Gracias por la tregua, don Mario
Sol montevideano de mediodía. Kiosko esquinero de comida rápida, a pocos pasos del condominio de don Mario, junto a la avenida 18 de julio, atravesada por miles de caminantes en su diaria procesión cosmopolita. Esperé a que dieran las 12:15 con la paciencia de un francotirador mientras mataba los minutos mirando al reloj y degustando una hamburguesa. El escritor uruguayo vivo más leido y versátil de los últimos tiempos me aguardaba pisos arriba y yo apenas creía que en verdad fui capaz de llamarlo para pedirle un autógrafo, a sabiendas de su renuencia a las conversaciones largas y a las visitas, según me había explicado la amiga que me dio su número. No sé si lo conmovió el que haya dicho que venía como mochilero desde Ecuador y de que uno de mis sueños era conocerlo. Lo cierto fue que ya estaba frente al portero eléctrico, en esta ciudad de montevideanos, de despistes y franquezas que lo inspiró a escribir (allí mismo o en el exilio), con y sin nostalgia.
Busqué su apartamento y hallé un nombre de mujer (interesante cubierta a prueba de fanáticos). Otro detalle interesante: de los dos ascensores del edificio el único que conduce a su apartamento es el de la izquierda. Como ven, el hombre de izquierda comienza por casa.
Me recibió una tierna señora, que no perdió tiempo en conducirme hasta el hombre que inspiró toda una generación pero que ella sólo se contentaba con llamarlo marido. No sabía si estaba en el mundo real o si esto era parte de una ficción que yo había tramado pero que él, sólo él la había consentido. Lo rodeaba una aureola de humildad y sabiduría. Se sentía. Era lo más cercano a estar frente a un místico (claro, en su caso, uno agnóstico), pero no como un ser etéreo, ya que su cara de abuelito bonachón y sus bigotes eminentes lo hacían ver más cercano y real que cualquiera de nosotros.
Miré alrededor y me sentí tan ínfimo, como si me hubiera olvidado de cómo es una biblioteca. “Se nota que es la casa de un escritor”, dije y aunque me revolví de la vergüenza por haber sido tan kitsch, Benedetti se compadeció de mi ingenuidad y me confortó con una sonrisa. “Siéntate, cuéntame algo sobre ti”. Improvisé un inventario de mi vida en tres líneas y tímidamente le hablé sobre mis intenciones de adentrarme en el largo y obsesivo camino de la literatura. El maestro me escuchó y me volvió a confortar con su sonrisa. Luego le mostré mi ejemplar de Cuentos Completos (que traje conmigo en el “remoto caso” de que pudiera hacerlo autografiar) y seguí cada segundo de su rúbrica, como presenciando un milagro. De repente me dejó con el libro y caminó con esfuerzo hacia su estudio. Si me sorprendí con sus libros de la sala allí había el triple. “¿Has leido La Tregua?”, preguntó. Medio avergonzado admití que aún no. “Este es para ti”, firmó un ejemplar de la última edición y ¡me lo regaló!
Se me fueron el habla, las incontables preguntas que pude haberle hecho, las frases preconcebidas. Ya no eran necesarias. Eran esos momentos de la vida, irrepetibles, en que uno puede experimentar la presencia absoluta del lenguaje sin pronunciar palabra alguna.
No pudo haberme dejado recuerdo más indeble que aquel. Llegaba ahora el epílogo de esta aventura que nunca imaginé merecer. Y le di gracias al maestro por el fuego, ese legado, por la literatura… y por aquella tregua de cinco inconmesurables minutos.
Montevideo, febrero del 2002.


8 comentarios:
me gusta la sutileza con la que describes el encuentro. quê hermosa oportunidad de toparte con el maestro.
buenisimo, me alegro que hayas tenido esa oportunidad, cómo tantos anhelamos otras. lindo relato.
buena kiko
a !defender la alegría!...
muy interesante el blog! he de volver... saludos
ahora kiko
cuéntate una historia
de tránsito amaguaña
Miguelito, que bueno que hayas colgado este encuentro tuyo con el maestro, hecho que conocemos de cerca tus amigos, que envidia sana que hayas tenido el privilegio de charlar 5 inmensos minutos con el autor de AMOR DE TARDE.
¡Maravilloso relato Miguel! ¡Gracias por compartirlo! Capturas lo sublime de aquel momento montevideano con Mario Benedetti, que para muchas/os de nosotras/os será un sueño inalcanzable en esta parte del ciclo de la vida. Con aprecio, estheR
Miguel Antonio:
Me alegra que hayas pasado esta experiencia.
Gracias por tu visita y comentario en mi "tierra firme". Vuelve cuando desees, no necesitas tocar la puerta.
Abrazo desde Kitu.
C.
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