Por Mercy CarmonaComenzaré señalando que aunque hay quienes hablan de Arte y Literatura como si fueran dos cosas distintas, en este artículo acuño la última en la primera, puesto que no preciso diferenciarlas.
Luego de leer en una revista de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) un reportaje acerca de Orlan, una mujer cuya obra polémica -que a decir de Corinne Sacca-Abadi- “excede los límites del arte” llevando a replantearse a muchos la noción de este, decidí abordar en el siguiente artículo esta cuestión quizás no tan nueva como mis deseos por despejarla: ¿el arte tiene límites? ¿hay alguna condición que haga al arte, ARTE y no una expresión de cualquier otra cosa? O es, a estas alturas, “cualquier cosa que este dentro de un museo” como cierto experto manifestó. “¿Y lo que está afuera...?” fue el espontáneo cuestionamiento de cierto amigo al escuchar esto.
En efecto, ¿quién dice que el arte no puede encontrarse en las cosas más cotidianas y comunes? Mas, parece ser precisamente esto lo que intentan demostrar los artistas actuales, al sacar de sus lugares retretes, desechos humanos, cadáveres, etc., para mostrarlos al público en un lugar que se supone reservado al “arte”.
Algunos -quizá no tan liberales- prefieren reservarle al arte la condición de la metáfora; que por cierto es lo que se le cuestiona a la obra de Orlan. A simple vista ¿qué hay de metafórico en las imágenes en vivo de una mujer que se somete a múltiples cirugías, en las que cada vez modifica algo de su aspecto físico para tener las orejas de fulanita o la boca de menganita -bueno no tan menganitas, debo decirlo- mientras lee poesía o escucha música?
Orlan no es su nombre. Su rostro no es su rostro.
Pronto, su cuerpo no será su cuerpo. La paradoja es su contenido, la subversión es su técnica.
Esta tendencia polémica del arte parecería haber surgido de cierta inapetencia o desencanto y de poner en evidencia lo “art-ada” que está esta generación de todo, o más bien de ese no-todo que hereda de la condición humana. ¿Ha caído la metáfora? ¿Son estas obras tan desmesuradas o tan explícitas como pretenden? Hace poco, durante una reunión de amigos, escuché decir a Miguel Antonio Chávez -bajo el disfraz de chiste improvisado y refiriéndose a cierto texto que él mismo había escrito- “el día que entienda ese poema, dejaré de escribir”.
Sí. Hay aún en las más explícitas, en las más arrojadas expresiones del arte, algo no dicho, a pesar de la pretensión ingenua de los autores que se jactan de decirlo, o de mostrarlo TODO. Siempre hay algo que escapa, un espacio entre en el artista y su obra que ni él mismo logra burlar.
Más allá de toda la carne y la sangre que Orlan expone “sin censura”, hay mucho no manifiesto, no explícito. Hay algo que esta cuestionada práctica artística condensa, algo que tal vez escapa aún a la propia comprensión de Orlan; algo que quizás va por el orden de sus fantasmas, de cierta preocupación poco común por lo inevitable de la muerte -con la que parece librar secretas batallas- y a quien espera poder vencer con sus esperanzas puestas en una ciencia y en una tecnología que por lo pronto usa para transformarse y lograr un “ser humano más feliz” -según sus palabras-. Estas no dejan de ser especulaciones, pues lo que tenemos es su obra y cierto discurso preparado que no dejan de estar en el orden de los enunciados, de algo que ya se dijo o se realizó y punto. Lo que vemos en sus enunciados son solo puertas; creemos o podemos deducir que hay algo adentro, pero no podemos ver ni saber qué con claridad.
¿Qué es lo que explicitan estas obras entonces? Mucho; pero mucho no es TODO, ni tampoco MÁS que las obras predecesoras. La desfachatez y el descaro son una respuesta a una época. La gente está saturada por la imagen, por la ficción que ofrece la tecnología; ya no se inmuta fácilmente con cualquier cosa y tolera provocaciones que antes eran innombrables. Y no es que antes los artistas no provocaran, lo hacían, pero tenían que ingeniárselas para colocar en obras aparentemente armoniosas pequeños detalles discordantes, algo que pudo haberles costado el cuello en ese entonces y que aún siglos después mantienen ocupados a críticos y espectadores, tratando de entender lo que nos quisieron decir. Obras a nombre de las cuales hoy se escriben libros, se descifran “códigos”, etc.
Se especula: ¿de quién era la mano “sin dueño”? ¿por qué mira para allá y no para acá? Qué divertido estaría Da Vinci… Hoy, quien no descifra su enigmática “Mona Lisa” le pone bigotes, cuernos, sonrisa, para entonces hacerla decir algo más tangible; aunque sea “compra la pastilla para el cólico menstrual”. Muchos aterrados ante las nuevas propuestas del arte expresan -como para no dejarse caer abrasados- frente una “Mona Lisa” (que puede ser cualquier otra obra en realidad) limpia, solemne: “¡esto sí es arte!”; como una señora de mediana edad que después de haber escuchado en cierto evento las propuestas literarias de un grupo de jóvenes escritores guayaquileños declaraba abiertamente sentirse “decepcionada” y exhortaba: “¿ustedes saben que existió un poeta llamado Medardo Ángel Silva?...”, como diciendo entre líneas: ustedes, con su literatura, están manchando o irrespetando a los grandes poetas ecuatorianos; y por último, ustedes no saben nada de literatura. Y quizás no se trata de ignorarla precisamente, sino de descanonizarla, no de negarla, sino de transgredirla.
FONTAINE, Marcel Duchamp (1917).
Urinario de porcelana de 60 cm de altura. Bajo la firma de R. Mutt, Marcel Duchamp presentó un urinario como escultura en el Salón de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. El jurado, del que él mismo formaba parte, la retiró a un rincón. El artista dimitió como medida de protesta.
El punto al que voy es que estas obras que aparentan expresar un quemeimportismo del qué dirán son ¡justamente lo contrario!; pues son realizadas, pintadas o escritas pensando en el qué dirán (¡igual que todas las obras!), solo que con una intencionalidad diferente. Se busca dejar sin palabras al espectador, oyente o lector (lo cual no deja de reflejar una secreta perversidad), asegurarse su asombro -y de ser posible su repudio- más que su venia. Inmortalizarse, a través de la transgresión… ¿de qué?
Es pretencioso intentar responder eso en estas escasas líneas, sería preciso adentrarse en el terreno de las particularidades de cada artista. Lo que se puede decir a grosso modo es que se trata sin más de una trasgresión al discurso imperante en el momento, es decir, de quienes están en el poder (el discurso del amo, como Lacan lo diría). Y el discurso imperante dice aún que el arte está ligado a lo estético; se espera que guste, que sea algo “bonito” o por lo menos armonioso. Algo que no cuestione y que se pueda disfrutar.
Charles Bukowsky, escritor norteamericano, es un claro ejemplo de una "estética de lo feo". Sus obras son una clara muestra de la validez de todas las expresiones del arte, gústeles a unos o no.
Orlan dice: “mi trasgresión es brutal, es revolucionaria, es totalmente radical (…) yo nunca produciría un arte que sea aceptado sin cuestionamientos…” Un artista que se jacta de todo esto no puede asegurar que no le importa lo que piensen de su obra; corrijo, puede y de hecho lo hace, pero es un discurso que pone en evidencia contradicciones intrínsecas a las que ni los más “radicales” escapan.
Tras estas obras que desconciertan, que dejan sin palabras, que asustan, que hacen saltar preocupaciones -como las de “nuestra” señora que se preguntaba “¿qué están sintiendo los jóvenes de hoy?”- están sujetos abrumados, conflictuados. En ellos, la acción de la represión no ha dejado de hacer efecto, sino, no los tendríamos escribiendo, pintando, o trastocando su cuerpo frente a las cámaras; de lo contrario, tal vez estarían poniéndonos bombas –bombas reales, no simbólicas-, saqueando nuestros bancos o quién sabe qué más… Mire las noticias y hágase una idea.
















