A propósito del centésimo aniversario del nacimiento del escritor ecuatoriano Pablo Palacio, Buseta de Papel considera esclarecedor este polémico e importante estudio publicado por el sociólogo y crítico literario ecuatoriano Agustín Cueva, en su libro “Literatura y conciencia histórica en América Latina” (Editorial Planeta del Ecuador, 1993), donde se aborda la obra del escritor lojano.
1. Una nota más destemplada de lo que se suponía
En 1978, Antonio Cornejo Polar me solicitó escribir para la Revista de crítica literaria latinoamericana, cuyo director es, un artículo sobre cualquier tópico de la literatura indigenista del Ecuador. Resultado de ello fue mi ensayo En pos de la historicidad perdida (Contribución al debate sobre la literatura indigenista del Ecuador)[1], que, como bien lo ha comprendido y dicho Manuel Corrales, busca una explicación más amplia del “fenómeno poético, como un elemento y como una eclosión del fenómeno social”[2], uno de cuyos ingredientes medulares es la dimensión indo-mestiza.
En el contexto de esta reflexión, y más a manera de contrapunteo que otra cosa (porque algunos colegas me tenían harto con la cantinela de que el genio era Palacio mientras Icaza no pasaba de ser un palurdo), me decidí a formular el siguiente comentario:
“Pablo Palacio (1906-1947), por ejemplo, el ‘antirrealista’ al que algunos compatriotas reivindican actualmente como símbolo alternativo de aquella época, me parece –con todo el respeto que merecen las opiniones ajenas– un escritor menor, en muchos sentidos interesante, pero de segunda línea”. Y como nota de pie de página añadí: “Lo digo sin el menor prejuicio contra la obra de Palacio y con el exclusivo objeto de restablecer ciertas proporciones. Recuérdese, por lo demás, que el único libro de este autor editado fuera de nuestro país[3] va precedido de un elogioso prólogo mío: Un hombre muerto a puntapiés y Débora, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1971”[4].
Han pasado trece años desde que cometí el ex abrupto, y el tiempo pareciera haberme dado con creces la razón; pero aún así no se me ha perdonado el “desaguisado”. María del Carmen Fernández, con obvia influencia de ciertas “voces” locales (no creo que a nadie le importe un comino el asunto fuera del Ecuador), afirma que:
“En este ambiente de revalorización de la narrativa de Palacio, no puede menos que resultar chocante que un intelectual como Agustín Cueva, que había sabido percibir tan atinadamente ciertos aspectos de su obra (de la de Palacio, A.C.), escribiera en 1978”[5] lo que escribió.
¿Así que resulta “chocante” salirse del redil? ¿Cuáles son los autores a los que estoy autorizado a criticar y a quienes no? ¡Basta una veintena de líneas lapidarias mías para moverle el piso a un sector de la intelligentsia local hasta el día de hoy? En verdad mi propósito era más coyuntural, lo cual no me ha impedido divertirme al descubrir que existen lo que podríamos llamar “carambolas de larga duración”.
2. Articulando una explicación
Durante el Segundo Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana realizado en la ciudad de Cuenca, en noviembre de 1980, el infatigable Carlos Calderón Chico no podía dejar de abordarme sobre el asunto Palacio, y fue directamente al grano:
“En 1978 dijiste que Palacio era algo así como un escritor secundario, aunque advertías también que esta afirmación podría traer algunas reacciones especialmente de aquellos que valoran la obra de Palacio; además no debemos olvidarlo Agustín que fuiste tú quien con un elogioso prólogo auspició la publicación de la obra de Palacio en Chile. ¿Cuál es tu opinión, cómo explicas esta variedad?”
A lo cual respondí, en lo medular, en lo siguiente:
“...quisiera aclarar que cuando algunas personas se han imaginado que cuando yo digo que Palacio es un escritor muy importante, pero que no es de primera fila, que por favor no se imaginen que yo estoy juzgando desde un punto de vista realista, lo hago simplemente como una persona que lee literatura y que se da cuenta que ya ubicado al lado de Joyce, evidentemente Palacio no es eso, y que ubicado al lado de Proust tampoco es eso, que al lado de Dos Passos no es de la misma altura, y que al lado de Faulkner no es de la misma altura; entonces yo digo que hay que tener conciencia de esto, porque si no se corre el riesgo de hacer el ridículo”[6].
Para Cueva, Palacio sí era un buen escritor, pero en su medio, el ecuatoriano.
Más adelante, Cueva señala que Pablo Palacio perteneció al crepúsculo,
"tercer círculo" u ocaso de los escritores de vanguardia
de la década del 20 en América Latina.
Pienso, en 1992, que mi punto de vista está muy claro. En vez de los nombres citados hubiera podido mencionar a Borges, Carpentier, Lezama Lima, Cortázar o García Márquez, y mi razonamiento en nada hubiera cambiado. Además, creo que los años desde entonces transcurridos no han hecho más que darme la razón, y de una manera más contundente y desoladora de lo que me hubiera imaginado en 1978. ¿O hay quien se imagina que en la década de los ochenta la obra de Palacio ha tenido un éxito fulgurante a nivel latinoamericano?
3. Paréntesis con folklore local
Hay de todo en la viña del señor. Interrogado sobre lo que piensa de mis opiniones polémicas sobre Palacio, don Ángel Felicísimo Rojas responde que él se explica eso porque “Cueva es un fanático político de la extrema izquierda, ya que de otra manera no concibo cómo un hombre de mentalidad tan clara, aunque dogmática, trate de minimizar la figura de Pablo... Hay que juzgarlo en función de su época; el medio en el cual él escribió no es un medio como el del irlandés Joyce, ni como el del norteamericano Faulkner, ni como el del checo-alemán Kafka; pero evidentemente para nosotros, para nuestro medio, más bien hostil a la literatura, Pablo Palacio es una gran y extraordinaria figura”[7].
Eso mismo traté de decir doctor Rojas: que para nuestro medio, Palacio es un gran escritor, pero que en otras escalas obviamente no lo es. ¡Cualquier editor extranjero se da cuenta de eso!
Y en cuanto a que mis opiniones vertidas aquella vez obedecen a mi “extremismo de izquierda”, eso raya ya en lo pintoresco, y no porque yo profese tal o cual creencia política, sino porque resulta peregrino imaginarse una extrema izquierda proustiana, joyceana o similar. Además de que Palacio era socialista y ni él mismo magnificó jamás su debate con Gallegos Lara. Por mi parte, no oculto mi simpatía por el primero en el prólogo de la edición chilena de Palacio.
4. Otro “aporte nacional”: la escuela crítica del “realismo abierto”
Al consultar algunos comentarios aparecidos con motivo de la publicación del libro de María del Carmen Fernández, descubrí la siguiente aseveración:
“Es válido señalar, por otra parte, que la confrontación entre realismo abierto y realismo social subsiste, y que hay quienes, orinándose fuera de la olla (sic), intentan mantenerla en vigencia, entre estos Agustín Cueva...”[8].
El aserto de Donoso no dejó de asombrarme por su “vigoroso” estilo (además del contenido, claro está), aunque con anterioridad él ya me había acusado de nefandas desviaciones que irían desde el “paternalismo” hacia los jóvenes escritores hasta el regionalismo, pasando por el “quiteñocentrismo” y el “generacionalismo”[9]. ¡Demasiados pecados para un solo diablo!
Cueva acusa a Donoso de engañar a los lectores
al inventarse "reconocimientos" a la obra de Palacio,
por calificarlo de "iniciador e innovador" y de incluirlo
entre los creadores de la década del 30 cuando en realidad
su obra pertenece a las vanguardias de los 20.
Pero parece que ese estilo “hard” no es sólo contra mí. He podido enterarme, a través de una carta pública de Raúl Pérez a Donoso, que, cuando un periodista peruano le solicitó a este último mayores argumentos sobre por qué le parecía tan mala la narrativa de Pérez, Donoso respondió, usando como ejemplo Teoría del desencanto, lo siguiente:
“... unos revolucionarios van a tomar una Embajada y entonces los revolucionarios al ver a los policías dicen ‘pare’, ‘pare’ y salen corriendo. Eso es una estupidez, falta incluso el sentido común, porque a cualquiera se le ocurre que si yo llego en un taxi le digo al taxista ‘siga’, ¿no?, y no voy a bajar para que me capturen, se necesita ser un huevón también y de eso está cargada la novela, entonces eso no es un escritor, ese escritor no existe”.
A lo que Raúl Pérez añade, en la misma carta:
“Finalmente el entrevistador, sorprendido por tu chabacanería y burda criticidad (se refiere obviamente a la de Donoso) te hace la siguiente pregunta: ‘Seguramente allí tenga usted razón, pero parecería que hay algo más que la anécdota a la que se refiere: ¿No estará usted objetándolo ideológicamente?’; a lo que respondes: ‘Yo estoy hablando desde un punto de vista estrictamente literario’”[10]. ¡Menos mal!
Después de lo cual sólo se me ocurre recordar que en octubre de 1987, en un programa radial en el que también participó Ulises Estrella, me permití advertir, sin mayor aceptación de mis interlocutores, que la cultura es una totalidad muy difícil de compartimentar y que, una vez que determinados sectores sociales aceptan la validez de cierto tipo de discurso “lumpenizado”, en el plano político, no hay forma de evitar que él también penetre, en mayor o menor grado, en la órbita literaria (de la “crítica”, en este caso). Los escépticos del 87 pueden disfrutar ahora de una pujante escuela bucaramista, no sé si “abierta” o “social”, de apreciación literaria; pero yo, obviamente, no tengo la menor intención de entrar a discutir si mis opiniones caen o no dentro del adminículo mencionado por Miguel Donoso.
5. Cuando se peca se paga
La “ofensa” irrogada a Palacio no podía, como es lógico quedar impune. Las “represalias” contra mí no se hicieron esperar.
En primer lugar mi nombre, como prologuista de la edición chilena, fue condenado al ostracismo. Pese a que en el ensayo de Nelson Osorio que viene en la Valoración múltiple de Casa de las Américas, por ejemplo, se menciona lo que sigue, mi prólogo fue excluido:
“En 1971, la Editorial Universitaria de Santiago de Chile incluye en su colección Letras de América, dirigida por Pedro Lastra, un volumen con el primer cuento de este libro (se refiere a Un hombre muerto a puntapiés, A.C.) y la novela Débora, con un ensayo introductorio de Agustín Cueva y una nota de Hernán Lavín Cerda en la contraportada”[11].
Antonio Cornejo Polar también menciona el hecho de la misma publicación[12] y hasta cita una pequeña frase de mi texto introductorio. Pero castigo es castigo: en las tres últimas páginas de la Valoración, entre “Otras opiniones”, casi anónimas, aparece fuera de contexto un fragmento de una entrevista mía publicada en Letras del Ecuador. Y todo ello, sin pizca de rubor.
Hubo más “represalias”. Un asesor que todo el mundo intelectual quiteño sabe quién es, consiguió que una editorial rechazara lo que después sería mi libro Lecturas y rupturas. Además, mis trabajos y tesis fueron sistemáticamente pasados por alto en el libro Los grandes de la década del 30, de Donoso, como si nada hubiera escrito yo sobre el particular, acertadamente o no.
En fin, especie de tiro de gracia: en el último fascículo de Ecuador: historia de la República, Editorial Unidad Nacional, 1990, Quito, se decreta mi muerte literaria en 1968: soy el autor de Entre la ira y la esperanza (1967), La literatura ecuatoriana (1968), Dos estudios literarios (1968) y paren de contar. Definitivamente, la vergüenza está muy mal repartida en el mundo. (Estoy seguro de que don Alfredo Pareja no tuvo tiempo de revisar los “resúmenes” de su sobrino o confió demasiado en él)[13].
6. La gran farsa
Las cosas no concluyeron ahí. Castigado el “aguafiestas” como se merecía, había que poner en marcha algo de dimensión más épica, algo que hiciera olvidar las “pequeñeces” de este mundo. Y hay que decir que Miguel Donoso no se midió. Un buen día abrí su libro Los grandes de la década del 30 y me topé con la siguiente novedad con respecto a Pablo Palacio:
“Fuera de las fronteras del Ecuador, donde se lo empezó a rescatar en los cincuenta y tantos, el primer reconocimiento internacional de su obra se debió al gobierno de la Unidad Popular de Chile, cuando la Editorial Universitaria, en su Colección Cormorán, publicó un cuento suyo –“Un hombre muerto a puntapiés” – y su novela Débora en un solo volumen”[14].
Pensé que se trataba de un error, de una confusión de fichas; pero no. El embuste aparecía ya en la Presentación de Vida del ahorcado, México, 1982, y se repetiría en la Valoración múltiple, de Casa de las Américas[15].
Obvio es decir que el Gobierno de la Unidad Popular jamás hizo reconocimiento internacional alguno a Pablo Palacio ni a su obra. Desafortunadamente tenía problemas más urgentes y graves que resolver. Además, la editorial del gobierno era Quimantú y no la Universitaria, que era autónoma; luego, quien gestionó directamente la publicación fue Hernán Lavín, que no era de la Unidad Popular sino del MIR, acompañado de Iván Egüez, quien por modestia nunca lo ha contado, pero que por obvias razones tampoco podía ser representante del Gobierno de la Unidad Popular. Todo esto, según me enteré por el citado texto de Osorio, con la venia generosa de Pedro Lastra.
Hernán Lavin (i) Agustín Cueva (c) e Iván Egüez
son los responsables de la primera edición
internacional de la obra de Pablo Palacio.
Así que, a menos que se admita que trío Lavín-Egüez-Cueva constituían el gobierno de la Unidad Popular, la afirmación de Donoso no pasa de ser un vituperable engaño al público lector, y especialmente al ecuatoriano, en general mal informado y al mismo tiempo ávido de reconocimiento internacional, en razón de la propia pequeñez geopolítica y del aislamiento del país. Es un verdadero escarnio, que nos autoriza a preguntarnos cuándo vamos a aprender a ser un poco más serios, a acabar de una vez para siempre con esos “próceres de broma y mentirijilla”, con esas “glorias hilarantes” y sus “convencionales mentiras”, que denunciara hace exactamente cuarenta años el escritor Raúl Andrade[16]. ¡Es un sainete grotesco, que además Palacio no lo necesitaba ni se lo merecía!
Me pregunto qué pensará, en su fuero interno, de todo este tinglado, Ma. del Carmen Fernández, investigadora en general prolija y acuciosa. Es demasiado sensata como para deglutir el cuento del “reconocimiento” de la Unidad Popular, y hasta debe abrigar cierto temor de que un buen día la presenten como enviada del Rey de España para estudiar la obra de Pablo Palacio con motivo del Quinto Centenario. Por eso prefiere no mencionar el “galardón”.
Para evitarse conflictos de otra laya, el prólogo de la edición chilena ni siquiera es mencionado correctamente. Se lo cita como prólogo a las Obras completas de Palacio editadas por la Casa de la Cultura de Guayaquil, del mismo modo que mi artículo “En pos de la historicidad perdida”, es incluido en Aproximaciones y distancias, cuyo autor es Fernando Tinajero y no yo.
¿Simples descuidos de la autora? Cuando le planteé personalmente el problema, no se inmutó; se limitó a decirme que así constaba en unas fichas que le habían enviado de Guayaquil.
7. ¿Realismo vs. Antirrealismo?
¿“Menosprecié” a Palacio en nombre del realismo? El asunto requiere una explicación.
Para los intelectuales ecuatorianos de generaciones anteriores a 1960, es decir que se incorporan a la vida cultural del país con antelación a dicho punto de inflexión histórica, debe resultar inverosímil, saberles casi a impostura, cuando les aseguramos que la dicotomía “realismo-antirrealismo”, o cualquier cosa que a ello se asemeje, no forma parte de nuestra experiencia vital. Pero no deben olvidar que a la fecha de la muerte de Stalin (1953) los más “viejos” de la generación del sesenta (entre los que me cuento) aún no habíamos cumplido dieciocho años, mientras los futuros forjadores del nuevo movimiento cultural no pasaban de ser unos adolescentes. El gran realismo social ecuatoriano estaba ya, por su lado, completamente de bajada.
Que se revise la colección entera de Pucuna[17]; o de la misma Indoamérica, que a pesar de presentarse como menos vanguardista publicó en su primer número una traducción del cuento “El expulsado” de Samuel Beckett; que se termine analizando la última expresión de la segunda vanguardia, que fue La bufanda del sol, y no se encontrará la menor huella de un desgarramiento entre “realismo o antirrealismo”, “realismo social” o “realismo abierto” y ni siquiera un interés especulativo sobre el particular. El punto central del debate era literatura comprometida vs. literatura no comprometida, pero eso es ya otro cantar.
Pucuna, revista del grupo Tzántzico, aparecida en Quito en 1964.
A manera de anécdota cuento que tal vez el único que tenía alguna preocupación teórica con respecto al problema del realismo social o socialista era yo, pero más por inquietudes traídas de Europa que por una experiencia latinoamericana, donde andábamos totalmente en otra frecuencia. Llegué casi a terminar un libro llamado El arte, la literatura y los marxismos, anunciado como de próxima circulación en el número 7-8 de Indoamérica (junto con Más allá de los dogmas, de Fernando Tinajero); pero cuando faltaba aproximadamente un tercio para concluirlo me di cuenta de que estaba tan fuera de foco, que era preferible entregar los originales a la “crítica roedora de las ratas”. Mi propósito original era defender una teoría marxista “heterodoxa” (joven Lukács, Sartre, Goldmann y otros miembros de aquella familia) frente a un Lukács que ya no conservaba las rigideces del período Stalin-Zhdanov, pero que aún así no me acababa de convencer: me refiero al autor de Significación actual del realismo crítico, traducido al español en 1963 (la edición alemana data de 1958).
Pero fue un libro de Roger Garaudy, que si mal no recuerdo se llamaba Pour un realisme sans rivages, que también acababa de aparecer, el que me hizo tomar conciencia de la absoluta futilidad de la tarea que había emprendido: si los mismos viejos defensores del realismo, socialista o no, habían llegado a la conclusión de que todo caía bajo la etiqueta de “realismo”, ¿para qué nos hacían perder el tiempo? ¿Para lavar sus pecados de dogmatismo y tranquilizar su propia conciencia?
8. ¿Y la “generación a la deriva”?
Sin embargo, para una parte de la generación que irrumpe en la vida literaria del Ecuador en las postrimerías de los años cuarenta y en la década de los cincuenta, y que además es de izquierda (no son muchos desde luego: Adoum, Donoso Pareja, Edmundo Ribadeneira, que además tienen que partir al exilio con motivo del golpe de Estado de 1963); para ellos, decimos, el dilema “realismo o no realismo” no es una cuestión meramente teórica, sino algo que está vinculado con diferentes fibras de su experiencia vital. De muy jóvenes aprendieron que ser de izquierda es escribir de determinada manera, que el experimentalismo literario no pasa de ser una frivolidad burguesa, que la ironía es un rasgo “típicamente” pequeño burgués, que el subjetivismo es la cortina de humo que la burguesía echa sobre los problemas sociales; todo lo cual aceptan en el plano llamémosle “racional”, de la militancia, pero hace corto-circuito con la nueva sensibilidad que ha ido desarrollándose en esos mismos escritores, en mayor o menor grado.
No hay sino que leer un artículo como el de Jorge Enrique Adoum, titulado “El realismo de la otra realidad”[18], de 1972, para aquilatar la profundidad de este desgarramiento que a nosotros, los más jóvenes de entonces, no nos decía nada. ¿Quién iba a imaginarse, a esas alturas, que Cortázar, Fuentes o García Márquez, necesitaban ser “justificados” frente a Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos o Ciro Alegría? Nadie. Lo que sí nos dolió mucho fue la polémica Cortázar-Arguedas, de fines de los años sesenta, en la que desde luego no se enfrentaban dos “teorías”, ni “realismos abiertos o sociales”, ni “experimentalismos” versus linearidad discursiva, sino dos partes laceradas de nuestro ser latinoamericano[19].
Leído hoy, el artículo de Adoum tiene un interés exclusivamente histórico; pero al autor, ese “realismo” o su sombra, aún lo perseguirán como un fantasma hasta Entre Marx y una mujer desnuda, de 1976 (Premio Xavier Villaurrutia, México). Empero, Adoum sabe llevar siempre con decoro su (nuestro) “Ecuador amargo”; convertir el dolor y las desgarraduras en poesía, y es demasiado creativo como para no hacer de cada obstáculo un desafío y encontrar nuevas salidas.
El problema está con los menos exitosos e imaginativos.
9. Algunos hitos más
Los ecuatorianos del “exilio”, que a la postre terminan siendo dos (Adoum y Donoso Pareja), tienen, además un segundo referente en su carrera: lo que se viene haciendo en el interior del Ecuador, en donde, guste o no guste, ha surgido como lo que yo llamaría una segunda vanguardia (para diferenciarla de la vanguardia histórica 1922-1932) que hacia mediados de los sesenta está ya plenamente activa y configurada. Donoso Pareja preferirá ignorarla durante largo tiempo, o denostarla, pero Adoum, en cambio, hace un balance crítico de ella, duro pero en general atinado, que hiere tanto más las sensibilidades locales, cuanto que es formulado en un encuentro de escritores celebrado en La Habana, en 1968. La polémica se traslada a Quito, cuando Adoum nos visita y ahí todos terminamos por intervenir. En conjunto, el debate parece saludable[20].
Queda un asunto de bulto que es imposible soslayar. En los años sesenta, América Latina está lejos de ser un no man’s land literario. Si alguien se diera el trabajo de sólo contar la cantidad de obras que Adoum impugna en El realismo de la otra realidad, tomaría conciencia del inmenso bagaje literario acumulado durante el siglo XX y que sirve, justamente, de materia del debate.
Y en el Ecuador ocurre otro tanto. La producción “realista” o como quiera denominársela, de los años treinta y cuarenta existe, con un enorme peso histórico, y por supuesto no es culpa nuestra (de la generación de los sesenta y setenta) que les haya perseguido (parece que a algunos todavía les persigue) a nuestros “hermanos mayores” de la generación a la deriva.
Miguel Donoso llega a afirmar lo siguiente:
“... mientras la narrativa del realismo social de los años treinta permitió, por sus elementos costumbristas, su folklorización y neutralización por el status, hasta el extremo de convertirse en ‘modelo obligado’ para las generaciones posteriores, la de Palacio conservó su vigencia y se convirtió, esa sí, en la fuente de la que partió la escritura de los cuentistas y novelistas actuales del Ecuador...”[21]
Para Jorge Enrique Adoum (i), las influencias de la literatura
ecuatoriana actual más bien proceden de autores como Cortázar,
Onetti y García Márquez; al contrario de Donoso (d), quien
más bien cree que proceden de Palacio.
Parece exagerado decir que el “realismo social” devino un “modelo obligado” para las generaciones posteriores, aunque sí es verdad que, como toda gran corriente histórico-literaria, la de la generación del 30 trajo tras de sí mucha “hojarasca”. Pero del otro lado también hay harta tela que cortar.
Y en cuanto a Palacio como “fuente” de la literatura actual del Ecuador, es completamente falso. Concuerdo totalmente con Adoum cuando afirma que dicha literatura no está determinada por una tradición nacional “sino que sigue más bien ciertas tendencias continentales: aunque hemos hablado de Palacio, son más evidentes las huellas de los grandes nuevos: Onetti, García Márquez, Cortázar...”[22].
Vladimiro Rivas no parece estar lejos de esa opinión cuando escribe, refiriéndose a Palacio, que “la gran ironía de su destino literario consiste en haber sido un precursor sin continuadores”[23], criterio que también sostengo personalmente en Lecturas y rupturas. Pero aunque ninguno de nosotros lo hubiera dicho, nadie podría nombrar un cuento o una novela de calidad con influencia de Palacio. Si quisiera hacer de abogado del diablo, diría que más bien el “realismo social” ha producido un vástago notable: Polvo y ceniza, de Eliécer Cárdenas, a la que yo calificaría de novela neorrealista, en el mejor sentido del término. Y sirva la ocasión para dejar sentado mi criterio de que una obra de esta tendencia, bien lograda como la de Cárdenas, vale, literariamente hablando, infinitamente más que ciertos experimentalismos de deplorable realización. Y es que, en verdad, ninguna obra de arte es buena porque practique el “realismo abierto” (luego volveremos sobre esta entelequia), porque se sume en la “verticalidad” en lugar de permanecer en la “horizontalidad”, o porque busque articularse como una “literatura del ser” y no como una “literatura del estar” (conceptos, estos dos últimos, de mi obra de juventud, que ya estoy harto de oírlos repetir sin ton ni son). En todo caso ninguna “teoría” suplirá jamás a la falta de creatividad.
10. Paréntesis sobre “indigenismo”
Es sólo una precisión, pero que me parece necesaria. En una reciente entrevista, alguien “recordaba” que yo siempre he sido un defensor del “indigenismo”, sugiriendo que tal vez por este motivo dije lo que dije sobre Palacio y su irradiación internacional. Sí; pero antes me agradaría saber de qué “indigenismo” estamos hablando: ¿del de G. H. Mata? ¿del de Fernando Chávez? ¿del de Jorge Fernández? ¿del de Sergio Núñez? ¿del de Gustavo Alfredo Jácome? ¿De otros que prefiero no nombrarlos?
Alguna vez dicté, a comienzos de los sesenta, seminarios sobre toda la novelística de Ciro Alegría y la de José María Arguedas, en la Universidad de Concepción, Chile. Aprendí mucho, a mis alumnos les fascinó descubrir el mundo andino y todos quedamos convencidos de que la literatura es y tiene que ser proteica, y que su calidad no depende de sus contenidos sino de su puesta en forma, de su plasmación. Pero de su plasmación concreta y no del discurso retórico sobre ésta.
Luego descubrí parcialmente el neoindigenismo de Manuel Scorza, con Redoble por Rancas, por ejemplo, que me acabó de convencer que no hay tema ni estilo de contar desdeñables, en manos de un buen escritor.
Pero en realidad estoy dando inútilmente vueltas, cuando quienes me acusan de “defender siempre el indigenismo” se refieran a mis trabajos sobre Icaza, del que sí me considero un estudioso. Pero no un “defensor”, por la llana razón de que él no necesitaba abogados literarios. En el más reciente diccionario de literatura que acabo de revisar, por ejemplo, el Harenbergs Lexicon der Weltliteratur, editado en Dortmund, Alemania, en 5 vols., 1989, los únicos artículos en que aparece algo del Ecuador son el dedicado a Icaza (p. 1413) y otro sobre “indigenismo” (nuevamente la referencia ecuatoriana es Icaza, p. 1426). Ni Juan Montalvo consta en tan vasta obra. ¿Ignorancia de los europeos? Si se quieren justificar las cosas por ese lado, no me opongo; pero también me consta personalmente que en las librerías de México, Brasil y Argentina tampoco abundan las obras de autores ecuatorianos.
11. La máquina del tiempo: ¿Palacio años 30?
A mediados de la década de los ochenta la editorial El Conejo lanzó una colección de autores ecuatorianos titulada Los grandes de la década del 30 (mismo título que usó Miguel Donoso para su ya citado libro), que comprendía En las calles, de Icaza; Horno y Repisas, de De la Cuadra; Yunga y Relatos de Enmanuel, de Enrique Gil Gilbert; Don Goyo, de Demetrio Aguilera Malta; La última erranza y Todos los cuentos, de Joaquín Gallegos Lara; Tres grandes poetas: Carrera, Gangotena y Escudero; Tierra de lobos, de Sergio Núñez; Banca, de Ángel Felicísimo Rojas; Trabajadores, Humberto Salvador; El muelle, Alfredo Pareja Diezcanseco; Agua, Jorge Fernández; Llegada de todos los trenes del mundo, Alfonso Cuesta y Cuesta; y Los que se van, de Gallegos Lara, Aguilera Malta y Gil Gilbert; relatos todos de los años 30.
A parte de la presencia de los tres poetas (poco usual en este tipo de antologías, y que fue un acierto), llama un tanto la atención la inclusión de Plata y bronce, de Fernando Chávez, ya que fue escrita en 1927 y no en los 30; pero, en fin, estamos acostumbrados a que Chávez nos acompañe siempre en la década del “realismo” a título de precursor del indigenismo; lo cual está bien y hasta forma parte del folklore local.
La sorpresa adviene realmente cuando nos topamos con Débora y Un hombre muerto a puntapiés incluida en la colección, siendo las dos obras de 1927 y, lo que es más, habiendo Pablo Palacio escrito una novela (la última) en 1932: Vida del ahorcado. ¿A quién se trata de engañar y cuál es el objetivo? Si Chávez está, como ya se dijo, cual “adelantando” del realismo que no tardará en llegar, ¿Palacio está a nombre de qué o quién? ¿de las vanguardias que ya pasaron de moda en el mundo? ¿como “heraldo” de la gran literatura experimental que escribiría Cortázar sin saber que su estro venía del fondo de los Andes? ¿o es que sencillamente se prepara el terreno para mostrar la “originalidad”, lo “fuera de serie” del autor en cuestión, sacándolo de su hábitat natural, el vanguardismo de los años veinte, y colocándolo arbitrariamente como un grande de los 30, en un medio tan artificial para él como el del realismo social?
Quiero pensar que Miguel Donoso no ignora que al trasladar un autor de los años veinte a los años treinta, no está operando un deslizamiento cronológico únicamente, sino pasando con la mayor arbitrariedad del mundo, de un paradigma literario a otro. Tal vez no sea una coincidencia que Pablo Palacio dejara de escribir justamente en el momento de esa transición. No sería el único caso.
Donoso sabe, además, que Palacio no es ningún “adelantado” de nada, sino el prototípico escritor de la década de los veinte, razón por la cual su inclusión entre Los grandes de la década del 30 resulta tan tramposa como sería la de insertar Macunaíma entre Menino de Engenho (Lins do Rego, 1932), Cacau (Jorge Amado, 1933), Suor (Amado, 1934) y Vidas secas, por ejemplo (Graciliano Ramos, 1938). La originalidad de Mario de Andrade resaltaría más todavía, pero al costo de una triquiñuela que el autor no necesita.

El contacto entre Palacio y Hugo Mayo (d), a través de su revista 'Hélice',
es para Cueva el nexo de Palacio con las
vanguardias latinoamericanas;
pero lamentablemente ya en su fin.
Por otro lado habría que dejar bien en claro que Pablo Palacio no fue ningún paria ni marginal dentro del movimiento vanguardista en que se desempeñó. Escribe María del Carmen Fernández:
“Aunque en ninguna de las dos referencias anteriores (de F.J. Fálquez Ampuero y Adolfo Simonds, A.C.) se nos proporciona mayor información acerca de la ‘escuela’ a la que supuestamente pertenece la obra de Palacio, cabe pensar, a nuestro juicio, que los autores reconocieron en los relatos del narrador lojano los rasgos que, según señalaran Escudero y Andrade, los emparentaban con el Conde de Lautréamont y, a partir de ahí, con las estéticas de la Vanguardia histórica. Seguramente la vinculación de Palacio con revistas como
Hélice y
Savia y con escritores que no permanecieron ajenos a la influencia de los ‘ismos’ europeos e hispanoamericanos, propiciaron esta percepción. Por lo demás, relación del autor de
Débora con
Savia y con
Hugo Mayo no careció de importancia en lo que se refiere a la proyección internacional de
Un hombre muerto a puntapiés, ya que tanto la revista guayaquileña como el poeta manabita tenían contactos con un buen número de representantes de la vanguardia continental. Según el testimonio de algunos escritores contemporáneos a Palacio, sabemos que sus cuentos produjeron ‘una honda sensación nueva’ en el resto de los países hispanoamericanos, donde el narrador obtuvo el reconocimiento de la crítica”
[24].
Todo esto, en los años veinte, dentro de las corrientes en boga, como un escritor entonces sí de primera, pero no como “adelantado” de nada, ni como “inventor” de recurso literario alguno.
Empero, a fuerza de escuchar cansinamente la misma monserga, uno termina por creerla, si no totalmente, al menos de manera parcial. Si a nuestro Palacio “todos” lo llaman el “precursor”, el “adelantado”, en algo por lo menos debe de haber sido el “pionero”. Es la trampa en la que cayó el más honesto de nuestros admiradores del escritor lojano, al escribir:
“En
Vida del ahorcado la acción pierde contornos y toda ella tiene la apariencia de una serie de fragmentos incongruentes: se trata, quizá, de la primera novela
collage de la literatura latinoamericana”
[25].
Así es; pero desafortunadamente
Vida del ahorcado marca el crepúsculo y no el alba de la vanguardia histórica de Latinoamérica y fue escrita
¡veinte años después! del
primer collage de Oswald de Andrade:
Miramar. Como lo recuerda Haroldo de Campos:
“En la prosa (de comienzos de los años diez, A.C.), la renovación se manifiesta con la creación de obras que ya no se circunscriben al concepto tradicional de novela (la novela ‘terminada’, ‘bien hecha’, del realismo ochocentista
[26]).
Miramar de Oswald es un caleidoscopio de 163 fragmentos que deben ser montados cinematográficamente en el espíritu del lector y donde un capítulo puede ser un poema ‘palo-brasil’, un pedazo de una postal o un simple renglón humorístico (‘Mi suegra se volvió abuela’). Terminado un año después del aparecimiento de
Ulysses de Joyce, que es de 1911, el libro de Oswald se incluye en la tendencia antinormativa de la novela contemporánea”
[27].
¡Un “pionero” que estaba en realidad veinte años atrasado! Y es que, a propósito, Donoso Pareja arma la confusión en que otros caen. Cuando se propone mostrar la extremada “originalidad” de Palacio, no vacila en trasladarlo a la década de los treinta de la literatura ecuatoriana; mientras que a nivel latinoamericano no puede, obviamente, separarlo de los años veinte y pasarlo para los treinta, sin convertir al “adelantado” en zaguero y dar cierta impresión de anacronismo. No le queda más que devolverlo a su medio literario “natural”:
“Y ahí están, por supuesto, los libros de Pablo Palacio:
Un hombre muerto a puntapiés (1927),
Débora (1927) y
Vida del ahorcado (1932). Más estos otros:
El juguete rabioso (1926) y
Los siete locos (1929) de Roberto Arlt (argentino);
El café de nadie (1926), de Arqueles Vela (mexicano);
El habitante y su esperanza (1926), de Pablo Neruda (chileno);
Margarita de niebla (1927), de Jaime Torres Bodet (mexicano);
La tienda de los muñecos (1927), de Julio Garmendia (venezolano);
No todo es vigilia la de los ojos abiertos (1928), de Macedonio Fernández (argentino);
La casa de cartón (1928), de Martín Adán (peruano);
Novela como nube (1928), de Gilberto Owen (mexicano); y
Cagliostro (1931) de Vicente Huidobro (chileno)”
[28].
Esta lista viene, además, como anillo al dedo. El famoso
boom latinoamericano, que estalla intempestivamente a comienzos de la década de los sesenta, simplemente cubre y apantalla todo el ámbito literario, opacando incluso a escritores de óptimo nivel, y no se diga a los menores. Es el
mainstream indiscutible e indiscutido. Pero en el segundo quinquenio de los años setenta el cansancio se hace ya sentir: fatiga del propio público, cierto “manierismo” y tendencia a la repetición temática (novelas de dictadores, por ejemplo), larga espera a lo mejor injusta, de una nueva
Rayuela u otros
Cien años...Y es ahí donde nace la idea de rescatar los años
veinte, o sea, ese
underground que por sí solo no remplazaría el vacío dejado por el
boom, real o imaginariamente, pero sí serviría de piso para la creación de una nueva literatura cuyas raíces están ahí, sólo que ocultas, disimuladas por el peso y la sombra del
mainstream oficializado. Y ahí está, ¡qué mejor ejemplo!, el caso del ecuatoriano Pablo Palacio, a quien la cultura oficial lo ha aplastado inmisericordemente
[29]. Esa sería nuestra contribución a la nueva literatura que desde la marginalidad semisecular, renacería en reemplazo de un anquilosado
boom.
¡Lástima que no era verdad tanta belleza! De la arqueología de los años veinte resultaba difícil recrear algo verdaderamente novedoso y, además, en la propia América Latina de esos días, se había conformado ya, imperceptiblemente, una nueva generación literaria valiosa que nada tenía que ver, o muy poco, con los
underground de los veinte.
De toda maneras, no creo que haya sido tiempo perdido. Es posible que Manuel Puig haya muerto sin enterarse jamás de quien fue Pablo Palacio; más que posible es probable que Abel Posse e incluso Osvaldo Soriano, y ni se diga Fernando del Passo, no hayan leído una línea de Palacio (¡maldito interés que deben tener en ello!); pero para los ecuatorianos creo que ha sido útil calibrar el real alcance internacional de un autor, quien, además de ser un escritor, ha sido y sigue siendo verdadero mito.
12. La irradiación de Palacio en el exteriorLa respuesta es muy fácil de dar. Actualmente, en 1992, tiende a
cero[30]. Para no correr mayores riesgos, diré que durante los últimos cinco (deben ser bastante más) años jamás vi un suplemento cultural dedicado aunque sea muy particularmente a Palacio en ningún país latinoamericano. Y en cuanto a las ediciones de obras suyas,
teóricamente existen dos o tres:
Vida del ahorcado, México, Col. La Nave de los Locos, Premiá Editora, S.A., 1982, absolutamente inencontrables tanto los ejemplares del libro como la propia editora; Miguel Donoso habla, además de alguna edición hecha en Aguascalientes, Rep. Mexicana, que jamás hemos conseguido tener a la vista: seguramente circula en medios “hidrocálidos” muy restringidos
[31].
En el mismo año 1982, Casa de las Américas publicó
Un hombre muerto a puntapiés, con un sobrio prólogo de Raúl Pérez Torres; y que comprende prácticamente toda la obra importante de Palacio y, por lo mismo, desborda ampliamente el modesto título. Es, que sepamos, la última edición hecha en el exterior: ¡una década de soledad!
En las librerías de México y Argentina, por lo menos, que es donde hemos consultado, los libros de Palacio son absolutamente inencontrables. Además, la única edición extranjera que consta en esa especie de
Vademécum de los libreros llamado
Libros en venta en América Latina y España, de 1990, es la edición chilena, que los señores militares seguramente olvidaron comunicar que se “agotó”.
Este es el triste panorama al comenzar 1992: Palacio simplemente no existe en la forma “normal” en que existen los escritores. Debe estar en muchas bibliotecas, pero dudo que haya largas filas haciendo turno para leerlo. También es conocido de un círculo de especialistas, mas no creo que eso sea la gloria para un escritor. ¡Sobre todo que las obras de Palacio no me parecen tan voluminosas ni complejas! (Aunque sea por las razones que explica el doctor Ángel F. Rojas).
Echemos, de todas maneras, un vistazo somero a la
Valoración múltiple editada por Casa de las Américas.
13. Valoración múltipleComo es sabido, en 1987 la Casa de las Américas, de Cuba, dedicó uno de los volúmenes de su serie “Valoración múltiple” a Pablo Palacio. Merecido homenaje, que todos los ecuatorianos recibimos con alegría. Sólo que, una vez más, hubo que hacerse a la evidencia del poco interés despertado por nuestro autor fuera de sus fronteras patrias. Como se dice en el prólogo, de Miguel Donoso Pareja:
“En efecto, no habiendo (o habiendo poco) material publicado sobre Palacio, tuvo que adoptarse una modalidad distinta de trabajo: enviar los libros del narrador lojano... a los mejores teóricos y críticos de América Latina, esperar que los leyeran y su decisión de escribir o no acerca de él. La mayoría de las respuestas fue positiva, cumpliendo la valoración perfectamente sus propósitos: situar a un escritor al que, por desconocimiento, se le había negado todo valor”
[32].
No me voy a ocupar aquí de los ecuatorianos que colaboran en la
Valoración (sus opiniones son de sobra conocidas), pero sí destacar que entre los demás latinoamericanos hay por lo menos cinco nombres de calidad que participan: Jorge Ruffinelli, Antonio Cornejo Polar, Renato Prada Oropeza, Nelson Osorio y Hernán Lavín Cerda (los demás, puede decirse, son un poco “menos mejores”).
Hernán Lavín Cerda es, de entre todos ellos, el más entusiasta por la obra de Palacio: lo califica de “adelantado”, parangona su literatura con la de Witold Gombrowicz (cuya novela
Ferdyduke estuvo muy de moda a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, si no me engaño), y encuentra más de un paralelismo con los textos de Cortázar. Desde que descubrió a Palacio en su visita al Ecuador en 1970, Lavín es, no un admirador, sino un verdadero hermano espiritual del autor lojano. El único que conozco fuera de nuestras fronteras.
Los demás estudios de
Valoración que escogimos comentar destacan por el rigor y el oficio con el que están hechos, pero igualmente por su parquedad. Ninguno encumbra a Palacio ni sugiere que se trate de un “genio” ignoto al que “por fin” la historia (o el gobierno revolucionario de Cuba) hubieran decidido reivindicar. Ruffinelli, Cornejo Polar y Osorio presentan estudios históricos o comparativos de Palacio con autores latinoamericanos contemporáneos suyos, usando los mejores conocimientos e instrumentos analíticos, pero también cuidándose de no caer en una trampa fácil de prever: que sus trabajos críticos sean utilizados como una
consagración (lo que de todas maneras ocurrió).
Renato Prada Oropeza ofrece un complejo y a la par brillante análisis semiótico de los textos de Palacio (el mejor que conozcamos en este campo), y tal vez sea, por ello mismo, el estudio que más cerca esté de adentrarnos en la grandeza del escritor lojano. Pero esta es ya una conclusión nuestra, que no deja de transgredir los reiterados llamados a la parsimonia del propio Prada.
Nelson Osorio es el más austero de los críticos comentados, limitándose a un esmerado análisis comparativo de
La tienda de los muñecos (1927), del venezolano Julio Garmendia, con
Un hombre muerto a puntapiés. El estudio es escueto y no contiene el menor criterio de valoración, ni entusiasmo alguno por la obra del ecuatoriano. Puede tratarse de una simple cuestión de estilo o de carácter, pero vale hacer notar que en el principal libro de Osorio,
La formación de la vanguardia literaria en Venezuela (antecedentes y documentos), Palacio aparece en una suerte de “tercer círculo” dentro de la familia vanguardista latinoamericana
[33].
¿“Minga” exitosa o fallida? Todo depende de los propósitos para los cuales fue convocada. Si lo que se buscaba era simplemente (y esto ya es mucho) una ubicación crítica de la obra de Palacio dentro de las vanguardias de los años veinte en Latinoamérica, el propósito fue logrado con creces. Pero si se trataba de revelar al mundo un genio de nuestras letras desconocido “por falta de difusión” (eterno pretexto ecuatoriano para disimular nuestros fracasos, ineptitudes y frustraciones intelectuales) me parece que el objetivo no se consiguió.
14. Conclusionesa) Ratifico mi criterio, expuesto en 1978, de que Pablo Palacio no es un autor de primera línea a nivel continental. Fuera del Ecuador, sigue siendo tanto o más desconocido que una década atrás. ¿Por falta de difusión? ¿porque somos un país pequeño? ¿porque nunca hicimos la revolución ni la contrarrevolución? Conozco de memoria todos los cuentos de “Anita la huerfanita”, pero ninguna de sus versiones ha logrado hasta ahora enternecerme de verdad.
b) Palacio no es un escritor de los años treinta, sino de los años veinte, no tanto por la cronología de sus obras (cronología que también se apoya definitivamente en los veinte y no en los treinta), cuanto por el
paradigma literario dentro del cual construye sus ficciones. Ponerlo a competir con el “realismo” de los 30 resulta sencillamente absurdo y, por eso, él mismo supo retirarse a tiempo de la carrera literaria.
c) Palacio no es ningún autor “realista” abierto ni “social”, ni nada que se parezca. Una vez que el “realismo” como escuela estético-ideológica se acaba, hablar de él o de su contrario (¿cuál?) carece de sentido. Si no, que alguien nos explique lo que ha de entenderse por realismo y en oposición a qué. ¿Existe actualmente alguna literatura que no sea “realista” o, inversamente, (da lo mismo) alguna que lo sea integralmente? Cuando en el Ecuador se intenta abrir aquel apolillado debate, no es más que una forma de encubrir la querella entre una literatura un poquito más pretenciosa y otra un tantito más pedestre. Los escritores de verdad ya no discuten “el sexo del realismo”.
d) Palacio no es “heraldo”, “adelantado” ni “precursor” de nada. En América Latina el vanguardismo histórico comienza a finales de la década de los diez y se eclipsa hacia comienzos de los treinta. Por lo tanto, si las primeras obras significativas de Palacio son del 27, mal pueden haber servido de “origen” de ninguna
avant-garde. Algunos críticos nos están tratando de tomar el pelo.
e) Palacio nunca fue “reconocido” por el gobierno de la Unidad Popular, como ya se dijo. Felizmente los autores del “reconocimiento” (Lavín, Egüez y yo mismo) aún estamos vivos para atestiguarlo
[34].
f) Hasta la década de los setenta, en que madura una nueva hornada de relatistas de alto nivel (más Adoum), el realismo social ecuatoriano había sido el punto más alto alcanzado por nuestra relatística, nos guste o no. Y, lamento insistir, Palacio nunca fue una alternativa a nada, ni antaño ni hoy. Y si alguien quiere demostrar lo contrario, tiene dos vías para hacerlo: lanzarse a una difusión masiva de la obra del autor lojano a lo largo y ancho del continente (incluso aprovechando del Quinto Centenario), o bien, reunirse en pequeños cenáculos para consolarse diciendo que los genios siempre demoran en ser reconocidos, y más todavía cuando son originarios de una pequeña nación.
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Notas:
[1] Apareció por primera vez en la mencionada revista, Latinoamericana Editores, año IV, N° 7-8, Lima, Perú, 1er. y 2do. Semestre, 1978.
[2] “Rojas y Cueva, dos hitos”, Matapalo, Revista Cultural de Ed. El Conejo, N° 86, 13 de agosto de 1989, Guayaquil, p. 3.
[3] Nota del Blog: Esta referencia pertenece a un artículo publicado en 1978, y para 1992, fecha de publicación del libro "Literatura y conciencia histórica en América Latina", donde consta el presente estudio, todavía no aparecía el libro “Obras completas” Pablo Palacio, editado por Wilfrido Corral y publicado por la UNESCO en el año 2000; ni tamoco el libro "Un hombre muerto a puntapiés" publicado por la Biblioteca Ayacucho, Ministerio de la Cultura (Venezuela, 2006), con compilación, prólogo, cronología y bibliografía de Raúl Vallejo.
[4] Op. cit., p. 24.
[5] El realismo abierto de Pablo Palacio en la encrucijada de los 30, Ediciones Libri Mundi, Quito, 1991, p. 204.
[6] Carlos Calderón Chico: Literatura, autores y algo más..., Guayaquil, s.f., pp. 97-98.
[7] Carlos Calderón Chico: Tres maestros, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas, 1991, p. 43.
[8] Miguel Donoso Pareja: “El realismo abierto de Pablo Palacio” (II), El Telégrafo, Matapalo, Guayaquil, 11 de agosto de 1991, p. 5.
[9] Miguel Donoso Pareja: “Realidad y mito de los talleres literarios”, rev. Crónicas del Río, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo del Guayas, N° 3, octubre de 1990, pp. 48-50. El mismo artículo apareció en el N° 18 de Ecuador – Debate, dedicado al tema Cultura y Sociedad. Pero he preferido citar de la publicación guayaquileña para evitar que se me tilde de “regionalista” y “quiteñocentrista” nuevamente.
[10] Raúl Pérez Torres: “Carta a Miguel Donoso Pareja”, Diario Hoy, Quito, 20 de octubre de 1991, p. 2C
[11] Nelson Osorio: Pablo Palacio y Julio Garmendia, en Valoración Múltiple, Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1987, p. 404.
[12] Un hombre muerto a puntapiés: poética y narración, en Valoración..., p. 165 (nota de pie de página).
[13] Nota del Blog: Cueva se refiere a Alfredo Pareja Diezcanseco, destacado escritor ecuatoriano, quien en vida fuera tío del escritor Miguel Donoso Pareja.
[14] Op. cit., p. 101.
[15] En ambos casos en el prólogo de Donoso Pareja.
[16] El perfil de la quimera, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1951, p. 176, en el ensayo que presta su título al libro.
[17] La Revista de investigaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Sede de Cuenca, ha dedicado su N° 4, de julio de 1990, al movimiento Tzántzico. Nota del blog: Pucuna era la revista del movimiento Tzántzico.
[18] En América Latina en su literatura, coordinación e introducción de César Fernández Moreno, Siglo XXI UNESCO, 1972, p. 204 y ss.
[19] Gran parte de este choque (no “encuentro”) de dos mundos está reflejado en la hermosa novela de José María Arguedas: El zorro de arriba, el zorro de abajo.
[20] En lo personal expuse mi punto de vista en el N° 2260 de la rev. Mañana, 19 de septiembre de 1968, pp. 16-17.
[21] Presentación de Vida del ahorcado, México, Col. La Nave de los Locos, Premiá Editora, S.A., 1982.
[22] Jorge Enrique Adoum: entrevista en dos tiempos, por Carlos Calderón Chico, Ed. Universitaria, Quito, 1988, p. 45.
[23] Vladimiro Rivas Iturralde: Desciframientos y complicidades, Universidad Autónoma Metropolitana, 1991, p. 68.
[24] Op. cit., p. 166.
[25] V. Rivas., op. cit., p. 53
[26] Obviamente hay un error de traducción. A semejanza del italiano (“ottocentista”), en portugués se dice “oitocentista”; pero en el sentido español de “decimonónico”. De modo que aquí el autor se refiere a la novela decimonónica.
[27] Superación de lenguajes exclusivos, en América Latina en su literatura, op. cit., p. 289.
[28] Los grandes de la década del 30..., ed., cit., p. 27.
[29] Es desde luego falso que Palacio haya sido alguna vez menospreciado en el Ecuador. Ha sido un autor polémico, lo cual es muy distinto y hasta honroso.
[30] Nota del blog: Recordemos que este artículo fue escrito en 1992, antes de la edición de las Obras completas de Pablo Palacio realizada por la UNESCO en el año 2000; bajo la dirección de Wilfrido Corral.
[31] Donoso, en su artículo “El realismo abierto de Pablo Palacio (I)”, El Telégrafo, Matapalo, 4 de agosto de 1991, cita Un hombre muerto a puntapiés, Aguascalientes, Departamento de Investigaciones Literarias de la Universidad Autónoma de Zacatecas, 1986. Imposible saber si se trata del cuento de ese nombre únicamente, o de una recopilación que usa ese título.
[32] Op. cit., p. 12
[33] Osorio, La formación de la vanguardia..., ed. cit., p. 85
[34] Nota del Blog: Agustín Cueva murió en 1992, un año antes de la publicación de este ensayo.