Por
Miguel Antonio Chávez
Mi madre no me ha pedido que me ponga el pijama
ni que me despoje del brazo ortopédico
El brazo, se llama. Colócate el brazo, quítate el brazo¿dónde has dejado el brazo? No asustes a los niños con el brazo.
En efecto, a partir del mal uso del aparato
cada vez me invitan menos a las fiestas infantiles.
-M.B., La escuela del dolor humano de Sechuán
Un día, navegó por el Ganges un hombre que lanzó por la borda de la prótesis de un brazo derecho e, inmutable, no la extrañó más. Tiempo después, la sustituyó por extraños y amenazantes ganchos metálicos a los que llevó a cuanto evento literario y entrevista pudo. Si esta encarnación del capitán Garfio viviera hoy y fuera uno de los escritores de culto de la narrativa latinoamericana con nouvelles intensas, crueles, minimalistas, seguramente se llamaría Mario Bellatin.
La historia del Ganges se menciona en su novela El gran vidrio, y en los mitos urbanos que giran en torno a él. Bellatin convirtió lo que sería una maldición gitana para un escritor -el nacer sin un brazo debido a un mal congénito- en su mayor fortaleza, su licencia para asumir lo freak como la construcción de una territorialidad tan suya, tanto dentro como fuera de la literatura.
Amante de personajes con deformidades físicas que se encuentran en entornos aún más anormales, este autor (nacido en México DF, 1960, pero con media vida en Perú, donde inició su carrera literaria) no admite el barroco de Lezama Lima sino que, muy por el contrario, ha optado por una suerte de purga estilística cuya ascepcia, perturba y a la vez encanta a sus lectores. “Yo sería feliz si redujéramos el idioma al mínimo y eso está en contradicción con la idea que se tiene del escritor, como de un ser de imaginación desbordada y con manejo del lenguaje. Yo, en la primera etapa de mi trabajo, tengo una imaginación desbordada y, a medida que avanzo, la voy reduciendo y eliminando. Y, por supuesto, no creo que el idioma influya en el escritor. Yo preferiría que el español fuera un idioma más compacto”, dijo en una célebre entrevista con Caridad Plaza, en un mano a mano con su par mexicano Jorge Volpi. Con Bellatin, no hay adjetivos de más: los manda a dormir a mejor vida. Dentro de esa concepción, el crítico chileno Alvaro Matus lo ha señalado como uno de los “autores raros” contemporáneos. Nada mal para un DJ con garfio en cuya mezcla priman otras formas de narratividad, que va más de la mano de lo teatral o de la fotografía, que de lo que conocemos como literatura pura y dura.
Hace poco en el suplemento Ñ confesó: “Considero que no hay otras artes. Parto de la idea, un tanto descabellada, de que todo es escritura, por esa razón no veo la diferencia de fondo que puede haber entre una disciplina y otra”. En esta onda, no hay mejor manera de entender a Bellatin sino desde el performance. Así, como lo cuenta el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, a veces ha tenido presentaciones en las que no ha hablado una sola palabra: unas diapositivas y una grabadora con su voz han hecho lo suyo.
Pero hay casos más extremos: Ya es célebre el “experimento” que realizó en París, con su congreso de literatura mexicana. Allí, Bellatin trataba de saber si el texto podía no tener autor. Para ello, tomó a cuatro grandes de las letras del país azteca, Margo Glantz, Sergio Pitol, José Agustín, y Salvador Elizondo. El quid consistió en que no asistieron físicamente los escritores al encuentro sino sus dobles, previamente entrenados por los autores. Cada autor había enseñado a su doble textos emblemáticos que el doble se aprendía de memoria. Algunos asistentes, catedráticos estudiosos de sus obras, que habían viajado de otros países europeos, se llevaron un chasco al ver que sus rostros ni su género (sí, Bellatin había dispuesto que tampoco podían coincidir en eso) no correspondía a la foto de la solapa de sus libros.
Cuando conocí de esto, hace poco menos de un año, me recordó a Thomas Pynchon, aquel escritor norteamericano cuyo aislamiento extremo fue tema de un episodio de Los Simpsons, en donde fue caricaturizado como un tipo que llevaba la cabeza cubierta con una bolsa de papel (La connotación, claro está, no es la misma de la del hijo del gato Silvestre de los Looney Tunes, que se cubría por vergüenza a su padre). En Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, su protagonista viaja a Nueva York, atraído por una irresistible charla de Pynchon en una universidad. Un dominio, un conocimiento: una experiencia alucinante. Luego, conoce de otra ponencia en California y viaja también allá. Igual de excepcional, no lo puede creer. La única pequeña y perturbadora diferencia es que ninguno de los dos era el mismo: ninguno de los dos era Pynchon.
Bellatin ha sido enfático en su aspiración de “borrar” la noción de autor. Sin embargo, no deja de haber un dejo de ironía en estas palabras: “Escribo porque es la única manera que tengo de expresarme. ¿Por qué ponen tanto el cuerpo los escritores? ¿De qué se trata, es teatro o es una performance? ¿Gana quien deslumbra más, el que hace más piruetas?"... ¿Alguien se imagina qué relación puede haber entre él y Hugh Hefner? En una reciente conferencia en Brasil, su prótesis (ya no llevó el garfio modelo clásico ni el cyborg) tenía la forma de un dildo biónico, y el revuelo causado lo hizo digno de una caricatura en la Playboy de ese país.
Su personajes, salvo algunos como Endo Hiroshi o João , no suelen tener nombre, o tienen un no nombre como Nuestra Mujer, en Canon perpetuo. Sus lugares suelen ser no lugares, a pesar de que asistimos a un pogromo ruso en Jacobo el mutante, a una casa en El Cairo en La mirada del pájaro transparente, a un monasterio japonés en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción o, a un salón de masaje para personas mutiladas en São Paulo. Ciertos aspectos del mundo de Oriente, sin embargo, son una constante. Ya lo dijo Juan Villoro: “No estamos ante un sibarita del exotismo que se pone la yukata para recibir a las visitas junto a su estanque de peces dorados. Tampoco estamos ante un viajero pop que busca pokemones tatuados en las pieles de las geishas posmodernas”. La influencia que ha recibido de maestros japoneses como Akutagawa y Tanizaki es tan profunda que se permite inventar a uno de ellos, Shiki Nagaoka, el autor que vino al mundo -en el seno de una familia aristocrática que luego lo repudió- con una nariz descomunal, y cuya propuesta estética que fusionaba la fotografía, incluenció directamente la obra de Juan Rulfo (célebre por haber sido también fotógrafo) y José María Arguedas. Si alguien mira las fotos de Nagaoka se dará que en todas, su nariz ha sido arrancada ex profeso, o aparece en una foto desenfocada. Quizá Matt Groening aprendió unos cuantos trucos y lo aplicó para “ocultar” la localización de Springfield.
La rareza de Bellatin no solo está en sus obras ni en sus performances (para él, también son sus obras literarias) sino en sus enseñanzas. Fundó en el DF la Escuela Dinámica de Escritores, que no se parece en lo absoluto a los talleres literarios. Su premisa, para empezar, es que es imposible aprender a escribir; y de hecho, está prohibido llevar textos de creación personal. ¿Dónde está la clave, entonces? Que las posibilidades de la narración no se encuentran en la literatura misma sino en la fotografía, la escultura, la pintura, el teatro, hasta en el cine. De ese modo, cuenta con una gran cantidad de maestros en esas ramas, a la vez que en literatura. No country for old men, ni tampoco para “Norma Lixtas”...
Confieso que tengo a Mario Bellatin en mi perfil de Facebook. No digo que es mi amigo, ya que el hecho de que a veces chateemos, no me convierte en tal, salvo que quiera presumir. Tiene, hasta el momento que redacto este reportaje, 1567 contactos, con 52 amigos en común. Ha puesto frases de cabecera como “Nunca más contestaré a quién creo que debieron darle el Nóbel... eso, para no mencionar la famosa isla desierta y los libros que se me ocurriría llevar. Siempre he tratado de imaginar dónde estará situada”, “Tuve que decir BASTA... ni que fuera el doctor Hawking” o “¿Será que la academia se toma en serio lo que digo?”. Un día me instó a que abriera una versión de su Escuela Dinámica. Lo asumí como una broma, propia de un chat. Pero fue tal su insistencia que le dije que me tomarían por plagiador. “No importa, yo te autorizo, hazlo”. Y no lo dijo una sola vez. Volví a pensar que seguía bromeando, pero ya estaba muy confundido para notarlo. Otro día, se me ocurrió proponerle que, a modo de juego “bellatinesco”, creemos una editorial fantasma, con el nombre de uno de sus personajes, que escribiera a ciertos autores deshauciándolos a priori para que no envíen ningún manuscrito. La idea la encantó, el texto lo aprobó. Solo faltaba un logo institucional. La vida cotidiana, mis amigos diseñadores gráficos más ocupados que yo, y mi falta de insistencia no concretaron la idea. Otra ocasión, quizá pensé que estábamos más en confianza, le confesé:
Tengo unos escritos que quisiera que veas, no se si sea un atrevimiento.
Sí... lo es.
Y eso me hizo temer, más que mil garfios juntos.