Extrajimos este artículo de Revista Anaconda Nº 7 donde se discuten las reflexiones que distintos autores –tanto nacionales como extranjeros– publicaron en la revista española Cuadernos Hispanoamericanos Nº 675 de septiembre de 2006* en torno a la cultura ecuatoriana.
Ecuador, país sin fama, lleno de opiniones imaginarias o territorio imaginario plagado de visiones infames. Aquello de que al Ecuador no se le conoce afuera de sus fronteras es una lata enmohecida que sigue dando tumbos sobre el pavimento de su historia, que aún no acaba de anunciar el matrimonio de su existencia desde la República.
Esta lata, junto a otras más o menos nuevas –aparte de globos estallando en el mundial de fútbol, camaretas de la corrupción política en estadísticas regionales y el boom de la migración, a España especialmente– ha exigido que diferentes aspectos del “quehacer cultural” ecuatoriano sean difundidos en el exterior con algún acierto, pero en su mayoría, más que desaciertos, son flojedades faltas de todo rigor.
Vaya usted a saber por qué nos siguen presentando como cacaoteros, bananeros, andinos del imperio incásico, negros del África o “blancos” de Euskadi, colibríes, tucanes, iguanas, tortugas o guantas y más de una representación gráfica étnico folklórica, sin que falte la brega político-cultural de izquierda que tanto “bien” ha hecho a este país. Tenemos mucho de aquello pero somos otros, diferentes, multiculturales, mestizos de todas las mezclas, tinturados de todos los colores del arco iris, de formación occidental, aunque nos pese, sin olvidar esa simiente andino-americana que nos corresponde.
El número 675 de septiembre de 2006 de la revista madrileña Cuadernos Hispanoamericanos, dirigida por Blas Matamoro, se abre con Dossier: Aspectos de la cultura ecuatoriana. El Ecuador y su cultura en un medio que lleva más de medio siglo promoviendo las letras y artes de América y España, donde han colaborado todos los grandes de la región, incluyendo ecuatorianos.
El coordinador del Dossier es el escritor ecuatoriano, residente en Barcelona, Mario Campaña y de su pluma nace el artículo “Vida intelectual y literaria”. Texto donde “vida” no hay, donde lo intelectual y literario es un listado digno de un contable sin oficio. Para variar, el señor Campaña nos habla de “clases sociales”, de blancos y mestizos, en detrimento de los indígenas y negros; de los potentados y de la pobre economía, y no deja de repetir el gran aporte de una izquierda en las propuestas literarias, olvidándose de que los más representativos artistas y escritores, de cualquier espectro político, fueron individuos que compartieron o no, de un modo u otro, cierta visión social y cultural, y no crearon –crean– cual recua que seguía una ruta en busca de pastor.
Campaña habla de la falta de identidad de los ecuatorianos y compara la obvia diferencia cultural precolombina con México, Perú y Bolivia, pretendiendo que no queremos reconocer el origen autóctono de lo que es el Ecuador, y que hoy los intelectuales y la clase media rechazan lo indígena. Todo lo inventariado por Campaña en relación al Grupo de Guayaquil, el indio en las letras y el arte, etc., no es nada nuevo, baste revisar enciclopedias y bibliografías al uso para enterarnos de buenas fuentes sobre dichos temas.
A mi modo de ver y leer como ciudadano de este país, nuestra relación, actual, con lo autóctono, indígena o afro y lo que falte citar, no tiene que ver con un rechazo sino con que hemos logrado trascender esa trillada diferencia, ya estamos imbricados, hemos aprehendido que formamos parte de una identidad multicultural y cada cultura aporta desde su individualidad a un solo universo llamado Ecuador. Sin duda siguen latentes muchas de esas tareas, como en cualquier familia, pero son manoseadas por agiotistas de la sociología, mafiosos de la política y agoreros de un falso nacionalismo.
Algunos de los escritores nacionales que colaboraron en el Dossier: (De izq. a der.) Mario Campaña, Jorge Dávila Vázquez, Miguel Donoso Pareja y Jorge Martillo.
“Si no tenemos identidad, asumámoslo, y he ahí nuestra identidad: no tenerla”. Esta discusión nos corresponde realizarla puertas adentro, porque del patio hacia allá no les interesa o no la entienden. El señor Campaña en su listado sobre nuestros autores y su literatura sigue dándoles vueltas a la noria de movimientos culturales locales, escritores de tala como Carrera Andrade, Escudero, Gangotena, etc., y algunos contemporáneos sin orden ni concierto y sin el debido estudio, con el respeto que se merecen, y cita periódicos y revistas con los lentes de un extranjero que habla de una visita turística realizada hace años.
Posiblemente el texto de Mario Campaña sirva para que sigamos discutiendo sobre tradición e identidad entre nosotros. En España, seguramente, esta “Vida…” no será más que un conjunto de quejas y de chismes que no se comprende a qué viene. Por qué, a don Mario, no se le ocurrió presentar a un poeta o narrador nuestro, de producción actual, con un texto inédito para que los lectores de la península conozcan a un creador de este lado del mundo.
Más o menos del mismo tenor van los siguientes artículos del Dossier. José Juncosa ofrece “Los pueblos indígenas del imaginario cultural del Ecuador (1950-2000)”. Su estudio sociológico va desde abuso y atropello denigrante que ha sufrido la población indígena del país, su aparición en la literatura y arte “indigenistas”, su incorporación a la sociedad, su derecho a la dignidad…
Redunda con el “Reino de Quito” a cuestas hacia la inclusión de las poblaciones autóctonas en el desarrollo social, político y cultural del Ecuador. Válido análisis, pero al final repite un listado de artistas y creadores indígenas que resulta hueco porque los nombres no dicen nada. Más allá de que la población indígena, por su propio esfuerzo, es la minoría étnica y social más poderosa del Ecuador, habría bastado con publicar algunos poemas de Ariruma Kowii, traducidos, para que el lector foráneo y el nacional conozcan su devenir creador como individuo ecuatoriano, representante de su raza.
Ariruma Kowii es uno de los pocos poetas kichwas del Ecuador. Ha escrito libros como "Mutsuktsurini" (Quito, 1988) y el libro bilingüe "Tsaitsik: poemas para construir el futuro" (Ibarra, 1993). Es autor del "Diccionario de nombres kichwas" (Corp. Editora Nacional, 1998). Organizó en enero de este año el I Encuentro Internacional de Poesía Intercultural. (Foto: Diario Hoy).
La crítica literaria española Esperanza Bielsa Mialet presenta el estudio “La literatura y cultura popular urbana de Sicoseo a la crónica”. El ensayo, con dotes de tesis académica, intenta un sumario periplo de la “circulación de bienes culturales” en Sudamérica, para luego pasar por el Ecuador y la consabida década del 30 con el Grupo de Guayaquil y llegar a “los talleres de discusión literaria del grupo Sicoseo” de la urbe guayaquileña. Bielsa reseña el grupo citado y lo complementa con un listado de participantes, donde algunos de tales nombres son parte del quehacer cultural latente dentro de nuestras provincias.
El repaso por algunos escritores informa acerca de sus propuestas estéticas y éticas en sus producciones y arriba a dos importantes referentes: Jorge Velasco Mackenzie y el cronista Jorge Martillo. Bielsa aborda obras de estos autores e intenta explicar la propuesta y visión de cada uno en su producción literaria, en relación a su entorno y el aprehendimiento de lo popular: música, argot callejero, fútbol y lo llamado marginal frente al alienamiento de las clases medias y altas de la sociedad. En cotidianidad, literatura e identidad se resume el ensayo y vale por lo que provoca y su limpia intención: interpretar.
Un capítulo aparte merecía la música ecuatoriana, sin embargo, en ese dossier no se la trata como parte de la llamada "cultura". En las fotos: (arriba) Julio Jaramillo; la ancestral música shuar; la marimba de Guillermo Ayoví "Papá Roncón", patrimonio intangible del país, pasaron por alto. (Abajo) Héctor Napolitano, Guerardo Guevara, Mesías Maiguashca y el dúo Benítez-Valencia también son parte importantísima de nuestra música.
En “Visión de la pintura ecuatoriana, las dos últimas décadas”, Jorge Dávila Vásquez hace una revisión de la plástica ecuatoriana empezando por los artistas ecuatorianos por antonomasia de la primera mitad del siglo XX; nombres y nombres transitan acompañados de frases que pretenden definirlos. Concurre a las décadas ofrecidas y el listado sigue con un afán abarcador que señalaría estilos, atisbos de tendencias y concluye sin interpretar nada. Tanto pintor joven y talentoso con renovadoras propuestas estéticas, que en el ensayo se acompañan con la reproducción de un cuadro de Eduardo Kingman.
Jorge Martillo Monserrate hace gala de “erudición” en su “Viaje por la gastronomía ecuatoriana”. Dotado de lirismo culinario, Martillo va de la seca a la meca entre 5000 años a.C. hasta nuestros días. Los estudios históricos y referentes bibliográficos evidencian su capacidad para la investigación y el buen uso que hace de la historia para sus crónicas, aunque en el presente texto no hace más que citar mucho para no recrear ni permitir saborear al lector nada. Por lo leído antes parece ser que el listado es una moda y Martillo no consigue salir de ella y nos lleva de paseo raudo y veloz por toda la geografía ecuatoriana, citando infinidad de platos populares por región, provincia o pueblo.
Sin duda el señor Martillo ha leído mucho pero de ahí a que haya saboreado, degustado, rechazado o al menos intentado preparar un plato y hablarnos de la experiencia de su paladar hay la distancia entre un lector de novelas y un escritor del género. Baste revisar el glosario que acompaña a su viaje, por ejemplo, cito: Coco: fruto del cocotero. Cerdo: chancho, cochinillo. Atún: pescado grande de mar. Cacao: chocolate. Fritada: fritote, fritura. Sardina: pez pequeño de carne muy fina. Yuca: mandioca, guacamole (pp. 40-51). ¿Por qué no habló del cebiche o el locro sin más?
Se cierra el Dossier con el artículo del escritor guayaquileño Miguel Donoso Pareja: “Fútbol, pobreza y abundancia, identidad y emigración”. Fiel a sus querencias y apetencias, sociales y literarias, don Miguel aborda fútbol y literatura en el Ecuador y hace relaciones universales de obras, autores y anécdotas locales y de la Península, entre otras regiones. Se deja leer pero también, como el resto, abunda en listados que solo los reconocen él y sus cofrades. Para muchos el fútbol es base de una neo-identidad nacional y de muchos otros pueblos. Punto de vista discutible, como tantos, y que merece otro espacio.
No sólo el Dossier, toda la revista, lleva fotografías del Ecuador: una “indiecita” de Peguche, niños indios en el mercado de Otavalo, un zaguán oscuro, arte barroco y vistas de Quito, Guayaquil, Esmeraldas tomadas, por lo que puede verse, en blanco y negro, hace más de cincuenta años. Pareciera ser que para el Ecuador todo tiempo pasado fue mejor, que sigue ahí detenido. Este país adolece de toda forma de modernidad. No hay malecones, puentes, avenidas, edificaciones, teleféricos, hombres y mujeres multicolores que viven en urbes con todas las desigualdades que se quieran -¿acaso en el resto del mundo no las hay?-, modernas, con trolebuses, tráfico, hamburguesas y burritos mexicanos, callos madrileños, pan pita y sushi, hornado, T bone y locro, multicines y malls, en fin, todo eso que es parte de nosotros aunque pretendamos que no y lo disfrutemos escondidos, lejos de la fatua arenga seudo nacionalista de tradición.
Las discusiones, ya bizantinas, de si somos o no somos, si tenemos o no, si somos mejores o peores, si hay o no artistas y escritores de la talla de otras regiones, son asuntos para largo trato y mucha tinta, que deberán dilucidarse y resolverse, si cabe, puertas adentro. El Ecuador es otro, con todas sus dificultades, con o sin fútbol, es un país de individualidades. Tenemos representantes de valía en todas sus vertientes sociales, sólo hay que dejarlos aparecer, presentarlos con objetividad y decencia, lejos de partidismos y capillas gregarias y aniquiladoras. A Pablo Palacio no se le conoce afuera porque no lo han leído, porque su obra no ha sido presentada con altura y sin miedo, y así con otros y otras.
La revista Cuadernos Hispanoamericanos presta sus páginas para presentar a un país, pero no a “toditito”, sino muestras reales y válidas que sirvan de muestra representativa. Todos los textos debieron ser escritos por autores convencidos de lo que hablan, con respeto hacia sí mismos, al pueblo que tanto defienden y, definitivamente, concomitante con los tiempos que corren y viven.
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(*) Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 675. Septiembre de 2006. Director: Blas Matamoro. Dossier: Aspectos de la cultura ecuatoriana. Coordinador: Mario Campaña. Colaboradores: José E. Juncosa, Esperanza Bielsa Mialet, Jorge Dávila Vásquez, Jorge Martillo Monserrate y Miguel Donoso Pareja. Pp. 7-60. Agencia Española de Cooperación Internacional. Imprenta Solana e Hijos S.A., Madrid, 2006. 168 páginas.








