jueves, diciembre 28, 2006

Vila-Matas y el Artaud ecuatoriano

En el penúltimo post mencionamos lo que César Aira había escrito sobre Pablo Palacio. Esta vez el otro autor que nos queda por mencionar es Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), novelista y ensayista ganador, entre otros, del Premio Rómulo Gallegos, el Herralde y recientemente el de la Real Academia Española, obtenido por la trilogía de sus novelas Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento, basada en "la búsqueda de la identidad y en la reflexión sobre el oficio de escritor". Sin embargo ya desde su novela corta Historia abreviada de la literatura portátil (1985) empezó a ser un autor consagrado por la crítica. El artículo que presentamos a continuación, Vila-Matas lo publicó en mayo del 2001 en Letras Libres.
El Antonin Artaud ecuatoriano
Por Enrique Vila-Matas

Ningún visitante de Barcelona daría un solo centavo por la calle del Escorial, que carece a primera vista de todo interés. Es una calle fea y vulgar, nada céntrica, con demasiadas clínicas y circulación de coches, una calle abrumadoramente mediocre y gris, aparentemente sin historia. Paso a veces por ella porque está al lado de mi casa y constato siempre que parece la calle de un suburbio. Y sin embargo en esa calle nació el primer hijo de mi gran amigo, el novelista Ignacio Martínez de Pisón. Y sin embargo en esa calle los personajes de las novelas de Juan Marsé han vivido grandes momentos, tal vez porque en ella se encontraba antes el colegio en el que estudió el escritor: "Podría reconstruir la calle del Escorial de memoria, casa por casa, esquina por esquina". Y sin embargo, como si la calle se hubiera negado desde siempre a pasar ante mí inadvertida, hace tres años se instaló en ella, en el número 36, un joven escritor ecuatoriano, Leonardo Valencia, que llegó a Barcelona procedente del Perú con su encantadora mujer, Erika, con la idea de pasar un año en la calle del Escorial y ya lleva tres, le faltan 33 para alcanzar el número de su portal, todo un reto. Leonardo Valencia se ha quedado en Barcelona porque ha encontrado un lugar ideal para escribir, aunque su gabinete de estudio es algo inquietante, da a la pared blanca de una clínica, quizás por eso es ideal para escribir, parece su estudio un cuadro de Hopper, ahí terminó su novela El desterrado, que ha publicado en España la editorial Debate y ha recibido elogiosas y alentadoras críticas, le ha revelado como un escritor con un envidiable porvenir.
Conocí a mi vecino, al autor de El desterrado, antes de que publicara su novela, lo conocí por azar al día siguiente mismo de leer un inteligente artículo suyo en la revista Quimera, nos cruzamos en la calle del Escorial y la intervención de una escritora peruana, que actúo de mediadora, fue providencial, casi incluso sensacional. El hecho es que, a partir de aquel día, comenzamos una relación de vecinos unidos por la pasión común de la literatura, y empecé a recibir informaciones inesperadas sobre autores latinoamericanos raros que Leonardo Valencia estaba interesado en que yo conociera, y de raro en raro llegué un día a saber de la existencia de Pablo Palacio, escritor ecuatoriano vanguardista, raro entre los raros. Pablo Palacio, formidable y extraño escritor (Loja, Ecuador, 1906-Guayaquil, Ecuador, 1947) acaba de ver publicada la edición crítica de sus obras completas, una edición coordinada, en extraordinario trabajo de gran rigor y meticulosidad infinita, por el ensayista ecuatoriano Wilfrido H. Corral, profesor universitario en Estados Unidos a los 28 años. Pablo Palacio, después de dos nouvelles alucinadas, Vida del ahorcado y Débora, y un libro de cuentos, Un hombre muerto a puntapiés, decidió no publicar más, se fue a vivir a Guayaquil y se declaró loco frente al mundo, dejándose una larga barba rojiza y tolstoiana. Leonardo Valencia me había hablado mucho de este vanguardista ecuatoriano, pero hasta que no me ha llegado el volumen de sus obras completas (Galaxia Gutenberg, Colección Archivos) no he podido leerlo. Me confieso fascinado ante este extraño vanguardista que tuvo que luchar con la incomprensión casi total de sus contemporáneos ecuatorianos, reacios a aceptar el experimentalismo radical de sus propuestas literarias, tan opuestas a lo que entonces en Ecuador estaba en boga: la corriente indigenista de Jorge Icaza, escritor comprometido ("papanatas comprometido", le habría llamado Nabokov) y sin misterio.
En Pablo Palacio el misterio...

En Pablo Palacio el misterio cruza radicalmente toda su obra singularísima y muy avanzada para su tiempo, una obra que —como dice Wilfrido H. Corral— es honesta hasta el fondo: "increíblemente chistoso y subversivo respecto a lo que se creía normal en la Hispanoamérica de su tiempo, hasta el extremo de que parecía un expatriado cínico. Palacio probablemente sabía que estaba escribiendo cuentos nuevos, y obviamente no esperaba que el éxito le llegara sin contratiempos". Su vanguardismo ha sido comparado con los de Girondo, Borges, Joyce y Macedonio Fernández, de los que probablemente no oyó hablar en su vida, allá en el Ecuador, en lo que él llamaba "el último rincón del mundo".
A mí Palacio me recuerda a Roussel y a Perec y la Locura con mayúsculas. "Sucede —escribe Palacio antes de retirarse para siempre a los palacios de su silencio bartleby— que se tomaron las realidades grandes, voluminosas, y se callaron las pequeñas realidades por inútiles. Pero las realidades pequeñas son las que, acumulándose, constituyen una vida". Esas realidades pequeñas de quien está considerado como el "Artaud ecuatoriano" tienen apariciones deslumbrantes en su novela Vida del ahorcado, que es más bien una antinovela —muy adelantada en el tiempo a célebres experimentos novelísticos europeos que vendrían después— que cuenta prácticamente con un solo personaje (el autor mismo) y carece de otra progresión narrativa que no sea la del conocimiento subjetivo de su mente enloquecida y azarosa. Se trata de una antinovela fragmentaria, individualista, de corrosivo y violento humor que lucha contra el romanticismo y contra las falacias de gran parte de la literatura indigenista: un humor que a su vez quería poner de patas arriba a toda la literatura supuestamente seria y oficial del "último rincón del mundo"; un humor apoyado en una prosa de notable fuerza expresiva: "Entrad todos vosotros, compatriotas de este chiquito país. Vos, compatriota obeso; vos, compatriota esmirriado; vos, compatriota de la nariz de salsicha..."
El valor de la obra de Palacio ha tardado en ser reconocido, la edición de sus Obras completas comienza a hacer justicia a este escritor y príncipe de las tinieblas que, como dice el profesor Corral, llevó la modernidad a sus límites, asumiendo la liberación de la narración convencional y ostentando las exploraciones de la memoria (Proust), los caprichos eruditos (Joyce), el profundo sentido de la esterilidad (Eliot y Kafka), escritores que estaban todos "en el aire" a finales de los años veinte, como él, como este Pablo Palacio que resurge ahora de sus cenizas ecuatorianas para sorpresa y ejemplo de las nuevas generaciones de vanguardistas, para gran sorpresa mía, que desde aquí me hace darle las gracias a Leonardo Valencia, mi vecino. Le doy las gracias por todo, y por tanto.

miércoles, diciembre 20, 2006

Autores ecuatorianos en importante antología latinoamericana de micronarrativa, publicada en Argentina

La agrupación cultural Buseta de papel organiza hoy el conversatorio y presentación del libro Microrrelatos en el mundo hispanoparlante. Es una antología editada en Argentina, por la Universidad de Tucumán que reúne microcuentos de autores de diversos países, entre los que están Ana María Shúa y Raúl Brasca (Argentina), Guillermo Samperio (México) y Fernando Aínsa (España). Entre los ecuatorianos publicados constan Solange Rodríguez, Miguel Antonio Chávez y Rodrigo Carrasco, de Buseta de papel; además de Gilda Holst y Marcelo Báez. El acto, presentado por la narradora y poeta Sonia Manzano, se desarrolla hoy a las 19:00, en el bar Ojos de perro azul, ubicado en Panamá 213 y Padre Aguirre. La entrada es gratuita.

lunes, diciembre 18, 2006

Palacio visto por César Aira

Luego de haber mostrado a lo largo de estos meses posts acerca de Pablo Palacio, que van desde reseñas, opiniones, análisis generales a su obra, polémicas suscitadas y textos inéditos, transcribiremos ahora una de las dos reseñas que dos importantes escritores contemporáneos hicieron en estos últimos años sobre Palacio, el lojano que más ha dado qué hablar este año del centenario de su natalicio y desde mucho antes, como todo grande. Hoy mostraremos el texto del argentino César Aira (Coronel Pringles, 1949).

Aira es dueño de una obra muy prolífica -más de 30 publicadas- que abarca novela, ensayo y dramaturgia. Leonardo Valencia ha dicho de él, a propósito de la novela Las noches de Flores (Barcelona, Mondadori, 2004): "Lo fantástico de la literatura de César Aira es una noción en extremo fáctica de la realidad, como si observara bajo una lupa la monstruosidad de una mosca que, además, platica sobre su vida breve".
El presente texto está incluido en su Diccionario de autores latinoamericanos (Buenos Aires, Emecé, Ana. Korn Editores, 2001).
Vale mencionar un agradecimiento especial a Patricio Burbano, ecuatoriano, amigo y lector de este blog, que vive en Buenos Aires, por facilitarnos este material.


César Aira, aclamado por la crítica española fue entrevistado una vez por sus lectores en El País

Pablo Palacio
Por César Aira

Nació en Loja en 1906; fue hijo natural. Se graduó de abogado en 1935, fue profesor universitario de Filosofía (en 1934 publicó una traducción anotada de los fragmentos de Heráclito), decano de la Facultad de Filosofía y Letras, funcionario del área educativa, secretario de la Asamblea Constituyente de 1938, afiliado al Partido Socialista y fundador de una revista política, Cartel. Su obra literaria, reducida en cantidad y editada en tiradas muy reducidas, tuvo escasa resonancia en su momento, que en el Ecuador presenciaba el triunfo del realismo social, al que Palacio opuso un desafiante subjetivismo. Enfermo de sífilis, perdió progresivamente la razón (lo que significó una conveniente explicación para su obra peculiarísima) y después de casi diez años de internación se quitó la vida en Guayaquil en 1946.

En 1926 apareció su primer libro, Comedia inmortal. En 1927, dos extrañas obras maestras: Un hombre muerto a puntapiés, cuentos, y unos meses después una novela breve, Débora. El primero es un volumen de diez cuentos que exponen casos de homosexualidad, antropofagia, adulterio, brujería, teratología, etcétera. Aunque todavía bastante convencional respecto a su obra posterior, está lejos de ser un catálogo mecánico de monstruos; por lo pronto, pone en escena acumulaciones de cuño propio, como en “La doble y única mujer”, cuyas protagonistas, unas siamesas espantosas, además tienen cáncer, “doble y único” como ellas mismas. Más curiosa es la génesis lingüística que emplea: en “Luz lateral”, un hombre se separa de su esposa por la desagradable costumbre de ésta de intercalar la palabra ¡claro! En todo lo que dice; el día que se marcha de su casa, después de darle un puñetazo a la mujer, exasperado por el último ¡claro!, se encuentra con una ramera y se va a vivir con ella, tras asegurarse de que nunca emplea la fatídica palabra; no tarda en morir de sífilis, pues la ramera le transmite el treponema pálido; el cuento va de la claridad a la palidez, encabalgado en el sentido segundo de ambas palabras.

En la novelita Débora, un personaje ocioso, el Teniente, vaga por una ciudad con indefinidos planes de seducción; reina una suerte de inconexa abyección tediosa; el Teniente espera una sorpresa que ponga en marcha el relato, pero la sorpresa no se produce y la novela se limita a comenzar indefinidamente: es La Nàusea escrita por Macedonio Fernández.

Cinco años después, en 1932, apareció otra breve novela, más extraordinaria que la anterior, Vida del ahorcado, con el subtítulo programático de “novela subjetiva”. Es la puesta en escena, fragmentada y quebrada según ritmos que sólo obedecen a la escritura, de una situación truculenta, que en el plano objetivo sería la siguiente: un reo, condenado por el asesinato de su mujer, o de su hijo, o de ambos, se ahorca en su celda; pero como la novela es “subjetiva”, tanto el crimen como el juicio y la condena suceden en la cabeza del narrador, que cuelga ahorcado todo el tiempo circular del relato.

Contemporáneo de los muy leídos narradores indigenistas y socialistas ecuatorianos, Palacio fue una figura marginal, pero no autoexcluida del realismo, del que tenía una concepción particular: “Yo entiendo que hay dos literaturas que siguen el criterio materialístico: una de lucha, de combate, y otra que puede ser simplemente expositiva…De este punto de vista, vivimos en momento de crisis, en momento decadentista, que debe ser expuesto a secas, sin comentario. Dos actitudes, pues, existen para mi en el escritor: la del encauzador y reformador…y la del expositor simplemente, y este punto de vista es el que me corresponde: el descrédito de las realidades presentes…invitar al asco de nuestra verdad actual”.

En 1964, promovidas por Jorge Enrique Adoum, se publicaron las Obras Completas de Pablo Palacio. Hoy, después de un largo elipse, es uno de los autores más respetados y estudiados en el Ecuador.

domingo, diciembre 17, 2006

Pedro Gil o una mirada desde lo marginal

(Manta, 1971) Ha publicado Paren la guerra que yo no juego, Delirium Tremens, Con unas arrugas en la sangre, He llevado una vida feliz y Sano juicio. La poesía de Pedro Gil es una de las más sólidas de los últimos años en el Ecuador. Tiene una fuerza y vitalidad muy pocas veces vista y sentida dentro de nuestra literatura.


MADRE

Madre: ¿crees que les gustará mi canción?,
¿crees que tratarán de romperme las pelotas?

PINK FLOYD


Madre:
guárdame en la refrigeradora
el cariño y la leche.
Madre: no me mandes nada,
suficiente tengo
con mis rayos de sol
y de risas.
Madre:
deja de engreír a Dios
con tus rezos.
Madre:
No temas si eres miserable.
Somos los llamados a entrar
al reino de los mártires.
y los mártires son personas respetables.

Madre:
Vi una señora puro hueso
y pura pena
retirando a un pequeño de la guardería
y creí que éramos tú y yo.

(¿Me hiciste con ganas, madre?)

Madre:
vine a cantar
y estoy perdido en la ciudad
entre los artistas del descontento.

Nada más.
Besitos de tu hijo amado.
Cuando sea famoso, hablaré de ti,
hablaré.




ENTRE MARX Y UN CIGARRILLO DE MARIHUANA

Los hombres
están cambiándose de lengua
de peinado de sexo,
con la ayuda de unos versos,
la ciudad se vuelve anciana
y a los muertos les crece el pelo.

No fue la marihuana,
Fueron una cruz y unos clavos
que me suspendieron. En el aire.

Por la noche las empleaditas
se tocan sus senos verdes
la cocinera aspira llegar limpia
al matrimonio. El tartamudo
ya duda de la virginidad de su abuelita.

Mi tierra está frente al mar
de nada sirve eso
la ciencia acosa a un ángel jipi
una metralla le dispara a un guerrillero
para disimular la virgen maría se maquilla
¿qué tanto me miras barbudo feo?

Mi tierra está frente al mar
y ni un pez juega conmigo mientras tanto
los chanchos se volvieron reaccionarios
niegan
que la tortuga sea más veloz que la bala.



INTIMIDADES DE UN RETRETE

La diarrea cerebral
te empuja al retreta.

Sódidas aflicciones
se hunden
en remolinos de alivio.

Cartas de abandonadas
apestan a profundidades.
Una taza higiénica
conoce de actores porno
decapitando criaturas

(y otras historias
que no desearías leer,
amigo).

Toda estreñida urbanidad
se va
con mojones
surgidos de estómagos
de vidrio.

Condones rotos
demuestran
que los hijos no deseados
sí existen.

Es digestivo saber
que hay un lugar
donde puedes aflojar
tus secretos

¡Ahhhhhhhhh!




SOLITARIO EN GUAYAQUIL

Solitario. Sin voluntad
para llorar en brazos del amigo.
Mejor es llorar sobre los postes o los hombros míos.
En la penumbra
se puede hacer esto y mucho más,
como encender el corazón
para escuchar las noticias interiores
o imaginar el primer orgasmo
de mi hija
o vomitar los bostezos del trabajo.
Solitario. La desolación
me tiene flaco.
Es una intrusa postrada en la cama
y en el cansancio,
es una bailarina agitando la mano.
Solitario. Apestoso a sombras
y las malas noches.
Si drogarme me hubiera dado olvido
y no penurias
a esta hora no estuviera con Dios y la Muerte.
Si no hubiera subido el precio
de las borracheras
a esta hora no estuviera junto a los chulos
esperando al peligro
y las estrellas.
Idéntico a un político sin pueblo,
a un cantante sin público,
idéntico a un santo sin caridad,
a un cabaret sin bebedores,
a un charlatán sin saliva,
a un idiota sin sonrisa,
a un ladrón sin robo,
solitario.
Entiendan señores,
esta soledad lo vuelve a uno suspicaz,
entenado de la cólera,
un hijo de perra.
Si yo también viajo en bus
a la perdición,
si subo en ascensor al cielo,
al asombro,
si igual me cansan las responsabilidades,
¿para qué hacerme el gil,
si todos tenemos mal aliento?
Solitario en Guayaquil.
Para que Dios ni la Muerte
me delaten,
lloro sobre mis hombros.

lunes, diciembre 11, 2006

Palomita Blanca y Tormenta de mierda

A propósito de la reciente muerte del ex dictador chileno Augusto Pinochet, es interesante que tanto en la realidad como en la ficción, él fue igual de polémico. Sino pregúntenle a Sebastián Urrutia Lacroix, alias cura Ibacache, personaje que Roberto Bolaño creó como protagonista de su Nocturno de Chile (Anagrama, 2000). En dicha novela, el cura Ibacache (miembro del Opus Dei, poeta frustrado y aprendiz del crítico Farewell, hombre que hasta en su madurez no deja de hacerle propuestas sexuales), impartió a los integrantes de la Junta Militar de 1973, destacándose un alumno, Augusto Pinochet, quien se jactaba ante el profesor de haber escrito tres libros por sí mismo, y de leer habitualmente textos de teoría política, historia e incluso obras literarias como Palomita Blanca, "una novela de talante francamente juvenil, pero yo la leí porque no desdeño estar al día y me gustó".

Mientras el hijo menor del dictador aseguró que con el tiempo su padre va a ocupar "el sitial que merece en la historia de Chile" y pidió que por respeto a su familia no vaya nadie del Gobierno a las exequias (bajo la dictadura de Pinochet, unas 3.000 personas murieron o fueron "desaparecidas" y otras 28.000 sufrieron torturas, incluida la presidenta chilena, Michelle Bachelet, quien decidió no decretar duelo nacional ni funerales de Estado), Santiago Cavieres, un abogado de 75 años, un sobreviviente de los torturados, dijo con contudencia: "Voy a celebrar con toda mi familia la muerte del tirano. Además tengo una botella de caña de Brasil guardada hace 25 años para celebrar esta fecha"

Sería interesante conocer la opinón de Bolaño si viviera ahora, sin embargo nos quedamos con las palabras con las que él definió a Nocturno de Chile: "Es una novela con sentido del humor. Al menos cuando la escribía me reía como loco. Incluso en los momentos más terribles de la novela hay sentido del humor, del ridículo, entendido a la manera chilena, es decir, ridículo espantoso"

Un ridículo espantoso que por poco hace que, de no ser por Juan Villoro y su editor Jorge Herralde, cambie el título de esta obra por "Tormenta de mierda".


M.A.Ch.

viernes, diciembre 08, 2006

Tres poetas ecuatorianos del s.XXI

Por Augusto Rodríguez

Para esta ocasión he reunido a tres jóvenes poetas de nuestro país. Los poemas aquí seleccionados fueron escogidos de sus últimos libros. El primer autor se llama Diego Cazar proviene de Quito y es uno de los miembros más destacados del grupo artístico Locomotrova. Su obra generalmente gira en torno a la música y desde ahí parte para recrear el mundo silencioso y bullicioso que está a su alrededor. El segundo poeta se llama Alexis Cuzme, nació en Manta, sus pasiones principales aparte de la literatura, son la música metal y el cine, por eso no es raro que en su poesía aparezcan personajes del cine mundial. Y el tercer bardo se llama Javier Cevallos, nació en Quito, es ex integrante del recordado grupo literario quiteño Ourovourus. Su gran amor es el teatro. En definitiva, los tres poetas aquí mencionados son autores que vale la pena seguir sus rastros y conocerlos porque estoy seguro que estamos ante tres valiosos jóvenes poetas ecuatorianos del siglo XXI que todavía está en ciernes.


DIEGO CAZAR (Quito)

(Quito, 1977) Autor de los poemarios Más Caras tras Máscaras (2002) y Telarañas las pupilas (2005). Miembro del colectivo artístico Locomotrova. Acaba de publicar en el año 2006 el libro Caleidoscopio.

para escribir en un poema la vida,
me excuso ante mis muertos
-que de todos son los vivos-
les suplico a sus hálitos,
a las psicofonías heredadas,
que me enrumben y me enviuden
de tumba en tumba,
por la guadúa guadañera que me guarda.

les ofrezco disculpas,
para qué mirar hacia atrás;
inclino su jolgorio,
derramo su plasma sobre mi rostro,
imploro.

que no me encuentren, entonces, los huaqueros
para que me profane sólo mi amada,
alma felina,
y me ame el aire que escondí
con su aire estelar desnudo,
como cuando nos vimos galaxias.

yo le escribiré mis nombres en sus senos,
y con los lápices de mi esqueleto,
la muerte,
para que el beso febril
al fin sea nuestra adenda.

así es como se hizo el universo.

después,
recuerdo cuando moriré
y me sosiego en el orgasmo único,
onanista,
muy a pesar de mí,
hasta que entiendo al uno que éramos mañana.

comprendo los parlamentos de cada instinto,
de cada víscera,
de toda fugacidad,
del big bang genital al que confié mi ser
a costa de ser insurrecto,
porque adoré las ventanas esféricas
debajo de pestañas
y los tejados naturales
sueltos al viento
y las columnas de muslos jugueteados
y la puerta de madera boscosa
húmeda, tropical
y el sagrario sensible-carne viva
y el atrio sudoroso de dos manos
y la redonda sacristía detrás
con su división insinuada,
y las copas atadas, de cabeza, a un pezón
-dos-
y las campanas de cada mareo
y la hostia profana de la boca
y el altar en donde adoré
cada clímax pretérito
mientras sentía morirme.

¡cuánto adoré morir!


me pongo a mirar a los hombres andar
sobre sus pies de plomo,
contemplo la baba que dejan sus pasos
y huelo aromáticos humazos
cuando vislumbro los trazos de cada trayecto.

hay uno que es circuito y se humedece,
una caterva besuquea lo que queda de aire
y levitan revesados sus pajarracos cabellos.

otro tanto escandaliza mi tumbado
con la marcha de gamonales con que se dan de comer.

pudiera relatar tantas veces aquel cuadro,
alterar a mi antojo sus pseudocolores
y las direcciones hacia las cuales no van,
callarles la levedad...

me siento sobre una tiniebla a mirarles
sin intención de desmentir sus asuntos,
sin desmerecer sus empresas,
solo fumo y miro.


escribo en esperanto las palabras prescindidas
y las digo en murmullos
cuando las mujeres se desgranan la tersura
y se impregnan en cada aro de mis bocanadas;
ya están solas con su sequía,
aunque crean perseguir el retiro
al soltar sobre el tablero mil y una glándulas,
y creo que no hay máscaras más fastuosas que ellas,
suicidas.

saben tanto que prefieren olvidar.

las costras de casimir
son avalanchas sobre la imaginería,
horcas las corbatas que ironizan la sensibilidad del nudo.

los miro desde el subterfugio de mi propio sacrificio
para evadirme,
me miro pasar desapercibido,
fumo y participo del contrargumento con mi nube.

con el paso de las horas,
trocamos luz,
yo piso sus pies,
agachado para ver;
estoy cara o cruz,
pero no tengo guarismo;
no me comprendo binario.

el movimiento viste sombreros de toquilla
para simular a la brisa,
para bailar sin compás,
entonces los miro en su orden
y hablo con voz clara de elipsis.

es hora de cantar,
hay que ungir el aljibe del roído ser con miel,
hay que sembrarse jengibre en las tetillas
y darse a los poros,
amigarse con el vértigo.

ya no hay qué mirar allá abajo,
este abajo basta en el canto
como basta el miedo domesticado,
compañero;
hay que sacar la voz y esperar que se siente,
que fume
y que se mire salir.


ALEXIS CUZME (Manta)

(Manta, 1980) Periodista cultural. Director de la revista rockera – metalera Marfuz. Ha publicado los poemarios: Desconsuelo (2001) y Complot ante el silencio (2003). Acaba de publicar el poemario Club de los premuertos en el año 2006.


PODEMOS MENTIRLE AL PLACER

Sigilosamente
la tarde arrebata desencantos.

Creer en tu sexo,
en su frescura,
sonoridad,
es común y agotador.

Zozobra el artificio,
pero podemos mentirle al placer.


Amor,
tus glúteos encierran otra forma de vitalidad.


CLUB DE LOS PREMUERTOS

Frente al club de los premuertos
avanzo,
mi último pasillo,
contemplo las luces
como Al Pacino y Sean Penn.

Me desconecto:
yo no seré tú
y tú no serás yo,
rompo el nexo de la carne.

Pequeña, llorarás.
Todo principio suele ser así,
revivirás las fotografías,
absorberás el escaso aroma de mis camisetas,
releerás las cartas en que mentí para acercarte,
contemplarás hasta agotar
las colillas vetustas bajo la cama,
mis medias y botines jubilados,
los últimos preservativos consumidos,
mis discos gastados de ritmo
y palabras descompuestas en dolor,
el retrete donde paré el tiempo y la mierda
para crear quimeras sin olor ni forma.

Pequeña, llorarás,
sobre la cama en que degustamos nuestros sexos
y degollamos la idea de familia
(sobre todo yo,
responsable no era un complemento que encajara en mí)

Mientras avanzo:
pasillo sin regreso,
pálido tumulto giratorio.

Restaré 21 gramos, quizás más,
para apoyar tu creencia almamito.
Tú y tu dios travestirán mi idea tras la ida.

Pequeña, llorarás,
pero cierra la puerta
no me resfriaré con tus lágrimas.


Javier Cevallos (Quito)

(Quito, 1976) Ha publicado La ciudad que se devoró a sí misma (2001). Consta en la antología de poesía joven ecuatoriana Ciudad en verso (2002). Publicó a fines del 2005 su segundo poemario llamado C.


Ofelia

En mi ausencia cifro la venganza.

Mientras me abandono a la corriente
se llora en los pasillos y arcadas.

Mi lengua, amordazada en nenúfares
y mi boca, sellada por el lodo,
van dejando un rastro en las orillas.

Soy el cuerpo que ha sido desechado,
la forma amada que se desvanece,
el nombre que no será nombrado.

Es mi llanto el que acrecienta el caudal:
se pierde más en el infortunio que en la muerte.

Decido que he amado

Asumo para mí
la locura del viajero:
conozco el puerto
mas ignoro el itinerario.

La venganza se repliega en la mano.

El caballo bravío
y el liquen espumante.

El gesto excede al limo.
Bajo el pantano, el placer del exceso,
el efluvio delirante de la putrefacción.

Me confundo con los gritos,
borro las huellas que dejé atrás,
me sumerjo en el lodazal.

Cómplice
La mirada se hace necesaria
empapando el vestido.

Estoy aquí porque así lo quise;
mi rostro, mis pechos serán bellos
en tanto las rocas no los golpeen.

Los ojos se deleitan en mi piel moribunda,
cada tarde mutilada,
cada miembro desatado,
piedra a piedra,
olvido y ausencia,
sueño del abandono.

¿Quién abandona al otro?
¿Yo, empapada de venganza,
una con el lecho del río?
¿Tú, cuya prisión es nostalgia
y tu condena, el olvido?

El cauce bebe mi abandono.

Arrastro los secretos de la hiedra,
el susurro del pedernal sonoro,
el agua que conquistará la piedra
y las marcas en el árbol absorto.

Tras de mí, la agonía aumenta,
el solitario se sabe más solo.

La venganza ha sido consumada.

Ha tomado forma
en silencio escindido
y conjetura dolorosa.

Se establece la sospecha:
el sexo se encabrita apasionado.

En los labios, la mentira,
la división y el miedo.
Habito el infierno construido,
anhelado,
el borde del gemido y la piel.

Llevo el cuerpo coronado de espinas:
delirio de acero,
deseo cercado por la indiferencia.
Encierro al dolor,
lo doblego como a ganado nuevo,
permito
tan solo
que contemple las orillas

lejanas

inalcanzables.

Bajo la lengua guardo el rescoldo,
aquello que, alguna vez, incendió las palabras.

Cuando sea una con el silencio,
iré de regreso al hogar.

martes, diciembre 05, 2006

Edwin Madrid y Aleyda Quevedo llegan a Guayaquil

Es raro encontrar dos personas unidas por las mismas pasiones: el amor y la poesía. Bueno, ese es el caso de Edwin Madrid y Aleyda Quevedo; pero ambos poseen un estilo único, diferente y revelador.

Hoy, ellos presentan en el Centro Ecuatoriano Norteamericano (CEN) sus últimos libros de poemas. Aleyda presenta el poemario Soy mi cuerpo y Edwin nos presentará La búsqueda incesante. La cita es en Urdaneta y Córdova a las 19:00, en el Auditorio del CEN.




Sobre los autores

Aleyda Quevedo Rojas nació en Quito, en el año 1972. Es también periodista. Ha publicado los libros de poesía Cambio en los climas del corazón (1989), La actitud del fuego (1994, Lima, Perú), Algunas rosas verdes (1996), Espacio vacío (2001), Música oscura (2004, Cuadernos de Caridemo, Almería, Junta de Andalucía-España).

En el año 1996 su libro Algunas rosas verdes, recibió el Premio Nacional de Poesía “Jorge Carrera Andrade”. Ha representado al Ecuador en distintos encuentros internacionales de Poesía en Argentina, México, España, Colombia, Chile y Perú. Textos suyos han sido traducidos al inglés y han sido publicados en diferentes revistas norteamericanas. Sus textos también han aparecido en diversas publicaciones de todo el continente y en varias antologías locales y extranjeras.


Edwin Madrid nació en Quito, en el año 1961. Es considerado por la crítica nacional e internacional como una de las voces más singulares de la poesía hispanoamericana. Premio Casa de América de Poesía, España, 2004. Lleva publicados nueve libros de poesía entre los que se cuentan Mordiendo el frío (2004), Puertas abiertas (2000), Tambor sagrado y otros poemas (1996), Tentación del otro (1995), Caballos e iguanas (1993), Celebriedad (1990), ¡Oh! Muerte de pequeños senos de oro (1987). Ha sido traducido al inglés y al árabe. Dirigió la colección de poesía Ediciones de la línea imaginaria. En este año 2006 acaba de salir su último libro, que es una pequeña pero bella selección de toda su poesía llamada La búsqueda incesante, publicada en Monterrey, México.

viernes, diciembre 01, 2006

Un texto olvidado de Pablo Palacio

Por Jorge Osinaga

Pablo Palacio (1906-1947) es de esos escritores que siempre nos da una sorpresa, tanto al leerlo como al investigar su obra; y justo ahora que se recuerda el centenario de su nacimiento, vuelve a hacerlo.

El crítico literario Humberto Robles acaba de presentar una nueva edición de su obra ensayística titulada La noción de vanguardia en el Ecuador: Recepción y trayectoria (1918-1934). Revisando en internet, me topé con un artículo bajo el mismo título, publicado por la FLACSO y tomado del libro Crítica literaria ecuatoriana, compilado por Gabriela Pólit (FLACSO, Quito, 2001) . En él, Robles incluye como apéndice un relato poco conocido de Palacio, titulado Novela guillotinada.


Seguro es que el artículo corresponde a un resumen de la edición de 1984 del libro de Robles. En dicho escrito, Robles señala que "en los últimos veinte años el rescate de la obra de Pablo Palacio (1906-1947) ha sido constante. Tan sólo en el Ecuador se han publicado tres ediciones de sus así llamadas Obras completas: Casa de la Cultura Ecuatoriana (Quito, 1964; Guayaquil, 1976); Editorial El Conejo/Oveja Negra (Quito–Bogotá, 1986) (...) En Chile, Ecuador, México, ¿Cuba? y Venezuela también se han editado obras escogidas de Palacio. En ninguno de todos esos volúmenes, sin embargo, se incluye el relato Novela guillotinada..."

Al artículo de Robles habría que agregar que este relato de Palacio también fue publicado en la última edición de sus Obras completas llevado a cabo por Ma. del Carmen Fernández y bajo el sello de la Universidad Andina Simón Bolívar, en el presente año.

Lo interesante es que este texto de Palacio apareció en distintas revistas. Robles indica que el mismo fue publicado en Revista de Avance (La Habana, Nº 1, septiembre 11, 1927, p. 286); en Savia (Guayaquil, Nº 36, diciembre 10, 1927, s.p.) y, finalmente, como texto "inédito" en el periódico El Espectador (Guayaquil, noviembre 18, 1930, p. 6) y que el número de veces que Palacio lo publicó "sugiere el aprecio que él tuvo por el mismo".

Otra sorpresa

Pero las sorpresas continúan. Revisando el número 4 de revista Anaconda y a propósito del centenario de nacimiento del autor, encuentro la publicación de una versión distinta del mismo cuento.

Fernando Albán, en la introducción que precede al cuento publicado por Anaconda, nos señala que llegó a sus manos un ejemplar original de la novela Débora (Kanela, Quito, 1927). La sorpresa: encontró pegado en las últimas páginas del libro un recorte que Albán deduce puede corresponder a un periódico quiteño e, incluso, a una versión posterior y ampliamente modificada del relato publicado en las revistas y el periódico antes mencionados, pero esta vez bajo el título Guillotina.

Pongo a disposición de ustedes ambas versiones. La primera, Novela guillotinada, correspondiente a Revista de Avance, Savia y El Espectador; y la segunda, Guillotina, publicada por revista Anaconda:




"Novela guillotinada"
Por Pablo Palacio



Ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía.
«¡Pare! ¡Pare!»
Escribe números, tiene mujer e hijos, se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula el engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia fuera.
Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a siete pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.
Pondré:
«Tocado con elegante sombrero de felpa»
y
«Hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordeada de copudos árboles, desemboca en la Plaza Mayor»
Burilaré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes narrativas;
«Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos».
«La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios»
«Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV»
«El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura»
«Tenía un perro y una perra»
«Se sirvieron apetitosas truchas».
«No faltó el caviar ruso»,
«Vino el espumoso champagne»
«Cerró los ojos... »
Se venderá a siete pesetas.
Hombre devorado por el día sincrónico, amamantado por el gregarismo, te sacaré de los pelos una novela larga, sobre la que cenarán los editores.
«Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los niños en la sala de visitas»
«Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras. Se han puesto en un estado que no se sabe quiénes son los amos»
«Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año!»
«La semana del lunes, si Dios nos da vida, me voy donde el ministro para ver qué ha sido del empleo»
Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma, para robarle sus reacciones interiores.
Pero, para que un tendero limpia su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
tan!,
un tiro le raja la cabeza.
He aquí la novela guillotinada. Un curioso profundizará su ojo con el microscopio para buscar en los muñones que deja el cortafrío –las cristalizaciones romboidales.
Oiga, joven, no se haga soldado.




"Guillotina"
Por Pablo Palacio



Tengo un lápiz morado para ponerle barbas al Rey de Oros.
Caí en las galeras del amor, y Guillotina pudo ser así:
"Vida subyacente para los recuerdos y para los besos que están suspendidos dentro de nosotros. Los adoraremos y les haremos una hornacina de humo perfumado. Vida subyacente para denunciarnos de improviso y desenmascaranos de la risa y de las alegrías: lágrimas que están a la vuelta del hombre que ha reído. Para revelarnos en nuestra intimidad acogedora: siempre habrá alguien que quiera estar de pie ante la válvula de escape de nuestras ternezas. Vida subyacente para esos labios apretados que sabían abrirse antes de ahora: ya no me dan su jugo dulce de fruta madura, pero siempre saben ser buenos para mis deseos y algo que se reservan y se han reservado está fresco para mí, anunciándome que siempre será tiempo para embriagarme o para hacerme temblar las manos que no saben qué hacer en la estrechez de la hora solitaria que tiene a la orilla una amenaza indiscreta. Quisiera que me ponga los brazos al cuello y, si está de pie, que se levante la pequeña falda por las corvas; pero no quiere denunciarse y en este forzamiento de actitudes, la cara echada atrás y mi cuerpo buscándola, veo cómo le nacen manos por todas partes para ponerlas ante la boca: mas, apenas visillos para escuchar tras ellos y esperar, semidefinida. Me echa el aliento a la cara y si rechazo aquella mano, palma a mis labios, surge otra tras ella, y otra, y otra. Después he creído que se trataba de un maquinismo incidental, seguido por empezado. ¡Hora solitaria que tiene una amenaza indiscreta a la orilla!"

Pero prefiero ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas.
Sigue la fuga del tranvía.
«¡Pare! ¡Pare!»
Escribe números, tiene mujer e hijos.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos.
Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia fuera.
Haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando, estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a siete pesetas.

Tocado con elegante sombrero de felpa.
Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos.
La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios.
Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV.
El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura.
Tenía un perro y una perra.
Se sirvieron apetitosas truchas.
No faltó el caviar ruso.
Vino el espumoso champagne.
Cerró los ojos.
Se venderá a siete pesetas.
Hombre devorado por todos los días, te sacaré de los pelos una novela larga.
Calvo y viejo, sabe el precio de la percalina, y evita a todo trance que se zurren los chicos EN LA SALA DE VISITAS.

Ay, Dios mío, ya no hay vida con las cocineras.
Con este tiempo que llevamos, lo que tendremos que comer el otro año.
La semana del lunes, si Dios nos da vida, me voy donde el ministro.

Ya está encontrado el hombre y lo acecho como un fantasma para robarle sus reacciones interiores.
Tengo un lápiz...

¡Ay!, para, que un tendero compone su escopeta tras la puerta de la esquina.
Mi hombre pasa y
¡tan!
un tiro le raja la cabeza.

Oiga, joven, no se haga soldado: hay una guillotina en cada esquina.

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Estas son entonces las dos versiones. Personalmente me quedo con la primera. La pregunta para ustedes es: ¿con cuál se quedan?