Últimamente he caído bastante por el siempre “cariñoso” Pobre Diablo y he podido escuchar de todo. Desde funk africano, pasando por jazz, rock y otros sabores que acompañaban el seco de chivo, los locros de papas y ciertos jugos naturales. Pero bueno, el otro día llegué tarde (para variar, saliendo de la oficina) y pude llevarme una grata sorpresa viendo una presentación distinta.
Alvear, Hidrovo y Napolitano... buenos tiempos por el 97
Ahora que la cosa es más relajada (al menos, así lo siento en el plano de las ideologías) y encuentro más gente buscando su sonido, llegó Alvear, con familia incluida -su hijo Matías lo acompañó en el escenario- para presentarnos su propuesta: “Más turbados que nunca”.
De entrada se puso interesante la espera (que duró como una hora), mientras veíamos una pantalla que proyectaba imágenes de animaciones. El hermano de Alex, se había mandado un trabajo con muñecas gringas, tomas de los artistas y otros archivos de stock rendereados con cierta onda ácida.
Matías, Alex y el Ivis en la postal del Pobre Diablo
Luego llegaron los músicos y yo, que más o menos sé contar… me reía con sorpresa de ver 3 bajistas con sus instrumentos sobre el escenario: Alex, Matías y el Ivis Flies, que asomaban frescos para ver que mismo. Alex era el que soleaba. Matías jugaba con acordes medios y el Ivis le daba fuerza y sostenía los trastes inalcanzables de la parte alta del mango. Así era la repartición de los panes y sonaba interesante junto a los aderezos que presentaban el Gino y Pantera atrás, en la percusión que se turnaba a la muñeca inflable que llevaron para estimular visión y sonrisa.
A la derecha para variar, el gran pianista que veo en casi todos los conciertos: El maestro Mancero -como le llaman- , siempre muy rítmico y preciso. Atrás de él, golpeando y vibrando: Andrés Benavidez.
En medio de todo este desorden, pude descubrir la mención especial de la noche: Cristian Mejía. Con su pequeño kit de accesorios para un viaje (teclado midi y laptop incluida), fue el músico que le puso los mejores colores al asunto para acompañar el cuadro funkero. Muy buen gusto en la elección de sonidos, excelente programación de acompañamiento y muy Stevie Wonder en la tocada. Ese funk saltarín, de dedos esquizofrénicos que casi no tocan las teclas, sino que se las peñizca, como que se les hace cosquillas con las yemas para que el sonido salga distinto.
Cristian Mejia, en un solo de acordeón
La banda me recordaba mucho a la onda de discos experimentales de David Byrne. Pero los Alvear, con una clara influencia de la costa Este de los Estados Unidos (o del Imperio, como Alex suele llamarle), donde viven desde hace algún tiempo, nos presentaban algunas canciones inéditas y otros covers muy famosos llevados a la fusión tropical. Desde este punto, pasaron sobre el escenario una versión bien ácida latina de “Lucy in the sky with dimonds”, una “I can´t stop losing you” de muy buen gusto -con una afinada interpretación de Ivis Flies en los coros-, “Ultrafunk” de los Amigos invisibles con solo de un Alex inspirado y la bautizada “Gallina vieja da buen caldo” (Brick house, de la banda The commodores ) muy welcome to Miami.
El público feliz, escuchaba cada uno de los acordes mientras mezclaban las emociones con un poquito de sabor. Las mujeres con afro hermosas y el cantante africano Revelyno que se rompía el cuello en cada paso de baile. La sazón de los músicos se terminó metiendo en la cocina y finalmente un Matías Alvear honesto y desafiante a la vez, soltó un “esta canción es para bailar… ¡vamos párense, no sean tan serranos!”. Entre las risas y los “bobo ese hijuep…” la gente se fue soltando, despeinando y principalmente, desordenando de una manera hermosa, visualmente relajante, mientras parecía que el Gino golpeaba a los tambores de manera aspiracional, con ojos cerrados y posiblemente imaginando las nalgadas secas que pretendería dar a aquella muñeca inflable, repleta de silencio y suspiros en coros, seguramente más turbados que nunca.
Quito, 5 de septiembre del 2008
Padre e hijo jugando juntos el 21 de agosto del 2008
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