domingo, septiembre 27, 2009

Motivaciones para reinvindicar a Humberto Salvador

Presentación de la edición española de "En la ciudad he perdido una novela", de Humberto Salvador. Durante la inaguración de Librimundi Riocentro Entre ríos (Samborondón), 24.09.09. De izq a derecha: Juan Secaira (escritor y estudioso de H. Salvador), Inés Salvador (nieta del autor), Jaime Pérez y Alfonso Reece (Librimundi).



Por Juan Secaira


1. Breve biografía de Humberto Salvador

El escritor nace en la ciudad de Guayaquil, el 25 de diciembre de 1909. A los pocos meses de nacido, fallece su padre, Carlos Salvador Perdomo. Dos años más tarde, también muere su madre, Victoria Guerra. Emulando a los personajes de algunos de sus relatos, víctimas del azar, Salvador se traslada a Quito, allí sus tíos se encargan de su educación.

En la capital transcurre su infancia y adolescencia. De este hecho fortuito viene un equívoco repetido acerca de su vida, muchos creen que el escritor nació en Quito.

En una carta dirigida al escritor Pedro Jorge Vera, el ocho de junio de 1940, Salvador señala:


Vine a Quito en la infancia. Más o menos a los dos años de edad. Mi padre fue colombiano y mi madre, quiteña. Seguí los estudios primarios, en la escuela “Simón Bolívar”. Los secundarios, en el “Mejía”. Terminé la Facultad de Jurisprudencia en la Universidad Central, y estuve cuatro años, como oyente, en la de Medicina. Pertenezco a varias Academias científicas y literarias de Europa y América.[1]


Ingresa, en 1925, a estudiar en la Escuela de Jurisprudencia de la Universidad Central, en el mismo año publica sus obras teatrales Canción de rosas y Amor prohibido. Ambas logran relativo éxito. Esto le anima y en 1927 presenta Bajo la zarpa. Al año siguiente estrena El miedo de amar. 1929 es el año de Un preludio de Chopin y de su primer libro de cuentos, Ajedrez, relatos muy bien recibidos por la crítica, especialmente por los intelectuales extranjeros.

En sus obras teatrales predominan los personajes de clase media, especialmente escritores, poetas y estudiantes, quienes se ven envueltos en conflictos emocionales y sociales.

En la ciudad he perdido una novela se publica en 1930, y es considerada la mejor novela escrita por Salvador; en ella recoge sus inquietudes teatrales y temáticas. Su incursión en el teatro continúa con Bambalinas, y en 1932 publica Taza de té.

También se interesa por el psicoanálisis y especialmente por estudiar la obra de Sigmund Freud. Estas inquietudes las plasma en el ensayo Esquema Sexual (1933) que concita la atención de los grupos científicos del país.

En las obras posteriores a sus cuentos, es decir en Camarada (1933) Trabajadores (1935), y Universidad Central (1944), Salvador se apropia de los fundamentos básicos del realismo socialista: educar al pueblo mediante la literatura, escribir una literatura cargada de referencias políticas y sociales, buscar mediante el libro la reivindicación social de las clases desposeídas y mantener vigente una postura ideológica: la de izquierda. Pero, incluso en estas obras, marcadamente políticas, es criticado por no dar la voz al obrero y al proletario, y preferir personajes de clase media, rechazados por la visión del mundo socialista.

Salvador se nutre de diversas lecturas para realizar sus obras.

Benjamín Carrión lo describe así:


... es un hombre de buen parecer, cuyo definido tipo rubio se explica por una no lejana ascendencia germánica. Fino, delicado, cortés: el diálogo en él se tiñe siempre de cordialidad, lejana de la controversia verbal apasionada. Siempre encuentra un campo de armonía con el interlocutor, sin debilitar el mantenimiento de sus opiniones. Es un júbilo del espíritu esta colaboración de simpatía inquieta, frente al arte, la ciencia, la política. El novelista que no retrocede ante ninguna crudeza realista de la digestión y el sexo; el escritor que no hace excepción alguna de entre las palabras del diccionario, y emplea las más rotundas, aunque proscritas del hablar “decente”; ese novelista, ese escritor, es el hombre lleno de delicadezas, que no lleva sobre su conciencia el pecado de haber causado rubor a ninguna colegiala con la expresión ambigua o el vocablo audaz.[2]


El escritor guayaquileño fue uno de los fundadores de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, miembro de la Casa de la Cultura Americana de México; de la Confraternidad Universal Balzaciana, con sede en Montevideo; De la Academia de Letras y Ciencias Do Río Grande do Soul; del Instituto Científico de Brasil; de la Sociedad Psicológica de Lisboa; del Instituto Social de Ciencias de la Universidad de Pensilvania; y del Instituto de Psicología Aplicada de Bélgica.

Muere en 1982.


2. Motivaciones para reivindicar a Humberto Salvador

Humberto Salvador es uno de los autores más interesantes de la Generación del 30, y su obra, poco conocida. En las contadas antologías y trabajos críticos en los que se le menciona, se lo hace de pasada o se recalca únicamente su presencia como el escritor de la época más ligado al realismo socialista, gracias especialmente a sus novelas, como apunta Miguel Donoso Pareja en su libro Los grandes de la década del 30.

Salvador pertenece a la denominada Generación del 30, que se configuró en un período de conmoción social y reivindicó al indio y al montubio. Resulta difícil unificar las características de la obra narrativa de esa época, pero sí es factible trazar sus líneas generales.

Así, es factible citar: el nativismo, la preocupación por el espacio rural y agrario, la creación de personajes “tipo” y la denuncia social.

Claramente, la mayoría de autores formulan sus obras siguiendo los parámetros mencionados anteriormente, aunque con algunas diferencias, especialmente por la calidad individual.

El realismo irrumpió violentamente en el escenario narrativo rompiendo definitivamente con la generación anterior; desafió las convenciones, y puso de manifiesto el tema social como fuente de inspiración y liberación de la situación de los marginados, especialmente del indio y del montubio, por primera vez protagonistas de sus propios dramas. La intención rebasó la literatura y se convirtió en una propuesta política y revolucionaria.

En ese marco, Salvador se destacó por sus diferencias.

Coincido con el criterio de Miguel Donoso Pareja, quien en Nuevo realismo ecuatoriano señala que Pablo Palacio no estuvo solo en su postura vanguardista, pues Salvador le acompañó.


...por su novela En la ciudad he perdido una novela (1929), y sus volúmenes de cuentos Ajedrez (1929) y Taza de té (1932), en los que, apoyándose en Freud, se interesa “por el análisis psicológico de sus personajes” (Fernández) y, a través de la vanguardia europea de esos años, “en la experimentación formal” (ibid), postura que dejó para volcarse al realismo social con sus novelas Camarada (1933), Trabajadores (1935) y Noviembre (1939).[3]


En los relatos de Salvador no tienen cabida los héroes típicos del realismo social. Lo que intenta el escritor guayaquileño es demostrar que la vida cotidiana contiene una gran carga épica, es decir, vivir ya es de por sí un acto de heroísmo.

A diferencia de lo que ocurría con la ficción de los 30, Salvador se preocupa por contar las vivencias de la clase media, relegada por consideraciones políticas. Recuérdese que para la doctrina marxista, muy usada en la época en que vivió Salvador, la clase media debía desaparecer y dar paso al proletariado, que debía tomar el poder en sus manos y convertirse en el ente activo de los cambios sociales y económicos profesados por Karl Marx y sus seguidores.

Uno de los rasgos más sobresalientes de la obra de Salvador es el rechazo permanente al realismo, a la narración lineal, esquemática, estereotipada, y la marcada tendencia a privilegiar los detalles, las anécdotas citadinas (dicho propósito se conecta con el uso de varios puntos de vista narrativos), el comentario, la voluntad de expresar que se está escribiendo el relato simultáneamente, la participación del lector como ente activo.

Los elementos mencionados sirven para crear un universo particular y, evidentemente, ficcional.

Vale agregar otra precisión, como se sabe el realismo tuvo su fuerza precisamente en el valor de testimonio o documento que lograron sus narraciones, impregnadas de un sentido político y privilegiando la denuncia al sentido estético. A la par surge una literatura que busca liberarse de esos esquemas y no se preocupa del testimonio sino de mostrar la realidad no tangible, lo que está más allá de la descripción, lo que nos sumerge en el interior de los personajes. Fruto de esta corriente son las obras de Pablo Palacio y la de Humberto Salvador.

La crítica, cuando ha nombrado a Salvador, lo ha hecho desde dos vértices, alabando su carácter de precursor del realismo socialista, por sus novelas, o criticando sus últimos libros, por preocuparse únicamente de lo psicológico sin un contexto que sustente sus relatos.

Sin embargo, existe un vacío en la crítica, el que va desde la década del 20 hasta 1932, año en que se publica Taza de té. En ese lapso Salvador escribe Ajedrez (1929), En la ciudad he perdido una novela (1930), y la ya mencionada obra Taza de té.

En ese sentido el escritor Raúl Serrano Sánchez agrega:


Salvador es un autor que construye una “literatura menor”, si por tal tenemos a esa que no es inferior a otras, sino que por secreta, peculiar, clandestina y marginal es una contraliteratura; un discurso antihegemónico, cuyas virtudes no se han agotado ni han envejecido sino que se han resignificado.[4]



En la ciudad he perdido una novela[5]


En la ciudad he perdido una novela, novela que fue escrita en 1929, es hoy reeditada por ediciones Escalera, de España, en lo que significa un acontecimiento para nuestras letras y para la obra del guayaquileño Humberto Salvador (1909-1982). No sólo por ser editada en el extranjero sino porque con ello se reconoce la valía de un autor que en su tiempo fue marginado por cuestiones políticas, es decir, extraliterarias. Y si se lo nombraba se excluía las referencias a En la ciudad he perdido una novela, y a sus libros de cuentos Ajedrez y Taza de té, claramente distintos y merecedores de la atención de la crítica literaria y que, como ironía, sí se los celebró fuera del país.

La novela se caracteriza por la fragmentación de una realidad con múltiples posibilidades; además de combinar voces y referencias del teatro, el cine, el ensayo, el lenguaje y el oficio de la escritura. Además se construye desde la incertidumbre, la observación de su entorno y el amor, siempre imposible, que profesa el protagonista por el personaje de Victoria. El o los temas recogen el pensar acerca de la relatividad de existir, el entorno y la literatura. Para ello utiliza un sinnúmero de técnicas narrativas y gráficas, para entramar su juego, y éste no cae en el vacío, pues está anclado en su realidad.

En ese sentido, el discurso, fragmentado, busca relacionarse con su tiempo, mas lo consigue sin caer en el estereotipo o en las fijaciones usuales de la época. Es decir, a más de la originalidad, la novela presenta varias ideas; tiene bastante que decir y en ese punto, incluso, se separa grandemente de mucha de la literatura contemporánea que se ha quedado en la simple búsqueda de la diferencia, por demás conservadora y fría.

Una de las grandes vertientes de Salvador es su oposición a seguir a un realismo esquemático, lineal y hasta caricaturesco. Julio Cortázar, otro de los escritores que buscó caminos diferentes, señalaba que su obra:

“se opone al falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse en un mundo regido más o menos armoniosamente por su sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de sicologías definidas, de geografías bien cartografiadas”.

Y Salvador logra lo mismo, se repliega y busca una ruta distinta y hasta distante porque él sabía muy bien que la vida no es solamente la enumeración de hechos, menos aún heroica desde la visión política solamente.

La novela transita caminos que van desde la musicalidad, que se encuentra en todo el libro, las referencias al cine y sus artistas, el dar vida a los objetos (en este caso un ramo de claveles, las piedras de El Tejar, una casa, un parque, un puente, unas ventanas, hasta llegar a los zapatos de las mujeres), la ciudad entendida como un componente más de la permanente fragmentación de la existencia del protagonista; fragmentación que es propia del ser humano, que no es un ente acabado ni perfecto, sino en permanente construcción. Y rodeándolo todo, la visión de lo pequeño hacia lo grande, de la individualidad no ajena a su contexto, pero tampoco presa en él.

En este punto cabe analizar que muchos de los criterios vertidos acerca de En la ciudad he perdido una novela son erróneos, o no llegan a entenderla en su totalidad. Esto se dio porque se continuaba con la búsqueda de alguna moraleja o intencionalidad, quiero creer que bien intencionada, y se olvidaba el fin del arte, que aunque suene extraño, es un fin no utilitario ni inmediato. Y vale la pena aclarar aquí, y ustedes se darán cuenta de lo que les voy a decir cuando lean la novela, que en ésta no se deshumaniza a los personajes al otorgarles, supuestamente, ciertas características dominantes. No es así porque finalmente de la combinación de esos personajes brota la conciencia de la humanidad. Tampoco la novela se escribe por deporte, como un mero ejercicio lúdico, y no desconoce los grandes problemas humanos, al contrario. Y sí, es efímera como todo lo artístico, como todo lo vivo.

El error, a mi manera deber, es tomar las palabras del narrador como verdades absolutas, sin darse cuenta que si todo es subjetivo, zigzagueante y fragmentado en la novela, también lo es el lenguaje, no solamente a nivel estético sino como un transmisor de ideas.

Así, Salvador no se limita a desubicar o desordenar la tradición literaria del país únicamente, sino que crea otro orden, uno nuevo, como todo auténtico artista, y este logro rebasó a la crítica de la época, y a mucha de la actual, que quiso volver al redil a la narrativa de Salvador sin comprender que ella ya viajaba con alas propias, libre, soberana y en busca de lectores con iguales características.

En ese sentido, la supuesta imposibilidad del narrador de escribir una novela es irónicamente falsa, lo que hizo es escribirla de una manera distinta, pero la escribió y en todas las transformaciones formales, temáticas y de lenguaje que tiene la novela no se ve ni siquiera un asomo de evasión (presente en mucha de la literatura actual, que se contenta, ella sí, con juegos ingeniosos pero estériles), sino la confirmación de un estilo, de eso que todos los novelistas andan buscando, incluso se les va la vida en eso, y que Salvador construye desde sus primeras obras. Lo más impresionante es percatarse de la visión que del arte y de la vida poseía Salvador, sin duda un hombre talentoso y sensible, que tenía la certeza de que la literatura no puede ni debe quedarse en el panfleto, en la denuncia y tampoco en el otro extremo: en la búsqueda de una belleza supuestamente perfecta pero que acaba por matarse a sí misma y a su creador. Ernesto Sábato lo explica así:

“Que yo sepa, escritores como Sófocles, Dante y Shakespeare no se propusieron la belleza como fin, sino el examen de nuestra condición humana, la exploración de sus abismos y límites. Es claro que en este trabajo se encuentra la belleza, pero no aquella que se logra cuando se la busca por sí misma, sino otra más grande”.

Cabe mencionar el propósito que en la época de los 30 tenía la literatura: de ser la transformadora de la sociedad, no por su calidad artística sino por su virulencia política. Santiago Paéz acierta al afirmar: “Recordemos que el discurso literario escomo el erotismo una exuberancia de la imaginación que no tiene una finalidad productiva, que su lenguaje es estético, y, por lo tanto, no denotativo, es en consecuencia inútil e incontrolable. Esa fuerza de lo que se dice además de lo dicho, en la Literatura, no es seleccionable, ni normalizable, ni jerarquizable, menos aún acepta centralizaciones. Es un saber descontrolado, sin disciplina posible”.

Y esas palabras calzan notoriamente en el trabajo de Salvador, en su esencia, en sus particularidades. También quiero aclarar otro punto: he hablado al referirme a la obra de Salvador, a lo que él creaba como a un “juego serio”, quiero decir que él entendía el alcance arte y escribía sus obras con suma libertad, pero creando, como ya he dicho un nuevo orden. Al hablar del juego no me refiero a esa literatura que se contenta con entretener, con buscar que el lector pase un rato ameno, a base de elementos y situaciones efectistas; sino a la que busca en la condición humana y no solamente se responde sino que pregunta, observa, va más allá y es digna de ser no sólo leída sino releída.

De ahí la importancia de leer o releer a Salvador, quien planteó temas y formas de presentarlos que se pueden considerar contemporáneos, sólo que lo hizo hace más de setenta años. Y más allá de la configuración de una exclusiva originalidad, siempre deudora de los antepasados, está una voz que mereció ser escuchada y no lo fue.

Quiero finalizar con una cita de Italo Calvino, quien afirma: “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Ese es el caso de En la ciudad he perdido una novela, texto de una riqueza todavía no señalada, pero anhelo que sí disfrutada por todos ustedes.



[1] Pedro Jorge Vera, Los amigos y los años, Quito, Fondo Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2002, p. 213.

[2] Benjamín Carrión, Obras, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1981, p. 466.

[3] Miguel Donoso Pareja, Nuevo Realismo Ecuatoriano, Quito, Eskeletra, 2002, p. 24.

[4] Jorge Dávila Vásquez, coordinador del volumen, op. cit., p. 140.

[5] Texto leido a propósito del lanzamiento de este título en la editorial española Escalera, 2009 (Librería Libri Mundi, Samborondón)

lunes, septiembre 14, 2009

Entrevista al poeta ecuatoriano Ramiro Oviedo


Por Augusto Rodríguez

(Chambo, Ecuador, 1952) Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad del Litoral, en Francia. Ha publicado Serpenciclieta, Esquitofrenia, y en francés: Hiéroglyphe, Semaine Sainte, Fanesca, La nature se méfie de la vitesse, Les poèmes du Colonel (Prix Trouvères et Prix Georges Sernet), entre otros libros. Es uno de nuestros poetas más vitales e importantes. Aquí una breve entrevista para conocer un poco más al hombre y al poeta:

1-Ramiro, vamos al principio, cuéntame ¿Cuándo nace tu relación con la literatura y la poesía? ¿Cómo es tu proceso creativo?
Creo que empecé a escribir cuando aprendí a bañarme solo. Lo que pasa es que de pequeño, en el pueblo donde nací no había servicios higiénicos. Yo tenía casi cuatro años y, una noche después de la cena, fui al pozo de la huerta, atravesado por una tabla, en la que uno se sentaba a cagar viendo el cielo y escuchando a los sapos. Sin darme cuenta sentí que estaba como bailando un vals, pero sentado en la tabla. Para mi mala suerte era un temblor. Cuando me di cuenta ya estaba pataleando en un hueco de mierda. Toda mi familia había salido volando al patio para ponerse a buen recaudo y nadie se dio cuenta de mi desgracia. Por suerte, un vecino que había escuchado mis berrinches previno a mis padres. Desde entonces tengo la impresión de que huelo a mierda y que sólo escribiendo puedo limpiarme. Cuando me bañé solo por primera vez, y a veces incluso ahora, tengo la impresión de haberme caído en un hueco de mierda de 240.000 km 2. Mi viaje a Francia sólo contribuyó a agrandar el hueco. El mundo entero es un pozo séptico y la escritura es una especie de duchazo forzado. Mi proceso creativo es de los más ordinarios. Tuve una infancia perfecta, fui un plazuela total. Desde que llegué a Quito, casi a los seis años, se me dio por aprenderme a la agüita la ciudad. Vivía a cinco cuadras de la Plaza Grande y conocí casa por casa todo el centro histórico. Comencé a trabajar a los ocho años, cuidando a dos chicos –hijos de la puta más brava del barrio- que estaban en mi escuela. Yo les daba el desayuno, les vestía, les llevaba a clases, les traía de vuelta a la pensión, les iniciaba en la vida, y había noches en las que terminaba inventándoles cuentos para que se durmieran. Mis padres ni cuenta se daban, pues trabajaban tanto que no tenían tiempo para controlarme. Después me metieron preso en un seminario, donde estuve interno seis años, aprendiendo entre otras cosas griego y latín y sin ver a nadie. Sólo salía en vacaciones de navidad, de semana santa y las de fin de año. En este lugar lo único que podías hacer era jugar fútbol como si se acabara el mundo después del recreo, estudiar como loco y leer, leer y leer. Creo que ahí comenzó esta vaina de la literatura. En cada comida, por orden alfabético alguien leía un capítulo de un clásico en voz alta. Antes de comenzar el almuerzo o la cena, igualmente, alguien tenía que recitar un poema de memoria ante alumnos y profesores. Muchas veces se me paraban los pelos y se me ponía la piel de gallina al escucharlos. La literatura era una fiesta que continuaba por la noche en mi cama. Encendía una linternita y seguía leyendo. Durante las misas diarias, de segundo a sexto curso, camuflaba los libros con un forro de misal y seguía leyendo. Eso me volvió medio zombi. Vivía en otro planeta y me pasaba pensando poemas que no escribí nunca, hasta los 16, cuando mi profesor de literatura comenzó a exigirme tres poemas semanales, como una deuda, para el periódico del colegio. Así comenzó esta vaina.

2-¿Qué poetas son tus referentes y cuáles son tus autores de cabecera?
Últimamente soy un nómada total, entonces no tengo ni cama ni cabecera, peor autores. Por suerte hay bibliotecas abiertas, y siempre vuelvo a la poesía española: Quevedo, el conde de Villamediana. Después, Blas de Otero y Gabriel Celaya. Leopoldo Panero siempre funciona como electroshock; la vena urbana de Luís García Montero o la nota intimista de Luís Alberto de Cuenca son referentes innegables. En esa misma cantera de poetas queribles están Adoum, Cardenal, Nicanor Parra, Roque Dalton, Enrique Lihn, Gelman, Gonzalo Rojas, el peruano Cisneros o el mexicano Pacheco. Mis referentes esenciales son, efecto, los antipoetas. O los poetas “anti”. Si a esto le agregamos la vena populista de los poemas que recitaba el indio Duarte, acolitado por una banda de mexicanos con su poesía rural, que poblaron mi adolescencia, ya se tiene una pista de la genética de mi escritura. Pero eso no es todo. En el Ecuador también tengo mis poetas: Hugo Mayo, Cesar Dávila Andrade, David Ledesma Vázquez, Jorge Enrique Adoum, Euler Granda, Efraín Jara. Desde los setenta ya estoy metido “de lleno” leyendo a los tzántzicos, particularmente a Raúl Arias y a Rafael Larrea. En una colección popular de la CCE descubrí a Rodrigo Pesántez Rodas, me entusiasmó tanto que llegué a memorizarme dos de sus poemas y a recitarlos en intimidad como si fueran míos ante unas mujeres que terminaban rindiéndose a “mi” talento. Hay plagios que valen un buen destrampe, decía en ese tiempo. O sea que no se me dio por plagiar a Baudelaire ni a Neruda, ni a gringos ni a rusos, sino a un cuencano…! Hablando de nuestros tiempos, me gusta la poesía de Oñate, Artieda, Nieto, Paco Benavides, Javier Ponce, Jorge Martillo (el de antes), Roy Sigüenza, y entre los más jóvenes Mussó, Ernesto Carrión y Augusto Rodríguez.


3-En el 2008 publicaste el poemario Boca a boca y en el 2009 el poemario Maleta de mano ¿Qué me puedes decir de estos libros?

El primero fue un intento ambicioso de ruptura con lo local. Esto me tenía amarrado peor que camisa de once varas y quise experimentar un nuevo registro. A nivel temático intentaba, más que un boca a boca meramente ecológico, asestar un buen martillazo a los lectores atrapados en una especie de nirvana irresponsable con el mundo. Maleta de mano es una especie de continuación de Esquitofrenia, con textos sin patria ni matria, abortados en el limbo de los viajes.

4-Tu poesía se nutre de una gran gama de imaginarios sociales, idiomáticos, políticos, culturales muy diversos ¿qué me puedes decir al respecto sobre tu propia poética?
Básicamente se trata de una escritura que se gesta con lentitud, al contrario de la vida, y como un remanente digestivo, un ejercicio escatológico depurativo. Lo veo como una deyección, como el sudor o la orina, después de haberme dado cabezazos de lunes a domingo; por eso, muchas veces mi poesía no es tan limpia ni fragante. La poesía Nívea no me va. Es también una manera de agarrarle al lector y enseñarle a ladrar o de montarle para chuparle como cuy no sólo el mal de ojo sino toda la mierda. Y para eso, nada mejor que escribir a calzón quitado y aunque sea con las uñas. Le tengo tirria a lengua de caucho de los vendedores de éxtasis y de trances baratos. Mi lengua es de carne y hueso y más que algún imaginario, me preocupa mucho la problemática concreta del hombre en un mundo más que jodido, hablo de su cobardía y de su complicidad con los verdugos, de su impotencia, de sus dudas, pero también de una resistencia que tiene que articularse social y políticamente. Mi gran error o mi gran virtud ha sido la de no haberme casado nunca con ningún partido, aunque siempre haya sido de izquierda y siga ahora más que nunca proclamándome de izquierda. Si fuera más joven seguro que militaría en algún grupo radical, tipo Alfaro-Vive. Ahora, después de haber pasado 22 años fuera del país y de haber visto los “milagros” de los rapaces que han desfilado por Carondelet, llegando al clímax con los payasos Bucaram o Gutiérrez y el éxodo inmisericorde de ecuatorianos al exterior, creo que hay que arrimar el hombro para sostener y llevar adelante el proyecto de institucionalización en el que se halla empeñado el actual gobierno.

5-Ahora muy muchas “tendencias y modas” a la hora de escribir poesía, con ¿Cuál te quedas y cuál rechazarías?
La vaina es que algunos poetas se comportan con la poesía como si fuera una marca. Y si hablamos de marcas, hablamos de modas y tendencias, que condenan al producto a lo efímero. El problema lector- autor sigue el modelo del mercado oferta-demanda, y el cliente termina desnaturalizando la función y la razón de ser del producto. Si el poeta resiste y escribe al margen de las exigencias del mercado, aceptando las consecuencias de la marginalidad, estaría asegurando la longevidad mínima que exige un poema antes de ser digerido, que puede ser cualquier cosa, excepto un yogur pasado. Lo grave es que, en este mismo contexto, y como está tan de moda la falsificación, muchas veces nos caen con Ray-Ban falsetas, con whiskies, lociones y perfumes chiveados. La poesía va saliendo a la cancha con las firmas de quienes la subvencionan. No estamos lejos de toparnos con una poesía marca Adidas, otra Nike, Yves Saint Laurent y así por el estilo. Las perversiones del marketing han contaminado la poesía y en la blogósfera podemos hallar muchos ejemplos. En lo que nos concierne, deberíamos quedarnos con lo que tenemos: nuestra carretera, nuestra propia procesión, tratando de conjugar el tono con la rabia, la bronca, el humor, el cinismo, que serán inevitablemente los derivados de lo que pasa afuera. Jamás el nihilismo. Ya está bien de desencanto. Para salir del hueco hay que mover el culo sin esperar a que nos den reparando el mundo.

6-¿Qué opinión tienes sobre nuestro pequeño mundillo literario? ¿Sobre todo de los clásicos egos, vanidades y luchas por territorios tan comunes para todos?
Hay quienes piensan que somos muchos. Que el mundo está inundado de poetas. Que cualquiera es poeta. Yo no comparto esa idea. Hay espacio para todos y, por último, me parece mejor un país lleno de poetas o aspirantes a poetas que un país de traficantes o de aspirantes a jugadores de ecuavolley. Es verdad que este contexto, dada la vastedad de productores, resulta imposible saber qué es lo que se publica en nuestro entorno. Lo peor es que los hay de muy buena calidad y con una enorme potencia – jóvenes y no tan jóvenes-, que son prácticamente desconocidos, y otros cuya valía está por probarse, pero que gozan del espacio en la prensa y del favor de quienes fungen como críticos. Los grupos son inevitables. Total, cada quien tiene derecho a irse con la gente que quiera, lo evitable es el sectarismo de ciertos grupúsculos reaccionarios que creen que el poeta es un extraterrestre y que hay que escribir para marcianos, cuando resulta más fácil tener los pies en la tierra. Los pobres creo que ni duermen pensando como hacer para morirse célebres, cuando resulta más bonito morirme enamorado o jodiendo, por ejemplo.

7- Pienso que tu generación todavía no goza de la apertura y del conocimiento real que debería tener sus poéticas ¿A qué se debe esto?
No lo creo. Hay poetas de mi generación que gozan de reconocimiento nacional e internacional, puesto que son invitados a Ferias del Libro por Aquí y por Acá. Yo estoy fuera del Ecuador desde hace años y no tengo derecho a exigir nada. Pero también tenemos que admitir que, pese a que no somos tan jóvenes, no hemos logrado construirnos como generación, pues no sólo carecemos de la cohesión y de la articulación elementales, sino que tampoco podemos exhibir una obra absolutamente sólida y eso porque cada uno decidió hacer lo que tenía que hacer, por su lado. Cuando les lleguemos por lo menos a las canillas a César Dávila, a Adoum o a Hugo Mayo, y si ni siquiera así nos reconocen, entonces tendremos razón de quejarnos.

8-¿Qué piensas de la joven poesía ecuatoriana actual?
Es un espacio nuevo también muy vasto y por eso, así como por mi distancia del país, algo de lo que no puedo afirmar nada con certeza. En Cuenca en el 2005 y más tarde en Guayaquil pude descubrir la existencia de numerosos poetas y grupos, muchos de ellos prometedores. Lo interesante es el espíritu de encuentro y de diálogo, la curiosidad y el empeño con que ellos se suscitan y que por suerte difiere esencialmente de la conducta de las generaciones anteriores que confundían la poesía con un concurso de palo encebado. En este sentido, el trabajo articulador y difusor de “La buseta de papel” es más que encomiable. Hay blogs que entran en esa línea, como el de Pablo Yépez ( K-oz), el de La Buseta y el de Diego Velasco, que hacen un trabajo incesante de recuperación de la memoria, de forja de una identidad a través de la literatura y de difusión de nuevos textos y de nuevos autores. Ojala no tiren la toalla. Hay posturas y registros de escritura potentes en cada provincia y es muy prometedor para nuestra literatura lo que los jóvenes andan escribiendo.

9-He escuchado en numerosas ocasiones de que supuestamente la poesía solo la leen y la consumen los mismos poetas, ¿Crees que es así? ¿Cómo crear mecanismos para que la poesía llegue a otros sectores de la sociedad, pero sin que pierda su parte radical o subversiva?
Eres optimista. Imagino que entre tal cantidad de poetas, hay dos o tres que leen lo que escribimos, aparte de dos o tres parientes cercanos. El resto es silencio. El problema es que existen poetas con la sangre bien bonita y con amigos en los periódicos, y cuyo enorme ombligo les impide ver la sangre ajena. La mejor manera de promocionar y difundir la poesía en todos los sectores seria a través de la escuela y de los medios de comunicación. ¿Quiénes son los dueños de las palabras? Los que sabemos, los que siempre tuvieron el poder, acolitados por los medios de comunicación. El Estado, a través del Ministerio de Educación y de los medios tiene vela en este entierro, y en gran medida serían los responsables de nuestra sensibilidad o de nuestra mutilación. El Régimen, que cuenta con ministros escritores, está haciendo lo mejor que puede para sacarle no sólo a la literatura sino al país entero de la cuneta, pero ellos solos no pueden cambiar nada de la noche a la mañana. Y como todo poema y todo poeta son y están, básicamente contra, nosotros tenemos que robarles las palabras a los que las tienen confiscadas. La parte subversiva del poema no requiere nutrirse de otra cosa sino de lo que nos depara a cada uno las 24 horas del día

10. ¿En qué proyectos literarios o culturales te encuentras?
Estoy reuniendo una viejos textos ( siempre sobre la memoria y nuestro patrimonio cultural popular), hablo de algunos héroes y personajes de leyenda, como El Chico de Oro ( Jaime Valladares), Eugenio Espinoza, Edgar Peñaherrera, el "gato"Ansaldo..., con miras a armar un nuevo compendio ( Cajita de bla-bla); también ando borroneando unos textos sobre el último tsunami ( personal), una experiencia bastante fuerte que ha sacudido completamente mi vida. No puedo hacer más, pues mis obligaciones académicas en la universidad me lo impiden. No obstante, tengo pendiente finalizar la traducción al francés de una antología de poetas jóvenes (Antología Hugo Mayo); lamentablemente perdí mucho tiempo buscando entre mis relaciones alguien de buen nivel que pudiera hacerlo, pero me han tenido espera y espera, hasta que decidí hacerlo yo mismo. Una vez terminada esa etapa, intentaré ver un editor, que es otro cuento. En octubre debo participar en un coloquio en la Universidad de Poitiers, sobre el tema del bestiario; después en La Sorbona, otro coloquio sobre la identidad ecuatoriana, en el que aprovecharé para hacer un homenaje a Adoum. Olvido decirte que, aprovechando un viaje del uruguayo Carlos Lizcano a España, vamos a traerle a Boulogne para que hable con los estudiantes. Estoy organizando dos jornadas enteras de mesas redondas, conferencias y debates en torno a su obra. Si si sabes de algún escritor ecuatoriano que va a pasar por Europa, dímelo, que podríamos hacer igual.

miércoles, septiembre 09, 2009

Entrevista al escritor guayaquileño Leonardo Valencia


Por Siomara España


Leonardo Valencia, escritor guayaquileño es uno más de los ecuatorianos que salió de su patria en busca de nuevos horizontes. Hoy por hoy está pisando fuerte entre los círculos literarios de España. Su talante narrativo se va consolidando cada vez con más bríos, así lo corrobora la excelente critica que ha recibido su obra literaria en el país ibérico. Valencia se doctoró en la universidad autónoma de Barcelona y reside en esa misma ciudad desde 1998. Con varios títulos a su haber como La luna nómada, El desterrado, El libro flotante de Caytran Dolphin, El Síndrome de Falcón, ahora nos trae una nueva novela Kazbek que ha merecido importante crítica en España así Fernando Castanedo de “El País” dice: “ …La sencillez de esta trama, sin embargo, esconde una notable sofisticación. Y es que Kazbek, al mismo tiempo que narra la elaboración del encargo, lo contiene con delicadeza... lo defiende con sensibilidad y sabiduría Leonardo Valencia en esta exquisita novela”


¿Por qué y para qué escribe Leonardo Valencia?
Para descubrir. La escritura no es sencillamente hacer un informe de algo que uno va imaginado, sino un viaje que nos invita a un camino hacia algo que desconocemos, para descubrir perspectivas diferentes de lo que hemos vivido o sobre lo que nos rodea.

¿Qué has descubierto en ese camino, en el recorrido de ese universo literario?
He descubierto de la literatura que es un arte muy exigente, que no puedes traicionar sino dar un aporte de algo que el mismo autor desconoce, de esto saben más los poetas, por eso de las voces, (llamado interior) en cambio, en la narrativa eso de que el escritor no puede controlar lo que escribe no lo comparto mucho, hay mucho oficio en el arte de narrar, hay que cuidar lo que se escribe. La literatura es un arte que va más allá del mismo escritor, algo así como lo que Cortázar decía “la veteranía del escritor está en no traicionarse”. No traicionar esa voz que decía Octavio Paz que a veces aparece y que nos invita a un camino que desconocemos.

Si como o bien dices la Literatura es un camino que no conocemos, o identificamos en ocasiones, ¿Como descubriste tu vocación literaria?
Leyendo y escribiendo poesía, poco a poco me di cuenta que me interesaba la narrativa, pero no niego que fue un acercamiento con miedo pero indudablemente que fue un impulso desde el hecho de leer, En el fondo uno descubre que el acto de escribir es un poco imitar aquello que te gusta.

¿Cuáles son tus referentes a la hora de escribir?
Varios, tengo varios referentes, pero hay autores fundamentales, como es el caso de Thomas Mann. También Pablo Palacio, Henry James, Ernest Heminguey. Tonio Kröger de Thomas Mann es una novela que me parece fantástica recuerdo que en España se hizo una encuesta sobre 100 escritores claves y yo precisamente mencioné a Tonio Kröger, porque tiene una variedad de registros impresionantes siempre me fascinó Thomas Mann, me declaro un gran admirador de su obra.

Y en el panorama local - Ecuador- ¿Qué obras consideras sobresalientes o importantes?
Hay autores muy importantes pero esto según el criterio que uno elige, yo particularmente tengo cuatro autores que me han nutrido, Pablo Palacio que me parece un gran autor, Juan Montalvo en los ensayos y en los “Capítulos que se le olvidaron a Cervantes”, a José de la Cuadra que es un autor fundamental con sus cuentos, también la poesía y la enigmática figura de Alfredo Gangotena, que es un poeta de aliento impresionante, me encanta esa densidad de su obra, su dramatismo, la profundidad de sus versos me parecen magistrales así que siempre vuelvo a los mismos autores, también debo decir que leo, leo mucha, pero mucha poesía. Me parece también que hay que releer la poesía de Escudero y los ensayos de él sobre poesía que son espectaculares, otro de los grandes que vale la pena volver a mirar es Carlos Eduardo Jaramillo y una poeta que igualmente me gusta, la cuencana Sara Vanegas.

Se dice que siempre se vuelve a la relectura de ciertas obras clásicas, y ciertos autores que cumplen en algunos casos una suerte de paradigmas literario ya nos hablaste de Thomas Mann, aparte de éste, ¿Cuales obras y autores atesoras en tu biblioteca?
Esto es realmente interesante, pues yo soy un narrador pero me interesa, y siempre vuelvo, una y otra vez a la poesía por ejemplo a la poética de Roberto Juarroz, Igualmente al “Cuarteto de Alejandría” del británico Lawrence Durrell, y aunque suene repetitivo El Quijote, que definitivamente es un libro fundamental. Estos son los autores y obras a los que siempre vuelvo.

Dices disfrutar mucho de la lectura de poesía, dentro de tu último ensayo el Síndrome de Falcón incluyes textos poéticos. ¿Cuál es para ti la diferencia entre uno y otro proceso creativo?
La poesía tiende a condensarse en un instante complejo, salvo los poemas de largo aliento y también en el caso del cuento. La novela es otra dinámica, es diferente, ella te exige sostener algo durante mucho tiempo cinco meses, un año, quizá varios, en el ensayo en cambio es una visión muy personal, es un proceso reflexivo, es un intento, una aproximación, por eso es para mi muy importante que haya un placer, me interesa ver el ensayo como una forma creativa, con notas al pie de pagina, un trabajo muy bien cuidado, y hay otra cosa que también es muy importante para mi, que dentro de la prosa narrativa, haya como vasos comunicantes, que haya ritmo dentro de ella. El ensayo argumenta con reflexiones que tienen que ser muy estéticas.

¿Qué necesita Leonardo Valencia para poder escribir? me refiero a manías, estado de ánimo, etc
Básicamente me gusta escribir en las mañanas me gustan los silencios no tener interrupciones. Tengo eso si la manía de los cuadernos, llevo dos siempre, en uno voy anotando sobre como va el avance del trabajo y en el otro va el proceso de la escritura, todo esto siempre a mano, me gusta ese como ritmo, ese baile de la pluma al momento de escribir. Juan José Saer dijo acerca del hecho de escribir: “Cuando tu escribes a mano todo el cuerpo esta volcado al hecho de escribir” cuando escribes a mano, te reconcentras, con la escritura a mano estas como tatuando no escribes en el papel sino es en el cerebro que es realmente dónde vas tatuando imágenes. El primer borrador lo necesito a mano, luego lo paso al computador, imprimo y empiezo a corregir.

¿Qué opinión te merecen los concursos literarios?
Depende de que concursos, En España los de las grandes editoriales son arreglados prácticamente todos, es un desperdicio que un joven autor de Ecuador o desde algún país de América Latina gaste dinero en enviar sus obras a grandes editoriales por que ese libro, jamás llegará a manos del jurado, es un absurdo mandar obras a ese tipo de concursos literarios. Yo les sugiero algo más sencillo, envíen sus textos a pequeñas revistas y periódicos no se preocupen por grandes ediciones, grandes tirajes, tengan esa distancia de verse publicado en estos medios para que ganen un lectura mas sobre lo que escriben y eso es una experiencia que resultará satisfactoria.

Diriges talleres literarios en España ¿qué satisfacciones te ha dado esta experiencia y cuál es tu nivel de exigencia a los alumnos de estos talleres literarios?
Primero: aprender y luego desobedecer, lo que menos me interesa es que sean escuelas de escritores que siguen al escritor, y esa es mi gran critica a los talleres sobre todo de cómo se manejan en Guayaquil, mas bien hago que tenga cada cual distintos procesos de escritura que ni siquiera intenten parecerse a lo que yo escribo no generar dependencia que estén máximo un año y después adiós, me parece terrible la dependencia pues resulta que hay gente que no escribe si no está en el taller.

¿El escritor nace o se hace?
Ambas cosas. El escritor que nace necesita ir corrigiendo páginas, tiene que ir haciéndose en el camino, cada vez creo más que se hace, cada vez me convenzo más de eso.

Un consejo a los jóvenes que empiezan a caminar por los caminos de la literatura y para los ecuatorianos que se encuentran fuera de su país.
A los que empiezan les doy el consejo que dio Stendal: en Vida de Henry Brulard “Si a mi me hubieran recomendado escribir dos horas todos los días no hubiera perdido tontamente diez años esperando la inspiración”, no significa que esas dos horas sean de creación quizá la primera hora no haces nada, es el ocio creativo pero empiezas a estar en función de que vas a escribir, esa segunda hora entonces la ganaras bien, hay que sentarse a escribir, en la mente la escritura es maravillosa, pero lo importante es lo que se pase al papel, la escritura no es previa, se produce a la hora de escribir descubres lo que vas realmente a decir. Para los ecuatorianos que por una u otra razón se encuentran lejos de la patria que donde estén siempre dejen huella, que se sientan orgullosos de quiénes son y de donde vienen.

martes, septiembre 01, 2009

Los bosques de cervezas azules (una ficción lárica)

El poeta y videoartista Luis Alberto Bravo, integrante de Buseta de papel, hace su debut en este blog con un interesante post.


Por Luis Alberto Bravo

Tras cámaras: Grabación Nostalgias del Far West. Teillier hablando con algunos miembros del COLECTIVO DEL CABO ASTICA

Un día de 1993 conocí a Jorge Teillier. Tomamos en Huaquillas el mismo autobús a Tumbes; alguna vez un tío paterno me dijo que solía ir allá a comprar escobas y cigarrillos para venderlas al por mayor (me gusta creer que huía o hacía cosas ilegales).
En aquel sitio en la carretera, yo ya había reparado en aquel hombre con leva y ojos asustadizos. “Este tipo no es de por aquí”, pensé. En esa época yo tenía catorce años, era la tercera vez que me escapaba de mi casa, y mis conocimientos de literatura eran muy escasos. Teillier y yo tomamos los últimos asientos; el carro estaba semivacío.
A unos kilómetros un tipo subió a vender frutas. Teillier compró algunas rodajas de piñas. Me vio y dijo “¿Quiere un trozo de ananás?”. “¿Qué?”, le respondí, al no entender. “El ananás… ¡la piña!”. “Ah, no, gracias”.
Teillier comía las rodajas y el líquido de ellas resbalaban por su boca, por su quijada. Abrí las ventanas porque no soportaba el olor de las piñas. Es un olor que no soporto. Es asqueroso. La culpa de todo la tiene mi madre: cuando estuvo embarazada de mí, comía piñas hasta que se le hacían llaga los labios.
Honorio Piña Rodríguez, mi abuelo. Carpintero & Carrilano de profesión, jugador & tramposo. Casado con una pariente suya llamada Aurora Zaruma Bernal, mi abuela. Nombres y apellidos antiguos… Reparo en mi abuelo, porque solo a él, le oí escuchar alguna vez, aquella palabra «Ananás».
Recuerdo las veces en que los vecinos al pasar frente a su taller, le saludaban «Buenos días don Honorio» y agregaban «dulce como una piña». Mi abuelo contestaba «Malo como una piña». Pero mi abuelo no era malo. Era jugador y tramposo, pero no era malo.

—Tú no eres malo abuelito—le decía.
—Yo no, pero mi apellido sí

En esos recuerdos me encontraba cuando Teillier me interrumpió.

—Es equivocado el nombre que ustedes le dan a esta fruta… —se refirió a la piña con una rodaja en la mano.
—Ahh
El ananás, de la voz guaraní Ananá. Probablemente la equivocación se debe al parecido que los españoles, gallegos en especial, encontraron a esta fruta de América con el mal fruto del pino, o sea la piña…
Pensé «Éste tipo está borracho». A lo mejor se ha enojado porque no le acepté una rodaja. Y prosiguió.
—… del latín pinea. Los gallegos idiotas al ver como los mapuches comían aquel fruto carnoso y de flores moradas, y que les pareció una piña, dijeron «¡Ve, la piña americana!».

Al terminar la última rodaja, se empezó a reír, yo me asusté un poco. Se limpió las manos con un pañuelo. Luego se frotó la nariz y agregó irónico.
—Ecuador es muy chistoso. Ecu… Equador ¿Piñas? ¡Si no hay pinos aquí! Los chilenos no nos quedamos atrás, le decimos piña, a la carne picada que se pone en las empanadas, o en los pasteles. Le cuento amigo que en ciertos libros dicen que «Piña» es un apellido originario de Castilla, y en otros lo relacionan con las montañas de León. Todo esto es muy extraño. En algunas partes denominan pino, al primer paso que dan los niños, o los convalecientes.
Descripción del Escudo de Armas: En campo de plata un pino de sinople y dos leones rampantes de gules, uno a cada lado del tronco.


A esas alturas, pensé que sería muy mala idea, revelarle que mi segundo apellido era lo que él había puesto en tela de juicio. Me atacaría sin lugar a dudas. Pensaría que soy un ignorante, por llevar catorce años sin saber lo que en realidad era una piña.
—¿A dónde se dirige usted?—me preguntó—
—A Tumbes…
—Oh… me hará poca compañía entonces, yo viajo a Lima
No le aclaré que era la primera vez que me dirigía allá. Además le mentí al decir que allá vivía un tío.
—Yo vengo de Panamá. Me quedaré en Lima, tal vez algunas semanas en casa de un amigo.
—Ah, debe ser un buen amigo—le dije—
—Lo es, pero él no sabe que planeo “chuparle la sangre” durante un tiempo.
Juan Cristóbal

El olor de la piña, ups, perdón. El olor del ananás ya se había disipado. Teillier buscó algo en su maleta (llevaba dos equipajes). Hizo un extraño ademán, y que yo entendí (muy bien, además), su deseo de que me sentara junto a él. Lo hice, pero mi equipaje (mi mochila del colegio) la dejé en otro asiento, a mi vista.
—Juan Cristóbal…—me dijo— es un poeta peruano…
—¿El amigo a quien usted le “chupará la sangre”?
—Exactamente.
La isla del tesoro (Jorge Teillier & Juan Cristóbal) (Editorial Dolmen 1996). Originalmente este libro fue publicado en 1982.


Teillier me mostró un libro llamado “La Isla del Tesoro”. El título me era muy familiar; es probable que en la biblioteca de mi casa un libro llevara ese título, pero nunca lo había leído. A lo mejor Teillier intuyó eso.
—No te equivoques. El título lo tomamos de un libro de Robert Louis Stevenson.
—Ah

Abrió el libro en el capítulo 1. Dicho capítulo llevaba un título muy extraño. «Desde la Posada "La taberna de los ciegos», Teillier leyó un fragmento.
Hermano de la Costa, buen viento y mejores cervezas, alégrome que te halles sanos y salvo y en buena compañía (tu novia), escuchando los poemas de Li Tai Po, el de los ojos de nogal, en el arroyo de los viejos cocodrilos. Yo sigo amarrado a estas galeras infernales, a la extendida creencia que un poeta debe estar siempre al borde del abismo. Pero no debemos preocuparnos, "A cada derrumbe de las pruebas una salva por el porvenir". Tal vez al mediodía pase por los bares conocidos a brindar por nuestras almas y por "los que quieren el cofre de aquel muerto". Si no hay dinero, dios o las hadas proveerán. Escríbeme antes que seamos leyendas o nos pongamos azules como exterminados retratos.
A esas alturas pensé que de saber mi padre, que me había escapado de la casa para viajar con un tipo que me hablaba de cervezas y bares, sin lugar a dudas me golpearía.
Al terminar de leer, Teillier entró en un estado de delirio…
—Ahora que lo pienso… Tumbes es un buen nombre para una población. No estoy seguro si es conveniente que un río se llame así. Pero es correcto que una población se llame de esa manera. No sé, a lo mejor sea peligroso que un río se llame Tumbes, en cambio… Budapest por ejemplo. ¡Es un buen nombre Budapest!
Yo me empezaba a sentir incómodo. Teillier sacó un esferográfico de un bolsillo. Volvió las páginas de “La Isla del Tesoro”, me miró y dijo.
—¿Cómo se llama usted, amigo?
Le di mi nombre. Y Teillier, firmó una dedicatoria.
“Para Luis Alberto:
hasta el día en que Chile linde al norte por el Equador.
Jorge Teillier”.

—Muchas gracias —le dije—. ¿Qué tal si también pone el nombre de su amigo Juan Cristóbal?
—No. A él lo tendrás que buscar tu mismo, para que te firme el ejemplar. Si alguna vez vas a Lima, búscalo en la guía telefónica por «José Pardo del Arco», que es su verdadero nombre.
Cabe indicar que el olor del ananás no había desaparecido del todo del cuerpo de Teillier. Su aliento entre un vino barato y jugo de manzanas, me llegaba al rostro. Pensaba en esto cuando empezó a recitar “El Osario de los Inocentes”, se trataba de un libro de poemas que Juan Cristóbal había publicado en el año 1976. No recuerdo si Teiller me dijo que Juan Cristóbal le había dedicado ese libro o si fue simplemente un poema.

Juan Cristóbal, hoy



a Jorge Teillier

1

Cuando bebíamos las cervezas eran azules

Con tus ojos de fresa desnuda inventabas el mar /

y su cólera incierta

En tus largos cabellos de otoño crecían palomas /

adorando el rocío

La soledad es más cierta que el tiempo decías

Y la claridad de los caracoles alzaba sus sortijas de fuego

Cuando bebíamos las cervezas eran azules

Nunca tuviste una idea fija del sueño

Tus hijos aprendieron a tirar manzanas al cielo

Y sonreías no sin antes saber lo que era la dicha

Buscaste la paz después del combate

Y la lluvia reemplazó a la vida



2

El verano es siempre cruel para los barcos

Nuestros ojos lo saben

Y ninguna espiga abre su imagen pura en la tierra

Para entender el silencio del guardián olvidado

Las colinas verdes del cielo y los peces rojos /

de los mares del sur

Habrán de volar como tallos heridos

A ciudades que tengan

Caminos y sueños con olor a venado

Pero nada puede la aurora y el desierto renace

Entre las flores antiguas todo estará destruido

igual

A esa garzas que hunden sus alas

O como esos abuelos

que llegan rendidos

después de la lluvia

al galpón de los leños



Estaba claro. Teillier visitaba a su amigo para beber aquellas cervezas azules. Para adentrarse en ese bosque donde coexistían ananás, traficantes de escobas, guías telefónicas, y peruanos llamándose de otra manera.

Cuando llegábamos a Tumbes, Teillier me dijo.
—Tú no has llegado aún al Perú. Tumbes aún está en el Equador.

Yo no supe que decirle.
—La idea era que Equador invada al Perú. —Me dijo— ¡Aun están a tiempo!
—¿Pero… que pasará con Juan Cristóbal?
—Nada desaparecerá, él seguirá en Lima, y Chile lindará al norte por el Equador


Juan Cristóbal - En los bosques de cervezas azules (Antología personal 1971-1999) (2001)


Tomé mi equipaje (mi mochila del colegio) y me despedí de Teillier.

—¡Búscalo!—Me dijo desde la ventana del autobús—
—¡Tal vez lo haga!—Le grité.
—¡¡Te encantarán los bosques de cervezas azules!! Yo apenas llegue le hablaré de ti, beberemos bajo las melodías de Françoise Hardy. ¿Has oído a Françoise Hardy? ¡¡Compra varios long plays de las chicas yé-yé!! De Salvatore Adamo o de Nicola Di Bari, plágialos y publica un libro. Comment te Dire Adieu. ¡Adieu!

Teillier estaba loco. Sin embargo, era verdad, Tumbes aún estaba en el Equador. Caminé durante una hora por sus calles, luego pensé en mi padre, y tomé un autobús de regreso.

***
Un día de 1999 acusaron a mi tío de sembrar marihuana en su finca.

***
Antonio Gómez, nace en España, por 1576, matrimonio con Antonia de Piña.
Pantaleón de Piña, nace en Santiago, Chile, por 1600, muere en Santiago, Chile, 1654, matrimonio allí con Ana de Cartagena. Pantaleón fue un soldado. Sus descendientes se radicaron principalmente en Colchagua, donde tuvieron tierras.

***
En los años noventas, en una entrevista para el programa de tv La belleza de pensar, Cristian Warnken, pregunta a Teillier por lo que significaba aquella frase “Algún día seremos leyenda”. Jorge Teillier, dijo que eso se lo dedicaba a un poeta peruano llamado Juan Cristóbal. “No te preocupes que no te conoce nadie, porque un día vas a ser leyenda. Todos van a hablar de ti”.

***
A inicios de este año, luego de leer un texto sobre Sybila Arredondo Ladrón de Guevara (primera esposa de Jorge Teillier). Me percaté que dicho artículo lo firmaba un tal Juan Cristóbal. Me costó creer que se trataba del poeta peruano. A esas alturas Juan Cristóbal me sonaba a un ser mítico, como un fantasma. Para sorpresa mía, en aquel artículo constaba su correo electrónico. Le escribí y no tardó en contestar. Era verdad, se trataba de él; aunque me dio mucha tristeza cuando me hizo saber que “a la poesía de los lares la abandoné hace muchos años”. Transcribo otra parte de su mensaje:
“si alguna vez está por Lima, búsqueme para darle unos libros”.
Es cierto, Teillier le había hablado de mí.

***
Juan Cristóbal. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su obra ha merecido las siguientes distinciones: Premio Nacional de Poesía, 1971; Primer Premio Juegos Florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1973; Mención Honrosa de Poesía en el Concurso Casa de las Américas (Cuba), 1973; Segundo premio en el Concurso Poesía y Canto para El Salvador, organizado por la Radio Venceremos, 1981; Mención Honrosa en el Concurso de Cuento Organizado por la Asociación Peruano-Japonesa, con el libro "Aguita'e Coco". Tercer premio en el concurso Premio Copé organizado por Petroperú el año 1997.
Se ha desempeñado como profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: Facultad de Educación; en la Universidad San Martín de Porres: Facultad de Ciencias de la Comunicación. Enseñó el curso de Introducción a la Literatura y Literatura Peruana del siglo XIX, en la Universidad Privada "María Inmaculada". Actualmente es profesor en el taller de poesía del Instituto Cultural José Carlos Mariátegui.


Versos pequeños para mi hermano muerto
(de Difícil olvidar (1975))

1

Eras un río

Una manzana brillante

Un corazón saltando en el día

Pero te vi

En tu sombra tranquila

Y estabas

Igual a un pájaro

Que cae

De una rama interminable



Historia del tiempo
De: (leyendas) Para después de la muerte (2001)


Las muchachas crecían como mariposas en el tiempo y como eran bellas e indiscretas, maliciosas en el viento, amaban las guitarras y la resurrección de los potrillos trotando por el campo.

Cierta noche, el hermano mayor, sentado en un tronco, con un vaso de vino, al pie del establo, soñoliento de astros, les preguntó: "¿Qué les gustaría dejar a sus hijos si algún día muriesen?".
Las muchachas, tostadas por las sombras del agua, y sin creer mucho en la memoria del fuego, contestaron: "Nos agradaría dejarles esa luz que parpadea detrás de los muelles, entre los juncos extraviados del patio".

El hermano, al escuchar la respuesta, se estremeció peor que los gemidos del zorro, y mientras recordaba las tumbas de los templos perdidos, se alejó como la sombra más larga y extraña del pueblo.

Entonces, las hermosas muchachas, tan hermosas como los jarrones antiguos, comenzaron a silbar en los muros del sol de otras épocas atroces. Y mientras miraban empujar unas carretas que venían cargadas de higos, empezaron a beber, en memoria de sus olvidados parientes, extraños licores, hasta que escucharon cantar a los gallos. Entonces, llenas de fuego y generosas gencianas, tributaron su amor al nacimiento del día.



Con Martín Adán en el asilo
De: Los rostros ebrios de la noche

En el desierto está la belleza hecha polvo
HAFIZ


en buena hora te quitaste
tú que ya no tenías nada que hacer en los mercados
en el corazón color caca de las ratas
en los hospitales de los locos /en las camas de las putas
en los hoteles de turista
en buena hora te quitaste /felizmente
pagaste todas tus cuentas en los bares
y te fuiste un viernes santo al trocadero
para no olvidarte del último polvo de tus días
por eso los pordioseros y ladrones te recuerdan
cuando bebías en los manicomios de la tarde
con los perdidos de la nada
el pisco más barato de la tierra
y te quedabas como un perro tirado en las esquinas
apestando peor que orines de gata masturbada
pero soñando con las mejores primaveras de la luna (yo
desde mi viejo cuchitril y lleno de asma te saludo
y me acuerdo cuando velabas tu alma de viejo camionero
en las aguas pestilentes de la pena
y cuando escondías en tu negra billetera pestilente/
-de cocodrilo
malhabido- los papeles inservibles y salvajes de tu muerte)
por eso /te ruego/
no dejes caer tu sueño en las excrecencias de las charcas
ni despedazar tu grito de cebolla en las uñas/
imperturbables del infante
sin embargo sé por las miradas peligrosas de las aves
que cierta vez robaste en el parque a los mendigos
y te tiraste un pedo en paseo de familia
mientras mirabas a las palomas sonreír entre sus nidos
cuando te quisieron hacer gerente una mañana
y los dejaste a todos hechos unas amapolas en su culo
en las cervecerías de la esquina
pero ahora que tanto hablan de ti en los periódicos
háblanos de la Rosa infinita de tus versos
de los duraznos achicharrados de tu insomnio
de la esperanza cruda de las calles /de tu abrigo
que solo sirve para ocultarte de los cumpleaños de tus hijos
y de la herida horrorosa y mugrosa de tus pasos /en fin
de los huevos de dios o del olvido (de tus libros)
porque sabemos que tú eres más pendejo
que cualquier malandrín bailando en el infierno
pero como estás a punto de estirar la pata en el asilo
no me queda más remedio que decirte como al viejo dylan
thomas cuando agonizaba como un carnero degollado
en los prostíbulos aterrorizados de los cielos:

“paséate por todos los techos encandilados de la estrella y
mira las pezuñas calcinadas de los burros /las palabras
fatigadas de los ángeles putos de la tarde para que sepas
que no hay mejor comisaría en la carroña del silencio que
un buen trago de ron al pie de las entradas maravillosas del
otoño donde ya no se puede amar sino a los lirios rotos del
espejo anunciando los nuevos nacimientos de los ríos como
esas tristes avecillas que envejecen de nostalgia entre los viejos
eucaliptos atolondrados de tu pecho”.



***
Ayer soñé que un día de 1993 conocí a Jorge Teillier. Tomamos en Huaquillas el mismo autobús a…