poema al fuego de la estufa. Lo hizo para no sufrir más. (…) Luego esperó, no sabía qué, en aquella estancia donde estaba la estufa por la que ella tenía que pasar para ir a la habitación.»
La narradora afirma que el Captain al quemar el último poema de Emily L. la desterró para siempre de la escritura. «Todos los demás usos de su amor habían sido rechazados. La felicidad había sido rechazada. La escritura, desterrada.» Es decir, el Mal del No recayó sobre Emily L. a través de una provocación.

Bibliografía existente de Emily L.
- Un libro de poemas que incluía los diecinueve poemas que había escrito Emily L. antes de abandonar la escritura. Aparecieron en una revista de Londres, y luego en un libro con su nombre de soltera.
Estas dos publicaciones, se deben a la gestión del padre de Emily L. quien en un principio había enviado los poemas a la revista de Newport, sin el conocimiento de su hija.
título del poema?
Emily L. — Sí. Winter Afternoons. Hubiera sido también el título del cuadernillo.
Las secuelas de haber experimentado el Mal del No, tiene sus variantes: locura, dolor, muerte, pobreza, desilusión, frustración, olvido.
Emily L. nunca volvió a escribir poesía, sostuvo «Que había cometido algunos errores escribiendo, que la escritura se la había llevado hacia regiones peligrosas donde nunca hubiera debido ir.», y aun más, se esforzó por olvidar aquel poema que desapareció (aun cuando no lo había terminado); incluso contempló y sembró la idea de que nunca lo había escrito. «Sólo hoy estoy segura de no haberlo escrito. Y justo le conozco a usted hoy. Tengo que olvidarle, a usted y al poema. Creía haber muerto aquel día de mis veinticuatro años, pero no, me había equivocado.»
Joven guardián de la isla de Wight. — Quisiera que se llevara un ejemplar de este libro
que ha escrito.
Emily L. — No. El único poema verdadero es necesariamente el que ha desaparecido.
Para mí, este libro no existe.
Nota: La policía de Singapur encontró este ensayo en un barco abandonado, lo hizo repatriar a una ciudad de la América latina cuyo nombre alguien lo había pronunciado durante el sueño.
miércoles, octubre 06, 2010
Lectura de Buseta de papel en la Alianza Francesa

La Alianza Francesa de Guayaquil y el grupo cultural Buseta de papel organizan una lectura de poesía y de narrativa denominada Ella duerme por no morir, hoy, miércoles 6 de octubre en el marco de la Fiesta de la lectura que año a año organiza esta institución cultural. Leerán sus creaciones literarias: Miguel Antonio Chávez, Siomara España, Dina Bellrham, Augusto Rodríguez, Luis Alberto Bravo, entre otros autores. Los esperamos.
Día: Miércoles 6 de octubre
Hora: 19:00
Lugar: Auditorio de la Alianza Francesa
sábado, octubre 02, 2010
Lanzamiento de la antología poética de Carolina Patiño
El Quirófano Ediciones y la revista El Quirófano presentan la Antología poética de la fallecida poeta guayaquileña Carolina Patiño (1987-2007) y la revista El Quirófano 8. Con este libro, El Quirófano Ediciones y la revista El Quirófano, inauguran su nueva propuesta editorial que abre la colección Habitación en llamas. Presentarán el libro y la revista, el periodista Bernard Fougères y el escritor Augusto Rodríguez (Editor).
Día: Martes 5 de octubre
Hora: 19:00
Lugar: News Café, Dátiles 211 y Primera, Urdesa Central. (Atrás de Mi Comisariato de Víctor Emilio Estrada)

