Por Juan Secaira
1. Breve biografía de Humberto Salvador
El escritor nace en la ciudad de Guayaquil, el 25 de diciembre de 1909. A los pocos meses de nacido, fallece su padre, Carlos Salvador Perdomo. Dos años más tarde, también muere su madre, Victoria Guerra. Emulando a los personajes de algunos de sus relatos, víctimas del azar, Salvador se traslada a Quito, allí sus tíos se encargan de su educación.
En la capital transcurre su infancia y adolescencia. De este hecho fortuito viene un equívoco repetido acerca de su vida, muchos creen que el escritor nació en Quito.
En una carta dirigida al escritor Pedro Jorge Vera, el ocho de junio de 1940, Salvador señala:
Vine a Quito en la infancia. Más o menos a los dos años de edad. Mi padre fue colombiano y mi madre, quiteña. Seguí los estudios primarios, en la escuela “Simón Bolívar”. Los secundarios, en el “Mejía”. Terminé la Facultad de Jurisprudencia en la Universidad Central, y estuve cuatro años, como oyente, en la de Medicina. Pertenezco a varias Academias científicas y literarias de Europa y América.[1]
Ingresa, en 1925, a estudiar en la Escuela de Jurisprudencia de la Universidad Central, en el mismo año publica sus obras teatrales Canción de rosas y Amor prohibido. Ambas logran relativo éxito. Esto le anima y en 1927 presenta Bajo la zarpa. Al año siguiente estrena El miedo de amar. 1929 es el año de Un preludio de Chopin y de su primer libro de cuentos, Ajedrez, relatos muy bien recibidos por la crítica, especialmente por los intelectuales extranjeros.
En sus obras teatrales predominan los personajes de clase media, especialmente escritores, poetas y estudiantes, quienes se ven envueltos en conflictos emocionales y sociales.
En la ciudad he perdido una novela se publica en 1930, y es considerada la mejor novela escrita por Salvador; en ella recoge sus inquietudes teatrales y temáticas. Su incursión en el teatro continúa con Bambalinas, y en 1932 publica Taza de té.
También se interesa por el psicoanálisis y especialmente por estudiar la obra de Sigmund Freud. Estas inquietudes las plasma en el ensayo Esquema Sexual (1933) que concita la atención de los grupos científicos del país.
En las obras posteriores a sus cuentos, es decir en Camarada (1933) Trabajadores (1935), y Universidad Central (1944), Salvador se apropia de los fundamentos básicos del realismo socialista: educar al pueblo mediante la literatura, escribir una literatura cargada de referencias políticas y sociales, buscar mediante el libro la reivindicación social de las clases desposeídas y mantener vigente una postura ideológica: la de izquierda. Pero, incluso en estas obras, marcadamente políticas, es criticado por no dar la voz al obrero y al proletario, y preferir personajes de clase media, rechazados por la visión del mundo socialista.
Salvador se nutre de diversas lecturas para realizar sus obras.
Benjamín Carrión lo describe así:
... es un hombre de buen parecer, cuyo definido tipo rubio se explica por una no lejana ascendencia germánica. Fino, delicado, cortés: el diálogo en él se tiñe siempre de cordialidad, lejana de la controversia verbal apasionada. Siempre encuentra un campo de armonía con el interlocutor, sin debilitar el mantenimiento de sus opiniones. Es un júbilo del espíritu esta colaboración de simpatía inquieta, frente al arte, la ciencia, la política. El novelista que no retrocede ante ninguna crudeza realista de la digestión y el sexo; el escritor que no hace excepción alguna de entre las palabras del diccionario, y emplea las más rotundas, aunque proscritas del hablar “decente”; ese novelista, ese escritor, es el hombre lleno de delicadezas, que no lleva sobre su conciencia el pecado de haber causado rubor a ninguna colegiala con la expresión ambigua o el vocablo audaz.[2]
El escritor guayaquileño fue uno de los fundadores de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, miembro de la Casa de la Cultura Americana de México; de la Confraternidad Universal Balzaciana, con sede en Montevideo; De la Academia de Letras y Ciencias Do Río Grande do Soul; del Instituto Científico de Brasil; de la Sociedad Psicológica de Lisboa; del Instituto Social de Ciencias de la Universidad de Pensilvania; y del Instituto de Psicología Aplicada de Bélgica.
Muere en 1982.
2. Motivaciones para reivindicar a Humberto Salvador
Humberto Salvador es uno de los autores más interesantes de la Generación del 30, y su obra, poco conocida. En las contadas antologías y trabajos críticos en los que se le menciona, se lo hace de pasada o se recalca únicamente su presencia como el escritor de la época más ligado al realismo socialista, gracias especialmente a sus novelas, como apunta Miguel Donoso Pareja en su libro Los grandes de la década del 30.
Salvador pertenece a la denominada Generación del 30, que se configuró en un período de conmoción social y reivindicó al indio y al montubio. Resulta difícil unificar las características de la obra narrativa de esa época, pero sí es factible trazar sus líneas generales.
Así, es factible citar: el nativismo, la preocupación por el espacio rural y agrario, la creación de personajes “tipo” y la denuncia social.
Claramente, la mayoría de autores formulan sus obras siguiendo los parámetros mencionados anteriormente, aunque con algunas diferencias, especialmente por la calidad individual.
El realismo irrumpió violentamente en el escenario narrativo rompiendo definitivamente con la generación anterior; desafió las convenciones, y puso de manifiesto el tema social como fuente de inspiración y liberación de la situación de los marginados, especialmente del indio y del montubio, por primera vez protagonistas de sus propios dramas. La intención rebasó la literatura y se convirtió en una propuesta política y revolucionaria.
En ese marco, Salvador se destacó por sus diferencias.
Coincido con el criterio de Miguel Donoso Pareja, quien en Nuevo realismo ecuatoriano señala que Pablo Palacio no estuvo solo en su postura vanguardista, pues Salvador le acompañó.
...por su novela En la ciudad he perdido una novela (1929), y sus volúmenes de cuentos Ajedrez (1929) y Taza de té (1932), en los que, apoyándose en Freud, se interesa “por el análisis psicológico de sus personajes” (Fernández) y, a través de la vanguardia europea de esos años, “en la experimentación formal” (ibid), postura que dejó para volcarse al realismo social con sus novelas Camarada (1933), Trabajadores (1935) y Noviembre (1939).[3]
En los relatos de Salvador no tienen cabida los héroes típicos del realismo social. Lo que intenta el escritor guayaquileño es demostrar que la vida cotidiana contiene una gran carga épica, es decir, vivir ya es de por sí un acto de heroísmo.
A diferencia de lo que ocurría con la ficción de los 30, Salvador se preocupa por contar las vivencias de la clase media, relegada por consideraciones políticas. Recuérdese que para la doctrina marxista, muy usada en la época en que vivió Salvador, la clase media debía desaparecer y dar paso al proletariado, que debía tomar el poder en sus manos y convertirse en el ente activo de los cambios sociales y económicos profesados por Karl Marx y sus seguidores.
Uno de los rasgos más sobresalientes de la obra de Salvador es el rechazo permanente al realismo, a la narración lineal, esquemática, estereotipada, y la marcada tendencia a privilegiar los detalles, las anécdotas citadinas (dicho propósito se conecta con el uso de varios puntos de vista narrativos), el comentario, la voluntad de expresar que se está escribiendo el relato simultáneamente, la participación del lector como ente activo.
Los elementos mencionados sirven para crear un universo particular y, evidentemente, ficcional.
Vale agregar otra precisión, como se sabe el realismo tuvo su fuerza precisamente en el valor de testimonio o documento que lograron sus narraciones, impregnadas de un sentido político y privilegiando la denuncia al sentido estético. A la par surge una literatura que busca liberarse de esos esquemas y no se preocupa del testimonio sino de mostrar la realidad no tangible, lo que está más allá de la descripción, lo que nos sumerge en el interior de los personajes. Fruto de esta corriente son las obras de Pablo Palacio y la de Humberto Salvador.
La crítica, cuando ha nombrado a Salvador, lo ha hecho desde dos vértices, alabando su carácter de precursor del realismo socialista, por sus novelas, o criticando sus últimos libros, por preocuparse únicamente de lo psicológico sin un contexto que sustente sus relatos.
Sin embargo, existe un vacío en la crítica, el que va desde la década del 20 hasta 1932, año en que se publica Taza de té. En ese lapso Salvador escribe Ajedrez (1929), En la ciudad he perdido una novela (1930), y la ya mencionada obra Taza de té.
En ese sentido el escritor Raúl Serrano Sánchez agrega:
Salvador es un autor que construye una “literatura menor”, si por tal tenemos a esa que no es inferior a otras, sino que por secreta, peculiar, clandestina y marginal es una contraliteratura; un discurso antihegemónico, cuyas virtudes no se han agotado ni han envejecido sino que se han resignificado.[4]
En la ciudad he perdido una novela[5]
En la ciudad he perdido una novela, novela que fue escrita en 1929, es hoy reeditada por ediciones Escalera, de España, en lo que significa un acontecimiento para nuestras letras y para la obra del guayaquileño Humberto Salvador (1909-1982). No sólo por ser editada en el extranjero sino porque con ello se reconoce la valía de un autor que en su tiempo fue marginado por cuestiones políticas, es decir, extraliterarias. Y si se lo nombraba se excluía las referencias a En la ciudad he perdido una novela, y a sus libros de cuentos Ajedrez y Taza de té, claramente distintos y merecedores de la atención de la crítica literaria y que, como ironía, sí se los celebró fuera del país.
La novela se caracteriza por la fragmentación de una realidad con múltiples posibilidades; además de combinar voces y referencias del teatro, el cine, el ensayo, el lenguaje y el oficio de la escritura. Además se construye desde la incertidumbre, la observación de su entorno y el amor, siempre imposible, que profesa el protagonista por el personaje de Victoria. El o los temas recogen el pensar acerca de la relatividad de existir, el entorno y la literatura. Para ello utiliza un sinnúmero de técnicas narrativas y gráficas, para entramar su juego, y éste no cae en el vacío, pues está anclado en su realidad.
En ese sentido, el discurso, fragmentado, busca relacionarse con su tiempo, mas lo consigue sin caer en el estereotipo o en las fijaciones usuales de la época. Es decir, a más de la originalidad, la novela presenta varias ideas; tiene bastante que decir y en ese punto, incluso, se separa grandemente de mucha de la literatura contemporánea que se ha quedado en la simple búsqueda de la diferencia, por demás conservadora y fría.
Una de las grandes vertientes de Salvador es su oposición a seguir a un realismo esquemático, lineal y hasta caricaturesco. Julio Cortázar, otro de los escritores que buscó caminos diferentes, señalaba que su obra:
“se opone al falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse en un mundo regido más o menos armoniosamente por su sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de sicologías definidas, de geografías bien cartografiadas”.
Y Salvador logra lo mismo, se repliega y busca una ruta distinta y hasta distante porque él sabía muy bien que la vida no es solamente la enumeración de hechos, menos aún heroica desde la visión política solamente.
La novela transita caminos que van desde la musicalidad, que se encuentra en todo el libro, las referencias al cine y sus artistas, el dar vida a los objetos (en este caso un ramo de claveles, las piedras de El Tejar, una casa, un parque, un puente, unas ventanas, hasta llegar a los zapatos de las mujeres), la ciudad entendida como un componente más de la permanente fragmentación de la existencia del protagonista; fragmentación que es propia del ser humano, que no es un ente acabado ni perfecto, sino en permanente construcción. Y rodeándolo todo, la visión de lo pequeño hacia lo grande, de la individualidad no ajena a su contexto, pero tampoco presa en él.
En este punto cabe analizar que muchos de los criterios vertidos acerca de En la ciudad he perdido una novela son erróneos, o no llegan a entenderla en su totalidad. Esto se dio porque se continuaba con la búsqueda de alguna moraleja o intencionalidad, quiero creer que bien intencionada, y se olvidaba el fin del arte, que aunque suene extraño, es un fin no utilitario ni inmediato. Y vale la pena aclarar aquí, y ustedes se darán cuenta de lo que les voy a decir cuando lean la novela, que en ésta no se deshumaniza a los personajes al otorgarles, supuestamente, ciertas características dominantes. No es así porque finalmente de la combinación de esos personajes brota la conciencia de la humanidad. Tampoco la novela se escribe por deporte, como un mero ejercicio lúdico, y no desconoce los grandes problemas humanos, al contrario. Y sí, es efímera como todo lo artístico, como todo lo vivo.
El error, a mi manera deber, es tomar las palabras del narrador como verdades absolutas, sin darse cuenta que si todo es subjetivo, zigzagueante y fragmentado en la novela, también lo es el lenguaje, no solamente a nivel estético sino como un transmisor de ideas.
Así, Salvador no se limita a desubicar o desordenar la tradición literaria del país únicamente, sino que crea otro orden, uno nuevo, como todo auténtico artista, y este logro rebasó a la crítica de la época, y a mucha de la actual, que quiso volver al redil a la narrativa de Salvador sin comprender que ella ya viajaba con alas propias, libre, soberana y en busca de lectores con iguales características.
En ese sentido, la supuesta imposibilidad del narrador de escribir una novela es irónicamente falsa, lo que hizo es escribirla de una manera distinta, pero la escribió y en todas las transformaciones formales, temáticas y de lenguaje que tiene la novela no se ve ni siquiera un asomo de evasión (presente en mucha de la literatura actual, que se contenta, ella sí, con juegos ingeniosos pero estériles), sino la confirmación de un estilo, de eso que todos los novelistas andan buscando, incluso se les va la vida en eso, y que Salvador construye desde sus primeras obras. Lo más impresionante es percatarse de la visión que del arte y de la vida poseía Salvador, sin duda un hombre talentoso y sensible, que tenía la certeza de que la literatura no puede ni debe quedarse en el panfleto, en la denuncia y tampoco en el otro extremo: en la búsqueda de una belleza supuestamente perfecta pero que acaba por matarse a sí misma y a su creador. Ernesto Sábato lo explica así:
“Que yo sepa, escritores como Sófocles, Dante y Shakespeare no se propusieron la belleza como fin, sino el examen de nuestra condición humana, la exploración de sus abismos y límites. Es claro que en este trabajo se encuentra la belleza, pero no aquella que se logra cuando se la busca por sí misma, sino otra más grande”.
Cabe mencionar el propósito que en la época de los 30 tenía la literatura: de ser la transformadora de la sociedad, no por su calidad artística sino por su virulencia política. Santiago Paéz acierta al afirmar: “Recordemos que el discurso literario es —como el erotismo— una exuberancia de la imaginación que no tiene una finalidad productiva, que su lenguaje es estético, y, por lo tanto, no denotativo, es en consecuencia inútil e incontrolable. Esa fuerza de lo que se dice además de lo dicho, en la Literatura, no es seleccionable, ni normalizable, ni jerarquizable, menos aún acepta centralizaciones. Es un saber descontrolado, sin disciplina posible”.
Y esas palabras calzan notoriamente en el trabajo de Salvador, en su esencia, en sus particularidades. También quiero aclarar otro punto: he hablado al referirme a la obra de Salvador, a lo que él creaba como a un “juego serio”, quiero decir que él entendía el alcance arte y escribía sus obras con suma libertad, pero creando, como ya he dicho un nuevo orden. Al hablar del juego no me refiero a esa literatura que se contenta con entretener, con buscar que el lector pase un rato ameno, a base de elementos y situaciones efectistas; sino a la que busca en la condición humana y no solamente se responde sino que pregunta, observa, va más allá y es digna de ser no sólo leída sino releída.
De ahí la importancia de leer o releer a Salvador, quien planteó temas y formas de presentarlos que se pueden considerar contemporáneos, sólo que lo hizo hace más de setenta años. Y más allá de la configuración de una exclusiva originalidad, siempre deudora de los antepasados, está una voz que mereció ser escuchada y no lo fue.
Quiero finalizar con una cita de Italo Calvino, quien afirma: “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Ese es el caso de En la ciudad he perdido una novela, texto de una riqueza todavía no señalada, pero anhelo que sí disfrutada por todos ustedes.








