Por
Augusto RodríguezPara esta ocasión he reunido a tres jóvenes poetas de nuestro país. Los poemas aquí seleccionados fueron escogidos de sus últimos libros. El primer autor se llama Diego Cazar proviene de Quito y es uno de los miembros más destacados del grupo artístico Locomotrova. Su obra generalmente gira en torno a la música y desde ahí parte para recrear el mundo silencioso y bullicioso que está a su alrededor. El segundo poeta se llama Alexis Cuzme, nació en Manta, sus pasiones principales aparte de la literatura, son la música metal y el cine, por eso no es raro que en su poesía aparezcan personajes del cine mundial. Y el tercer bardo se llama Javier Cevallos, nació en Quito, es ex integrante del recordado grupo literario quiteño Ourovourus. Su gran amor es el teatro. En definitiva, los tres poetas aquí mencionados son autores que vale la pena seguir sus rastros y conocerlos porque estoy seguro que estamos ante tres valiosos jóvenes poetas ecuatorianos del siglo XXI que todavía está en ciernes.
DIEGO CAZAR (Quito)(Quito, 1977) Autor de los poemarios
Más Caras tras Máscaras (2002) y
Telarañas las pupilas (2005). Miembro del colectivo artístico Locomotrova.
Acaba de publicar en el año 2006 el libro Caleidoscopio.para escribir en un poema la vida,me excuso ante mis muertos
-que de todos son los vivos-
les suplico a sus hálitos,
a las psicofonías heredadas,
que me enrumben y me enviuden
de tumba en tumba,
por la guadúa guadañera que me guarda.
les ofrezco disculpas,
para qué mirar hacia atrás;
inclino su jolgorio,
derramo su plasma sobre mi rostro,
imploro.
que no me encuentren, entonces, los huaqueros
para que me profane sólo mi amada,
alma felina,
y me ame el aire que escondí
con su aire estelar desnudo,
como cuando nos vimos galaxias.
yo le escribiré mis nombres en sus senos,
y con los lápices de mi esqueleto,
la muerte,
para que el beso febril
al fin sea nuestra adenda.
así es como se hizo el universo.
después,
recuerdo cuando moriré
y me sosiego en el orgasmo único,
onanista,
muy a pesar de mí,
hasta que entiendo al uno que éramos mañana.
comprendo los parlamentos de cada instinto,
de cada víscera,
de toda fugacidad,
del big bang genital al que confié mi ser
a costa de ser insurrecto,
porque adoré las ventanas esféricas
debajo de pestañas
y los tejados naturales
sueltos al viento
y las columnas de muslos jugueteados
y la puerta de madera boscosa
húmeda, tropical
y el sagrario sensible-carne viva
y el atrio sudoroso de dos manos
y la redonda sacristía detrás
con su división insinuada,
y las copas atadas, de cabeza, a un pezón
-dos-
y las campanas de cada mareo
y la hostia profana de la boca
y el altar en donde adoré
cada clímax pretérito
mientras sentía morirme.
¡cuánto adoré morir!
me pongo a mirar a los hombres andarsobre sus pies de plomo,
contemplo la baba que dejan sus pasos
y huelo aromáticos humazos
cuando vislumbro los trazos de cada trayecto.
hay uno que es circuito y se humedece,
una caterva besuquea lo que queda de aire
y levitan revesados sus pajarracos cabellos.
otro tanto escandaliza mi tumbado
con la marcha de gamonales con que se dan de comer.
pudiera relatar tantas veces aquel cuadro,
alterar a mi antojo sus pseudocolores
y las direcciones hacia las cuales no van,
callarles la levedad...
me siento sobre una tiniebla a mirarles
sin intención de desmentir sus asuntos,
sin desmerecer sus empresas,
solo fumo y miro.
escribo en esperanto las palabras prescindidas
y las digo en murmullos
cuando las mujeres se desgranan la tersura
y se impregnan en cada aro de mis bocanadas;
ya están solas con su sequía,
aunque crean perseguir el retiro
al soltar sobre el tablero mil y una glándulas,
y creo que no hay máscaras más fastuosas que ellas,
suicidas.
saben tanto que prefieren olvidar.
las costras de casimir
son avalanchas sobre la imaginería,
horcas las corbatas que ironizan la sensibilidad del nudo.
los miro desde el subterfugio de mi propio sacrificio
para evadirme,
me miro pasar desapercibido,
fumo y participo del contrargumento con mi nube.
con el paso de las horas,
trocamos luz,
yo piso sus pies,
agachado para ver;
estoy cara o cruz,
pero no tengo guarismo;
no me comprendo binario.
el movimiento viste sombreros de toquilla
para simular a la brisa,
para bailar sin compás,
entonces los miro en su orden
y hablo con voz clara de elipsis.
es hora de cantar,
hay que ungir el aljibe del roído ser con miel,
hay que sembrarse jengibre en las tetillas
y darse a los poros,
amigarse con el vértigo.
ya no hay qué mirar allá abajo,
este abajo basta en el canto
como basta el miedo domesticado,
compañero;
hay que sacar la voz y esperar que se siente,
que fume
y que se mire salir.
ALEXIS CUZME (Manta)(Manta, 1980) Periodista cultural. Director de la revista rockera – metalera Marfuz. Ha publicado los poemarios:
Desconsuelo (2001) y
Complot ante el silencio (2003).
Acaba de publicar el poemario Club de los premuertos en el año 2006.PODEMOS MENTIRLE AL PLACERSigilosamente
la tarde arrebata desencantos.
Creer en tu sexo,
en su frescura,
sonoridad,
es común y agotador.
Zozobra el artificio,
pero podemos mentirle al placer.
Amor,
tus glúteos encierran otra forma de vitalidad.
CLUB DE LOS PREMUERTOSFrente al club de los premuertos
avanzo,
mi último pasillo,
contemplo las luces
como Al Pacino y Sean Penn.
Me desconecto:
yo no seré tú
y tú no serás yo,
rompo el nexo de la carne.
Pequeña, llorarás.
Todo principio suele ser así,
revivirás las fotografías,
absorberás el escaso aroma de mis camisetas,
releerás las cartas en que mentí para acercarte,
contemplarás hasta agotar
las colillas vetustas bajo la cama,
mis medias y botines jubilados,
los últimos preservativos consumidos,
mis discos gastados de ritmo
y palabras descompuestas en dolor,
el retrete donde paré el tiempo y la mierda
para crear quimeras sin olor ni forma.
Pequeña, llorarás,
sobre la cama en que degustamos nuestros sexos
y degollamos la idea de familia
(sobre todo yo,
responsable no era un complemento que encajara en mí)
Mientras avanzo:
pasillo sin regreso,
pálido tumulto giratorio.
Restaré 21 gramos, quizás más,
para apoyar tu creencia almamito.
Tú y tu dios travestirán mi idea tras la ida.
Pequeña, llorarás,
pero cierra la puerta
no me resfriaré con tus lágrimas.
Javier Cevallos (Quito)(Quito, 1976) Ha publicado
La ciudad que se devoró a sí misma (2001). Consta en la antología de poesía joven ecuatoriana
Ciudad en verso (2002).
Publicó a fines del 2005 su segundo poemario llamado C.OfeliaEn mi ausencia cifro la venganza.
Mientras me abandono a la corriente
se llora en los pasillos y arcadas.
Mi lengua, amordazada en nenúfares
y mi boca, sellada por el lodo,
van dejando un rastro en las orillas.
Soy el cuerpo que ha sido desechado,
la forma amada que se desvanece,
el nombre que no será nombrado.
Es mi llanto el que acrecienta el caudal:
se pierde más en el infortunio que en la muerte.
Decido que he amado
Asumo para mí
la locura del viajero:
conozco el puerto
mas ignoro el itinerario.
La venganza se repliega en la mano.
El caballo bravío
y el liquen espumante.
El gesto excede al limo.
Bajo el pantano, el placer del exceso,
el efluvio delirante de la putrefacción.
Me confundo con los gritos,
borro las huellas que dejé atrás,
me sumerjo en el lodazal.
Cómplice
La mirada se hace necesaria
empapando el vestido.
Estoy aquí porque así lo quise;
mi rostro, mis pechos serán bellos
en tanto las rocas no los golpeen.
Los ojos se deleitan en mi piel moribunda,
cada tarde mutilada,
cada miembro desatado,
piedra a piedra,
olvido y ausencia,
sueño del abandono.
¿Quién abandona al otro?
¿Yo, empapada de venganza,
una con el lecho del río?
¿Tú, cuya prisión es nostalgia
y tu condena, el olvido?
El cauce bebe mi abandono.
Arrastro los secretos de la hiedra,
el susurro del pedernal sonoro,
el agua que conquistará la piedra
y las marcas en el árbol absorto.
Tras de mí, la agonía aumenta,
el solitario se sabe más solo.
La venganza ha sido consumada.
Ha tomado forma
en silencio escindido
y conjetura dolorosa.
Se establece la sospecha:
el sexo se encabrita apasionado.
En los labios, la mentira,
la división y el miedo.
Habito el infierno construido,
anhelado,
el borde del gemido y la piel.
Llevo el cuerpo coronado de espinas:
delirio de acero,
deseo cercado por la indiferencia.
Encierro al dolor,
lo doblego como a ganado nuevo,
permito
tan solo
que contemple las orillas
lejanas
inalcanzables.
Bajo la lengua guardo el rescoldo,
aquello que, alguna vez, incendió las palabras.
Cuando sea una con el silencio,
iré de regreso al hogar.