Por Freddy Russo *
Sin audiencias y sin medios económicos, supieron aportar su pequeño ladrillo para levantar el edificio de nuestra personalidad artística. Con gran sensibilidad lograron captar y digerir el enorme almacenamiento de materias primas musicales que nuestra América guarda desde tiempos inmemoriales. Investigaron, por un lado, la riqueza de las viejas culturas de procedencia indígena y por otro, lo proveniente del continente africano y de la actualidad profesional europea.
Toda esa riqueza musical se fue transformando por períodos en el siglo XX. El primer período, que se extiende hasta los inicios de la década del cincuenta, irrumpe con encendido nacionalismo folklórico cuyo concepto rebasa las fronteras hacia lo universal. El segundo período empieza con la asimilación del serialismo integral, con los procedimientos aleatorios en la técnica, con la incorporación de la música electrónica y sus nuevos aparatos. Y el tercer período corresponde a la aceptación en términos de igualdad por los compositores de todos los países del mundo; este último período corresponde a la madurez técnica, la recia personalidad reflejada en sus creaciones y también a la participación en festivales europeos y norteamericanos de vanguardia, codeándose con personalidades de la talla de un Penderecki, un Boulez o un Iannis Xenakis.
Obras y grandes maestros
Mientras en el pasado histórico (siglos XVI, XVII, XVIII) la producción musical -centralizada en capillas y capitanías virreinales- estaba limitada únicamente a misas y motetes “copiando” a compositores europeos como Palestrina, Bach y Haydn; los inicios del siglo XX en cambio representan la toma de conciencia artística propia por parte de compositores nacidos a fines del siglo pasado.
En las tres primeras décadas del siglo XX, cinco compositores latinoamericanos ganan reputación internacional: el brasileño Heitor Villa-Lobos que dedicó parte de su vida a la investigación del folklore de su pueblo, fue al otro lado del Atlántico a estrenar sus “9 bachianas” y sus “14 choros” demostrando su gran talento para fusionar el folklore de su pueblo con las técnicas europeas. El compositor mexicano Carlos Chávez advierte a las próximas generaciones que la imitación servil en los modelos europeos no nos puede llevar al encuentro de la esencia misma de nuestra música. En una frase resume su posición cultural: “tan malo es vivir de dinero prestado como vivir de cultura prestada”. Obras vinculadas a su folklore y a la Revolución Mexicana como “El fuego nuevo”, “Caballos de vapor” o “Sinfonía india” reflejan su pensamiento y arte musical. Los cubanos Amadeo Roldán y García Caturla (creador de la Rumba), con su ballet “La rebambaramba” el primero y su “Primera suite cubana” el segundo, abrieron las puertas para el desarrollo de la música caribeña. El mexicano Silvestre Revueltas fundió la Zandunga y el Huapango, dando universalidad a estos ritmos autóctonos.
(De izq. a der.) Silvestre Revueltas, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla; abajo: Alfredo Ginastera, Heitor Villa-Lobos y Carlos Chávez.
Por los años 60 y 70 tenemos a los ecuatorianos Gerardo Guevara y Mesías Maiguashca -con su obra de sonidos electrónicos “El mundo en que vivimos”, que fue estrenada en el IV Festival de Washington-, los peruanos César Bolaños y Edgardo Valcarcel Arze, los venezolanos Antonio Estévez y Yanis Ioannidis (ganador del V Festival de Washington con su obra “Metatasia A” para Orquesta de Cámara), los cubanos Leo Brouwer y Carlos Malcom, el primero, gran compositor y director de orquesta, fundador del Centro de Estudios Experimentales Sonoros en 1969; los argentinos Mauricio Kagel y Mario Davidowski (galardonado con el Premio Pulitzer de 1971 por su obra “Sincronismo para piano y cinta magnetofónica”) y muchos otros compositores más se estrenan en la palestra mundial y compiten de igual a igual con maestros de Europa y Estados Unidos.
Guerardo Guevara (i) y Mesías Maiguashca (d) son dos de los más grandes representantes de la música académica ecuatoriana. De Maiguashca casi nadie se atreve a interpretar sus obras, como ocurrió en su época con el también compositor ecuatoriano Luis Humberto Salgado.
Para la década de los 80 y 90 hay una proliferación mayor de compositores debido a que nuestra música ya adquirió una mayoría de edad y su madurez es sólida, además que la afirmación por una conciencia artística latinoamericana va día a día haciéndose más profunda y valiosa.
La Sinfónica de Guayaquil, en varias de sus giras internacionales, ha interpretado música ecuatoriana; pero en nuestro medio poco se han difundido las composiciones latinoamericanas. Es hora entonces de revisar esas obras y que el oyente guayaquileño y del país conozca por parte de sus sinfónicas todo este legado.
* Artículo publicado en Semana Gráfica, suplemento dominical de Diario El Telégrafo (29 de abril de 2007).
Imagen 1: Montaje inspirado en la obra "A tall piano", de Richard Colman.
Imagen final: Detalle de "May 2", de Richard Colman.








