martes, agosto 31, 2010

El Quirófano Ediciones, una propuesta editorial diferente


El Quirófano Ediciones y la revista El Quirófano inauguran su nueva propuesta editorial con la reedición de la Antología poética de la fallecida poeta guayaquileña Carolina Patiño (1987-2007). Con este libro, la revista El Quirófano abre la colección de poesía Habitación en llamas. Y muy pronto su colección de narrativa. Ya estamos trabajando en nuevos libros que pronto saldrán a la luz. En pocas semanas se presentará la Antología poética de Carolina Patiño y la revista El Quirófano número 8. http://elquirofano.blogspot.com/ Para mayor información escribirnos a: revistaelquirofano@hotmail.com

Poe, un corazón delator

Por Juan Ramírez Biedermann(*)

En el ensayo “La Filosofía de la Composición”, Edgar Allan Poe argumentaba cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiese describir al lector, paso a paso, sin reservas, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras, hasta llegar al término definitivo de su realización. Confesaba animosamente que le era imposible explicar por qué hasta ese instante no se había ofrecido jamás al público un trabajo semejante. Buscaba culpas en la vanidad de los autores. Acaso la mayoría de los escritores, especialmente los poetas, preferían dejar creer a la gente que escribían gracias a una especie de sutil frenesí, de intuición de origen inextricable o mágico. No sin maldad, juraba que aquellos creadores padecerían de escalofríos si tuviesen que permitir al lector echar una ojeada tras bambalinas, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos que conducen a la composición de una obra. En otras palabras, Poe echaba fuego sobre el legado de la tradición religiosa, que sostiene que un espíritu enviado por el Creador susurra al oído del escritor, su amanuense; Poe rechazaba la tradición romántica de la inspiración, de la musa, de lo innombrable que llena el alma del poeta; Edgar Allan Poe vociferaba a la posteridad que la autoría de toda creación era resultado de la inteligencia. Ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar: la creación estética avanza hacia su culminación con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático.

Cuando escuchamos estas afirmaciones, nosotros, los lectores sumisos de Poe, le creemos fielmente, y nos respaldamos en ejemplos que no resisten discusión. ¿Acaso no es cierto que Poe crea el relato policial con los Crímenes de la calle Morgue? En ese cuento, el misterio, el raciocinio y la lógica son los ingredientes que marcan el inicio de una manera de contar, de una forma de entretener, de un camino para escapar. La inteligencia nos regala un género literario nuevo que derivará en Chesterton, en Conan Doyle. Dupin será el antecesor del padre Brown, de Sherlock Holmes. ¿Cómo dudar de Poe? Luego nos embarcamos en el agobiante y sórdido relato de Arthur Gordon Pym, en su periplo de hambre, sed, desesperación, alcohol, locura, muerte y, como siempre, misterio. Entonces surgen las interpretaciones simbólicas de la obra, y se habla del significado alegórico de aquellas regiones con profundidades lechosas, y de aquel encuentro con una figura humana velada, cuya piel tenía la perfecta blancura de la nieve; quizá estemos ante la evidente alusión al hombre de cabeza y cabellos blancos como la misma nieve citado en las Revelaciones de Juan. Los estudiosos toman estos elementos, y suman a sus conjeturas la creación de un compatriota de Poe, un hombre de su época: Melville. La blancura del leviatán. El blanco como color paradójico representando lo insondable, derrumbando todos los mitos, todos los arquetipos. La inteligencia una vez más. Nosotros, los lectores de Poe, creyendo en sus argumentos.

Por otro lado, al leer la biografía de este escritor, quién podría no compadecerse de las tragedias, pérdidas, dolor, muerte y desconsuelo que azotaron su vida. Nos enteramos de que Baudelaire juraba que hay en la historia literaria destinos análogos, verdaderas condenas, hombres que llevan las palabras “mala suerte” escritas en caracteres misteriosos sobre las arrugas sinuosas de su frente. El autor de Las flores del mal se preguntaba si existía una Providencia diabólica que preparaba la desgracia desde la cuna, que arrojaba con premeditación naturalezas espirituales y angélicas en medios hostiles, como a mártires en los circos. ¿Existen, pues, almas santas y destinadas al altar, condenadas a ir hacia la muerte y hacia la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿asedia eternamente a esas almas elegidas? Baudelaire, al tratar de definir a un alma como la de Poe, definía al poeta maldito. Entonces pensamos en Ligeia, en Berenice, en Morella, en las mujeres del escritor arrebatadas por la tuberculosis, en el tenebroso laberinto del alcohol, en el carácter autobiográfico de los personajes, en la deprimente y angustiosa desgracia de sus creaciones. Entonces, nosotros, los lectores de Poe, empezamos a dudar, y le tomamos la palabra a los simbolistas, a los románticos, a los surrealistas, y empezamos a admitir que el hombre no hacía más que vengarse, justificarse o rebelarse a través del arte: el artificio de la inteligencia en la composición retrocedía ante la posibilidad de que el arte sea un manto de dignidad, cuyo fin último sea ocultar la desesperación, aquella que evidenció Edgar Allan Poe en sus últimos segundos de vida, vestido como el loco y el vagabundo que era, en una camilla de Baltimore, preguntando al médico de turno si tenía salvación, no su cuerpo, sino su alma.

Debe llegar el momento en que nosotros, los lectores de Poe, nos alejemos de todas las conjeturas, y escuchemos el verdadero corazón delator de Edgar Allan Poe: su obra. Allí encontraremos que todas las posibilidades son ciertas; que su método de composición basado en el raciocinio no es menos verosímil que la premisa nefasta que marca el destino violento y ensombrecido de sus personajes, reflejos del autor. En su obra se nos develará que, si bien la literatura nace de la inteligencia y del alma del ser humano, una vez parida posee vida propia: no pertenece a nadie y a la vez a todos.

Borges sostenía que entre los grandes narradores, sólo a Conrad y a Faulkner le interesaron por igual los procedimientos de la narración, y el destino y el carácter de las personas. Creo que en Boston, en 1809, nació un hombre con las mismas inquietudes.


(*) Narrador paraguayo. Autor del libro de cuentos Nobis (2007). Antologado en Asamblea portátil (2009). Su novela El fondo de nadie fue una de las siete obras publicadas por la editorial limeña Altazor como parte de la Gira Altazor 2010

sábado, agosto 21, 2010

Capítulos que se le olvidaron a Vila-Matas (VIII)


Otros Bartlebys

Por Luis Alberto Bravo

Neal Cassady




El caso de Neal Cassady —espíritu de la generación beat e inconsciente mentor de sus compañeros— es muy semejante a lo ocurrido con el escritor chileno Eduardo Molina Ventura. En ambos casos encontramos a seres sensacionales, cuyas personalísimas perspectivas fueron "material" suficiente, para que importantes autores se sintieran estimulados a escribir… sobre ellos. La vida de Cassady como la de Molina Ventura certifica que la realidad objetiva en ocasiones le resulta también muy interesante a la ficción; ésta, seducida ya sea por la jerga verbal que manejan estas personas, por sus características personales o por las magníficas situaciones en las que se ven envueltos; empieza a maquinar su interés lenta y fantasmalmente: instalando seducción, temas, iconicidad en los fondos secretos de la personalidad de sus agentes, es decir en los escritores, músicos, pintores, etc.

Es un mito aquello de que Cassady, en vida, nunca escribió un libro. Para 1949 había escrito The First Third, que como reza el título se trataba del primer tercio de su autobiografía. Los apuntes que Jack Kerouac recopiló en sus primeros viajes por todo el país, acompañado de Cassady, datan de 1948 a 1949; ergo el fidedigno esbozo de On the road. Esto contradice lo afirmado por Kerouac, en una visión personal de lo que significó y fue —para él— la Generación Beat.

Escribí "On the Road" en tres semanas en el hermoso mes de Mayo de 1941 mientras vivía en el distrito Chelsea del Bajo Lado Oeste de Manhattan, en un rollo de papel de 31 metros de largo y ahí puse a la Generación Beat en palabras, diciendo en el punto donde participo en una fiesta colegial del tipo salvaje con un montón de chavales en la abandonada cabaña de un minero (Jack Kerouac)1


Resulta un dato dudoso, pues para esa época, Kerouac tendría apenas diecinueve años y aun no había conocido a Cassady. Encuentro que se da, varios años después, en diciembre de 1946, en Nueva York, en el círculo de unos estudiantes de la Universidad de Columbia. No es desmedro la edad del futuro novelista, sólo que… prácticamente resulta imposible el que haya empezado a gestar On the road sin conocer previamente a Cassady; salvo que haya empezado a escribir algunas aventuras personales. El comienzo del manuscrito original de On the road, empezaba así: "I first met met Neal not long after my father died..." ("Conocí conocí a Neal no mucho después de que mi padre muriera"). Y luego quedaría en la forma que se conoce: "I first met Dean not long after my wife and I split up" ("Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos").


Sin embargo, el estilo que haría celebre a Kerouac, lo hallaría en los años posteriores a la recopilación de estas notas de viaje; al parecer, el proyecto había sido abandonado por el autor en muchos años, luego de quedar insatisfecho con el pulso bastardo-sentimental impregnado en la novela; la retomó al encontrar el estilo en la correspondencia que mantenía con Cassady. La escritura de Neal llegó a ser calificada por Kerouac de "rápida, perfecta, sin correcciones ni dudas". Las epístolas de Cassady eran testimonios muy disueltos de sentimientos e inconsciencia. A la manera de un Louis-Ferdinand Céline o un Henry Miller. Una prosa caracterizada —y celebrada mundialmente en las obras de Charles Bukowski, de William S. Burroughs, e incluso en las obras de Jean-Paul Sartre — por pasar apenas sin transición: de estados tiernos del narrador a estados brutales. Una prosa —por momentos arrebatada— fuertemente ligada a la intuición de sus narradores que al orden o al plan, donde los puntos de vista de los personajes son aplastados, la mayor parte del tiempo, por la voz espontánea del narrador.

Estimado Jack:

Estoy sentado en un bar en Market street. Estoy borracho, bueno, no tanto, pero pronto lo estaré. Estoy aquí por dos motivos: debo esperar 5 horas para el ómnibus que me lleve a Denver, y finalmente, pero muchos más importante, estoy aquí (bebiendo) porque, por supuesto, porque una mujer ¡y qué mujer!. Para ser cronológico al respecto:
Estaba sentado en el ómnibus cuando paró para tomar más pasajeros en Indianapolis, Indiana -y una belleza perfectamente proporcionada, intelectual, apasionada, la personificación de la Venus de Milo, me preguntó si el sitio a mi lado estaba reservado!!!. Me atraganté, (estaba borracho) hice gárgaras y tartamudeé ¡NO! (paradojas de la expresión, después de todo, cómo uno puede tartamudear No!!?). (…) Anticipando aún más placer, no dejaría que ella me la chupase en el ómnibus (…) Sabiéndolo completamente mío este ser supremo perfecto (cuando estoy más coherente, te contaré su historia completa y la razón sicológica por la cual me amaba), no pude concebir ningún obstáculo para mi satisfacción, bien "los mejores planes del ratón y de los hombres acaban extraviados" y mi némesis fue su hermana, la bruja. (…) Este próximo párrafo debe, por necesidad, ser escrito de una forma completamente objetiva. Edith (su hermana) y Patricia (mi amor) salimos de la casa del meo tomados de las manos (no describiré mis emociones). (…) Voy a parar de escribir. Sí, para liberarme por un momento de mis emociones, debes leer partes de "Las Almas Muertas" (donde Gogol muestra su perspicacia) que son como tú.
Elaboraré más adelante (¿probablemente?), pero por el momento estoy borracho y feliz (después de todo, ya estoy libre de Patricia), debido a la joven virgen. No tengo nombre para ella. Al compás de las alegres notas del tema de Lester Young "Jumping at Mesners (que estoy escuchando) cierro hasta luego.

A mi hermano ¡Continúa!
N.L.Cassady 2




Tal parece, que aunque Neal, tuvo la predisposición de escribir una obra literaria, la duda de su capacidad intelectual, el nerviosismo, la inseguridad, el ir a tientas al momento de escribir, eran asuntos que prefirió no abordarlos seriamente; concretamente nunca llegó a convertirse en un escritor. Es conocido que persuadía a su amigo Kerouac para que éste le enseñara a escribir ficción.

—Hola, tú. ¿Te acuerdas de mí? ¿Dean Moriarty? He venido a que me enseñes a escribir.
(…)
—No digas tonterías, hombre, sé perfectamente que no has venido a verme exclusivamente porque quieras ser escritor, y además lo único que sé de eso es que hay que dedicarse a ello con la energía de un adicto a las anfetas.3


La biografía de Neal, interesante como la de muchas grandes personalidades, está llena de datos paradójicos. Tuvo como cuna de nacimiento la ciudad de Salt Lake City, el nicho de la religión mormona. Nació y murió en el mes de febrero. Se dice que sin él no hubiera existido la generación beat. Esto último es comprensible si recordamos que aparece y es relacionado con dos obras fundamentales de este movimiento: On the road, de Jack Kerouac y Howl de Allen Ginsberg (El título: Howl lo tomó Ginsberg de Kerouac)4.

Todo esto hace que Cassady, finalmente, sea entendido como el espíritu de este movimiento, el miembro catalizador del grupo, el beatnik por excelencia. La afirmación al epígrafe de Jean de la Bruyere, con el que Enrique Vila-Matas abre Bartleby & Co. «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir.». Esto, sumado a la inexistencia del segundo y el último tercio de su autobiografía, hacen finalmente de él, un escritor bartleby.
El primer tercio 5, data de 1949 —y publicado de manera póstuma— abarcaba desde la infancia de Cassady hasta algunos meses antes de conocer a Ginsberg, Kerouac & Co.

Entre los cientos de criaturas aisladas que recorrían las calles de la parte baja de Denver, no había ni una sola tan joven como yo. Entre aquellos hombres tristes que se habían entregado, cada uno de ellos por sus propias razones, a la tarea de concluir sus días como miserables borrachos, sólo yo, como copartícipe de su forma de vida, representaba la única réplica de su propia infancia, a la que podían volver a diario la vista. (…) Robé mi primer automóvil a los catorce años 6


De este modo, atendiendo a la cronología, El segundo tercio de la vida de Neal correspondería a partir de su encuentro con sus futuros compañeros de generación. Aquel libro que jamás llegó a escribir, estaría prologado por Allen Ginsberg, tendría una dedicatoria para Kerouac y para su adorada Carolyn Robinson (luego Carolyn Cassady). Cuyas páginas tendrían su propia versión de las experiencias de los viajes — al lado de Kerouac — por todo U.S.A y parte de México, luego su arresto por posesión de marihuana y posterior sentencia en la prisión de San Quintín. El epílogo sería una pequeña narración sobre su liberación por buena conducta en junio de 1960 y alguna anécdota de su trabajo como ferroviario en la Southern Pacific Railroad. Así, El segundo tercio, pasa a formar parte de la bibliografía inexistente de este bartleby.

El último tercio, empezaría con el relato de su divorcio y las situaciones con su nuevo y entrañable amigo: Ken Kesey. Sin dedicatoria. Su etapa psicodélica y la experiencia de haber sido el conductor del autobús Furthur, en el viaje que organizó Kesey hacia New York; y que fue inmortalizado por Tom Wolfe, The Electric Kool-Aid Acid Test. Finalmente el epílogo correría a cargo de un Kesey compungido relatando una noche de juerga, un pueblo de México y el coma del que su amigo nunca se recuperó, luego de que lo encontraran acostado en las vías del ferrocarril de San Miguel de Allende. Neal Cassady falleció el 4 de febrero de 1968, a escasos cuatro días de cumplir 42 años. Así, El último tercio, pasa también a formar parte de la bibliografía inexistente de este bartleby.



Bibliografía existente de Neal Cassady

- El primer tercio
- Varias cartas; a propósito de su ardua correspondencia con Kerouac y Ginsberg; estas cartas suelen ser editadas en un mismo volumen con El primer tercio
- Grace Beats Karma, Letters from Prission. Se tratan de las cartas Neal escribió a su esposa, Carolyn Cassady y a sus hijos durante 1958 a 1960 mientras estaba prisión (San Quintín). Su condena era de 5 años, pero salió a los 3 años por buena conducta. El volumen tiene 223 páginas. Se lee en una de ellas: "La mía ha sido la historia de un hombre echado a rodar"


Obras literarias que incluyen a Neal Cassady

- Howl (Allen Ginsberg); Ahí se deja leer: "N.C., héroe secreto de estos poemas"
- On the road (Jack Kerouac); Dean Moriarty, el personaje principal de la novela está basado en él. Se podría decir que la voz narrativa de On the road es una aproximación, la emulación a la forma de hablar de Cassady.
- En un pasaje de Hell's Angels: The Strange and Terrible Saga of the Outlaw Motorcycle Gangs (Hunter S. Thompson)
- The Electric Kool-Aid Acid Test (Titulado en español Ponche de Ácido Lisérgico) (Tom Wolfe)
- En una de las Historias de un Viejo Indecente (Charles Bukowski). El narrador le dice a Neal C. —a leguas un sugerido Cassady—: "Kerouac escribió casi todos los capítulos de tu vida, pero yo escribiré el último".
- Los vagabundos del Dharma (Jack Kerouac); Cody Pomeray está inspirado en Cassady. En esa novela se lee "Cody era un viejo amigo mío que había vivido conmigo en aquella buhardilla de San Francisco años atrás. Un buen amigo de verdad"
- Ángeles de desolación (Jack Kerouac); Cody Pomeray está inspirado en Cassady. Los registros muestran el deterioro en la amistad entre Neal y Jack.
- Big Sur (Jack Kerouac); Cody Pomeray está inspirado en Cassady.
- Go (John Clellon Holmes)
- Off the road (Carolyn Cassady); El volumen contiene fotos.
- The Holy Goof: a Biography of Neal Cassady (William Plummer)



1 Jack Kerouac: La Generación Beat. Traducción de Alberto Manzano, Editorial Litoral, La poesía del Rock

2 Extractos de una carta de Neal Cassady a Jack Kerouac; fechado del 7 de marzo de 1947)

3 On the road, Jack Kerouac

4 La Generación Beat se remonta a las fiestas salvajes que mi padre solía celebrar en casa en los años Veinte y Treinta en New England que eran tan fantásticamente altas de volumen que nadie podía dormir en manzanas a la redonda y cuando los polis venían siempre se tomaban una copa. Se remonta a la salvaje y delirante infancia que jugaba a la Sombra bajo los árboles sacudidos por el viento del gozoso otoño de Nueva Inglaterra, y el aullido del Hombre de la Luna en el banco de arena hasta que le cogimos en un árbol (era un chaval "mayor" de 15 años). (Jack Kerouac: La Generación Beat. Traducción de Alberto Manzano, Editorial Litoral, La poesía del Rock)

5 Luego, vuelto a publicarse en City Lights Books (la editorial de Lawrence Ferlinghetti) en 1971, como en Producciones Editoriales, Barcelona, 1978

6 El primer tercio, Neal Cassady. Lo siguiente se lee en la contraportada de la ediciòn que hizo Anagrama de este libro. "El primer tercio es el mayor esfuerzo literario de Neal Cassady, que a ratos debió de pensar que no tenía por qué ser menos que sus colegas en eso de escribir. Constituye su autobiografía, un relato pormenorizado -precedido de un largo "Prólogo" en el que da cuenta de los trabajos y desvelos de sus antepasados-de sus tremendos y terribles primeros años, El primer tercio de su vida , que transcurrió entre miserias dando tumbos por los barrios bajos de Denver. Según Carolyn, su viuda, Cassady fue escribiéndolo a impulsos irregulares, de tanto en tanto, entre 1948 y 1954, época en la que leía también mucho, y sobre todo, a Marcel Proust. Luego se lo dio a un amigo y se olvidó de él, y años más tarde fue rescatado y publicado por Lawrence Ferlinghetti en su City Lights Press. Un modo de cerrar el círculo nuclear de toda la Generación Beat. En esta edición se recogen también otros textos de Neal Cassady, así como varias cartas a Jack Kerouac y Ken Kesey. ".


miércoles, agosto 18, 2010

Capítulos que se le olvidaron a Vila-Matas (VII)


Otros Bartlebys

Por Luis Alberto Bravo




Pedro Camacho "El Escribidor"


Autor boliviano (Fenómeno radiofónico en el Perú y en la Bolivia de los años cincuenta; pecaminosamente nacionalista). Hombre orquesta. Llevaba a cabo un horario de trabajo prácticamente imposible. Y para quien el acto de escribir era una cosa muy compulsiva. Denostado narigudo, objeto de incesantes burlas y chismes a sus espaldas; sus compañeros de trabajo lo llamaban despectivamente El Napoleón del Altiplano —¿despectivo?— o Balzac criollo. Y a quien el Mal del No le fue sugerido no en la negación de la escritura misma sino en la no preservación de la obra.

Como ya se ha dicho: arrojar escritos al agua o quemarlos, seguirán siendo dos auténticas formas del arte bartleby: de volver al silencio algo que existe para que ya no exista. A estos dos sumaremos uno nuevo: el abandono.

Abandonar un texto, arrojarlo (en forma de "bolita") a la calle, dejarlo doblado en el asiento de una estación, tiene a partes iguales un poco de olvido consciente como de relevo abstracto. Es empezar a creer que ese texto empieza a no existir para nosotros ante la posibilidad de empezar a existir para otra persona, o para otros. Incluso el verbo «Abandonar» como la palabra «Abandono» llevan un mensaje encriptado, ¿como propósito?: el No.

He aquí varias acepciones de «Abandonar»
1 Dejar, desamparar a una persona, animal o cosa. No hacer caso de ella.
2 Desistir de una cosa.
3 Renunciar a continuar en una competición o prueba.


Raúl Salmón. Posiblemente la persona en quién se basó MVLL para crear el personaje de Pedro Camacho.


Se dice que Camacho —tal cual nos recreó "Varguitas" (el narrador de los capítulos impares de la novela de Mario Vargas Llosa: La tía Julia y el escribidor) — «Una vez terminado el capítulo, no lo corregía ni siquiera leía; lo entregaba a la secretaria para que sacara copias y procedía, sin solución de continuidad, a fabricar el siguiente»1 . La técnica de abandono por parte de El escribidor, quien "embarcado" en la creación de sus radioteatros, era prácticamente automática. El «Preferiría no hacerlo» estaba implícito, sólo que seguía el patrón de la negación de manera opuesta: «Preferiría no dejar de hacerlo». «Escribía con dos dedos, muy rápido. Lo veía y no lo creía: jamás se paraba a buscar alguna palabra o contemplar una idea, nunca aparecía en esos ojitos fanáticos y saltones la sombra de una duda. Daba la impresión de estar pasando a limpio un texto que sabía de memoria, mecanografiando algo que le dictaban. ¿Cómo era posible que, a esa velocidad con que caían sus deditos sobre las teclas, estuviera nueve, diez horas al día, inventando las situaciones, las anécdotas, los diálogos, de varias historias distintas?»2. Y aun más, incluso extrema. «Preferiría nunca dejar de hacerlo», «Preferiría nunca tener que dejar de hacerlo»: «la razón por la cual no utilizaba sus viejos radioteatros era más simple: porque no tenía el menor interés en ahorrarse trabajo. Vivir era, para él, escribir.»3. Pero todo esto era apenas la parte sumergida del iceberg.



La parte "visible" era degustada por el público consumidor a través del sentido auditivo. Y cuyo parámetro gustativo estaba tutelarmente configurado para un horario único de difusión. La recepción atendía un rito. Una educación sentimental del radioescucha. Luego de eso, ningún capítulo era vuelto a recrearse, ningún instante.
De esta manera, entre transición y transición de la emisión de cada programa, el germen del No, a través de Pedro Camacho empezaba a operar. Su técnica del "abandono bartleby", lo recrea un atónito "Varguitas". «No le importaba en absoluto que sus obras durasen. Una vez radiados, se olvidaba de los libretos. Me aseguró que no conservaba copia de ninguno de sus radioteatros. Éstos habían sido compuestos con el tácito convencimiento de que debían volatilizarse al ser digeridos por el público. Una vez le pregunté si nunca había pensado publicar:
-Mis escritos se conservan en un lugar más indeleble que los libros -me instruyó, en el acto-: la memoria de los radioescuchas.»4

En resumidas cuentas, "Varguitas" pregunta: « ¿Piensa publicar? »; y Camacho responde: « Preferiría no hacerlo ».




Aunque la ficción de los radioteatros de Camacho, empezaban a operar en la imaginación de los receptores —y a través de ellos en la vida misma, en la realidad objetiva—, la obra literaria no existía concretamente en un soporte físico —final— de consumo masivo —ni llegó a culminar—. Las fuerzas ficcionales de cada historia y ¿la certeza? de las bondades literarias de Camacho se mantenían endeblemente en la memoria de los radioescuchas— por supuesto con algún aporte de fantasía personal, es conocido que la memoria se contamina fácilmente—; y en las hojas mecanografiadas: relegadas —olvidadas & desperdigadas— en las bodegas de la radio: entre la humedad y excrementos de las ratas. Estas dos últimas, comunes precariedades que afectan el espíritu y el espacio en que se mueven los escritores bartlebys.

Por ello, se llega a una primera conclusión. La insensatez de Pedro Camacho a la hora de abordar —¿desmesuradamente?— una historia y con igual grado de insensatez abandonarlas: no lo hace un escritor bartleby, pero la suerte pragmática, a la que son relegadas sus obras, hacen que estas sí, que cada una de las historias de Camacho entren a formar parte del universo bartleby.

La energía incesante, la terquedad en el carácter, ¡lo prolífico!... Todo esto, indiscutiblemente, hacían de Camacho un autor antibartleby. Incluso su estratagema aun resulta provocadora —y… ¿ofensiva?— para cualquier escritor que se precie de serio. «Jamás lo vi leer un libro, una revista o un periódico, fuera del mamotreto de citas y de esos planos que eran sus 'instrumentos de trabajo'. Aunque miento: un día le descubrí un Boletín de Socios del Club Nacional (…) ¿Te fijaste que no hay un solo libro en su cuarto? Me ha explicado que no lee para que no le influyan el estilo.»5. Recordaría "Varguitas". Y aun así, El Escribidor, sostenía con soberbia: «Los cerebros de nuestra América mestiza pueden parir mejores cosas que los franchutes.»6.

Pero el Mal del No acabaría derrotando finalmente al autor. Empezando con el caos reinante en los personajes, pasando por el cataclismo de las historias, y culminando en un hecho desbordante —y que tuvo forma física—: la crisis nerviosa de Camacho. Su derrumbe. La aceptación de que había perdido su brújula y el antes y después de sus ficciones. La confusión había reducido a escombros su aparente lucidez. Extenuado y con lagunas mentales fue recluido en un manicomio. Lugar muy familiar para los escritores bartlebys, tanto Walser como Hölderlin (por citar a unos pocos) lo habían padecido. «A veces se abandona la escritura porque uno simplemente cae en un estado de locura del que ya no se recupera nunca»7. Opinaba el colega CasiWatt.

Por último. ¿La naturaleza bartleby facilita o crea canales en el subconsciente de las personas —que suelen rodear a quienes padecen del Mal del No— para que un acto de bondad o compasión de parte de ellos, hacia quienes la padecen, transmute en el desarrollo con un acto irracional, que les deja una sensación de haber abandonado a alguien —o algo— y decae finalmente en un extrañamiento? Posiblemente. Aquel acto de abandono: ensombrecido por el «Preferiría no hacerlo», lo experimentó "Varguitas" al final del Capítulo XIX de La tía Julia y el escribidor. «Un domingo, después de catalogar tumbas en el Cementerio Presbítero Maestro, fui en ómnibus hasta la puerta del Larco Herrera con la intención de visitarlo. Le llevaba de regalo unas bolsitas de yerbaluisa y de menta para preparar infusiones. Pero en el mismo momento que, entre otras visitas, iba a cruzar el portón carcelario, decidí no hacerlo. La idea de volver a ver al escriba, en este lugar amurallado y promiscuo (…) convertido en uno más de esa muchedumbre de locos, me produjo preventivamente gran angustia. Di media vuelta y regresé a Miraflores.»8.

Posible bibliografía: Una obra de teatro sobre "las costumbres bestiales de los gauchos".


1,2,3,4,5,6,8 Citas extraídas de la novela La tía Julia y el escribidor de MVLL
7 Cita desde Bartleby & Co. de EVM. Pie de página número 5.

lunes, agosto 16, 2010

Carta abierta de Carlos M. Gordiano para Luis Alberto Bravo


05-08-10

Hoy jueves terminé la lectura de tu libro Utolands (Lenguaraz, 2010). Me permitiré compartir un detalle por demás irrelevante, tratándose del propósito principal del encuentro íntimo con una obra: el placer obtenido a través de la palabra. Resulta que toda la semana pasada tuve la oportunidad de visitar las bahías de Huatulco, un lugar paradisiaco en el estado de Oaxaca mexicano. Entre mis pocas pertenencias llevé dos libros: Los Ángeles del Infierno, del gringo infernal, Hunter S. Thompson, y Utolands, de tu autoría.
Imaginarás que durante la visita a diferentes bahías, dediqué espacios de tiempo a la lectura de ambos libracos. En este viaje leí la mitad de tu libro y lo disfruté bastante. El estilo irreverente y poco apegado a las formas tradicionales de la poesía llamó con fuerza mi atención, amén de las ráfagas que disparas y que se encuentran dispersas a lo largo del libro. Coincido con los argumentos del prologuista: hay poesía en todo, acaso se requiere aguzar la mirada y la punzada del corazón para extasiarse con este hechizo.
Escribes poesía recurriendo a cualquier tipo de modalidad escrita, lo que entraña un desafío a las buenas formas, esto es un mérito que te aplaudo sin cortapisas. Creo que en esta actitud es donde te aproximas a tu admirado Kerouac, otro gringo infernal, que antepuso la pasión por la vida sobre cualquier compromiso literario, y ya ves, este fuego interno que se avivó en el camino, culminó en obras excepcionales que prohijaron un sinfín de criaturas vivenciales y literarias que explotaron en la posteridad.
Frente al mar plácido del Pacífico, compartí a quien quiso escuchar, tu “Cajita de música”. Me deleité con “Like a bird” y leí tu remix de Can´t take my eyes of you, y convencido afirmé que prefiero la versión discotequera de los ochenta; cuestión de gustos.
Hoy que leí el resto del libro frente a la ventana de mi encerrado departamento, en esta desquiciante ciudad de México, escuché en varias ocasiones una canción que apenas descubrí. Resulta que la sentí como una especie de soundtrack de distintos pasajes de la obra que tenía en mis manos (la adjunto para que la conozcas). Sucede que en estos últimos años me aguijonea el deseo de darle un giro a mi vida. Al volver a esta ciudad me consterna la sensación de tristeza que me produce abandonar el mar, y entonces me encuentro con que Me mudaré a una playa;/aquí sólo se me ocurre/escupir sobre los puentes. ¡Zas! Peor aún, descubro que esta cancioncita le imprime mayor melancolía a esta tarde de lectura veraniega, y por los estrechos espacios que permiten los edificios observo nubes que subrayan la sensación de enclaustro. Qué va, todo nublado, con tu libro y esta canción.
Tengo la sospecha que puedes formar parte de la correosa fraternidad de poetas latinoamericanos que al margen del stablisment cultural, ofrendan una poesía luminosa, encendida por una convicción que materializa un desafío que aporta voz, amor, inconformidad y delirio. Son varios los valientes, por ahora me vienen a la mente Raúl Gómez Jattin (Colombia) y Mario Santiago Papasquiaro (México).

Luis Alberto. Te felicito por tu libro Utolands. Fue un deleite recorrer cada palabra. Ten seguro que algunos de tus poemas, de tus versos, de tus estribillos, tendrán una cálida acogida en mis neuronas.
Felicidades, hermano.


Carlos M. Gordiano

Ciudad de México.


viernes, agosto 06, 2010

Lima fue (y sigue siendo) una fiesta

Por Miguel Antonio Chávez

Como anoté en mi perfil de Facebook, Lima fue (y sigue siendo) una fiesta. Regresar fue como sacarle la pausa a la canción que empezó el año pasado. A la FIL Lima 2009 fui para presentar la compilación de cuentistas ecuatoriano-peruanas Amigas de Yeti. Pero este año la excusa fue otra y mucho mejor. Sé que puedo pecar de padre primerizo pero, pese a no ser mi primer libro publicado (que fue un cuentario), con la primera obra publicada fuera de mi país (y primera novela escrita) no pude ocultar mi alegría. Harold Alva, uno de los editores de Altazor me mostró al bebé apenas llegaba al aeropuerto Jorge Chávez de Lima. No era el único, claro. Altazor apostó este año por editar de golpe siete novelas de varios narradores latinoamericanos menores de 40 y se embarcó en una gira por todo el Perú que desde algunos sectores, y antes de culminar la FIL Lima 2010, ya fue considerada como histórica. Lamento mucho, eso sí, que algunas circunstancias me impidieron estar en ese magical mystery tour por el interior del país con Claudia, Oliverio, Juan, Pedro, Jorge Enrique y Ernesto. Estaba por embarcarme hacia Trujillo para alcanzarlos pero Harold, como buen consejero y road manager, me dijo que me quedara en Lima debido a algunas complicaciones que había en las carreteras. Cuando ya pude encontrarme con ellos, era inevitable ver en sus rostros que, pese al cansancio tenían la cara de satisfacción de los aventureros viajeros, que dista años luz de la cara de los turistas de gorrito. Willy del Pozo, el gerente editor de Altazor, que había conducido su ya mítico Altazormovil (Harold dixit) a los autores, me entregó luego sendos diplomas y certificados de “ciudadano ilustre” que había emitido las municipalidades de Tarma y Huamanga, a mi nombre, tal como había sido entregados a los demás. Extraño honor para mí y bizarro argumento para un cuento, por ser dos ciudades donde nunca estuve. Otro honor que tuve, este sí más vívido, fue el recibir de manos de Alejandra, la pequeña e inquieta hija de Willy, una caricatura mía, teniendo en cuenta que, a diferencia de mis compañeros escritores, a mí no me había conocido en persona.


Saliendo del conversatorio sobre "El síndrome de Falcón", en la Casa de la Literatura Peruana; con Solange Rodríguez, Víctor Samuel Rivera, Leonardo Valencia, Ma. Fernanda Pasaguay y Adelaida Jaramillo

Durante un conversatorio en la FIL Lima 2010. Adelaida, Solange y Bolívar Lucio

La FIL Lima 2010 fue desarrollada este año en una locación distinta a la anterior, en el distrito de Jesús María. El Parque de los Próceres fue “vestido” de tal manera que albergó los múltiples stands y salones de presentación. Y salvo por problemas de señalética y de déficit de baños (se utilizaron baterías sanitarias como en los concierto de rock en los estadios), la feria se desarrolló muy bien, con gran oferta editorial y presencia de librerías, algo que en Guayaquil ya exigimos si queremos al menos ser parte del circuito de las ferias medianas. El stand de Ecuador, país invitado este año, ocupó su lugar central con una dotación de obras literarias y de estudios sociológicos y económicos. Debido a la conyuntura de que Ministerio Coordinador de Patrimonio Cultural y Natural colaboró en buena medida con el Ministerio de Cultura en la concepción de stand, en una esquina se resaltaba el Plan Yasuní ITT, propuesta política que tiene alcances ecológicos interesantes pero que resulta extraña en el entorno de una feria de libros. Pude encontrarme con algunos autores de la delegación oficial, entre ellos Javier Vásconez, Gabriela Alemán, María Fernanda Pasaguay, Edgar Allan García, Leonor Bravo, Leonardo Valencia y Aminta Buenaño. Con Aminta fui testigo de un incidente. Se molestó mucho porque su novela “Mujeres divinas” que había enviado semanas antes al ministerio en Quito no constaba entre las obras exhibidas y no sabía con quién quejarse. Solange Rodríguez, Adelaida Jaramillo y Bolívar Lucio también son autores ecuatorianos pero por cosas de la vida, junto a mí, éramos lo que graciosamente denominábamos con Solange “la delegación underground”. Y bueno, a veces en el mar “undergound” la vida es más sabrosa.

Hubo eventos organizados por la Cámara Peruana del Libro muy interesantes y fuera del entorno ferial. En la Casa de la Literatura Peruana (una antigua estación de tren de Desamparados, formidablemente rescatada) hubo un conversatorio sobre El síndrome de Falcón, libro de ensayos del autor ecuatoriano Leonardo Valencia, donde participaron él y el peruano Carlos Calderón Fajardo. Moderó la mesa el crítico peruano Gabriel Ruiz Ortega, quien semanas antes fue seleccionado por Enrique Vila-Matas para la presentación de su novela Dublinescas en Lima. La experiencia personal y literaria de Valencia fue expuesta, además de la época en la que residió ahí en los 90. Calderón Fajardo partió una reflexión suya que había realizado, El síndrome de Falcón: el libro que un peruano debió haber escrito, desde las lecturas del libro del ecuatoriano. Sesudas y densas discusiones que terminaron por una gentil invitación de Carlos y de Luis Hernán Castañeda al bar Zela, en la zona del centro histórico. Ahí John Martínez presentó a varios narradores peruanos como el mismo Castañeda, Ernesto Carlín, Oscar Pita, Johan Page, Calderón Fajardo. Y luego, de improviso, nos hicieron leer a Leonardo y a mí, en calidad de visitantes. Leonardo leyó un poema de Roberto Juarroz. Yo lei los primeros dos capítulos de mi novela La maniobra de Heimlich que llevaba conmigo.

En la FIL hubo muchas actividades y como tal, imposible estar en todas. Además de las presentaciones de Javier Vásconez, Leonardo Valencia, María Fernanda Pasaguay, Solange Rodríguez, Adelaida Jaramillo y Bolívar Lucio, las mesas llamadas "nueva narrativa" (donde participaron Luis Hernán Castañeda y Valencia) y "novísima narrativa" (con la narradora peruana Katya Adaui, la ecuatoriana Gabriela Alemán y el conocido crítico peruano Julio Ortega) y la mesa donde participé junto con Solange, María Fernanda y Adelaida, estuve en el lanzamiento de la novela Los vivos y los muertos del boliviano Edmundo Paz Soldán y de Las teorías salvajes de la argentina Pola Oloixarac, quien me firmó su ejemplar con lápiz labial (cómo me encantaría decir que fue solo el mío, pero la veintena de personas que estuvieron ahí me lo desmentirían). Fue curioso que mientras hacía la cola, el narrador peruano Gonzalo Málaga me contó que un poeta en Lima se salvó de una muerte por asfixia en una comida gracias a la maniobra de Heimlich. Esa noche conocí en persona a Diego Trelles, quien me había antologado en la versión web de El futuro no es nuestro. Coincidimos en que el presentador de Pola, el narrador Fernando Ampuero, se robó el show ya que a ratos sus preguntas parecían largos fraseos hermenéuticos que no permitieron que Pola se explayara. De paso, el que se haya pasado resaltando su belleza física seguramente fue un factor para cohibirla.

Lanzamiento en la FIL Lima 2010 de las 7 novelas de Altazor. Constan a los extremos, Harold Alva y Willy del Pozo. En medio de ellos, Oliverio Coelho, Miguel Antonio Chávez, Jorge Enrique Lage, Claudia Apablaza, Carlos Calderón Fajardo.

La experiencia del lanzamiento de las siete novelas de Altazor (EME/A, la tristeza de la no historia, de Claudia Apablaza; Borneo, de Oliverio Coelho; Takashi, historias robadas, de Ernesto Carlín; Carbono 14, una novela de culto, de Jorge Enrique Lage; La noche que no se repite, de Pedro Peña; El fondo de nadie, de Juan Ramírez Biedermann) entre las que estuvieron la mía, La maniobra de Heimlich, fue increíble. Más de 200 personas estuvieron en la sala César Vallejo, la más amplia de la FIL. Harold temía que no fuera gente ya que ni Jaime Bayly, días antes no lo había llenado. Carlos Calderón Fajardo fue el encargado de lanzar las novelas y sobre eso escribió algo que ya circula en varios blogs.

En fin, fue un viaje muy rico. La pasé mucho mejor que la vez anterior. Momentos muy emotivos compartidos, como la cena en casa de Ernesto Carlín reuniendo por primera vez a los siete novelistas (donde los pude conocer mejor a todos y donde Harold se mandó un genial monólogo imitando al presidente Alan García). La visita al bar Queirolo, con Diego Trelles y la poeta Victoria Guerrero. El reencuentro con los amigos del stand del ALPE (Alianza Peruana de Editores). La generosidad de las familias de Harold y Willy. El reencuentro con el embajador ecuatoriano Diego Rivadeneira, la agregada cultural Gabriela Falconí y el editor -junto con Gabriela- de Matapalo Cartonera, Víctor Vimos; al igual que con Gabriel Rimachi y Antonio Moretti. La sencillez y simpatía enormes de Carlos Calderón Fajardo. El conocer al filósofo peruano Víctor Samuel Rivera (para envidia de muchos, cenó con Gianni Vattimo durante su visita a la FIL). Las extensas conversaciones con Gabriel Ruiz Ortega (sobre Fresán, Bolaño, la historia de los cazadores de nazis en América Latina, la joyita de Fernando Iwasaki -Inquisiciones peruanas- que me ayudó a conseguir). La maratónica farra en un sitio de Barranco que nunca supe su nombre, con Diego Trelles, Victoria Guerrero y con Pola Oloixarac que apareció por ahí. La gran acolitada de la poeta y editora Melissa Patiño para acompañarme a la "un poquito peligrosa" zona de la Amazonas, donde venden libros usados (el policía nos dijo previo a llegar a la zona "no pasen por ahí que es peligroso"). El extrañísimo incidente ocurrido en la zona de Gamarra mientras Pedro Peña y Jorge E. Lage estábamos de compras, que nos di un enorme susto. La compañía de Leonardo y el editor Xavier Michelena, con quienes coincidí en el vuelo (fui testigo de cuando a Michelena lo abordó un sujeto muy peculiar, Alex Chionetti, que proponía editar un libro sobre el misterio de la Cueva de los Tayos, y cuya tarjeta de presentación dice Producer, consultant. "Ancient Aliens", "Destination: truth", "The UFO hunters") . El hotel "Cinco estrellas" de la avenida Canadá: historia digna de una segunda parte de Four Rooms.

Maldita sea, Lima. Pese al frío, you really got me.

jueves, agosto 05, 2010

ERIZOS ATRAPADOS EN CUERPOS DE BUITRE. Siete narradores latinoamericanos publicados por Altazor en Perú






Por Carlos Calderón Fajardo*


Una pequeña editorial alternativa peruana Altazor publica en un país sin gran tradición editorial a siete novelistas latinoamericanos simultáneamente. Es una hazaña. Me pregunto si no es también un signo, entre otros, de un acercamiento y compenetración de nuestros imaginarios narrativos, pero esta vez desde abajo, por una literatura latinoamericana no tutelada por España. El no poder publicar en España, – que apadrina el éxito literario en nuestro continente- está generando una reacción creativa desde abajo. Formas nuevas de publicación, distribución y contactos que, sin complejos, no pasa necesariamente ahora por el espaldarazo indispensable de la península ibérica. Hay antecedentes de este aparecer desde debajo de la narrativa joven en Latinoamérica: la antología de Diego Trelles El futuro no es nuestro, y la antología Asamblea Portátil, publicada por la editorial Casa Tomada, de Gabriel Rimachi, ambos escritores peruanos.

A las novelas de Altazor las hemos llamado “Erizos dentro de cuerpos de buitres”, (tomando una frase de la novela Carbono 14 del cubano Jorge Enrique Lage, una de las siete novelas publicadas por Altazor). No creo que estas novelas busquen ser aprobadas por el canon de sus respectivos países, la crítica y hasta los medios. Estas instancias apuestan por el éxito desde arriba. Ya no se distinguen por tener como marco referencial la realidad de sus países, ni se alínean en la tradición nacional a la que estas obras deberían pertenecer. En ninguna de las siete encontramos un saludo a sus banderas. Se trata de meta-novelas que expresan una realidad que brota de la misma ficción. Representan una respuesta a los parámetros internacionales del éxito y a la literatura como deber patrio.

Una segunda apuesta extraordinaria de Altazor, inédita en América Latina y el Perú, es que la editorial de Willy del Pozo no solo publica a siete escritores latinoamericanos, sino que en un automóvil de juglares recorre el interior del Perú, la sierra y la costa, confrontando a estas novelas de alguna manera desnacionalizadas con el corazón nacional de lo latinoamericano: las provincias. El éxito de la gira fue enorme. Esto puede ser leído como muestra de que se vienen produciendo cambios importantes en los lectores de nuestros países, pero no solo en las grandes ciudades sino en las provincias. En esta extraordinaria experiencia de Altazor, se va del centro a los márgenes y no al revés, como lo fue hasta ahora, en la apuesta literaria por el éxito. Escritores de los márgenes para lectores marginales. Lectores acostumbrados a una literatura canónica que saluda a la bandera, ahora confrontados a escritores sin bandera, que son saludados, aclamados, requeridos por inquietudes y preguntas de estos lectores ayacuchanos, trujillanos, piuranos ganados para un tipo de nueva literatura latinoamericana.

Hasta los años 90, más concretamente hasta la caída del Muro de Berlín, dos tendencias literarias se enfrentaban creando una dialéctica de fuerzas opuestas. De un lado los que creían que la literatura era invención de la realidad y que en tal medida estaban al servicio de esta realidad, con aquel Vallejo que dice “toda obra genial viene del pueblo y va hacia él” que fue una frase muy utilizada por esta posición. La otra tendencia podía haber tenido como epígrafe también un verso de Vallejo. “Desconfiar del ojo, no del anteojo”. Esta tendencia planteaba que la literatura reinventa la realidad, Artificio (el anteojo) y no naturaleza (el ojo). Gran parte de lo mejor de nuestra literatura pasó por esta segunda tendencia: Borges, García Márquez, Onetti, Cortázar, Lezama Lima, Clarence Linspector. Cuatro grandes narradores latinoamericanos posteriores al boom van a abrir nuevos caminos: Puig en Argentina, Pitol en México, Reynaldo Arenas en Cuba, y Roberto Bolaño en Chile, que van a superar el paradigma de la realidad reinventada por una literatura que se reinventa a si misma. ¿Son hijos los novelistas de Altazor de esta última vertiente, en la que la literatura ya no reinventa la realidad, sino más bien la literatura se reinventa a si misma? Un epígrafe de la novela de Claudia Apablaza nos expresa ésta nueva sensibilidad. Cito el epígrafe: No quiero vivir aquí. Quiero vivir en el lenguaje. La reinvención del lenguaje es lo que interesa a estos escritores, y no como lo fue antes, el testimoniar la llamada realidad social de sus respectivos países. Una de las novelas, en este sentido, más representativas del grupo es Borneo de Oliverio Coelho. Estas novelas como dice Coelho son “como objetos que han extraviado su función”. En las siete novelas publicadas por Altazor encontramos una búsqueda de la irrealidad más que de la realidad. Lo primero saltante para el que las lee es el estilo. A diferencia de narradores jóvenes del primer quinquenio del siglo XXI, caracterizados por un lenguaje ostentoso, esteticista, una característica común a estas siete novelas es un lenguaje con adjetivos reducidos a la mínima expresión y sin uso de la metáfora. Ninguno de ellos cae en la prosa lírica, otro rasgo que era característico de la joven narrativa latinoamericana. El lenguaje no es ya barroco. En lo constructivo, es el fin de la clásica estructura con principio, clímax y desenlace, de lo narrativo como proceso. El relato de trama es reemplazado por una narrativa que conecta fragmentos. Párrafos de una línea, capitulillos, segmentos más que capítulos. Las historias se diluyen. Se inician historias que luego se abandonan. Las partes se relacionan por resonancias de sentido, por juegos de espejos, más que por consecuencias lógicas de un antes y después. La vanguardia perseguía lo nuevo, nuevas formas de expresión, en estos narradores hay búsqueda pero sin la dramática experimentación verbal de las vanguardias, es paródica y desenfada.

A manera de conclusión, me gustaría formular algunas reflexiones sobre cada una de las siete novelas publicadas por Altazor. Me interesa mucho una idea que aparece en la novela de Claudia Apablaza la de “la no-historia”. Cuando los hechos no históricos son más importantes que los históricos. La imposibilidad de gestar una historia nos lleva a novelas sin historia y nos conduce a la tensión entre imposibilidad y la posibilidad de narrar dentro de un mundo donde ha quedado anulada la idea tradicional de historia. Esto de alguna manera se vincula a lo que el peruano Carlín entiende por “historias robadas”. Con Takashi, historias robadas Ernesto Carlín se coloca como uno de los narradores jóvenes peruanos más interesantes. El guayaquileño, -y no digo ecuatoriano-, Miguel Antonio Chávez desliza en su novela la idea de que los países sudamericanos vivimos imaginarios paralelos y en un “imaginario paralelo” que es su novela, nos cuenta una historia deliciosa sobre Borges y María Kodama en Guayaquil. Qué decir sobre el escritor cubano Jorge Enrique Lage, que vive, en Cuba, en lugar de dar testimonio de los cambios y actuales tensiones en la isla, opta por una novela sostenida en el lenguaje, sin que se pueda rastrear en su novela influencia de Carpentier, de Lezama Lima, Sarduy, Cabrera Infante, o Reynaldo Arenas. Su propuesta es distinta a la tradicional narrativa cubana, que como sabemos se caracteriza por su barroquismo. El escritor paraguayo Ramírez Biedermann, con una novela con un título muy sugestivo El fondo de nadie es una apuesta sugestiva proveniente de una literatura de la que sabemos muy poco, salvo, claro, Roa Bastos. “La noche que no se repite” del uruguayo Pedro Peña se trata de una novela policial, negra, experimental y novedosa. Finalmente, la novela Borneo de Oliverio Coelho, estupenda novela asentada sobre cartografías que desafían al mundo real; novela reflexiva, cuajada de aciertos en el lenguaje, Coelho y su Borneo nos propone pensar en los objetos que han extraviado su función. Y esto nos lleva a la última idea sobre la experiencia enriquecedora que ha sido la lectura de estas siete novelas. Representan, cada una, una propuesta de abandono de la novela clásica para brindarnos excitantes funciones para nuevas formas de escribir novela en Latinoamérica. Son muestra excepcional de lo que están escribiendo actualmente los jóvenes narradores de nuestro mundo. No están en la pelea de los epígonos por destronar a los padres fuertes (Borges, Onetti, Roa Bastos, Vargas Llosa, Bolaño). No sufren de una “angustia de la influencia” como diría Harold Bloom. Son ellos mismos. Son diferentes. Son erizos dentro de cuerpos de buitres.


(*) Texto reproducido con el permiso de su autor