Edmundo Valadés, GLNL, “preferiríamos no publicar”
Otros bartlebys
Por Luis Alberto Bravo
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Scott Sigler, Cory Doctorow, Tee Morris, Mark Jeffrey o Evo Terra, son escritores actuales que no han tenido ningún problema con el síndrome bartleby, todos ellos escriben novelas; durante un tiempo era otro mal el que los aquejaba: no tenían lectores.
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El no haber ido ni un día al museo o a un lugar histórico, es un extraño sentimiento de culpa que se suele experimentar cuando ya estamos abandonando la ciudad (a la que hemos asistido en condición de turistas). Un amigo me contó que, hace algunos años, programó un viaje a Buenos Aires, primordialmente para conocer la casa de Jorge Luis Borges. Al llegar, lo primero que hizo fue averiguar la dirección exacta de la antigua casa del gran escritor argentino, lo obtuvo y no sólo eso: se hospedó en un hotel cercano al lugar. Horas más tarde y con un mapa y cámara fotográfica (en las manos) se dirigió a su objetivo, pero para mala suerte: aquel día no atendían al público. Aquello no causó desanimo en mi amigo, “tenía muchas ventajas—dijo—, me quedaría dos semanas” en la capital argentina; esto último señaló como “la causa principal de haber postergado tantas veces la visita a la casa; muchas veces cruzaba cerca de ahí, y me decía, «más tarde», «hoy», «más luego»”. Al final, se le terminaron las vacaciones a mi amigo y nunca entró a la casa de Borges.
Al escritor mexicano, Edmundo Valadés, el Mal del No le llegó con la costumbre de postergar las obras que quería escribir; su tiempo de creación lo ocupó en la dirección y mantenimiento de su revista literaria El Cuento. En una entrevista que le hiciera, el escritor argentino Mempo Giardinelli, Valadés responde compungido y se lamenta por no haber escrito las obras que le hubiera gustado escribir.
En un intento por metaforizar los elementos de estas dos historias: Valadés es al turista lo que la literatura es al museo.
Edmundo Valadés
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De este modo añadiremos al arte bartleby, una nueva manera de llevarla a cabo: la postergación.
Postergación.- Acción de postergar
Postergar.- 1 Poner [a alguien o algo] en un lugar posterior o inferior al que le corresponde. 2 (raro) Retrasar o posponer [algo].
El acto de posponer [algo] no atiende (o no se apega a la lógica todo el tiempo) ni es muchas veces razonable; más bien obedece a la intuición. Se hace algo porque así lo dictaminan los fondos secretos de la personalidad de un individuo, en cuanto a un orden o preferencia. Bien, esto es irracional, raro. Queda siempre en el aire, el… porqué esto va primero y esto no. Es un “preferiría no hacerlo” silencioso; un hombre quien en lugar de apéndice tiene un presagio.
Todo lo que viene más adelante es deprimente. Hace bien usted si abandona la lectura de este texto, piénselo, caso contrario va a encontrarse con algo desalentador, después de este punto.
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Se dice que Paul Valéry, solía encontrar la manera de elogiar a autores cuyas obras literarias ni siquiera había leído.
El término GLNL significa Grandes libros no leídos. Y fue impuesto, hace dos décadas, por un representante de ventas editoriales.
Dentro de esta categoría, se inscriben famosos títulos de obras literarias, que son monstruos de ventas pero que difícilmente son leídos, por ejemplo:
- Breve historia del tiempo, Stephen Hawkings
- Los versos satánicos, Salman Rusdhie
- Mil soles espléndidos, Khaled Hosseini
- Ulises, James Joyce
- Comer, rezar, amar, Elizabeth Gilbert
- Todos los libros de James Patterson
- …
Incluso se conoce de la existencia de un libro denominado How to Talk About Books You Haven’t Read (Cómo hablar de libros que usted no ha leído), su autor, el francés Pierre Bayard.
Alan Riding, articulista de The New York Times, afirma: «En la práctica, una forma de selección natural limita la lectura esencial a aquellos clásicos y bestsellers que se vuelven parte del discurso intelectual y social civilizado». Y aun estos, pocas veces, terminan de ser leídos.
¿Se podría decir que el revés —¿colmo?— de los escritores anti-bartlebys serían los lectores que preferirían no hacerlo?
Bayard, al ser entrevistado por las razones que llevaron a How to Talk About Books You Haven’t Read a convertirse rápidamente en un bestseller en su país de origen, comentó: «Nunca me había imaginado lo culpables que se sienten las personas que no leen (…) Con este libro pueden liberarse de su culpa sin psicoanálisis, así que les sale mucho más barato».
A diferencia del extraño sentimiento de culpa (la historia del museo de una ciudad extranjera), la experiencia que resulta de estar en medio de una conversación sostenida sobre las bondades de una obra literaria (y ésta, desgraciadamente no la hemos leído), resulta por demás incomoda; en ocasiones quedan resueltos en nuestro interior como algo pendiente, pero en otros casos es deprimente al descubrirnos lo poco informados que estamos respecto a un tema.
El mismísimo Joey Tribbiani (el inculto actor desempleado y comelón, de la pandilla neoyorkina F.R.I.E.N.D.S), da muestras de esta incomodidad en un capítulo de la serie, donde en forma de popurrí se muestran las diferentes situaciones en que Joey fue incapaz de digerir las ironías de sus amigos o de deducir algún chiste basado en datos de cultura general.
Bayard, asegura, que no hay obligación de leer; y además da algunos tips (referentes al arte de hablar de libros que no hemos leído).
- Los estudiantes son hábiles para opinar sobre libros que no han leído.
- Fijarse en la portada del libro, reseñas, chismes sobre el autor.
- La conversación misma, es clave para obtener material que se aprovecha para luego aparentar estar informado.
- Y la más importante de todas, las personas deben hablar sobre sí mismos, al usar el pretexto del libro sin explayarse en su contenido.
Confiesa que ha dado clases (en la Universidad de París, donde Bayard labora) sobre libros que no ha leído o solamente ha ojeado. Y recuerda haber mantenido discusiones apasionadas con personas que tampoco habían leído el libro en cuestión.
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Un libro se puede leer de distintas maneras.
1) De un tirón (ya sea sentados o acostados; es poco frecuente que se lea completamente un libro estando de pie).
2) De manera superficial; se pasa las hojas de dos en dos, de cinco en cinco, de capítulo a capítulo. A veces se abre la mitad y ya. Se dice que el cineasta Jean-Luc Godard, visitaba a Truffaut, tomaba un libro de la biblioteca de éste, leía la primera página, lo complementaba con la lectura de la última página y luego se iba.

Godard y Truffaut
3) Es muy común empezar a leer un libro y no terminarlo. Por ello, son famosos los íncipits y los primeros capítulos.
4) Se lee el prólogo… nada más.
5) Por temporadas; se lo lee en una época, se marca hasta donde se ha llegado con la lectura y se lo abandona, se lo vuelve a leer cuando nos hemos mudado de departamento o hemos vendido nuestro automóvil, se lo abandona cuando hemos empezado una relación con una novia, se lo vuelve a retomar un día, cualquier día, miramos la fecha en que compramos el libro: extrañamos esa época, el departamento, la anterior novia… rompemos con la novia actual, ella se va del departamento llevándose entre sus cosas el libro, ¡aun no lo habíamos terminado de leer!, pero no nos importa: total es un libro. Un día llamamos para saludar, ¿el libro?, sí, lo tiene ella, pero aun no lo ha leído, nos lo quiere devolver, ¡no!, se lo regalamos, “quédatelo”, “te lo agradezco”, pero pedimos que nos lean el final, nos leen el final, adiós, morimos, epitafio: un párrafo del libro que nos gustaba.
6) Se lee el índice.
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En un ensayo de Motoko Rich, aparecido en ‘el Times’ con fecha de enero de 2008, denominado Los libros en nuestros estantes no son necesariamente los que leemos, se lee «Los libros son regalos populares porque conllevan un poco de auto complacencia y halago». Agrega, que
el acto de regalar un libro es semejante a decir: «Soy inteligente y creo que tú también lo eres».
Según un estudio de mercado del libro efectuado en la España de finales de los sesenta (apreciaciones documentadas, específicamente en núcleos urbanos como Barcelona, Madrid, Valencia, Sevilla y Bilbao); ojo, esta época fue crucial en la literatura hispanoamericana. Se llegaron a las siguientes aproximaciones:
1) Un 59 % de las familias declara comprar libros con regularidad.
2) Un 22 % declara que no compran libros por falta de dinero.
3) Y el 19 % restante, declara que no compran libros porque no le interesan.
4) El 58 % del público que declara no comprar (grupos 2 y 3), es decir el 23,78 % general afirma que no los compran porque sinceramente no tienen tiempo para leerlos.
5) Del primer grupo, sólo un 59 % (es decir el 34,81 % general) declaran comprarlos con objeto de leerlos (Es decir, el porcentaje de los que sí los llegan a leer se supone es menor).
6) De ese 59 % que compra con regularidad (grupo 1), un 24 % (o sea el 14,16 % de los encuestados) dice claramente que compra libros solo para tenerlos (En su ensayo, Motoko Rich dice lo siguiente «La gente con frecuencia compra estos libros con la esperanza de llenar sus estantes con títulos que le dicen al mundo “quién soy” (…) “yo lo compré”»).
Si con una escuadra trazamos una línea recta entre el estudio del libro (efectuado a finales de la década del sesenta) hasta el ensayo de Rich, de 2008: tenemos una hermosa recta de 40 años de tradición, de un público que compra libros exclusivamente para decorar las paredes (en juego con el color de los muebles).
7) Si el 14,16 % de los encuestados, sin reparos reconocen que compran libros para decorar ambientes de sus casas, entonces este porcentaje es mucho mayor si sumamos a los que por prestigio y evitar sonrojarse no lo aceptan.
8) Por último, si sumamos a los que no compran libros (22% + 19%) con los que compran pero no leen (24,19 %) + los que compran libros para decorar sus habitaciones (14,16%, por decencia redondearé a 15 %) = Tenemos muy poca gente que se dedica a la lectura. Es decir, apenas un 19,81 % lamentará la no-obra de un bartleby.
¡Vaya el trabajo que se ahorró Valadés!
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Pero no siempre los lectores prefieren no leer tal o cual libro, otras veces, no leen ciertos libros porque estos simplemente no existen.
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En las primeras páginas del libro La tercera sociedad de Francisco Izquierdo Navarro, se advierte al lector: «NO BUSQUE AQUÍ LITERATURA, PORQUE la literatura es el CÁNCER de la moderna COMUNICACIÓN». Además la ridiculiza, la tacha (a la literatura) de “lenta” a la hora de transmitir una imagen y de absurda e inoperante en su función de comunicar.
Capítulo I
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero… bla, bla, bla…
ESTO ES MENTIRA
EN LA VIDA REAL NO CONOCEMOS A NADIE DE ESTA FORMA
OJO NO SE DEJE ENGAÑAR

Lo sé,... Brad (1963), Roy Lichtenstein

La tercera sociedad, páginas 42-43
Pero para Izquierdo Navarro no sólo la Literatura está destinada a desaparecer… también el libro, al igual que la enseñanza maestro-alumno. Reconocía una educación a largo plazo: «No termina al lograr un diploma. Ha de continuar siempre, siempre, a lo largo de toda una vida». Presagiaba (lo inevitable para nuestra época audiovisual) una educación individual de forma/colectiva de fondo, en reemplazo de la obsoleta educación colectiva de forma/individual de fondo. Ésta prédica sonaría muy cotidiana en esta época, pero debemos tomar en cuenta que La tercera sociedad sentenciaba esto hace más de cuarenta años. Su autor escribió el libro entre 1968 y 1969. Sus argumentos se respaldan en los efectos y funciones del libro así como en las estadísticas de lectura. Todos ellos con un panorama desalentador, negativo.
“Para mucha gente culta actual, Hamlet —incluso todo Shakespeare— sigue siendo «Ser… o no ser». Y todo Cervantes es «en un lugar de la Mancha» VIVIMOS DE IMÁGENES. Por eso podemos considerar antiguo, absurdo y muy poco eficiente el pasarse una vida escribiendo para dejar tan sólo una frase o una imagen como resumen de toda una obra”, página 40, La tercera sociedad.
Prácticamente es así, en ese caso… ¿Valadés se angustió por las puras?

La tercera sociedad de Francisco Izquierdo Navarro, es uno de los libros que más he disfrutado en mi vida, incluso uno de mis libros favoritos; sin duda lo incluiría en un Top Ten. Además, estoy de acuerdo con mucho de lo que afirma aquel videolibro, por demás, de carácter anti-literario. Y si a pesar de su lectura no he sido influenciado por su discurso, por sus acertados apuntes es porque soy un terco. Alguien más de toda aquella cofradía de renegados & patéticos miembros, inútiles salvo para la gestación de una obra literaria, quienes se imponen dedicación, perseverancia, autocrítica, en pro de una estética… aparentemente equivocada para la moderna comunicación (comprobadamente desacertada como un medio para la sobrevivencia, para la economía, para todo aquello que se precie de pragmático).
Kafka por Warhol
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«Una encuesta realizada en agosto de 2007 por Ipsos Public Affair, para la agencia noticiosa Associated Press, encontró que el 27 % de los estadounidenses no había leído un libro en el año anterior. Pero el mismo porcentaje, 27 %, leyó 15 o más libros. Si se excluyen a los estadounidenses que no habían leído un solo libro ese año, el número promedio de libros leídos era de 20, impulsado por el 8% que había leído 51 libros o más. En otras palabras, una minoría considerable no lee, pero eso se equilibra de cierta manera por los que leen mucho.» Randall Stross
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El director de cine Barbet Schroeder
Pero el asunto es que los lectores sí existen, desde hace muchos años, siglos (incluso), existen lectores; pero es como si no existieran si ellos no están informados. ¿Cuál es la manera de que los lectores estén informados de la existencia de un libro? Hay varias.
— La publicación de un libro, a cargo de una editorial; si esta es una editorial famosa, y esto implica que posee poder de difusión y grandes canales de distribución… entonces los lectores se van a enterar de la existencia de un libro. Se sabe que cuando un lector está informado de la existencia de un libro lo puede comprar o no. Si lo compra, lo puede leer o no. Si no lo compra también lo puede leer (asistiendo todos los días a la librería). Lo puede robar también, si lo roba, lo puede leer o no, incluso lo puede regalar.
— Si conoces al autor; si es tu vecino, tu pareja sentimental, tu familiar, podrías acceder al borrador del libro.
— Si eres editor. Puedes leerlo o no. Puedes devolver el borrador diciéndole al autor que lo has leído (aun cuando no lo hayas leído, salvo las primeras páginas) pero excusas la publicación porque “le falta”, eso es lo que dices, no sabes exactamente cuántas hojas le falta, sólo dices “te falta”.
— Si el autor lo cuelga en scribt.com; y el lector busca un libro cuyo título se le parece al título del libro del autor, el lector hace clic por intuición y lee el libro del autor por equivocación y puede ser que luego por gusto.
— Y uno nuevo, vía podcasts.
Profundizaremos en este último. Los podcasts, son capítulos de novela grabados de la voz de un lector (no necesariamente deben ser los autores originales del libro). En este caso, el autor de una novela se encierra en su casa, cierra las ventanas, una vez en su habitación configura espacialmente camisas, almohadas y pantalones para anular la reverberación, se encierra en el closet, conecta un micrófono conectado a su computadora vía una mezcladora de sonidos y lee su obra. Lo ofrece en capítulos. Los cuelga en la web. De haber implementado Francisco Izquierdo Navarro, esta forma de distribución para su producto, La tercera sociedad, pudo haber sido un libro audiovisual y no lo que fue… un videolibro.
El sitio en internet al que nos referiremos es Podiobooks.com (fundado en 2005 por Evo Terra) desde donde se pueden descargar los capítulos de la novela, y escucharlos. Los lectores atienden otro órgano sensorial: el oído. De este modo los lectores, no son ya lectores, no leen, ellos escuchan, son suscriptores.
Este recurso, fue por el que optaron tipos como Sigler, Doctorow, Morris, Jeffrey o Terra. Cansados de ser rechazados, una y otra vez por las editoriales, decidieron emprender otro camino: grabaron su libro y lo ofrecieron por la red. Es simple, si las editoriales dicen “preferimos no publicarlos”, ok, ignoramos las editoriales (quienes inmediatamente dejan de ser importantes), grabamos nuestra obra, la colgamos en la red y los suscriptores los descargan. Pueda que no tengamos lectores pero otra cosa es quienes nos van a escuchar.
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Hace algunos años asistí al lanzamiento de un libro de Miguel Donoso Pareja, La Garganta del diablo, un libro de ensayos literarios, nunca lo leí completamente, ojee varias páginas, en mi memoria lo recuerdo como una obra con un lenguaje visceral, me callo, lo único cierto es que nunca lo leí. En dicho evento, Donoso Pareja se lamentaba y aceptaba que no tenía lectores. Alberto Fuguet dijo alguna vez, creo que fue en una entrevista, indudablemente lo citaré mal, era algo así: “Es peligroso que conozcan que eres escritor pero no conocen lo que escribes”. Seguramente lo cité mal, incluso no debí citar a Fuguet. ¿Por qué cité a Fuguet?
Nunca he leído una novela de Miguel Donoso Pareja, he leído algunos de sus cuentos. Confieso que quise leer Hoy empiezo a acordarme y no me atrapó. Quería leerlo. Aun quiero leerlo. Aquella vez debió influir el hecho de que no me gustó como empezaba la novela, influyó que estaba en la biblioteca del CEN y sabía que no iba a volver por ahí (en mucho tiempo), también influyó el hecho de que tenía hambre (mucha hambre), ha influido el que nunca haya tenido ese libro, ni el que amigos ni conocidos lo hayan manifestado en conversaciones… sí, todo esto influye. Pero me callo, no pasé de la quinta página. Sólo me queda en la memoria que su estructura está relacionada (o lo pretende) al fútbol. No lo sé, ya ni me importa. A mi modo esta obra (incluso todas las obras de Donoso Pareja) forman parte de un GLNL (local). No lo dudo. Me fue confirmado, en tres o cuatro ocasiones, en que compartí una charla con un par de sus alumnos y uno que otro lector que defiende a capa y espada la obra de este respetable señor. Les fui sincero, “no he leído a Donoso Pareja”. Ok, pero noté que ellos… ¡tampoco habían leído a Donoso Pareja!
Desde ese día tengo un test preparado para sus “lectores”. Cuando la pasión eclipsa a la razón en sus cerebros, les pido que me sugieran la lectura de cinco obras de Donoso Pareja: Nunca llegan a tres.
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¿La existencia de una obra literaria implica la existencia de un autor? Edmundo Valadés le dijo en la entrevista algo muy interesante a Giardinelli. «De lo único que estoy completamente seguro es que soy escritor». Sin ser el caso de Valadés, a ratos la vida social de un escritor denota la ilusión de toda una obra.
Los bartlebys son a la literatura lo que los números imaginarios son a las matemáticas.
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Desde hace algún tiempo conozco de la existencia de una editorial llamada Bartleby Editores. Me gustaría saber cómo se excusan. Si con el clásico «No nos llame, nosotros le llamaremos» o dicen simplemente «Preferiríamos no publicar».
Textos de soporte.
- La tercera sociedad, Francisco Izquierdo Navarro (oikos-tau s.a. 1970)
- Los españoles no leen, Ramón Trias Fargas (La vanguardia española, página 54)
- Cómo hablar de un libro que no ha leído, Alan Riding (The New York Times, domingo 11 de marzo de 2007)
- Autores hallan nuevos lectores vía podcasts, Andrew Adam Newman (The New York Times, domingo 11 de marzo de 2007)
- Los libros en nuestros estantes no son necesariamente los que leemos, Motoko Rich (The New York Times, domingo 13 de enero de 2008)
- Un libro que carece de páginas, Randall Stross (The New York Times, domingo 10 de febrero de 2008)



