Por Juan Secaira
El vendedor de sueños, escrita por el ecuatoriano radicado en Nueva York, Ernesto Quiñónez, cuenta la vida de un barrio de Estados Unidos que se desangra debido a muchísimos factores sociales, pero en el que los anhelos todavía son más poderosos que la cruda realidad, lo que hace que los personajes siempre luzcan en carne viva, en la constante cuerda floja por sobrevivir.
La narración es apasionada y explora las vicisitudes de varios personajes, caracterizados con fuerza y criterio, que se ven envueltos en situaciones violentas. Entre ellos destacan el Chino y el Sapo, amigos desde muy pequeños; el primero cuenta la novela y el segundo es el “mal ejemplo”.
Pero los demás personajes también persiguen sus sueños y lo hacen con astucia y sangre fría. En una mini sociedad, el barrio, que no es, como muchos creerían al ver desde afuera el asunto, un engranaje sin dios ni ley ni valores. Al contrario, el barrio pervive por su normas, y una de esas es no ser chismoso ni delator. Entonces, debido a la intromisión de un periodista demasiado punzante, Salazar, (¿bien intencionado o corrupto?) se produce un asesinato y la cosa se complica para la tensa tranquilidad del matrimonio del Chino, para los propósitos de Bodega y para el destino del barrio.
Indiscutiblemente, el sentido del humor es una de las grandes características de esta novela; con pasajes que dejan ver los prejuicios de una sociedad y las ingeniosas salidas de los personajes. Uno de ellos sucede en las páginas en las cuales se cuenta que un profesor de la escuela hacía leer a sus alumnos únicamente poemas de Robert Frost, hasta que los jóvenes le dicen que por qué no leer a Julia de Burgos, que por algo la escuela lleva su nombre. La discusión que se entabla muestra los abismos entre las generaciones, y no solamente eso sino entre los profesores blancos y los alumnos latinos.
Y las escenas en las que Chino cuestiona a la religión de su esposa, tildando, con ejemplos, a la Biblia de sexista y de que allí los hombres lo controlaban todo, excluyendo a las mujeres, son precisas y con una gracia especial.
Pero la angustia también salpica la narración en grandes dosis; especialmente cuando todo parece complicarse para Sapo y Chino, el momento en el que aparece la Policía y Blanca, esposa de Chino, decide alejarse por un tiempo. Allí Chino, solo y acompañado de un libro al que ama, El extranjero, reflexiona acerca de la soledad: “Tenía miedo y extrañaba a Blanca. Y cuando has vivido con alguien durante mucho tiempo y ese alguien te deja, lo más triste es apagar las luces” (p. 265).
La edición en español, por Alfaguara (2001)
La música atraviesa la novela, de hecho al final hay una mención muy específica a ella y el sentido que recubre al barrio. Chino se queda fascinado cuando Nazario le enseña el museo en donde están objetos de Tito Puente y Joe Cuba; y discos de oro de Willie Colón, Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Celia Cruz, Rubén Blades y los Fania All Stars, entre otros.
El desenlace demuestra que no todo lo que se ve es la realidad y que hay cuestiones, sentimientos y bajas pasiones que se esconden muy bien, en cualquier escenario. Y que lo que se da por descontado no lo es. Pero además que la gente del barrio tiene valores y los defiende más allá de cualquier interés. Muy lejos de la existencia “light” de la mayoría de sociedades modernas, incubadas en una membrana tan frágil como frívola. Por ello lo rescatable en Bodega es que cree en algo, en una causa que motiva sus pasos, equivocados o no esa es otra discusión. Y el Chino también cree, por ejemplo, en el valor de la familia, y por ella mantiene sus convicciones.
En esa línea se desarrollan varias inquietudes que sumergen en la preocupación a los personajes; parece que estuviesen subiendo una montaña cada vez más difícil, o bajando por una pendiente excesiva.
Hasta este momento la novela se asemeja a un thriller, que bien pudiera trasladarse al cine con gran éxito; la historia de un barrio sumido en la violencia pero con ciertas cualidades que lo mantienen en pie. Las aventuras de personajes inolvidables sumidos en sus propias pasiones. Narrada en un lenguaje conciso, es un thriller que sale adelante por su dignidad y por la trama y el desenlace absolutamente sorpresivos.
Y sin embargo, El vendedor de sueños, como el barrio mismo, es mucho más que eso; se convierte en una novela repleta de ideas y sentimientos. Prácticamente cada página está salpicada de razonamientos acerca de la vida; sin ningún tipo de actitud moralizante ni nada por el estilo. Es decir, las ideas del narrador transforman a la novela en una radiante epopeya íntima acerca de la existencia.
Asimismo es una novela de emociones y con personajes secundarios igualmente poderosos. Para citar tres, hay más pero son los que más llamaron mi atención:
Negra, la cuñada de Chino, muestra la viveza de la gente que ha vivido en la calle; ella es una mujer pasional, acuchilla a su esposo por celos; pero también cerebral, exige sus derechos con determinación. Las calles le han enseñado a vivir y no existen secretos para esta mujer; que es quien devela los misterios y los roles de cada uno.
Nene, empleado de Bodega; un tipo que habla repitiendo fragmentos de canciones que escucha en la radio. Su inventiva en ese aspecto es inversamente proporcional a su comportamiento. Es leal y se limita a cumplir sus obligaciones; ajeno totalmente a la falsedad que le rodea.
El profesor Tapia, el único a quien le importan sus alumnos, porque los otros maestros blancos les ignoran y desprecian. Además, salva a Sapo, quien ha agredido a uno de esos maestros, de ir a la cárcel.
El narrador es audaz, cuando afirma que el futuro estará signado por el spanglish; es divertido, en las escenas en las cuales Chino pone en duda la fe de su esposa, mediante diálogos divertidísimos y no por eso menos contundentes. Valiente, en el desenlace final que regresa al principio del relato, a ese niño de escuela, inocente y travieso. Claro, al describir el ambiente del barrio y no guardarse nada en el bolsillo; lo bueno y lo malo están allí, a la mano de los lectores. Y honesto, pues entiende que las victorias y las derrotas dependen de la voluntad y la sabiduría de cada individuo, y esas características no son potestad de nadie.
De ahí que la narración sea límpida y sin aspectos lastimeros, simplemente es el drama de un barrio, condensado en páginas sobrias e intensas.
Concomitantemente a estas características está una que, de alguna manera, envuelve a las demás, y es la comprensión acerca de la literatura que muestra Quiñónez. Es decir, hay una distancia del narrador con respecto a lo que cuenta; un espacio temporal que le ha permitido estructurar sus vivencias hasta convertirlas en ficción. Desde esa perspectiva El vendedor de sueños es una novela, no la crónica de un barrio, tampoco la visión morbosa sobre los latinos en Estados Unidos; ni una transposición fiel de sucesos reales al papel. Literatura que se presenta en los diálogos de los personajes, que se distinguen por su heterogeneidad y no son una mera extensión del narrador, en las descripciones del barrio, y en la trama, original, caótica y azarosa.

2 comentarios:
gracias, Miguel Antonio y a todos los de buseta, çun abrazo desde la fría capital
Una elocuente reseña, Juan, sobre un libro excelente. Felicitaciones!
Publicar un comentario