
Por
Ana Minga Macas“Cada vez que alguien muere/ por supuesto alguien a quien quiero/ s
iento que mi padre vuelve a morir/ será porque cada dolor flamante/
tiene la marca de un dolor antiguo…” Mario Benedetti.
El suicidio es un duro trabajo, tanto, que últimamente no lo he intentado. Qué vergüenza, estoy más inútil... Por desgracias humanas que tienen nombre y apellido, me encarcelé en una habitación oscura, no quise ver a nadie y nadie tampoco quiso acercarse, ya que la depresión, la tristeza, la melancolía y los recuerdos recalentados dan asco. Sino hagan la prueba. Vayan a un bar o a una fiesta cualquiera. Verán que todos se acercan al más feliz. No los culpo, pues creo que es hasta una característica de la reproducción humana… todos buscan lo “mejorcito” para perpetuar la raza. Hay quienes vivimos años de retraso, y no hablo desde el punto del subdesarrollo, sino de las heridas que suelen cerrarnos la boca.
Además de los años retrasados, estoy en un mes que no corresponde al mes de todos. Supongo que debo ponerme al mismo nivel del calendario y del reloj, pues nadie entiende un estado de coma. En fin, esto no es lo importante, lo que causa escalofrío es que de los pocos seres humanos que valen la pena, algunos se hacen ceniza. (Digo de los pocos seres humanos que valen la pena, pues no me van a negar que hay pocos, al resto, dan ganas de juntarlos en “guango” y votarlos lejos para que nunca vuelvan a joder. Los que sean cariñosos con una raza miserable y piensen lo contrario, pues mi admiración por la tolerancia).
Mientras estaba en el cuarto oscuro, ya llegó la noticia de la muerte de Mario Benedetti y con él un dolor de origen, porque además de ser buen escritor –aunque envidiosos y supuestos avanzados en inteligencia digan lo contrario- fue un ser sincero, una característica ya poco apreciada, a menos de que se trate de alguien al que llamen inadaptado social. Cuando supe la noticia, recordé que hace dos años entrevisté a Jorge Enrique Adoum, justamente sobre la débil salud que ya tenía el escritor uruguayo. Adoum, con voz quebradiza y su acostumbrado habano dijo: “No te mueras Mario, porque el mundo te necesita”. Cómo se habrá sentido Adoum con la noticia, pues su gran amigo estaba muerto el 17 de mayo.
Después de recordar a Adoum, mi masoquismo que llega a la indecencia apareció, cuando también recordé a mi padre, quien fue el primero que me entregó versos de Benedetti. Y me dije, cómo hubiese sido para él si leyera en los periódicos la noticia, pero enseguida me calme pues a mi memoria llegó otro regalo de mi viejo: “…Ni están todos los que son”, de Adoum. Un regalo que me entregó en el 99. Si mi padre siguiera con vida – a el que le encantaba el verbo vivir en todas sus formas – creo que le hubiese dicho: Tranquilo, aún nos queda este libro, es decir, Adoum.
Hace una semana dejé la habitación oscura y como quien dice aquí estoy de nuevo vida de mierda… salí a la calle, nuevamente al tráfico y al chisme de la ciudad. Salí a darme contra el suelo, pues en la madrugada del viernes 3, había sido el turno de Adoum.
Regresé a la casa, la habitación se tornó más negra y siguiendo mi masoquismo, otra vez, imaginé a mi padre, esta vez ya no tenía palabras para consolarlo, le grité: sí, qué quieres, la gente se muere… quedan otros… todavía tengo libros, los libros no mueren, qué me miras, ¡ya basta!. La poca gente, la que sabe ser gente, muere, tú por ejemplo.
Al siguiente día asistí al entierro de Adoum, en el mismo lugar en donde lo conocí, -La Capilla del hombre- cuando cariñosamente tomó mis mejillas entre sus manos y me dijo que parecía una manzana. Pues bien, lo enterraron debajo de un árbol, supongo que no fue de manzanas, pero sus cenizas quedaron en la vasija de barro, solicitada en algunos de sus versos. Después del entierro fue imposible estar triste, hubo vino Guayasamín, aunque algunos invitados solicitaban vodka. Sus familiares se portaron a la altura de un duelo, al silencio, aunque algunos invitados no. Era evidente que si uno quería un silencio para recordar a Adoum había que hacerlo en secreto o en la oscuridad de una habitación, porque ese duelo, al final, se tornó en una pasarela de “famosos”. Cada vino que pasaba alentaba a los invitados a sentirse felices, bueno, tal vez el amigo escritor quería un momento así, quien sabe.
Hay que reconocer que el vino Guayasamín no faltó, esta vez si se abrieron las botellas necesarias para los invitados que se tomaban fotos debajo del árbol de la vida y sobre las cenizas de Adoum. No sé si hubo bocaditos, un invitado anduvo pidiéndolos, quizá cumplieron con su exigencia, total, el muerto ya está muerto y la vida es de los que quedan… ¡Ay, todos los velorios son iguales, la tristeza pasa rápido y a lo que vinimos: a vivir!
No juzgué nada de lo que veía, pues en mis recuerdos estuvieron las imágenes del velorio de mi padre, en el cual, además de alcohol, del corriente nomás, pues los borrachos de mi velorio no tomaron vino Guayasamín, tal vez porque todavía no salía al mercado, sino, con ese también hubieran festejado encima del muerto. En fin, recordé que en el velorio, no solo estuvo el alcohol, también hubo rondas de cachos, juegos de cuarenta, dados: solo les faltó a mis borrachos jugar a las escondidas con mi padre. Pero desde ese día, a esa gentuza, no le dirigí la palabra, al menos esa fue mi venganza ingenua. Nunca les perdoné que hayan hecho del dolor un circo. Aclaro, el velorio de Adoum no fue igual al de mi padre, ni al de otros, pero sí parecido. Creo que es parte de la Cultura. Pero claro, también hay que decir que nuestros ancestros en lugar de tristeza preferían hacer fiesta y entregaban comida al difunto, ellos tenían otro punto de vista, el cual era muy espiritual, a diferencia de la insoportable burla.
Insisto, si uno quería silencio, para pensar en Adoum y en Benedetti, había que regresar al cuarto oscuro, al que también habrán regresado sus familiares y amigos. No dudo, ni nadie tiene porque dudar de ese dolor cercano. El después del duelo, esa, esa sí es la parte más pesada, cuando ya todos se han ido, sea tomando vino o contando cachos.
Una generación literaria se está marchando y todavía faltan las muertes anunciadas.
La poesía se va quedando algo huérfana, mientras vacas sagradas quedan y sus terneros ocuparán el llamado “triunfo”.
Quienes estuvimos en la I Lira Hispanoamericana (Lira que en este año ha buscado libros “competitivos”, por bien del premio…) no olvidaremos la voz de Adoum, la que nos hizo llorar con el poema: “Sobre la inutilidad de la semiología”.
La palabra lamentable para estos dos decesos no es suficiente, fueron literatos accesibles, que llegaron a escribir el libro de la gente. La muerte tan cercana como descarada, simplemente cumple su rol, pero confieso que logra atemorizarme e inexplicablemente a querer hasta a aquellos que nos dejan a expensas del tiempo, como si no supieran que el tiempo come a sus hijos y que la verdad cae por su propio peso, pero tal vez, cuando ya sea demasiado tarde. Quisiera un antídoto contra la guadaña para que ya no se lleve a los que queremos. ¿Será que el amor es el antídoto? Ejerciendo mi masterado en ingenuidad, obtenido con excelentes calificaciones, tal vez me ponga a escribir cartas de amor, esperando que no caiga en la ridiculez y ésta, en un género literario.
Por el momento: “Domingo. Tan agosto que me cuesta imaginar que a veces me ha dolido literal y metafóricamente el corazón. Quisiera entonces cruzar el patio, llegar antes que el disparo, el borbotón de sangre, el sueño falso, subir de piso en piso en piso en piso en piso, llamar a gritos de puerta en puerta en puerta hasta su puerta, decirle…”
Supongo que así es esto. Después de un coma, debe ser normal encontrarse con un “exceso de muerte”.