Por Luis Alberto Bravo
Tras cámaras: Grabación Nostalgias del Far West. Teillier hablando con algunos miembros del COLECTIVO DEL CABO ASTICA
En aquel sitio en la carretera, yo ya había reparado en aquel hombre con leva y ojos asustadizos. “Este tipo no es de por aquí”, pensé. En esa época yo tenía catorce años, era la tercera vez que me escapaba de mi casa, y mis conocimientos de literatura eran muy escasos. Teillier y yo tomamos los últimos asientos; el carro estaba semivacío.
A unos kilómetros un tipo subió a vender frutas. Teillier compró algunas rodajas de piñas. Me vio y dijo “¿Quiere un trozo de ananás?”. “¿Qué?”, le respondí, al no entender. “El ananás… ¡la piña!”. “Ah, no, gracias”.
Teillier comía las rodajas y el líquido de ellas resbalaban por su boca, por su quijada. Abrí las ventanas porque no soportaba el olor de las piñas. Es un olor que no soporto. Es asqueroso. La culpa de todo la tiene mi madre: cuando estuvo embarazada de mí, comía piñas hasta que se le hacían llaga los labios.
Honorio Piña Rodríguez, mi abuelo. Carpintero & Carrilano de profesión, jugador & tramposo. Casado con una pariente suya llamada Aurora Zaruma Bernal, mi abuela. Nombres y apellidos antiguos… Reparo en mi abuelo, porque solo a él, le oí escuchar alguna vez, aquella palabra «Ananás».
Recuerdo las veces en que los vecinos al pasar frente a su taller, le saludaban «Buenos días don Honorio» y agregaban «dulce como una piña». Mi abuelo contestaba «Malo como una piña». Pero mi abuelo no era malo. Era jugador y tramposo, pero no era malo.
—Tú no eres malo abuelito—le decía.
—Yo no, pero mi apellido sí
En esos recuerdos me encontraba cuando Teillier me interrumpió.
—Es equivocado el nombre que ustedes le dan a esta fruta… —se refirió a la piña con una rodaja en la mano.
—Ahh
El ananás, de la voz guaraní Ananá. Probablemente la equivocación se debe al parecido que los españoles, gallegos en especial, encontraron a esta fruta de América con el mal fruto del pino, o sea la piña…
Pensé «Éste tipo está borracho». A lo mejor se ha enojado porque no le acepté una rodaja. Y prosiguió.
—… del latín pinea. Los gallegos idiotas al ver como los mapuches comían aquel fruto carnoso y de flores moradas, y que les pareció una piña, dijeron «¡Ve, la piña americana!».
Al terminar la última rodaja, se empezó a reír, yo me asusté un poco. Se limpió las manos con un pañuelo. Luego se frotó la nariz y agregó irónico.
—Ecuador es muy chistoso. Ecu… Equador ¿Piñas? ¡Si no hay pinos aquí! Los chilenos no nos quedamos atrás, le decimos piña, a la carne picada que se pone en las empanadas, o en los pasteles. Le cuento amigo que en ciertos libros dicen que «Piña» es un apellido originario de Castilla, y en otros lo relacionan con las montañas de León. Todo esto es muy extraño. En algunas partes denominan pino, al primer paso que dan los niños, o los convalecientes.
Descripción del Escudo de Armas: En campo de plata un pino de sinople y dos leones rampantes de gules, uno a cada lado del tronco.—¿A dónde se dirige usted?—me preguntó—
—A Tumbes…
—Oh… me hará poca compañía entonces, yo viajo a Lima
No le aclaré que era la primera vez que me dirigía allá. Además le mentí al decir que allá vivía un tío.
—Yo vengo de Panamá. Me quedaré en Lima, tal vez algunas semanas en casa de un amigo.
—Ah, debe ser un buen amigo—le dije—
—Lo es, pero él no sabe que planeo “chuparle la sangre” durante un tiempo.
—Juan Cristóbal…—me dijo— es un poeta peruano…
—¿El amigo a quien usted le “chupará la sangre”?
—Exactamente.
La isla del tesoro (Jorge Teillier & Juan Cristóbal) (Editorial Dolmen 1996). Originalmente este libro fue publicado en 1982. —No te equivoques. El título lo tomamos de un libro de Robert Louis Stevenson.
—Ah
Abrió el libro en el capítulo 1. Dicho capítulo llevaba un título muy extraño. «Desde la Posada "La taberna de los ciegos», Teillier leyó un fragmento.
Hermano de la Costa, buen viento y mejores cervezas, alégrome que te halles sanos y salvo y en buena compañía (tu novia), escuchando los poemas de Li Tai Po, el de los ojos de nogal, en el arroyo de los viejos cocodrilos. Yo sigo amarrado a estas galeras infernales, a la extendida creencia que un poeta debe estar siempre al borde del abismo. Pero no debemos preocuparnos, "A cada derrumbe de las pruebas una salva por el porvenir". Tal vez al mediodía pase por los bares conocidos a brindar por nuestras almas y por "los que quieren el cofre de aquel muerto". Si no hay dinero, dios o las hadas proveerán. Escríbeme antes que seamos leyendas o nos pongamos azules como exterminados retratos.
A esas alturas pensé que de saber mi padre, que me había escapado de la casa para viajar con un tipo que me hablaba de cervezas y bares, sin lugar a dudas me golpearía.
Al terminar de leer, Teillier entró en un estado de delirio…
—Ahora que lo pienso… Tumbes es un buen nombre para una población. No estoy seguro si es conveniente que un río se llame así. Pero es correcto que una población se llame de esa manera. No sé, a lo mejor sea peligroso que un río se llame Tumbes, en cambio… Budapest por ejemplo. ¡Es un buen nombre Budapest!
Yo me empezaba a sentir incómodo. Teillier sacó un esferográfico de un bolsillo. Volvió las páginas de “La Isla del Tesoro”, me miró y dijo.
—¿Cómo se llama usted, amigo?
Le di mi nombre. Y Teillier, firmó una dedicatoria.
“Para Luis Alberto:
hasta el día en que Chile linde al norte por el Equador.
Jorge Teillier”.
—Muchas gracias —le dije—. ¿Qué tal si también pone el nombre de su amigo Juan Cristóbal?
—No. A él lo tendrás que buscar tu mismo, para que te firme el ejemplar. Si alguna vez vas a Lima, búscalo en la guía telefónica por «José Pardo del Arco», que es su verdadero nombre.
Cabe indicar que el olor del ananás no había desaparecido del todo del cuerpo de Teillier. Su aliento entre un vino barato y jugo de manzanas, me llegaba al rostro. Pensaba en esto cuando empezó a recitar “El Osario de los Inocentes”, se trataba de un libro de poemas que Juan Cristóbal había publicado en el año 1976. No recuerdo si Teiller me dijo que Juan Cristóbal le había dedicado ese libro o si fue simplemente un poema.
1
Cuando bebíamos las cervezas eran azules
Con tus ojos de fresa desnuda inventabas el mar /
y su cólera incierta
En tus largos cabellos de otoño crecían palomas /
adorando el rocío
La soledad es más cierta que el tiempo decías
Y la claridad de los caracoles alzaba sus sortijas de fuego
Cuando bebíamos las cervezas eran azules
Nunca tuviste una idea fija del sueño
Tus hijos aprendieron a tirar manzanas al cielo
Y sonreías no sin antes saber lo que era la dicha
Buscaste la paz después del combate
Y la lluvia reemplazó a la vida
2
El verano es siempre cruel para los barcos
Nuestros ojos lo saben
Y ninguna espiga abre su imagen pura en la tierra
Para entender el silencio del guardián olvidado
Las colinas verdes del cielo y los peces rojos /
de los mares del sur
Habrán de volar como tallos heridos
A ciudades que tengan
Caminos y sueños con olor a venado
Pero nada puede la aurora y el desierto renace
Entre las flores antiguas todo estará destruido
igual
A esa garzas que hunden sus alas
O como esos abuelos
que llegan rendidos
después de la lluvia
al galpón de los leños
Cuando llegábamos a Tumbes, Teillier me dijo.
—Tú no has llegado aún al Perú. Tumbes aún está en el Equador.
Yo no supe que decirle.
—La idea era que Equador invada al Perú. —Me dijo— ¡Aun están a tiempo!
—¿Pero… que pasará con Juan Cristóbal?
—Nada desaparecerá, él seguirá en Lima, y Chile lindará al norte por el Equador
Tomé mi equipaje (mi mochila del colegio) y me despedí de Teillier.
—¡Búscalo!—Me dijo desde la ventana del autobús—
—¡Tal vez lo haga!—Le grité.
—¡¡Te encantarán los bosques de cervezas azules!! Yo apenas llegue le hablaré de ti, beberemos bajo las melodías de Françoise Hardy. ¿Has oído a Françoise Hardy? ¡¡Compra varios long plays de las chicas yé-yé!! De Salvatore Adamo o de Nicola Di Bari, plágialos y publica un libro. Comment te Dire Adieu. ¡Adieu!
Teillier estaba loco. Sin embargo, era verdad, Tumbes aún estaba en el Equador. Caminé durante una hora por sus calles, luego pensé en mi padre, y tomé un autobús de regreso.
Un día de 1999 acusaron a mi tío de sembrar marihuana en su finca.
***
Antonio Gómez, nace en España, por 1576, matrimonio con Antonia de Piña.
Pantaleón de Piña, nace en Santiago, Chile, por 1600, muere en Santiago, Chile, 1654, matrimonio allí con Ana de Cartagena. Pantaleón fue un soldado. Sus descendientes se radicaron principalmente en Colchagua, donde tuvieron tierras.
En los años noventas, en una entrevista para el programa de tv La belleza de pensar, Cristian Warnken, pregunta a Teillier por lo que significaba aquella frase “Algún día seremos leyenda”. Jorge Teillier, dijo que eso se lo dedicaba a un poeta peruano llamado Juan Cristóbal. “No te preocupes que no te conoce nadie, porque un día vas a ser leyenda. Todos van a hablar de ti”.
***
A inicios de este año, luego de leer un texto sobre Sybila Arredondo Ladrón de Guevara (primera esposa de Jorge Teillier). Me percaté que dicho artículo lo firmaba un tal Juan Cristóbal. Me costó creer que se trataba del poeta peruano. A esas alturas Juan Cristóbal me sonaba a un ser mítico, como un fantasma. Para sorpresa mía, en aquel artículo constaba su correo electrónico. Le escribí y no tardó en contestar. Era verdad, se trataba de él; aunque me dio mucha tristeza cuando me hizo saber que “a la poesía de los lares la abandoné hace muchos años”. Transcribo otra parte de su mensaje:
“si alguna vez está por Lima, búsqueme para darle unos libros”.
***
Juan Cristóbal. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su obra ha merecido las siguientes distinciones: Premio Nacional de Poesía, 1971; Primer Premio Juegos Florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1973; Mención Honrosa de Poesía en el Concurso Casa de las Américas (Cuba), 1973; Segundo premio en el Concurso Poesía y Canto para El Salvador, organizado por la Radio Venceremos, 1981; Mención Honrosa en el Concurso de Cuento Organizado por la Asociación Peruano-Japonesa, con el libro "Aguita'e Coco". Tercer premio en el concurso Premio Copé organizado por Petroperú el año 1997.
Se ha desempeñado como profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: Facultad de Educación; en la Universidad San Martín de Porres: Facultad de Ciencias de la Comunicación. Enseñó el curso de Introducción a la Literatura y Literatura Peruana del siglo XIX, en la Universidad Privada "María Inmaculada". Actualmente es profesor en el taller de poesía del Instituto Cultural José Carlos Mariátegui.
Versos pequeños para mi hermano muerto
(de Difícil olvidar (1975))
1
Una manzana brillante
Un corazón saltando en el día
Pero te vi
En tu sombra tranquila
Y estabas
Igual a un pájaro
Que cae
De una rama interminable
Historia del tiempo
De: (leyendas) Para después de la muerte (2001)
Cierta noche, el hermano mayor, sentado en un tronco, con un vaso de vino, al pie del establo, soñoliento de astros, les preguntó: "¿Qué les gustaría dejar a sus hijos si algún día muriesen?".
Las muchachas, tostadas por las sombras del agua, y sin creer mucho en la memoria del fuego, contestaron: "Nos agradaría dejarles esa luz que parpadea detrás de los muelles, entre los juncos extraviados del patio".
El hermano, al escuchar la respuesta, se estremeció peor que los gemidos del zorro, y mientras recordaba las tumbas de los templos perdidos, se alejó como la sombra más larga y extraña del pueblo.
Entonces, las hermosas muchachas, tan hermosas como los jarrones antiguos, comenzaron a silbar en los muros del sol de otras épocas atroces. Y mientras miraban empujar unas carretas que venían cargadas de higos, empezaron a beber, en memoria de sus olvidados parientes, extraños licores, hasta que escucharon cantar a los gallos. Entonces, llenas de fuego y generosas gencianas, tributaron su amor al nacimiento del día.
Con Martín Adán en el asilo
De: Los rostros ebrios de la noche
HAFIZ
tú que ya no tenías nada que hacer en los mercados
en el corazón color caca de las ratas
en los hospitales de los locos /en las camas de las putas
en los hoteles de turista
en buena hora te quitaste /felizmente
pagaste todas tus cuentas en los bares
y te fuiste un viernes santo al trocadero
para no olvidarte del último polvo de tus días
por eso los pordioseros y ladrones te recuerdan
cuando bebías en los manicomios de la tarde
con los perdidos de la nada
el pisco más barato de la tierra
y te quedabas como un perro tirado en las esquinas
apestando peor que orines de gata masturbada
pero soñando con las mejores primaveras de la luna (yo
desde mi viejo cuchitril y lleno de asma te saludo
y me acuerdo cuando velabas tu alma de viejo camionero
en las aguas pestilentes de la pena
y cuando escondías en tu negra billetera pestilente/
-de cocodrilo
malhabido- los papeles inservibles y salvajes de tu muerte)
por eso /te ruego/
no dejes caer tu sueño en las excrecencias de las charcas
ni despedazar tu grito de cebolla en las uñas/
imperturbables del infante
sin embargo sé por las miradas peligrosas de las aves
que cierta vez robaste en el parque a los mendigos
y te tiraste un pedo en paseo de familia
mientras mirabas a las palomas sonreír entre sus nidos
cuando te quisieron hacer gerente una mañana
y los dejaste a todos hechos unas amapolas en su culo
en las cervecerías de la esquina
pero ahora que tanto hablan de ti en los periódicos
háblanos de la Rosa infinita de tus versos
de los duraznos achicharrados de tu insomnio
de la esperanza cruda de las calles /de tu abrigo
que solo sirve para ocultarte de los cumpleaños de tus hijos
y de la herida horrorosa y mugrosa de tus pasos /en fin
de los huevos de dios o del olvido (de tus libros)
porque sabemos que tú eres más pendejo
que cualquier malandrín bailando en el infierno
pero como estás a punto de estirar la pata en el asilo
no me queda más remedio que decirte como al viejo dylan
thomas cuando agonizaba como un carnero degollado
en los prostíbulos aterrorizados de los cielos:
“paséate por todos los techos encandilados de la estrella y
mira las pezuñas calcinadas de los burros /las palabras
fatigadas de los ángeles putos de la tarde para que sepas
que no hay mejor comisaría en la carroña del silencio que
un buen trago de ron al pie de las entradas maravillosas del
otoño donde ya no se puede amar sino a los lirios rotos del
espejo anunciando los nuevos nacimientos de los ríos como
esas tristes avecillas que envejecen de nostalgia entre los viejos
eucaliptos atolondrados de tu pecho”.
***
Ayer soñé que un día de 1993 conocí a Jorge Teillier. Tomamos en Huaquillas el mismo autobús a…



1 comentario:
en buena hora
!BASTA DE CHáVEZ...
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